martes, 23 de mayo de 2017

POR LA SENDA AMARILLA (Oliván-Bergusa-Ainielle-Susín)

Día 20 de mayo de 2017
Vista de Oliván desde Susín.
         Hace un fajo de años, catorce para más señas, en nuestros primeros pinitos con los amigos de Esbarre realizamos una travesía desde el puerto de Cotefablo hasta Olivan. Era un día gris, arriba, a los pies del pico Pelupín, nevaba con ganas. Descendimos, en aquella ocasión, hacia Otal y de allí a Ainielle. La nieve se transformó en fuerte lluvia; buscamos cobijo y, en Ainielle, no quedaba más cobijo que parte del ábside de lo que fue su iglesia. Pero, entre tanta ruina, algo vibraba en el aire, ¿será el alma del último habitante de esta aldea,? "Vamos a ver si en este día de primavera lo descubrimos".
           Camino de Oliván, aquellas mieses verdes que prometían "cosechón", se han tornado amarillas y sedientas de un agua que esta primavera les anda negando.
San Martín.
           Aparcamos en Olivan, bajo los muros que sustentan el campo santo y la iglesia románica de San Martín (S. XI) en la que observamos algunos rasgos altomedievales representativos como la galería de siete arcos ciegos que se prolongan en sendas lesenas. Su torre cuenta con varios vanos de arco de medio punto para albergar las campanas.
         Como enamorados que somos de la arquitectura popular y su espíritu montañés: sus casas, sus chimeneas, sus calles; echamos la vista a construcciones tan bellas como las casas de Ainsa, Colorao, Chuan y Azón.
             Protegidos del sol hasta las cejas, tomamos el sendero que conduce a Berbusa (Bergusa en la lengua "d´aquí").
¡Hasta luego!
        El primer tramo de sendero discurre junto a tierras de labor, pero pronto comienza a ascender para salvar los doscientos metros que nos separan hasta cruzar el cauce seco del barranco Forcón.            No se ve un  alma; caminamos, Maite y yo, en una plácida soledad. ¡Corrijo!, un grupo de "cabras" salen a nuestro encuentro, nos observan minuciosamente; se ve que, poco a poco, se van confiando de su ¿amigo? el humano.
         A partir de aquí, el camino es más amable, discurre por las faldas del monte de Cantalobos. Abajo, entre las hojas de enormes robles, distinguimos el barranco de Oliván.
Susín desde el camino de Bergusa. (zoom)
           Frente a nosotros, otra de las aldeas despobladas del Sobrepuerto: Susín, pero para eso queda mucho tiempo, por el momento seguimos por esta ladera (derecha) del valle. Quien no conozca este tramo de senda, la recomiendo recorrer y si es posible en primavera, pues los barrancos que estamos atravesando son una lección magistral de cómo el agua alimenta los ríos.
          Tras pasar por varios de ellos, la senda desciende fuertemente en zig zag por un denso bosque para salvar un barranco mayor, el Del Cano, que cruzamos ante el ruido de las aguas y el cantar de los pájaros.                   Tan solo nos quedan unos metros para alcanzar Bergusa, primero de los lugares que visitamos de los que te recuerdan qué es eso de la soledad.
Maite en un portal.
        La vegetación se come las pocas ruinas que nos hablan de un pasado en el que los ganaderos y carboneros moraban sus casas construidas en dos barrios a uno y otro lado, con escuela en cada uno de ellos, no por el número de alumnos sino porque cada una se utilizaba en función de la climatología.
        De su iglesia de San Pedro (principios s. XVIII), solo quedan cuatro piedras y la inscripción de la fecha de 1703.
