miércoles, 18 de marzo de 2026

6ª MARCHA SENDERISTA POPULAR DE BELCHITE (más o menos)

Antes de lanzarte a la aventura de sumergirte en esta y otras historias, un pequeño recordatorio con cariño: sí, el blog también se deja querer en el móvil, faltaría más… pero donde realmente luce, como quien se pone de domingo, es en “modo ordenador”. Dicho esto, tampoco vamos a ponernos exquisitos: tú disfrútalo como te dé la gana, que para eso es tu pantalla

 Día 15 de marzo de 2026
                Anoche andaba yo debatiéndome entre la épica y el ibuprofeno: no tenía nada claro si esta mañana estaríamos para marchas triunfales o más bien para procesiones cojeantes. Un discreto “incidente técnico” en la travesía de ayer por Guara me dejó la cadera protestona, pero nada que un surtido farmacéutico —finamente maridado— no pudiera domesticar.
                    Total, que Maite y este humilde servidor hemos amanecido con mejor cara (y mejores bisagras), así que en marcha. El buga, por cierto, está ansioso por zamparse las rectas de la carretera de Belchite, y uno no es quién para frustrar semejante ilusión mecánica.
Alborea en Belchite
                    Los que soléis perderos por esta Vieja Mochila ya sabéis que no soy yo muy de andar "andadas" por gusto —más bien de llegar—, pero oye, lo de Belchite tiene algo. Será la organización, serán los recorridos, será la gente… o será que nos va la marcha. El caso es que repetimos por tercera vez, que ya tiene mérito considerando que en otras tantas ocasiones nos quedamos con las ganas. Pero no sé que tienen estos mozos y mozas de la Asociación Senderista de la Comarca del Campo de Belchite, que nos llevan a insertarnos en la "6ª Marcha Senderista Popular de Belchite".
                Allá
vamos: con un cierzo que te peina las ideas a base de collejas y una temperatura que invita más al brasero que a la hazaña, nos plantamos en la plaza del Ayuntamiento, que está más animada que un vermú en fiestas. Caras conocidas —Carmen y Milagros, senderistas luciendo ese “look multicolor” que desafía a cualquier desfile de modas—, música, chocolate con bizcocho… vamos, que quedarse en casa habría sido poco menos que un delito social.
                Cumplimos con el ritual: credenciales en mano, camisetas al saco, saludo de rigor a Goyo y César, que están más liados que un pulpo en un garaje con la organización… y cuando las campanas de la iglesia marcan las ocho en punto, aquello arranca. ¡Y de qué manera!
Arrancando por las calles de Belchite
            Cientos
de senderistas salimos en tropel, como si regalaran algo al final, dejando a la izquierda el estanque donde los patos nos observan con esa mezcla de curiosidad y superioridad moral tan suya.
Cruzamos el puente que salva la trinchera —antiguo hogar del ferrocarril minero de Utrillas, cuando las cosas iban por raíles y no por excusas— y, sin mucha ceremonia, el pelotón abandona la población.
Sobre lo que fueron las vías del ferrocarril
            Ya
en monte abierto, convertidos en una serpiente multicolor digna de desfile carnavalesco, nos dejamos caer por el barranco del Pozo del Tío Damián, que es tan impresionante como bonito (y no, no es redundancia, es insistencia). Las lluvias recientes han hecho su magia, dejando badinas aquí y allá, donde el tímido sol que logra colarse en el barranco se refleja con más ganas que nosotros a esas horas.
Barranco del Pozo del Tío Damián
                El
barranco va a morir, con toda la dignidad del mundo, frente al depósito de agua de los Escaramachales, donde unos patos silvestres están de fiesta continua —sin preocuparse lo más mínimo por el cierzo ni por nuestras ojeras—. Los cormoranes, que suelen ser fijos en el cartel, hoy han decidido hacer bolo en otro escenario. Ellos sabrán.
Depósito Escaramachales
                Avanzamos
unos metros por el camino que une Belchite con Almonacid de la Cuba, pero lo justo para entrar en calor antes de que la senda nos traicione y empiece a subir sin compasión, como si le debiéramos algo. La cuestecica, humilde de nombre, pero no de intenciones, hace su trabajo y rompe la fila en varios pelotones: aquello ya parece el Tour en pleno Tourmalet, solo que aquí cambiamos bicicletas por resoplidos finamente afinados.
