jueves, 6 de agosto de 2026

PETRECHEMA

 Día 5 de agosto de 2026
            La última vez que ascendí a este pico iba en compañía de Maite. Han pasado unos cuantos años y ella ha decidido que las cotas bajas también tienen su encanto. De hecho, durante estos días que llevamos instalados en el acogedor Siresa, hemos ido haciendo incursiones por los montes de los alrededores, sin necesidad de buscar alturas que puedan poner en peligro nuestra relación con la gravedad.
Hace una semana, en la pasarela d´Holzarte
                He elegido este pico porque, aunque en esta ocasión me tocará ascenderlo en solitario, la elección tiene poco de temeraria. Al coincidir buena parte del recorrido con la ruta de la Mesa de los Tres Reyes, doy por hecho que de soledad, lo que se dice de soledad, nada de nada. Siempre habrá algún esforzado montañero dispuesto a echar una mano si fuera preciso.
                Como los voceadores de la climatología anuncian que existe un tanto por ciento de posibilidades de que llueva —circunstancia que, en verano, suele manifestarse por las tardes—, decido aplicar una de esas costumbres propias de los montañeros sensatos: pegarme un buen madrugón. Porque si algo tiene la montaña es que madrugar siempre parece una decisión estupenda… hasta que suena el despertador.
            El buga, que a estas alturas ya conoce el camino mejor que yo, me lleva hasta el refugio de Linza (1340 m.), punto de salida y llegada tanto de la anterior crónica como de la de hoy.
Indicaciones en el refugio de Linza
            El sol, que en unos días se eclipsará en plena tarde y nos recordará que hasta los astros tienen sus caprichos, hoy todavía no ha hecho acto de presencia, por lo que, de momento, la mañana se presenta fresca. 
            Dejo el parking del refugio para cruzar un pequeño puentecito y tomar la GR.13, llamada "Camino de Francia" o "Cañada Real de los Roncaleses". Nombres ambos de bastante empaque para un sendero por el que uno empieza caminando con toda la dignidad que le permite el madrugón.
La GR.13
                Por el momento, el sendero discurre por un amplio prado, superando laderas moderadamente empinadas que, hoy, extrañamente, afronto con bastones. Los llevo con la misma fe con la que algunos montañeros modernos se entregan a las bicicletas eléctricas: pese a no disponer de batería alguna, los bastones ayudan a superar las cuestas y, sobre todo, proporcionan la reconfortante sensación de que uno está utilizando tecnología punta.
                De vez en cuando me vuelvo para admirar el pico Maz y la Peña Euzcarre. La sierra de los Alanos va asomando sus cumbres poco a poco, en consonancia con nuestra altura. Abajo queda el refugio y, frente a él, el Achar del Caballo, recientemente superado en compañía de Maite. Todo parece estar en su sitio, incluida la montaña, que tiene la desagradable costumbre de permanecer quieta mientras uno se esfuerza por subirla.
Una mirada atrás
        Sigo ascendiendo por el sendero, ganando altura de forma paulatina, de modo que ya tengo una buena perspectiva del Barranco de Petrechema a nuestra derecha. En la ladera contraria puedo divisar el pequeño Refugio vivac de Petrechema.
        Tras ascender unos metros, y en las proximidades de un curso de agua, toca realizar un suave descenso hacia él. Se trata de la Fuente del Cubilar de Petrechema, que se alimenta de dos ramales procedentes de los empinados barrancos que bajan desde la cresta oeste de la Paquiza de Linzola. Me encamino hacia este último ramal para vadearlo, cosa facilísima, pues la sequía que nos está afectando, también aquí se deja notar. Sobre los montes cercanos, el sol, entre nubes,  comienza a mostrarse.
El primer rayo de sol
                Ahora me toca afrontar el tramo más esforzado de la jornada, el que discurre desde la Fuente del Cubilar hasta el collado de Linza (1937 m.). Son unos metros que, en algunos puntos, transcurren sobre roca, mientras que en otros la vegetación se encarga de ocultar algunas pequeñas dolinas. Una combinación muy apropiada para mantener al caminante entretenido: unas veces mirando dónde pone los pies y otras preguntándose dónde demonios termina el suelo.