        Ya llevamos un buen tramo caminado, con sus cuestas y su distancia, pero como aún queda mucho más, es buen sitio, Bergusa, par echarnos al cuerpo algo de energía, o sea, un plátano y algunos frutos secos.
Por la hidrosenda.
             Con el pensamiento puesto en lo que esta aldea fue, nos ponemos en pie y seguimos nuestro camino. Un nuevo barranco suelta sus aguas sobre la mismísima senda dotándola de una alfombra líquida que nuestros pies no consiguen salvar.
             Me pregunto yo: ¿de dónde sacará esta sierra de Cantalobos tantas lágrimas?. Pues en el siguiente de los barrancos encontramos un bella cascada, sus aguas cristalinas pintan un bello cuadro que queda plasmado en nuestras retinas (y cámara).
           Por un momento nos da la impresión de encontrarnos en otras latitudes más lejanas.
Cascada.
Camino de Ainielle.
       Dejamos este paradisiaco rincón y, enseguida, alcanzamos la bifurcación que, a la izquierda, conduce a Ainielle y a la derecha a Oliván y Susín, senda que tomaremos al regreso.
         El hecho de que no hayamos perdido mucha altura, nos facilita que el camino hasta la aldea que inspiró a Julio Llamazares para escribir su novela "La lluvia amarilla" nos resulte  un agradable paseo.
      A nuestra derecha, muy por debajo, se escucha el rumor del barranco que recoge las aguas que le regala el Erata, barranco que cruzamos a las puertas de Ainielle, objetivo de nuestra jornada en el recorrido por los pueblos ¿deshabitados?. 
¡Que hay, amigo!
          Hoy no toca soledad, pues un rebaño vacuno habita las calles y eras del pueblo de "José", último habitante de esta aldea. A nuestro paso, un toro que, digo yo será el semental, nos mira con gesto preocupante.
    Ningún problema. Nos adentramos en las calles de Ainielle; sus casas, lentamente y sin piedad, van cayendo una a una; tan solo se sostienen en pie algunas paredes ayudadas por la vegetación que las devora por cada uno de sus rincones. Entre el sonido de los cencerros de las vacas y el cantar de los pájaros, el pensamiento nos traslada a aquella aldea de la novela, en la que Andrés, un anciano, único habitante de Ainielle, nos cuenta, desde el extravío producido en su mente por la soledad, la historia de su pueblo y la desaparición de la vida y, como he dicho, su último habitante José de casa O Rufo.
Ainielle.
Allí quedó todo.
  La sensación que experimentamos en lugar tan profundo, sombrío y dejado entre dos montes es, más que de tristeza, "de respeto".
           Es una triste y bella historia de una realidad sufrida por este y otros pueblos como los de Sobrepuerto.
        Pero no  podemos dormirnos en la historia, queda tajo. Pero antes de proseguir, nos nutrimos con un medio bocadillo de tortilla de "güenos güevos" y ajos tiernos, ambos de la huerta del Monasterio de Casbas, y una fresca birra que, alojada en un pequeña nevera, he portado dentro de mi mochila.
Hace un día extraordinario y hay que aprovecharlo. 
Molino de Ainielle.
        Descendemos hasta la confluencia de los barrancos Cuello de Ainielle y Puerto por un sendero que desciende rápidamente, unos cien metros, para visitar otro rincón de la memoria de Ainielle: su molino, restaurado hace un par de años y única construcción que se mantiene en pie. En el dintel de la puerta reza el año 1763, posiblemente fecha de su construcción, y sus jambas (1823 y "+") nos hablan de la esperanza de unos humildes vasallos que hicieron mejoras en el molino con la ilusión de lograr una emancipación que tardaba en llegar.
Álabe.
        Cuenta Enrique Satué Oliván que el molino trabajaba según el ritmo estacional de las lluvias. Para aprovechar los momentos óptimos, las diez familias de Ainielle practicaban un turno rotatorio que denominaban "moler a redolín".