No es el Tourmalet
                        El
cierzo sigue soplando con mala leche, pero ni por esas logra amedrentar a las aliagas, que en estas fechas van presumiendo de amarillo como si desfilaran en una pasarela rural. Ahí están, erguidas, casi reverenciando nuestro paso… o quizá riéndose por dentro, que tampoco sería raro.
Reverencia de las aliagas
                    Y
cuando las aliagas deciden que hasta aquí hemos llegado, aparece un pinar que nos mete, casi sin pedir permiso, en otro barranco: el de La Pelaja. Nos adentramos en él con ese respeto exquisito que se le supone al senderista de bien… y también porque el terreno no está para muchas alegrías ni excesos de confianza.
Barranco La Pelaja
                Ya
asoma Almonacid de la Cuba en el horizonte, como diciendo “venid, que aún os queda faena”, pero antes nos regala un rincón de esos que te reconcilian con el madrugón: almendros y frutales en flor haciendo de decorado bucólico (casi sospechoso de postal), seguido de un descenso por bosque cerrado que invita más a perderse que a seguir la ruta. 
Vista de Almonacid de la Cuba
Flor del melocotonero
                Tocará
vadear la acequia de Belchite, y menos mal que la organización ha tenido a bien improvisar un elegante —y ligeramente inquietante— pontón de cañas sobre el agua. Tradición, equilibrio y un puntito de fe.
                Luego, cómo no, toca volver a subir, porque aquí nadie regala metros. Pasamos junto a una fuente de cinco caños, que suena a lujo hidráulico en mitad del esfuerzo, y por fin entramos en la población, donde nos espera el avituallamiento.
Llegando al avituallamiento
            Y
qué avituallamiento. Nada de barritas insípidas ni pócimas fluorescentes: aquí se viene a lo serio. Bocadillos de jamón con tomate y porrón de tinto de Belchite. Tras un breve descanso —de esos que se alargan peligrosamente—, uno no sabe si está listo para seguir la marcha o para echar raíces allí mismo. Pero hay que seguir.
            Atravesamos el pueblo por la calle Molinés, con la torre de la Iglesia de Santa María la Mayor asomando con ese porte renacentista tan suyo, levantada allá por el siglo XVI, cuando las cosas se hacían sin prisas pero con mucha piedra.
Iglesia Sta. Mª la Mayor
            A
la izquierda, el río Aguasvivas nos enseña sin pudor las cicatrices recientes: por segunda vez en pocos meses, sus crecidas han hecho de las suyas, dejando claro quién manda cuando se pone serio.
            Y un poco más adelante, al sur del pueblo, el mismo río se pone histórico y nos habla de otros tiempos, cuando a alguien se le ocurrió “encubar” el agua —de ahí lo de “cuba”, que no es por el ron—. Fue allá por el siglo I, casi antes de ayer en términos geológicos, cuando los romanos levantaron la imponente Presa Romana de Almonacid de la Cuba: 34 metros de altura, 100 de longitud y una lección magistral de ingeniería con piedra, cal, arena y mucha cabeza. Vamos, que ya entonces sabían hacer las cosas para que duraran.
Presa Romana
                Antes de retomar la marcha —que aquí no se detiene ni con argumentos históricos— nos asomamos al mirador, porque lo de la “cuba” no era cuento ni licencia literaria: ahí está, en vivo y en directo. Bajo la presa romana, el río Aguasvivas se viene arriba y escupe el agua con una bravura que ya quisieran para sí más de un toro en San Fermín.
En el mirador
La bravura del...
...río Aguasvivas
                Vamos, que aquello no fluye: embiste. Y uno, prudentemente, lo contempla desde arriba, no vaya a ser que el espectáculo acabe con participación involuntaria.
                Dejamos atrás Almonacid de la Cuba por la CV-645, lo justo para despistarnos cien metros antes de que una senda, con muy mala educación, nos invite a subir. Y claro, entre la pendiente y un cierzo que sopla de cara con evidente animadversión, aquello se convierte en una prueba de carácter. Tanto, que unas marchadoras, al ver el panorama, sueltan un sincero —y envidiable— “¡dimitimos!”… y lo cumplen. Gente con criterio.
                Maite y yo, en cambio, tiramos “p’arriba”, que ya es vicio, en una lucha sin cuartel contra el viento, la cuesta y ese detalle menor llamado años acumulados, que siempre juega en el equipo contrario. El cuerpo protesta, la dignidad aguanta y las piernas… bueno, hacen lo que pueden.
