sábado, 25 de abril de 2026

CABEZO DE LA MATA (circular desde Litago)

Día 23 de abril de 2026
            Tres años después —que ya son años para según qué rodillas y según qué entusiasmos— Maite y yo volvemos a encaramarnos a este “cabezo”, que así llamamos por aquí a esos montes modestos que, una vez te han hecho sudar lo suyo, se permiten el lujo de regalarte vistas como si fueran el Himalaya.
            La ocasión lo merece: festivo en Aragón, agendas extrajubilares en barbecho y una súbita e inexplicable confianza en nuestra forma física. Total, que cogemos el buga y ponemos rumbo a Litago. Once años sin pisarlo. Once. Que se dicen pronto, pero dan para que cambien gobiernos, modas y hasta bares… aunque, en este caso, el bar sigue, lo cual ya es un triunfo estadístico tratándose de un pueblo pequeño. Porque sí, pequeño es, pero yo he visto otros más grandes con menos vida y más persianas bajadas.
Calle de Litago
                Allí, a la sombra del Moncayo —que observa estas cosas con la paciencia de quien ha visto pasar siglos de excursionistas optimistas— nos tomamos un café. Con la excusa, claro, de “coger fuerzas”. Excusa endeble, por otra parte, pero necesaria. Porque la jornada que nos espera… digamos que no está diseñada pensando en la siesta posterior. Y, créeme, nos va a hacer falta algo más que cafeína para salir airosos.
                Aparcamos el buga en las afueras, donde puede reposar sin sobresaltos, aromatizado por el tomillo como si le hubiéramos pagado un spa rural. Nosotros, en cambio, optamos por un tratamiento menos indulgente: botas, mochilas al hombro y, sin más deliberación que un “¡hale!”, p’arriba, que es una palabra muy breve para lo que luego se alarga.
Primeros pasos por el camino de Valmediano
            La ruta, circular, la haremos además en sentido contrario a las agujas del reloj (analógico, por supuesto). Más que por estrategia, por vocación de llevar la contraria, que también entrena.
        Tomamos el camino de Valmediano, que asciende con esa falsa amabilidad de quien sonríe mientras te va quitando el aliento poco a poco. Frente a nosotros debería alzarse la imponente estampa del Moncayo, pero hoy ha decidido jugar al escondite bajo una nube espesa. 
Allí se esconde el Moncayo
                No pasa nada, ya saldrá cuando le apetezca. Para compensar su ausencia, la primavera se ha puesto generosa: donde algunos almendros ya hicieron mutis, otras plantas montan una verbena floral sin pedir permiso —aliagas, orquídeas, tomillos, espino albar o majuelo, jaras, retamas, carias…— y prometen más invitados conforme ganemos altura.
Orquídea silvestre
Tomillo
Espino albar
Jara
                No tardamos en alcanzar el embalse de Valdemediano. Y será por el entorno, o por esa calma que parece pactada con el silencio, pero a Maite le recuerda algunos de aquellos lagos que vimos en Japón, apartados de la multitud y con la prudencia de quien sabe estar sin molestar. Cosas de la montaña: te subes un cabezo en Aragón y acabas haciendo turismo internacional sin salir del término municipal.
Embalse de Valmediano
            Dejamos atrás el embalse y retomamos la marcha por un camino que se interna en un pinar con ese aire de conspiración que tienen los bosques cuando te engullen sin hacer ruido. Chino chano —que aquí las prisas no suben cuestas— acabamos cruzando la carretera que trepa hasta el Santuario del Moncayo, ese recordatorio de que siempre hay alguien que llega más alto en coche.
Una mirada atrás
                Al otro lado, seguimos una senda bien marcada… durante un rato. Luego, como suele pasar en estas historias, decide ir perdiéndose poco a poco, quizá por aburrimiento o por ver si estamos atentos. No pasa nada: sabemos que toca remontar el barranco del Apio, cuyas aguas, invisibles entre la maleza, suenan como si alguien hubiera contratado una orquesta para acompañar la función. Y los protagonistas, claro, van sobrados de voz en esta época: curruca capirotada, petirrojo, mirlo, pinzón, carbonero, cuco, escribano… Un reparto que no necesita director.
Barranco del Apio
                    A medida que ganamos desnivel, el monte se pone más serio: la vegetación se espesa, el suelo se vuelve menos complaciente y, curiosamente, todo es más bonito. Se nota la humedad, se agradece la sombra y se empieza a negociar con las piernas. Acabamos enlazando con el camino que viene de la Fuente del Sacristán, que desemboca en una pequeña pradera. De allí arranca un sendero —este se ve— por el que seguimos subiendo, vadeando el barranco del Apio, que parte en dos el monte de la Mata como quien corta el pan sin pedir permiso. Aquí el pinar ya no está solo: se le arriman robles y hayas, y asoman los primeros acebos.