          El molino utilizaba agua de los barrancos del Puerto y del Cuello de Ainielle, derivándola con piedras a través de dos acequias de escaso recorrido que convergían en una pequeña balsa situada encima del edificio. Este diminuto embalse proyectaba el agua, al levantar una tajadera, sobre el rodete con álabes de haya (fau) que, a través del árbol de roble (caxico), movía las muelas.
¿Mesa de juego?
           Afortunadamente, también se ha conservado el guardapolvo, la tolva y el alivio de madera que regulaba el rozamiento de dichas muelas. Además contemplamos en el suelo dos viejas muelas de caliza, posiblemente de 1823. En las primeras observamos figuras geométricas grabadas para jugar con piedrecitas mientras duraba la molienda (alquerques o juegos de molino). En este sentido, el molino de Ainielle es único en la zona.
          Volvemos sobre nuestros pasos y lo que antes era bajada ahora... 
        La vacas que nos han recibido con sonora alegría nos despiden en su hora de siesta, están todas tumbadas en el suelo. Hasta el "torito" parece que nos despide con mejor cara.
Por la pista.
       Tras alcanzar aquella bifurcación que comentaba, tomamos la senda que desciende sin contemplaciones hasta una pista que recorre el fondo del barranco de Oliván. Los siguientes kilómetros son algo más aburridos, estas vías son así.
             Llegados al cruce que sube a Susín, con un calor propio del terreno y la hora, medimos la reserva de fuerzas que nos quedan y decimos tirar "p´arriba". - ¡Anda que no hemos tenido cuestas hoy!.
Alcanzamos esta bonita y cuidada aldea que si bien no tiene novela (que yo sepa), también, como Ainielle, tiene su historia y fue su última habitante, Angelines Villacampa, fallecida hace unos cuatro años, quien asumió la labor de contarla.
Santa Eulalia.
         Este pequeño pueblo se emplaza en un lugar elevado, rodeado de prados y bosques, y con unas impresionantes vistas de Tierra Biescas, surcada por el río Gállego. Una pequeña calle empedrada alberga algunas casas: Casa Mallau, Casa Ramón y Casa Canales. Y a su alrededor hay varias bordas, la herrería y el resto de edificios secundarios. A todo esto se añade la iglesia de Santa Eulalia de Mérida, perteneciente al conjunto de iglesias del Serrablo. Del románico inicial bajo influencia lombarda, conserva elementos prerrománicos en su ábside y junto a él una preciosa ventana de dos vanos con falsos arcos de herradura.
Susín
            Un pueblo muy mejorado en los últimos años (tras su abandono en la década de los sesenta) gracias a Angelines y a toda la gente que está colaborando en torno a la asociación Mallau - Amigos de Susín para mantener el pueblo vivo.
          Nos sentamos en la puerta de la "ferrería" para acabar de tomar el resto de comida que nos queda y que está compuesta por el mismo menú de Ainielle.
        Con todos lo deberes cumplidos,  iniciamos el último descenso por un precioso sendero que atraviesa un inmenso bosque de robles hasta alcanzar, de nuevo, la pista que nos lleva hasta el final de nuestra jornada: Oliván.
Camino de Oliván.
            Una jornada en la que no hemos visto ni un alma, los caminos nos han sorprendido por su bello recorrido; hemos visitado algunos de los "Despoblados del Sobrepuerto"; por un momento, nos hemos adentrado en las historias, noveladas o no, de lo que fueron sus gentes; y hemos caminado...¡leches si hemos caminado!...
              Hasta pronto

