lunes, 18 de mayo de 2026

DÍA DEL DEPORTE (Hermandad de Antiguos Empleados de la CAI)

Día 17 de mayo de 2026
            Comienzo con una pequeña explicación, por si te preguntas si esto era una excursión, una peregrinación o una inspección técnica del terreno. Quienes tenéis la santa paciencia de seguir los relatos de este blog, ya sabéis que nos da por ir y venir a golpe de bota por montañas, barrancos y valles de la geografía aragonesa, y de vez en cuando también por alguna tierra vecina, no crean que hacemos patria chica. Casi siempre lo hacemos con el grupo de senderismo Esbarre y, en ocasiones más contadas con el grupo Nordic Walking CAI.
                      Pues bien, ambos grupos pertenecen a la Hermandad de Antiguos Empleados de la CAI, esa entrañable resistencia organizada que sigue manteniendo vivo el espíritu de aquella vieja caja, aunque, como muchas, acabara absorbida por esos inevitables movimientos bancarios donde las entidades desaparecen con la misma facilidad con la que antes te regalaban una agenda y un calendario al llegar diciembre. 
                    Cada año celebran el Día del Deporte y, en esta ocasión, como no apareció ningún contratiempo doméstico, meteorológico ni reumático que lo impidiera, decidimos sumarnos a la marcha que nos habían preparado por las orillas del río Ebro. Un recorrido muy apacible, ideal para conversar, contemplar el paisaje y fingir durante unas horas que hacemos ejercicio por salud y no por el vermú posterior.
                        Senderistas y marchadores nos reunimos en el parque de La Granja de Zaragoza, frente al centro deportivo del mismo nombre. La mañana promete: cielo despejado, temperatura amable y ese entusiasmo tan característico de las excursiones colectivas.
Preparados
            Arrancamos a caminar por calles todavía medio desperezadas, buscando las orillas del Ebro mientras el grupo va estirándose como una procesión laica de bastones, mochilas y conversaciones cruzadas. Y en una de esas calles aparece el Palacio de Larrinaga, plantado allí con toda la discreción que puede permitirse un edificio neorrenacentista.
Al fondo, Palacio de Larrinaga
            Lo mandó construir el naviero bilbaíno Miguel Larrinaga en honor de su esposa, Asunción Clavero, natural de Albalate del Arzobispo, entre 1900 y 1918; es decir, en aquellos tiempos en que los millonarios enamorados levantaban palacios y no simplemente perfiles de Instagram. El edificio es suntuoso, elegante y algo teatral, como corresponde a las grandes historias sentimentales. Un lugar donde uno imagina bailes, tertulias, conspiraciones de salón y seguramente algún que otro drama doméstico convenientemente disimulado tras los cortinajes. Porque, como toda construcción con pretensiones románticas, el palacio también guarda su correspondiente historia de amor entre las paredes.
Un rincón del interior
                Pronto estamos en las orillas del Ebro, en su margen derecha. Allí comprobamos que la organización no ha venido a regalarnos la mañana y nos hace cruzar a la otra orilla por la Pasarela del Azud, esa obra hidráulica levantada para elevar la lámina de agua y permitir navegar a los célebres barquitos de la Expo de 2008. 
El Ebro, desde la pasarela
                    Aquella idea futurista que parecía destinada a convertir Zaragoza en una especie de Venecia con cierzo acabó demostrando que el Ebro tiene bastante más carácter que algunos despachos de urbanismo. Porque el río, empeñado en seguir siendo río y no piscina temática, arrastra limos, ramas y media huerta cuando le da la gana, de modo que los pobres barquitos tocaban fondo con una frecuencia poco compatible con el turismo fluvial de postal. Un fracaso, sí, pero de esos muy nuestros, con obra pública incluida y abundante fe institucional.
Sobre la Pasarela del Azud
                Ya en la margen izquierda, el grupo decide que ha llegado el momento de asaltar “La Barca”, un establecimiento providencial donde tomar un absolutamente inmerecido desayuno. Llevamos caminados unos tres kilómetros. Aunque, siendo justos, ciertas necesidades fisiológicas muy humanas también agradecen la parada, porque el senderismo tiene mucho de contacto con la naturaleza y otro tanto de búsqueda urgente de un baño decente.
                Con café, churros y dignidad parcialmente recuperada, desandamos el azud y enlazamos con el Camino Natural de La Alfranca, coincidente con el GR-99, esa larguísima ruta de más de seiscientos kilómetros que acompaña al Ebro desde su nacimiento hasta el mar. Nosotros, prudentemente, nos conformamos con un tramo; la épica está muy bien, pero mejor dosificada.