¿Sendero?
                    En pocos metros alcanzamos la pista que sube desde el cercano parking de la Fuente de los Frailes —porque en el Moncayo, si algo no falta, son fuentes y cuestas—. Eso facilita que aparezca una familia con niños pequeños y energía infinita, demostrando dos cosas: que no somos los únicos humanos por aquí y que hay quien sube con más dignidad que nosotros.
Entre hayas
                Llegamos al collado, y esbarre ,de Juan Albarca —dicen que el nombre podría venir de algún Abarca, familia noble de la zona; siempre hay un noble para bautizar un repecho—. Buen sitio para hacer un alto, echar mano al tentempié y, cómo no, embadurnarnos de crema solar. Porque ahora sí, “paice q’escampa”, y el sol, cuando sale, no pide permiso ni perdona despistes.
                Comenzamos a ascender por un bosquete minimizado de roble albar, sometido al filo cortante del "astral" (hacha) de las gentes de Trasmoz, que calentaban su hogar con la leña de estos montes hasta no hace mucho.  –Este monte fue objeto de disputa entre los trasmoceros y el  Monasterio de Veruela en 1255 por, precisamente, la provisión de leña (solo faltaría que el cister se quedara frío). La consabida excomunión de Trasmoz llegó poco después (ya somos más), que a día de hoy sigue gozando de tal estado.– 
Por el collado de Juan Abarca
                    Tiramos hacia arriba, unas veces por senda, otras siguiendo los mojones de piedra; en algunas ocasiones trepando con las manos, para alcanzar la cima del Cabezo de la Mata (1438 m.). 
            Monte humilde en altura, sí, pero con ínfulas de balcón presidencial: aquí se viene a mirar, y a quedarse un rato callado. Trescientos sesenta grados de paisaje sin necesidad de girar el mapa.
Ascendiendo
            El Moncayo, juguetón entre nubes, asoma lo justo para recordarnos el sitio que ocupamos: pequeño. Ahí están el Pico de San Miguel con su circo glaciar, el Cerro de San Juan, el de San Gaudioso, el Alto del Corralejo —o Pico Morca— haciendo de guardaespaldas, y el Pico Lobera marcando el principio del fin antes de que la sierra se desinfle hacia el Morrón de Purujosa y las Peñas de Herrera.
El Moncayo, tímidamente, pero se deja ver
                Y debajo, como si alguien hubiera ordenado el monte por plantas: robledales, pinares, hayedos… hasta los últimos pinos negros agarrados a la roca como si supieran algo que nosotros no. Más allá, el Somontano y el Ebro se estiran sin complejos; y si las brumas dieran tregua, el Pirineo se dejaría ver como quien no quiere la cosa. Y en nuestros pies el erizón del Moncayo, que aquí florece en lila.
Erizón
Litago y embalse de Valdemediano
Santuario del Moncayo
                        En fin, que sí, que engancha. Así que nos hacemos una autofoto —que no “selfie”, hasta ahí podíamos llegar—, satisfechos de las dosis reglamentaria de narcisismo, y p’abajo, que lo difícil no siempre es subir.
En la cima
                    Descendemos de nuevo hasta el collado de Juan Abarca, aunque ahora la cosa cambia: donde antes había brío, ahora hay prudencia. En el destrepe, a las manos se les suman las posaderas, que para algo están y, en según qué tramos, resultan más fiables que el optimismo. Especialmente si uno no va sobrado de zancada.
                Seguimos bajando por la pista del Camino del Mojón hasta que el paisaje sonoro sube de volumen: el deshielo hace de las suyas y el barranco de Morca ruge como si quisiera recordarnos quién manda aquí.
Barranco de Morca
                    A la izquierda arranca el sendero (R-3) de bajada, pero antes de obedecerlo hacemos lo que dicta la experiencia: parar. Unas piedras, curiosamente diseñadas a la medida exacta de nuestras nalgas, nos invitan a sentarnos y, ya puestos, a reducir el lastre alimentario que llevamos en las mochilas.
Se está de lujo, para qué negarlo. Pero conviene no encariñarse: aún queda camino… y no precisamente corto.