"P´arriba"
                    Coronamos por fin este tramo —con más orgullo que elegancia— y arriba se deja ver el Mojón de Lobo, viejo conocido de aventuras pasadas con los amigos de Esbarre. Pero, por una vez, la organización tiene un gesto de humanidad y nos ahorra la subida: giramos y comenzamos a descender hacia el río Aguasvivas, que hoy hace honor a su nombre con un caudal que no está para bromas ni metáforas discretas.
                No tardamos en alcanzar ese punto con nombre de advertencia, “Malpasillo”, donde el río Aguasvivas se abre paso entre las rocas con más terquedad que delicadeza, para acabar dejándose caer en el llamado “Pozo de los Chorros”. El espectáculo, para qué negarlo, merece la parada: unos y otros nos asomamos a un mirador que cuelga —literalmente— sobre uno de los tramos más impresionantes del río, y por un momento hasta parece que el mundo se calma… aunque solo sea porque estamos demasiado ocupados en no caernos.
El río hacia el Pozo de los Chorros
                    Allí arriba se respira algo parecido a la paz, que no es poco en estos tiempos de prisa y ruido. Pero claro, como todo lo bueno, dura lo justo. Con cierta pena —y alguna excusa— dejamos el mirador y retomamos la marcha, ahora por un tramo de la PR-Z.80, que pronto vuelve a las andadas: en pocos metros toca abandonarla para subir hacia lo alto del barranco de la Tejera.
                    Y ahí es donde entra en escena la voz de la experiencia… o del sentido común, que a estas alturas ya cuesta distinguir. Maite y yo recibimos ese “consejo interior” que no admite discusión: hasta aquí hemos llegado. Las piernas protestan como sindicato en huelga y mi cadera sigue dando guerra, así que, por una vez, decidimos hacerle caso al cuerpo antes de que pase factura con intereses.
El cauce visto desde la PR-Z.80
                        Así que, tirando de memoria —que para algo sirve además de para recordar dolores—, decidimos seguir la PR-Z.80, esa vieja conocida que en diciembre nos devolvió a Belchite tan ricamente. La idea era sencilla: vadear el río y pegarnos un buen recorte al recorrido. Plan sin fisuras… hasta que aparece la realidad.
                Porque, claro, el Aguasvivas hoy no está para sutilezas: baja crecido, orgulloso de sí mismo y con pocas ganas de dejarnos pasar sin peaje. Lo de cruzar, así sin más, se convierte en una propuesta con cierto riesgo y bastante guasa.
                Planteamos entonces dos opciones: la sensata —volver sobre nuestros pasos y retomar el itinerario oficial como personas civilizadas (pero estamos tocados)— o la otra, la nuestra: mojarnos los pinreles y tirar millas.
                    Y como la sensatez nunca ha sido nuestro fuerte en momentos clave, allá que vamos. Perneras remangadas, mirada de estrategas de río y elección cuidadosa del “mejor” sitio —que siempre es discutible—. Y así, con más dignidad que estilo, cruzamos el Aguasvivas como dos patos algo rígidos, pero victoriosos, alcanzando la otra orilla con esa satisfacción tonta que dan las pequeñas hazañas innecesarias.
Habrá que cruzar
        Ya solo nos queda seguir el PR que a la altura de las ruinas de la casa de Don Joaquín, se convierte en una agradable pista jalonada de flores, que pasando, de nuevo, por el depósito de los Escaramachales, nos adentra en Belchite.
                    Rodeamos la valla que separa el Pueblo viejo de Belchite. Contemplar sus ruinas hace imposible esquivar la memoria, por mucho que algunos insistan en eso de “borrar el pasado”. Esos restos no son únicamente piedra caída: son el símbolo de una guerra y también de cómo se decidió recordarla.
Para la memoria
                La dictadura de Francisco Franco optó por conservarlas como escenario del dolor, pese a haber prometido una reconstrucción que nunca llegó. En su lugar, se prohibió rehacer el pueblo, mientras la población sobreviviente y presos políticos levantaban el nuevo núcleo en condiciones durísimas.
            El viejo Belchite quedó abandonado, convertido en testimonio incómodo de lo ocurrido. Y sigue ahí, recordando que el pasado, por mucho que se intente maquillar, no desaparece.