¡DALE, DALE MARCHA AL RATÓN!













DATOS TÉCNICOS

Recorrido

Perfil:
Distancia = 20,1 Km
Desnivel acumulado + = 1008 m.
Desnivel acumulado - = 1008 m.

jueves, 18 de mayo de 2017

BARRANCOS Y MUELAS DEL MONCAYO (Horcajuelo, Morana, Morrón...)

Día 16 de Mayo de 2017
Alcalá de Moncayo.
          Si no fuera por la información que nos dan los mapas, navegadores y demás conocimientos, hay momentos en los que uno no sabría donde se encuentra. Y, concretamente, me refiero a la salida que hoy hemos realizado el amigo Chema y yo por la zona S.E. del macizo moncaíno.          No es la primera vez que garreo (parcialmente) por estos lares pero, aun así, no sé si seré capaz de describir tanta sorpresa en esta página, ni de que las diferentes formas gráficas plasmen la belleza de los rincones de este maravilloso lugar. (diapositivas aquí) (fotografías aquí). Lo intentaremos.
                La mañana carece del frescor que sería deseable en estas fechas, ya nos habían anunciado que el día será caluroso por lo que he cargado en la mochila buena cantidad de agua. 
Al fondo asoma La Muela del Horcajuelo.
            Partimos temprano en dirección a Alcalá de Moncayo, pueblo que divisamos alzado sobre un alto en el que destaca la torre de lo que fue su castillo y la iglesia de la Asunción del siglo XVI, construida bajo el mecenazgo de los abades del Monasterio de Veruela.
             A caballo en el "buga" de Chema atravesamos las estrechas y empinadas calles de Alcalá para tomar la pista que conduce al aparcamiento de la central de Morana que es alimentada por las aguas de los barrancos Picabrero, Horcajuelo y Morana, primeras ubres de las que se amamanta "La Huecha" (río Huecha).
Barranco de Morana.
No es el Pirineo.
         Comenzamos a caminar por el sendero PR-Z-3 que, aunque cómodo, nos anuncia lo que vamos sufrir y disfrutar durante la primera parte de la jornada. Se trata del Barranco de Morana cuya senda tomamos, a la derecha, cuando llevamos caminados unos 1,6 Km. Se adentra en un mundo en el que el agua, plantas, rocas... compiten entre ellas por ver cual de estos regalos naturales luce con más esplendor.
       Nos preguntamos -¿estamos en el Pirineo? ¿en una jungla?- Y es que, amigos, las aguas que vadeamos una y otra vez, descienden por el barranco abriéndose paso entre un denso bosque en el que predominan las encinas cubiertas de hiedra y arbustos como el majuelo. Arces, fresnos y otras especies que no reconozco completan la exhibición. 
¿Sendero?
          La senda, felizmente olvidada por los amigos de amueblar el monte, al igual que las aguas, se va abriendo camino entre la vegetación que debemos ir salvando. No quiero decir que no haya que mantener los senderos limpios de maleza pero en algunas ocasiones, es mi opinión, nos pasamos de la raya.
        Alcanzamos un refugio de piedra en cuyo interior hay buena despensa para quien necesite cobijarse en él.
       Poco más adelante, remontando el cauce, llegamos a la presa de la central de Morana. Cruzamos el dique y caminamos junto a un cauce de agua encajonado que nos trae al recuerdo las Levadas que recorrimos el pasado año en Madeira. ¡Nada que envidiar!.
                 Unas veces caminamos junto a las aguas, otras las cruzamos y volvemos a cruzar, otras subimos unos metros por laderas... En este barranco, el agua, la vegetación, "el Chema" y un servidor estamos condenados a entendernos.
No es navidad.
      Pasado el barranco de Valdealonso el terreno se va ensanchando, entra más luz y van apareciendo algunas plantas como la lavanda, el erizón de flor violeta, retama, sabina rastrera, enebro y más y más acebo cuyos ejemplares femeninos nos muestran su rojo fruto.
     A nuestra izquierda, cuatrocientos metros arriba, adivinamos el primero de nuestros objetivos que, por un despiste, abandonando el barranco, queremos alcanzar antes de hora. Pues nada de eso, hay que seguir remontándolo hasta su cabecera, la Pradera de la Herrería que, bajo los pies del Pico Lobera, luce un intenso verde salpicado por miles de pequeñas florecillas.
El Morana en su parte alta.
En la Muela del Horcajuelo.
           Aquí giramos fuertemente en dirección N.E. para atacar los últimos metros que nos separan de la Muela del Horcajuelo (1706 m.). Este tramo lo subimos "campo a través", salvando la gran cantidad de erizón y sabina rastrera.