                    Recordaba este camino como uno de los más bellos del macizo moncaíno… y lo es. O lo era. Porque hoy el sendero decide ponerse dramático: cruza a la margen derecha del barranco, sí, pero el barranco, crecido y bravucón por el deshielo, ha optado por engullirlo sin contemplaciones. Donde debería haber paso, hay agua con malas pulgas. Y de cruzar, ni hablar.
Crecido y bravucón
                Probamos a seguir aguas abajo, con esa fe tan humana en que “más adelante seguro que mejora”. Nos vamos abriendo paso por un bosque cada vez más cerrado, subiendo cuando el agua aprieta, bajando cuando parece que afloja, en una coreografía improvisada que mezcla esperanza con terquedad. Nada. El barranco no negocia.
El barranco no negocia
                Entre la espesura aparece una cabaña de piedra, como caída de otro tiempo, y uno quiere creer que hasta allí llega algún camino sensato. Quiere opinar… pero no. Ni rastro. Solo silencio y la sensación de que nos estamos metiendo donde no nos han llamado.
            Toca valorar: ¿damos la vuelta o seguimos bajando a ver hasta dónde nos lleva esta pequeña obstinación? Porque está claro que, si no cruzamos el barranco, el descenso puede convertirse en una eternidad incómoda, más propia de jabalíes que de humanos con bocadillo.
Una cabaña escondida en el bosque

Un video corto, muy corto
                    En una de esas aproximaciones al agua —ya con más resignación que convicción— veo un punto que, descalzos y con los pantalones remangados, quizá… quizá. No es bonito, pero es posible.
                Cruzo primero, con el entusiasmo justo y el agua helada recordándome cada mala decisión. Luego pasa Maite. Salimos al otro lado, nos secamos los pinreles como podemos, nos calzamos, avanzo unos metros, ladera arriba, y entonces, como si nada hubiera pasado…—Maite ¡Sendero!—
¡Salvados, hemos cruzado!
                    Ha sido duro, pero a pesar de todo el Barranco de Morca sigue siendo uno de los más hermosos del Moncayo.
Desde esta orilla parece más hermoso
                    Tras invertir más de una hora en redescubrir el concepto de “buen camino”, retomamos el descenso con mejor cara y alguna que otra lección recién estrenada. Llegamos a la Central Eléctrica de Morca y, por unos metros, pisamos asfalto, ese viejo conocido que siempre aparece cuando ya no lo necesitas. Desembocamos en la carretera del Moncayo y, a la derecha, tomamos el camino de la Mata: incómodo, sí, como recordatorio final de que la jornada aún no ha terminado, pero eficaz, que al final es lo que cuenta. Nos deja, sin más dramatismos, en la GR-260.
Depósito de reserva de la central eléctrica
                    A partir de ahí, el monte se vuelve amable, casi conciliador. La pista es agradable, el paso ligero y hasta nos permitimos un vistazo atrás. Y ahora sí: el Moncayo, ya sin nubes ni pudor, luce su desnudez con ese aire de “¿veis como merecía la pena?”. Muy oportuno, claro, ahora que ya casi hemos acabado.
Una mirada atrás
Hasta otra, amigo
                    Llegamos al final de este recorrido circular y allí sigue el buga, fiel, paciente, oliendo a tomillo como si no hubiera pasado nada. Nos quitamos las botas con la solemnidad de quien cierra una etapa y, antes de poner rumbo a casa, parada obligatoria en el bar de Litago. Rehidratación a base de un par de birras sin alcohol —que la prudencia al volante no está reñida con la sed— y esa satisfacción tranquila de haber sobrevivido, una vez más, a nuestras propias ocurrencias.
                    Y así termina la jornada: con las botas y mochilas en el maletero, el cuerpo cansado y esa sensación difícil de explicar de haber estado, por unas horas, en un lugar donde todo parece tener sentido. El monte, con su silencio, sus trampas y sus regalos, nos devuelve siempre algo: perspectiva, quizá. O al menos la ilusión de que la vida, reducida a pasos, esfuerzo y paisaje, es más comprensible.
El monte y sus regalos
                Pero uno baja del cabezo, vuelve al coche, enciende la radio… y el mundo regresa con toda su crudeza. En el mismo momento que nosotros celebramos haber encontrado de nuevo el sendero, hay quienes no tienen camino al que volver. Mientras brindamos con una cerveza —aunque sea sin alcohol—, otros cuentan pérdidas que no caben en ninguna palabra.
                Cuesta encajar esa distancia: la de un día hermoso en la montaña frente a la devastación que sigue golpeando en el Cercano Oriente, donde decenas de miles de vidas se han apagado bajo decisiones que se toman muy lejos del barro, del frío y del miedo real. Nombres propios sobran; lo que falta es humanidad.