Roca
            Alcanzado el collado se abre ante mí la panorámica de toda la zona del Pico de los Tres Reyes (2446 m.) y, más impresionante todavía, el Petrechema (2371 m.), que se alza como un auténtico coloso, esperando pacientemente que llegue a su cima. Él, por supuesto, sin ninguna prisa. El primero de los dos tiene además la importancia simbólica de unir Navarra, Aragón y el Béarn francés, antiguos reinos cuya leyenda cuenta que sus tres monarcas se reunían en este monte para sus encuentros y ágapes.
            Es solo una leyenda, claro. Porque me gustaría a mí ver subir a los tres monarcas hasta el "piquito" con sus coronas, sus séquitos y, sobre todo, con el ágape a cuestas. Mucho me temo que las reuniones serían bastante más abajo.
Picos de Leyenda
                Como decía al principio, hasta aquí he disfrutado de una especie de soledad acompañada: suficientemente solo para sentirme montañero, pero con gente alrededor para no tener que explicar mi desaparición a nadie. Así que una zagala, con la que he coincidido en los últimos metros, tiene a bien hacerme una fotografía. Un detalle que agradezco, pues siempre resulta conveniente disponer de alguna prueba gráfica que demuestre que uno ha llegado hasta allí y no se ha quedado tomando un café en el refugio.
En el collado de Linza
            A mi derecha, siempre en dirección este, veo el sendero que he de tomar. El resto del personal que ha subido hasta aquí sigue en dirección a la Mesa que, todo sea dicho, ya ascendimos los dos, años atrás. Así que, mientras unos continúan hacia la cima conocida, yo me voy hacia mi objetivo.
            Allá vamos.
        Por el momento, la senda asciende suavemente. A mi izquierda queda esa hoya kárstica que se esconde bajo el macizo del Bugogía y, delante, ejerciendo de imponente guía, el Petrechema me espera con paciencia. La montaña tiene esa virtud: nunca parece tener prisa. 
El Petrechema
        Alcanzo una especie de colladete, tomado literalmente por un rebaño de ovejas y cabras, desde el que me asomo al valle. Allí abajo diviso la senda que desciende desde el collado de Petrechema hasta Linza. ¿Bajaré por allí? Arriba decidiré. Porque en montaña hay decisiones que se toman con antelación y otras que, por prudencia, se dejan para otro momento.
Sí tenía compañía
                Con el permiso del rebaño, sigo subiendo. A partir de aquí el sendero se vuelve algo menos amable para este pobre "montañero boomer". El prado ha dado paso a la piedra y el camino pierde definición, aunque, guiado por los mojones, consigo alcanzar el cordal que, poco a poco, me lleva hasta la cima del pico Petrechema (2371 m.).
Hacia la cima
            Antes de nada, comentar que el nombre proviene de la voz aragonesa antigua "pietragema", que significa "piedras gemelas". El término alude a la cercanía con las espectaculares agujas de Ansabère.
            En la cima me encuentro con algunas personas. Cuatro jóvenes, tumbados en el refugio de vivac, se están echando unos pitillos marca "María". ¡A dónde vamos a llegar! Uno, que ya ha pasado la época de fumar determinadas cosas y ahora bastante tiene con conseguir que le funcionen las rodillas, observa la escena con cierta perplejidad.
            Suben un par de montañeros y uno de ellos tiene a bien sacarme una fotografía, que queda como testigo gráfico de mi hazaña. Porque una cumbre sin fotografía es, en estos tiempos, como si no se hubiera subido: podrá uno jurarlo ante notario, pero siempre habrá quien sospeche que la cima estaba unos metros más arriba.
En la cima (atrás se divisa La Mesa)
            Y nada mejor que echar un vistazo al panorama que se abre ante mí sobre un auténtico mar de nubes. En primer término, sobre el collado de Petrechema, asoma el pico Sobarcal (2257 m.), sobre el que se yergue, imponente, el Mallo Acherito (2374 m.). Más cerca, casi al alcance de la mano —aunque solo sea una manera de hablar—, aparecen las agujas gemelas de Ansàbere.