       Ya en la cima, el paisaje se nos abre en todo su esplendor, aunque la mirada se nos va hacia el próximo objetivo que tenemos enfrente, casi a nuestra altura, pero el fuerte barranco que nos separa nos lo va a poner durillo.
     Descendemos hasta el mismísimo nacimiento del barranco del Horcajuelo, por fin caminamos por una senda en condiciones. 
Erizón
         Conforme vamos perdiendo altura alcanzamos los dos corrales del Horcajuelo: el de Arriba (en ruinas)  el de Abajo y, posteriormente, la pradera del mismo nombre (1420 m.).
        Nos encontramos con el sendero PR-Z-3 que une el Monasterio de Veruela con el Collado del Campo para, enseguida, abandonarlo y dirigir nuestros pasos a una pedregosa canal, de unos doscientos metros de desnivel, que atacamos para alcanzar La Muela (1663 m.).
       Sin traza alguna y casi sin perder altura, arribamos en el Cerro Morrón (1730 m.) tercera y última de nuestras cimas de la jornada. Lástima de la bruma existente, es la tercera ocasión que subo a este punto y no deja de entusiasmarme. Aún así divisamos la Peñas de Herrera desde su cara más desconocida, La Muela de Horcajuelo que hemos dejado, el pico de Lobera, La Tonda, a lo lejos las sierras de Algairén y Vicor... Lástima, en día claro se alcanzan a divisar las montañas del norte: Alcubierre, Guara, Pirineos.
Peñas de Herrera.
En primer término la Muela del Horcajuelo, detrás el Pico Lobera.
         He comentado que es la tercera de las veces que subo aquí, pero es la primera en la que el descenso lo hacemos, ¿cómo diría yo?...¡con dos...!, o sea por la vía más recta buscando el mejor de los "toboganes canchaleros", entre el roquedo y matorral que crece en esta canchalera.
           De nuevo alcanzamos la PR-Z-3 que no dejaremos hasta el final de la jornada, pero para esto aún queda descender por el barranco de Horcajuelo que si bien es espectacular, el de Morana, a mi entender, le supera en lo relativo a lo salvaje de la naturaleza que les acompaña a ambos. Incluso el cauce del agua, aquí es más escaso. Pero no hay mal que por bien no venga, el de Horcajuelo muestra grandes formaciones de roca que se asoman al camino, a las que les cuesta mantener la verticalidad entre las que destaca la Torre de Morana que flanqueaba el que seguían los segadores cuando, desde esta zona, marchaban a Castilla. Otras formaciones, capricho de la naturaleza, se asemejan a la figura que cada cual pueda interpretar.
Torre de Morana.
¿Andará por ahí la corza blanca?
         Seguimos descendiendo: a nuestra derecha un refugio de piedra nos invita a acercarnos a visitarlo, pero el día no está para refugios, hace calor y conviene seguir. Pronto llegamos al cruce del sendero que hemos tomado por la mañana, el de Morana.
         Tras observar el lugar en el que se abrazan los dos barrancos, Morana y Horcajuelo, tan solo nos queda un paseo para finalizar esta sorprendente jornada por estos estremecedores lugares de la Sierra del Moncayo. No en vano, Gustavo Adolfo Becquer escenificó por "aquestos lares" la Leyenda de la Corza Blanca:
    En esta leyenda aparece un noble aragonés, llamado don Dionís, que tenía una hija, Constanza, y esta tenía un sirviente personal que se llamaba Garcés. 
Constanza y la Corza Blanca.
Un día tras acabar la caza se reunieron todos bajo unos árboles y vino un zagal del cual le dijeron a don Dionís que no estaba muy bien ya que pensaba que todos los ciervos iban contra él, y también que un día buscando a los ciervos apareció un grupo de corzas lideradas por una corza blanca que al verlo huyeron despavoridas. Todos se rieron de las gracias de Esteban menos Garcés que no paraba de pensar en el relato sobre la corza blanca. Garcés amaba a Constanza, y pensó que si atrapaba a la corza blanca para ella, ésta caería rendida en sus brazos. Salió del castillo armado pensando que atraparía su botín y después de luchar contra todos los elementos consiguió verla junto a su manada, y la corza blanca quedó atrapada en un matorral, pudo acercarse a ella e intentar cogerla, pero cuando iba a hacerlo la corza le habló y él quedó tan sorprendido que se liberó e intentó escapar, pero Garcés le tiró una flecha y acertó en el blanco, pero en realidad la corza era Constanza que se revolcaba en su propia sangre tras haber sido alcanzada por la flecha de su pretendiente.