Sin palabras
                Quizá por eso el recuerdo de esta ruta no se queda solo en lo vivido, sino también en lo sentido. Porque si algo enseña el monte —con su equilibrio frágil y su belleza indiscutible— es que todo importa, que nada es ajeno, y que la vida, cualquier vida, debería ser siempre lo primero.
                Cerramos el día, sí. Pero no del todo. Hay paisajes que se quedan dentro… y preguntas que no se pueden dejar atrás.


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Datos técnicos
(En esta ocasión no comparto el track de la ruta, pues en caso de crecida del barranco de Morca, su seguimiento podría causar algún despiste innecesario)
Recorrido
Perfil





domingo, 12 de abril de 2026

POR LOS SOTOS DE L´ALMOZARA Y DE RANILLAS, DEL EBRO

Día 11 de abril de 2026
            En este prematuro verano que venimos padeciendo —con ese entusiasmo climático que te hace dudar si sacar la sombrilla o el edredón—, los doctores del tiempo, siempre tan dramáticos ellos, anuncian para hoy un giro de guion digno de tragedia griega: desplome térmico y regreso al más puro invierno. Zaragoza, en su línea, haciendo de las suyas.
            Así que, ni cortos ni perezosos, dejamos el buga bien guardadico en su cuadra, no vaya a coger frío el pobre, y Maite y un servidor nos encomendamos al noble arte del bus urbano. Rumbo a L’Almozara, barrio que en sus años mozos respondía al nombre de “La Química”, no por capricho poético sino por su industriosa realidad, cuyos vestigios —más tercos que el cierzo— siguen ahí, agazapados bajo el asfalto, las aceras y esas tierras tan monas que hoy lucen en los jardines como si aquí no hubiera pasado nada.
La vieja industria química IQZ (al fondo aparecen las torres del Pilar)
                    Hemos decidido acometer una de esas rutas populares que todo el mundo conoce: más que nada, para darle un poco de vidilla a las tabas, que ya empiezan a quejarse con ese crujido traicionero. El recorrido serpentea por ambas márgenes del “Flumen Híberus”, o sea, el Ebro, y no es la primera vez que lo hacemos… aunque en anteriores incursiones contábamos con un suplemento de juventud hoy claramente en retirada.
El Ebro
                Así que, en un alarde de previsión casi científica, nos adelantamos a la eclosión de las siempre encantadoras larvas de la mosca negra —criaturicas ellas, tan dadas al afecto epidérmico— y nos plantamos en las orillas del río.
                Arrancamos la caminata en las inmediaciones de la pasarela del Voluntariado, uno de esos legados que dejó la Expo de 2008, tan dada a los grandes lemas y a las obras que, mira tú por dónde, siguen ahí. Firma la criatura el ingeniero Javier Manterola, que algo sabría del asunto.
Pasarela del Voluntariado
                Tomamos rumbo aguas arriba: a la derecha, el río baja con ese caudal contenido, como quien guarda fuerzas para más adelante, a la espera de que el deshielo de las montañas le dé el empujón definitivo y ponga a prueba su carácter. Porque el Ebro, ya se sabe, tiene mucho de símbolo… pero cuando se pone serio, también tiene lo suyo de argumento. El soto de L´Almozara, más humilde que el de la otra orilla, da un toque de auténtica naturaleza.
Un intruso de Judea en el soto de l´Almozara
            A la izquierda asoma el centro deportivo “El Soto”, esa suerte de oasis selecto, concebido para el esparcimiento de quienes llevan galones y, por lo visto, también ciertas prerrogativas en materia de ocio. Un recinto pulcro, ordenado, con ese aire de exclusividad que no necesita decirse en voz alta porque ya lo gritan sus verjas.
            Y, sin embargo, a escasos metros —tan cerca que incomoda—, bajo la sombra de alguno de los puentes, la escena cambia de registro sin pedir permiso: colchones desfondados, enseres de fortuna y esa silenciosa evidencia de quienes juegan en otra liga, bastante menos glamourosa. Zaragoza, siempre tan capaz de yuxtaponer mundos, nos recuerda aquí que la distancia entre privilegio y precariedad no se mide en kilómetros, sino en unas pocas zancadas… y en muchas miradas esquivas. Tengo que decir que la última riada desalojó los puentes, pero pronto volverán a...      