            Bueno, entre brumas y nubes se despliega todo un sinfín de montañas. Un espectáculo de esos que hacen que uno olvide por unos minutos el esfuerzo de la subida y piense que, después de todo, tampoco ha sido tan mala idea subir hasta aquí.
Aguja norte de Ansàbere
            No solo montañas. También se abren paso en mi interior algunos recuerdos, como aquel en que parte de aquellos amigos, "Estalentaos", cuando realizábamos el trekking "La Senda de Camille", nos encaramamos desde el collado a esta misma cumbre (400 m. de desnivel), para, entre otras cosas, echar un trago de vino en bota.
            Que, digo yo, será bastante más saludable que la "María" de los zagales. O, al menos, bastante más acorde con la dignidad de un veterano montañero.
            Y ahora toca decidir por dónde desciendo. Como tengo cobertura con "Doña Prudencia", valoro que aquella vez que subimos desde el collado el terreno no era precisamente un prodigio de estabilidad y que bajar por allí en solitario podría comportar cierto riesgo. Así que, por una vez, hago caso a la sensatez y decido regresar por el mismo camino por el que he subido. La montaña seguirá en su sitio y yo, si todo va bien, también.        
A la izquierda arranca la posible bajada al collado
            No hay mucho más que contar. Tanto en la subida como en la bajada he estado permanentemente conectado por varias vías con Maite, pues hoy en día entiendo que salir al monte sin compañía no significa necesariamente hacerlo a la buena de Dios. Con las distintas posibilidades de comunicación disponibles, uno puede sentirse razonablemente seguro. De hecho, no me ha faltado cobertura en ningún momento, que en estas montañas casi podría considerarse una experiencia sobrenatural.
            Un alimoche que vuela en círculos sobre mí parece querer anunciar que ya estoy llegando al refugio. No sé si se trata de una bienvenida o de una cuestión puramente gastronómica, así que prefiero no sacar conclusiones precipitadas. El caso es que el prado por el que he comenzado la mañana ya está cerca y la flor "quitameriendas" (colchicum montanum) luce con gran belleza, así como la centaura, poniendo una nota de color al final de la jornada.
Quitameriendas
                    Y por esta vez, la cerveza —acto de obligado cumplimiento después de semejante machada— queda pendiente para tomarla en Siresa. Hoy toca conducir y, en esto, también llevo de pasajera a "Doña Prudencia", que ha bajado conmigo hasta el final. Una compañera discreta, poco amiga de los excesos y que, aunque no sube montañas, tiene bastante claro cuándo conviene darse la vuelta.
            Mientras conduzco de regreso, pienso que quizá lo mejor de estas montañas no sea llegar a sus cimas, sino todo lo que uno se lleva de ellas: los paisajes, los encuentros, los recuerdos que vuelven sin avisar y, sobre todo, aquellas personas con las que alguna vez compartimos el camino.
            Hoy he vuelto al Petrechema después de unos años. Lo he hecho solo, aunque en realidad no lo he estado. Maite ha estado presente durante toda la jornada, de una manera u otra, y también lo han estado aquellos amigos con los que un día llegué hasta esta misma cima con una bota de vino entre las manos.
        La montaña permanece, nosotros vamos cambiando. Quizá por eso cada regreso tiene algo de despedida y algo de reencuentro. Y mientras las nubes se quedan prendidas sobre las cumbres, pienso que, al final, uno no sube a las montañas únicamente para alcanzar una cima. También sube para encontrarse con quien fue, recordar a quienes caminaron a su lado y, si hay suerte, seguir teniendo motivos para volver.
        La cerveza puede esperar hasta Siresa. Las montañas, afortunadamente, no.


–––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––


Datos técnicos
(El track, pulsando en la palabra wikiloc del mapa)



2 comentarios:

  1. ayer me hiciste recordar espléndidos momentos de hace 16 años. Qué tiempos!!!

    ResponderEliminar
  2. Me he vuelto a ver, con dificultades de reproducción, el video de aquella travesñia. Gracias JL. Fernando

    ResponderEliminar