           Hasta pronto.



EL RATÓN DE VIEJAMOCHILA






DATOS TÉCNICOS
Recorrido

Perfil.
Distancia = 19,49 m.
Desnivel acumulado positivo = 1170 m.
Desnivel acumulado negativo = 1170 m.

viernes, 12 de mayo de 2017

VALONSADERO (Soria)

Día 6 de Mayo de 2017
El Moncayo y su boina.
        En la anterior entrada comentaba que hoy nos íbamos, como cantaba Gabinete Galigari, "camino de Soria". 
           Nos hemos apuntado con los amigos del Nordic Walking CAI, practicantes de un deporte de lo más sano en su ejecución, pero que no ha calado en mí (todavía).               Pero como vamos con buena gente y, además, son de buen yantar seguro que vamos a pasar una buena jornada.
      De nuevo, el tiempo nos acompaña, el cielo se encuentra totalmente despejado, corrijo: tan solo se observa la boina que, como de costumbre, luce el querido Monte Cano (Moncayo).
Monte Valonsadero.
           En el camino a tierras de Castilla se palpa el cariño de los que dejaron aquellas tierras y se vinieron con los aragoneses: uno a uno van describiendo cada pueblo, rincón, río, monte... de su amada Soria.
       Casi en la capital nos detenemos a desayunar, los que acostumbramos a tomar café con leche, cambiamos de menú y nos metemos en el cuerpo uno de sus afamados torreznos (¿barritas energéticas?).
              El autobús nos lleva por las afueras de Soria, vamos en dirección del Monte Valonsadero que, a tan solo ocho kilómetros, es un lugar muy popular entre las gentes sorianas.
               Antes de iniciar el recorrido nos vestimos de "nordicwalkingstas", o como se denomine a los practicantes del asunto, o sea que nos damos crema para que "Lorenzo" (sol) no haga una de las suyas.
Cargando energía.
          Ante la presencia de algunos (pocos) grandes robles, comenzamos camino de los Abrigos de Valonsadero, que albergan una importante muestra de arte rupestre. No recorreremos todos pero sí algunos como El Puntal, La Lastra, Visera, Majuelo, Peñascales y el que me parece más importante por la cantidad y calidad de sus pinturas: El Mirador. El nombre le viene debido a que desde su posición se dominan las cañadas Honda y del Nido del Cuervo. En este abrigo veremos figuras humanas y animales, soliformes, zig-zags, ramiformes, ídolos, representación esquemática de cabañas o trampas, etcétera. El Mirador es una de las principales joyas del arte esquemático de la Península Ibérica.
Detalle del abrigo del Mirador.
Los Peñascales III
El Riscal.
        No obstante en el pase de diapositivas (que dejo aquí), aparecen algunos de los abrigos que hemos visitado, con la nominación de cada uno de ellos.
         Pero esto solo es el paseo pues, tras admirar un ganado de reses bravas, continuamos caminando en dirección a Pedrajas, pero antes de llegar giramos bruscamente hacia el N.E. para auparnos sobre las rocas del Riscal, lugar propicio para echar un vistazo hacia un Norte dominado por las sierras de Urbión y Cebollera. Unos disparamos las cámaras, otros, "los d´aquí", nos ilustran nombrando cada uno de los picos de las alturas castellanas (con permiso del Moncayo):
             - la más alta es el pico Cebollera
             - tienes razón, ¿y la del otro lado?
             - ¡no la ves!, la del telégrafo
             - ¡ah! y esa ¿no será Cuesta Bellida?
             - ¡pos sí!
             - a la izquierda se ve algo del Urbión
             - ¡cagüen!, hay algunas nubes y no se ve toda la sierra
Sierra de la Cebollera.
Muérdago.
         "Ya pueden pasar mil años, que tienen la culera más apegada a su tierra que el culo de un ministro a su sillón".
         Hay que seguir, los amigos Fernando y Enrique que, previamente, estuvieron reconociendo el recorrido, nos conducen hacia el Raso de la Vega de Baturio, un lugar casi llano, digo casi porque parece querer caer hacia el Duero, ese cantado río que, por el momento, dejamos descansar.