La otra liga
        En dos zancadas —tres si uno se hace el interesante— nos plantamos bajo el “Pabellón Puente”, criatura firmada por la arquitecta Zaha Hadid, que se inspira en las escamas de un tiburón: una piel porosa, futurista y con más personalidad que muchos edificios con pedigrí. Vamos, que no deja indiferente, aunque a más de uno le cueste decidir si está ante una obra de arte o ante un pez de proporciones discutibles.
                Hoy ejerce de centro expositivo dedicado a la movilidad en todas sus versiones: la de antes, la de ahora y la que vendrá, si es que llegamos a tiempo y con batería suficiente. Un lugar donde uno puede reflexionar —o al menos intentarlo— sobre cómo nos movemos… mientras seguimos caminando, que al final es lo único que no falla.
Interior del pabellón Puente
                Seguimos caminando —porque ya puestos, parar ahora sería hasta de mala educación— y en pocos metros nos colamos bajo otro puente, el del Tercer Milenio, criatura del ingeniero aragonés Juan Arenas de Pablo. Nada menos que poseedor del récord mundial como mayor viaducto de arco atirantado en hormigón. Vamos, que no somos de Bilbao, pero cuando aquí se hacen las cosas, se hacen a lo grande, sin medias tintas ni complejos: el nombre no engaña y las dimensiones tampoco.
Maite en el camino
                        Poco a poco, el paisaje va mudando de traje: lo urbano se afloja la corbata y empieza a oler a tierra. Entre huertos familiares —y otros que uno diría que tienen más de aspiración que de dedicación—, y con la fiel compañía del Ebro marcando el paso, acabamos llegando al puente de la A-2. Por suerte, alguien pensó en los peatones y le añadió una acera, detalle que se agradece cuando no apetece jugarse la vida por cambiar de orilla. Un buen lugar para la auto-foto (me niego a lo de selfie) que certifique que uno también estaba en el lugar.
Autofoto
                    Una vez cruzamos, tomamos el camino que discurre paralelo al cauce y a las instalaciones del “Parque del Agua Luis Buñuel”. Y aquí, amigo, la cosa gana enteros: desde el punto de vista natural, el paseo se pone serio y nos regala el espectacular soto del Ebro a su paso por Ranillas. Un pequeño lujo, casi clandestino, en mitad de la ciudad.
Soto de Ranillas
            Los pájaros —ruiseñor, mirlo, curruca, carbonero…— ponen la banda sonora sin pedir entrada, dejándose ver entre este bosque de ribera donde mandan álamos, olmos, fresnos, carrizos, tamarices y hasta algún árbol del paraíso, que no sé si lo será, pero desde luego lo intenta. Una de esas maravillas discretas que Zaragoza guarda sin mucho alarde, como quien no quiere presumir… pero podría.
            Poco a poco —y sin que las tabas pidan ya negociación colectiva— nos vamos acercando al final del paseo. Seguimos fieles a las orillas de nuestro Ebro volviendo a desfilar bajo los puentes que hace un rato nos parecían toda una hazaña.
            Al llegar de nuevo a la Pasarela del Voluntariado, nos encaramamos a ella con la dignidad que nos queda, rumbo a L’Almozara. Toca recuperar el bus urbano, ese fiel corcel contemporáneo que nos devolverá a casa sin épica, pero con asiento (si hay suerte).
Últimos pasos
            Y es que hoy no conviene tentar demasiado a la resistencia física: tenemos reservado el aperitivo en “el Federico”. Palabras mayores. Porque una cosa es pasear por salud… y otra muy distinta llegar tarde al vermú, que eso sí que no tiene perdón.
        Y al final, casi sin darnos cuenta, queda ese poso que no sale en las fotos ni en los folletos: la certeza de que el viejo “Flumen Híberus” sigue ahí, marcando el pulso de la ciudad con esa mezcla de calma y carácter que le es tan propia. No hace falta que baje crecido, que cuando quiere lo hace, ni que se ponga solemne; le basta con discurrir a su manera para recordarnos que Zaragoza, en el fondo, se entiende mejor caminándola a su lado.
        Porque sí, entre puentes, sotos y veredas, uno descubre que esta ciudad —tan de extremos, tan de golpe de cierzo y golpe de calor— también sabe ofrecer rincones donde el tiempo afloja el paso. Y ahí, andando sin prisa, con el río como compañero y la ciudad respirando alrededor, se cuela algo parecido a la calma… que ya es decir.
            Así que volvemos a casa con las piernas algo más usadas y el ánimo, quizá, un poco más en su sitio. Todo gracias a ese Ebro nuestro, que no será perfecto, pero vaya si sabe hacerse querer cuando uno le concede el paseo.

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