Se siente aquel dolor
                        Antes de alcanzar la meta, la organización, como es costumbre, ha dispuesto una barra en la que los supervivientes de la "Marcha" podemos disfrutar mojándonos el gaznate con una fresca y buena cerveza.
                    Con la faena terminada, nosotros dos nos vamos a tomar un aperitivo a uno de los varios garitos con que cuenta Belchite, eso sí con la compañía de unas buenas amigas, Milagros y Carmen.
                    La fiesta concluye con una comida en al pabellón en el que Goyo, alma de "Senderistas de Belchite" agradece a todos la participación.
Concluímos con el café
                Y así, casi sin darnos cuenta, la marcha se va apagando como esas conversaciones que nadie quiere terminar. Entre pasos más cortos, silencios más largos y alguna que otra mirada cómplice, regresamos con la sensación de haber recorrido algo más que kilómetros.
            Porque al final no todo han sido sendas, barrancos o viento en contra. Ha habido paisajes que se quedan, historias que pesan y lugares —como Belchite— que obligan a caminar también hacia dentro, aunque uno no lo tuviera previsto.
                Llegamos con el cuerpo cansado, sí, pero con esa calma extraña que dejan los días bien vividos. Y mientras nos quitamos las botas y repasamos mentalmente el camino, queda claro que hay marchas que no terminan al cruzar la meta… se quedan un rato más, dando vueltas por dentro.


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Datos técnicos
(Al tratarse de una ruta organizada que, en su últimos tres kilómetros, nosotros no hemos seguido, en esta ocasión no pongo el track)
Recorrido
Perfil:
Distancia, 14,4 km
Desnivel positivo, 486 m.
Desnivel negativo, 486 m.




martes, 17 de marzo de 2026

SANTA MARÍA DE LA NUEZ A LECINA (Y subida al tozal d´Asba)

                Antes de lanzarte a la aventura de sumergirte en esta y otras historias, un pequeño recordatorio con cariño: sí, el blog también se deja querer en el móvil, faltaría más… pero donde realmente luce, como quien se pone de domingo, es en “modo ordenador”. Dicho esto, tampoco vamos a ponernos exquisitos: disfrútalo como te la gana, que para eso es tu pantalla
Día 14 de marzo de 2026
                        Hoy nos vamos a la sierra de Guara. Sí, sí… nada menos. Los amigos de Esbarre —que tienen la peligrosa costumbre de organizar planes que luego hay que cumplir— nos han preparado una sorprendente ruta por una zona que Maite y yo ya recorrimos hace unos años, justo en esas vísperas inquietantes del confinamiento por la pandemia del Covid en 2020, cuando todavía pensábamos que aquello del virus era cosa de los telediarios y no de nuestras vidas. (El relato está aquí)
Seis años atrás
            Así que allá que vamos: Para el viaje, la empresa de transportes ha tenido a bien proporcionarnos un autobús más largo de lo habitual. Un detalle que en principio parece magnífico —más espacio, más comodidad, más categoría— aunque, como toda buena historia de montaña, más adelante demostrará tener alguna pequeña consecuencia. Pero no adelantemos acontecimientos.
        De momento el convoy se encamina hacia el norte por la A-23, carretera que se abre paso entre verdes plantaciones de cereal. Aunque, para ser sinceros, tampoco hace falta fijarse demasiado en los cultivos: con el año tan lluvioso que llevamos, hasta las piedras han decidido teñirse del color de la esperanza.
            En Huesca recogemos al “boss”, Javier, ya felizmente recuperado de esa larga ausencia en la que la salud le mantuvo alejado de montes, senderos y demás vicios saludables. Para nosotros es una verdadera alegría volver a disfrutar de su sabiduría montañera y de su inconfundible cabeza plateada. ¡Bienvenido, maestro!
                Primera parada en Colungo para tomar un café… o lo que cada cual considere oportuno ingerir a estas horas intempestivas. Y, cómo no, también para atender esas discretas, pero insistentes necesidades fisiológicas que suelen aparecer con puntualidad británica en cuanto uno se sube a un autobús.
            Y ahora sí. Ahora es cuando el macrobús empieza a medir sus fuerzas con las múltiples curvas que nos separan del destino. Pero no hay problema: al llegar al puente del barranco de La Palomera, el chófer nos demuestra que, en sus manos, y con un par de maniobras de las que hacen contener la respiración al pasaje, no hay curva que se resista. Ni siquiera a un autobús con aspiraciones de transatlántico.