        La senda, recién señalizada como PR, nos lleva por las proximidades del arroyo de Valsequillo y doy fe de que el entorno hace honor a su nombre. Pero no hay arroyo que, en algún momento, no lleve agua y en la ribera crecen algunos chopos a los que se agarran y parasitan montones de muérdagos.
Río Pedrajas.
      Arroyos, barrancos, ríos..., pero el agua no la vemos hasta el cruce del Paso de Carretas, un badén sobre el río Pedrajas que en pocos metros se abrazará al Duero. 
      Este es un buen lugar para realizar un descanso, no es que estemos cansados pero toca darle un bocado al canario plátano y al chocolate jaulinero.
       Ahora se trata de remontar las escasa aguas del Pedrajas, quizás el tramo menos seco de la caminata pero, aún así, me resulta triste ver este cauce casi seco, con árboles sin sombra agonizando en sus orillas, como si lloraran por la ausencia del río que solo se deja ver esporádicamente. Son los caprichos del clima de un planeta que poco a poco, como el río, va agonizando.
Puente del Canto
          Y sobre el Pedrajas un puente sobre un cauce seco: el Puente del Canto. Unos dicen que es de la época romana, pero los estudios concluyen en que lo más probable es que su construcción fuera entre los siglos XVI y XVII.
          Los siguientes pasos los echamos por verdes praderas en la Vega de Cubillo y Valdecaballos en los que vacas y caballos comparten territorio con algunas cigüeñas. Sobre una roca se encarama un cuervo, que alguien confunde con un águila, observa el paso de este grupo que ya adivina el final de la etapa, pues poco más adelante ya se ven vehículos y la Casa del Guarda, convertida en centro de entretenimiento y restauración.
Valdecaballos.
Área de la casa del Guarda.
                 El autobús nos espera, no para marchar sino para que nos aseemos en lo posible para pasar a comer al garito, no sin antes darnos el gustazo de meternos una buena dosis de caldo de cebada.
             Ni que decir tiene que nos hemos comido todo, somos gente agradecida, no es que hayamos gastado mucho pero no ha estado mal la caminata. Ahora para hacer la digestión nos iremos a visitar ese río, el Duero, a su paso por ese lugar al que D. Antonio Machado tanto amó.
Recorrido: 14 Km.
Desnivel: 205 m.
           Como decía, nos acercamos a Soria en la que damos un paseo por la orilla del Duero hasta la ermita de San Saturio levantada sobre una gruta eremítica visigoda llamada cueva de Peñalba, situada a orillas del Duero. Acoge en su interior unas impresionantes pinturas al fresco que narran la vida de San Saturio, hijo de una noble familia del siglo V y que fue canonizado por entregar todos sus bienes a los más necesitados y retirarse luego a una vida de anacoreta. También acoge los restos y el sepulcro del santo soriano, que además es el patrón de la ciudad.
           El conjunto está formado por unas grutas naturales sobre las que se construyó un edificio dedicado a uso religioso. A la ermita se accede (habríamos accedido de estar abierta) por la cueva situada a sus pies, origen de la tradición santera. En un primer término, se encuentra la sala de reuniones del llamado Cabildo de los Heros, una especie de Tribunal de las Aguas para el secano donde celebraban sus juntas la hermandad de labradores. La sala posee una delicada bancada de piedra y una efigie del santo colocada en el lugar de honor. 
               Pero los ojos se nos van hacia el Duero, el río que, inevitablemente, te traslada a aquellos momentos en que Antonio  lloraba la muerte de su amada Leonor:
Una noche de verano
estaba abierto el balcón
y la puerta de mi casa
la muerte en mi casa entró.

Se fue acercando a su lecho
ni siquiera me miró,
con unos dedos muy finos,
algo muy tenue rompió.

Silenciosa y sin mirarme,
la muerte otra vez pasó
delante de mí. ¿Qué has hecho?
La muerte no respondió.

Mi niña quedó tranquila,
dolido mi corazón,
¡Ay, lo que la muerte ha roto
era un hilo entre los dos!