            ¡Eureka!, hemos llegado a Santa María de la Nuez. 
El conjunto urbano se organiza alrededor de una sola calle. Nada de laberintos medievales ni complicaciones urbanísticas: una calle… y a partir de ahí, que cada casa se las arregle como pueda. Y lo cierto es que lo hacen con bastante dignidad.
                Muchas de las construcciones conservan las características arquitectónicas propias del sector sur de Sobrarbe: muros de sólida piedra caliza, tejados de losa capaces de aguantar lo que les echen desde el cielo, arcos de medio punto en las puertas de entrada y pequeñas ventanas en los muros, que dejan pasar la luz justa… y el frío también, pero con mucha elegancia.
Construcción
                        Si
uno afina un poco la mirada, aparecen además ciertos caprichos decorativos: escudos que recuerdan antiguos orgullos familiares, objetos de forja como llamadores que han recibido más golpes de nudillos que un saco de boxeo, y detalles en madera que demuestran que, incluso en lugares donde la piedra manda, siempre hay sitio para un poco de arte.
                        Y en medio de todo ello se alza el Santuario de Santa María de la Nuez (siglos XVI-XVIII), que no es poca cosa: durante generaciones ha sido el centro de devoción popular de la cuenca alta del Vero. Vamos, que por aquí han pasado más plegarias que excursionistas… aunque desde ahora la competencia empieza a estar reñida.
Santuario
                        Foto
de arranque ejecutada con la "gran cámara" de Ricardo, capaz de inmortalizar hasta las legañas de primera hora. Con el documento gráfico debidamente cumplido, comienza la juerga senderista.
                        La mañana, eso sí, se presenta fría y bien ventilada por un cierzo de los que no piden permiso. Un viento decidido que nos acompañará fielmente durante toda la jornada, como esos amigos que, una vez se apuntan al plan, ya no hay manera de perderlos por el camino.
¡A la juerga!
                El
itinerario arranca con una agradable pista que avanza tranquilamente en dirección SO. Desde ella empiezan a asomar, todavía con cierta timidez, algunas montañas vestidas de blanco. Pero no nos precipitemos: esas ya las contemplaremos con más solemnidad cuando estemos un poco más arriba y el panorama merezca sacar pecho.
                De momento, baste destacar la presencia del cercano Tozal de Surta, que aparece allí plantado con ese aire suyo tan particular, casi con semblante de trampolín geológico, como si invitara a cualquiera a impulsarse hacia el cielo. Aquí, los almendros en flor anuncian que estamos en las puertas de la primavera.
                Abandonamos
la pista —que tan amable se había mostrado hasta ahora— para tomar un sendero que se adentra en un espectacular bosque de pino y boj, de esos que huelen a monte auténtico y en los que la luz se filtra con cierta solemnidad entre las ramas.
            Eso sí, la cortesía del terreno termina justo en ese punto. El camino decide empinarse sin compasión, como si quisiera comprobar desde el primer momento quién viene a pasear y quién ha venido a ganarse el almuerzo.
Entre pinos y boj
            Así
que, poco a poco, comienza una operación muy habitual en estas circunstancias: la migración textil. Chaquetas, forros y demás prendas invernales empiezan a trasladarse del cuerpo a la mochila en una mudanza perfectamente organizada. 
            Al pino y al boj se les une ahora el roble, que en esta época luce sin complejos su desnudez foliar ––ya vendrán tiempos mejores para vestirse––. Eso sí, antes de despojarse de ellas, ha tenido el detalle de ir dejando sus hojas por el suelo, alfombrando el sendero con un tapiz crujiente que hace el camino bastante más elegante de lo que uno esperaría en plena cuesta. En la alfombra asoman, con miedo de ser pisoteadas por este ejército, algunas bellas flores como la hepática.
Hepática
                Porque
el sendero, no nos engañemos, sigue subiendo. Lo hace poco a poco, con esa persistencia tan propia de la montaña: sin grandes alardes, pero sin conceder tampoco ni un respiro.
            Y así, entre hojas secas, pinos vigilantes y algún que otro resoplido del personal, el camino acaba por depositarnos en el collado de Paules (1270 m.), que aparece ante nosotros como una especie de recompensa topográfica… y, sobre todo, como un lugar estupendo para recuperar el aliento con cierta dignidad. Lugar, también, de cruce de caminos
Collado de Paules
            El
bosque se ha retirado discretamente de escena y ahora caminamos entre erizones, esa simpática planta que la naturaleza ha diseñado expresamente para recordarnos que sentarse en el monte sin mirar antes puede convertirse en una experiencia exfoliante de lo más intensa… especialmente para las nalgas.
                A nuestra izquierda ya se deja ver la cota más alta que debemos alcanzar hoy. El camino continúa ganando altura mientras bordea la sierra, hasta alcanzar una amplia explanada que hace las veces de antesala de la cumbre. El PR decide separarse educadamente de nuestra ruta y se marcha, como marcharemos nosotros más tarde, cuesta abajo hacia Betorz.
Ya vemos nuestra cima
                Aquí
 resiste, estoico y sin pedir subvenciones, un diminuto refugio pastoril de piedra seca. A su lado permanece una pequeña charca que en su día sirvió para abrevar a los rebaños trashumantes que veraneaban por Ballibió —Valle de Vio, en aragonés— y pasaban el invierno más abajo, en tierras más amables del Somontano y los Monegros. Un sistema de vida duro, pero perfectamente organizado, que funcionaba bastante antes de que existieran los GPS y las apps de montaña.
Refugio de piedra seca
                    A
través de un estrecho pasillo de boj alcanzamos el Crucero Asba, lugar donde la tradición popular sitúa antiguas celebraciones brujeriles. Nada especialmente alarmante… salvo que uno venga con el cierzo soplando y cierta imaginación. 
Crucero d´Asba
            A
pocos metros se encuentra la verdadera cima, señalada por un vértice geodésico y por un afloramiento de caliza karstificada que refulge bajo los rayos del sol. Un detalle geológico que nos recuerda claramente dónde estamos: en plena Sierra de Guara.
                No es un pico de grandes pretensiones, pero este monte cumple con enorme dignidad su papel de mirador hacia las altas cumbres del Pirineo, que entre nube y nube van mostrando su hermosura recién espolvoreada de blanco por las generosas nevadas de este invierno. Desde el Turbón hasta el Taillón, pasando por las Tres Sorores y sus inseparables hijas, las Tres Marías, Peña Montañesa, Cotiella... Más cerca, hacia el oeste, se dibujan las lomas que esconden al Tozal de Guara, como el Cubilar o el Cabezo.
Cotiella
Las tres Marías (Zuca Punchuda, Zuca Roncha y Zuca Plana)
Las Tres Sorores (o Treserols)
Peña Montañesa
                Vamos,
un paisaje de esos que invitan a quedarse mirando largo rato… con serio riesgo de quedarse medio ciego de tanto recrearse en el panorama.
                Entre foto aquí y foto allá, como de costumbre no puede faltar la del todo el grupo que a conquistado la cima del Tozal d´Asba.
En el Tozal d´Alba
        Volvemos al desvío para tomar el nombrado PR hacia Betorz, un camino algo incómodo por descender bruscamente y encontrase cubierto de canchal.  Pero la llegada a este pequeño pueblo, nos hace olvidar dicha incomodidad para tomar un parquecito, frente a la iglesia parroquial dedicada a las santas Nunilo y Alodia, y pasar a disfrutar del lastre gastronómico propio de mochileros, eso sí, "lunch" regado por la bota de vino de Toño que, asegura, es de Borja.
            Hablando de Betorz, comento que sus casas se distribuyen en tres barrios llamados del Castillo, Medio y Bajo. En el barrio de En Medio, en el que nos encontramos, la tradición dice que aquí nació la madre de las Santas.
Iglesia de las santas Nunilo y Alodia
            Mientras movemos el bigote, el "boss Juli" nos regala el postre: ––El hiperbus no puede llegar al punto nde recogida por lo que habra que estirar la marcha un par de kilómetros más. ¡Que le vamos a hacer!
            Así que echamos las mochilas al hombro y abandonamos Betorz dejando sus últimas construcciones, entre las que destaca la del viejo "Cuartel de Poniente", cuya placa se refería a una de las divisiones administrativas por las que se regía el viejo Sobrarbe; Betorz formaba parte del Cuartel de Poniente, al ser el territorio que marcaba el límite comarcal por el oeste.
Placa del Cuartel de Poniente
                    El
sendero, el PR-HU 57, se deja descender por un bosque de carrascas del que resulta imposible escaparse: a izquierda y derecha, tapiales de piedra seca, adornados con la planta "ombligo de Venus", lo jalonan con la obstinación de un portero que no deja pasar a nadie. 
Camino a Lecina
                    Alcanzamos
la Fuente Laspuña, un rincón de pradera apacible que parece salido de un catálogo de “lugares idílicos para merendar”. Bajo unas rocas descansa una mesa de merendero —porque incluso la naturaleza admite ciertos lujos— y un discreto manantial alimenta una pequeña balsa.
Fuente Laspuña
                Seguimos
descendiendo siguiendo el trazado que marca el barranco Torzita. Salvo las conversaciones propias del un grupo, no se oye más que algún pájaro que se toma la vida con calma… y el crujir de nuestras botas sobre la alfombra de hojas y bellotas. Un concierto minimalista y muy selecto, perfecto para sentirnos parte del bosque, aunque sea solo por un rato.
Pronto llegaremos a Lecina
                    Finalmente, 
llegamos a Lecina para rendir visita a su vecina más anciana y famosa: “la Castañera de Carruesco”. Nada menos que una quercus ilex subs. ballota que presume de mil años de vida y dimensiones que quitan el aliento: más de 16 metros de altura y un perímetro de 7,56 metros medido a 1,3 metros del suelo. Esta señora carrasca fue elegida Árbol Europeo del Año 2021, lo que demuestra que la nobleza no se pierde con los siglos.
Ante la Castañera de Carruesco
                    Como
no podía faltar, el grupo inmortaliza el momento con fotografía, porque si algo ha aprendido la humanidad en milenios es que un árbol histórico merece su selfie. Y, por supuesto, la vieja encina tiene su propia leyenda, que resumiré (aunque quien quiera el relato completo, ya sabe dónde hacer clic):
        "Hace mucho tiempo, Lecina estaba rodeada por un bosque misterioso donde habitaban brujas que causaban desgracias a los vecinos. El miedo era tal que nadie se atrevía a entrar en el bosque.
Una joven carrasca, apenada por la mala fama del lugar y por el sufrimiento del pueblo, se negaba a dar refugio a las brujas. Cuando estas decidieron marcharse, ofrecieron a los árboles un deseo en agradecimiento. Algunos pidieron hojas de oro, otros hojas perfumadas y otros hojas de cristal. Solo la pequeña carrasca quiso seguir siendo como era.
        Con el tiempo, los deseos trajeron problemas: las hojas de cristal se rompieron con una tormenta, las aromáticas fueron devoradas por el ganado y los árboles de oro fueron destruidos por la codicia de la gente. Al final, únicamente quedó la humilde carrasca, que desde entonces fue respetada por todos y continuó creciendo".
––Pobres brujas, tuvieron que emigrar
                    Aquí
debería de concluir la marcha, pero —como ya he dejado caer más arriba— siempre hay un par de kilómetros de regalo, cortesía de la ruta con sentido del humor. Así que los recorremos por la carretera que nos conduce al Camping de Lecina, a orillas del río Vero, donde nos espera el bus como un ángel de hierro dispuesto a devolvernos a casa… aunque con una pequeña parada ritual en Colungo para mojar el gaznate con alguna que otra jarra de fresca birra. Que no se diga que después de la caminata no hay recompensa líquida y social: los músculos descansan y la moral se recupera, todo con el inconfundible aroma a lúpulo y buena compañía.
Río Vero
            Y mientras el bus nos lleva de regreso, con el río Vero quedando atrás y las montañas encogiéndose poco a poco en el horizonte, se instala ese delicioso silencio de quien ha caminado mucho, pero también ha vivido mucho. Entre bostezos y sonrisas, se escuchan ecos de conversaciones, de bromas repetidas, de planes para la próxima excursión… y, sobre todo, de satisfacción tranquila.
                Porque volver a casa no significa olvidar, sino llevarnos con nosotros el latido de la Sierra de Guara, esa sensación de libertad que no cabe en ninguna foto, pero que se queda pegada al corazón. Cada risueño resbalón, cada hoja crujiente, cada rayo de sol entre los pinos, se convierte en recuerdo compartido, en un tesoro que nadie nos podrá quitar.
            Así, mientras la carretera nos acerca de nuevo a lo cotidiano, nos queda la certeza de que estas aventuras, estas risas y estos paisajes seguirán esperando por nosotros, eternos e inmutables, y que nosotros, afortunadamente, ya formamos parte de ellos.

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