Camino Natural de La Alfranca
                Abandonamos luego el camino principal para internarnos por un sendero del Soto de Cantalobos. Lobos no vemos ninguno, pero el concierto de aves compensa la ausencia. Aquello parece un auditorio natural donde mirlos, ruiseñores, moscones y toda clase de músicos emplumados ofrecen un recital, escondidos entre álamos, chopos, sauces, tamarindos, fresnos y carrizos. Un auténtico palacio de la música vegetal y alada, aunque sin necesidad de pagar entrada ni soportar aplausos fuera de tiempo.
Por el Soto de Cantalobos
                    El bosque resulta un regalo: fresco, sombrío y agradable, recorrido en disciplinada fila india bajo una cubierta vegetal que nos protege de un sol que ya empieza a recordarnos que el verano llegará con muy malas intenciones. Ya tendremos ocasión de tostarnos más adelante, tumbados en alguna playa con chiringuito, cerveza fría y esa firme voluntad mediterránea de no mover un músculo innecesariamente.
Un alto en la sombra
            Regresamos al GR-99 para recorrer unos metros más y comprobar, de nuevo, que el Ebro sigue teniendo la fea costumbre de hacer exactamente lo que le viene en gana. El río, que no entiende de senderos homologados ni de planes de mantenimiento, se ha tragado literalmente un tramo del camino. 
El camino y el río
        Así que quienes transitamos por aquí ya sabemos que toca salvar el obstáculo por un senderillo marcado sobre un campo de alfalfa. Muy bucólico todo, aunque sospecho que el agricultor propietario del terreno no comparte del todo nuestro entusiasmo excursionista.
Senderistas sobre el alfaz
            Podríamos continuar río abajo y acabar llegando al Mediterráneo, porque kilómetros no le faltan al GR-99 para semejante empresa. Pero la jornada de hoy no va de hazañas épicas ni de emular a los grandes exploradores; hoy hay juerga al final del recorrido, y eso cambia mucho las prioridades estratégicas del grupo.
            Así que giramos noventa grados a la derecha y atravesamos un campo de alfalfa —alfaz, en aragonés, que siempre conviene ilustrarse mientras uno pisotea discretamente la cosecha ajena— para dejar allí nuestras huellas y organizar la inevitable fotografía de grupo. La hacemos bajo un chopo monumental, con más años, más historia y probablemente bastante más paciencia que quien escribe estas líneas.
Bajo el chopo
                Tomamos el camino agrícola de La Raya hasta cruzar un puente sobre la línea ferroviaria que lleva a Huesca. El contraste resulta inmediato: dejamos atrás la tranquilidad del soto, los pájaros, la sombra amable de los chopos y la alfalfa, para regresar, poco a poco, a la civilización y sus inevitables síntomas.
                A partir de aquí volvemos a entrar en la ciudad, con sus avenidas interminables, sus plazas, sus rotondas, sus centros deportivos y sus escaparates de coches deslumbrantes e inalcanzables. Al menos para mí, que los observo con la misma mezcla de admiración y resignación con la que un niño mira el escaparate de una pastelería un lunes de dieta.
Caminos de hierro
                Y así, casi sin darnos cuenta, regresamos al punto donde comenzamos esta caminata. Cerramos el círculo después de un agradable paseo por uno de los rincones más hermosos y sorprendentemente tranquilos del Ebro, ese río que atraviesa Zaragoza como si no tuviera ninguna prisa y que, de vez en cuando, todavía consigue hacernos olvidar que vivimos rodeados de semáforos, tráfico y recibos domiciliados.
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                La Hermandad de Antiguos Empleados de la CAI nos ha preparado un abundante aperitivo y, créeme, a estas gentes podrán faltarles muchas cosas, pero desde luego no las ganas de celebrar nada que incluya conversación, vasos sobre la mesa y platos que se vacían con sospechosa rapidez. Porque hay colectivos que organizan actividades deportivas para fomentar hábitos saludables… y luego están ellos, que entienden perfectamente que el deporte sirve, sobre todo, para llegar con la conciencia tranquila al vermú.
El aperitivo
                El mejor final posible llega cuando un destacado miembro toma la palabra y dedica unas líneas de agradecimiento a todos los asistentes y al buen funcionamiento de las distintas secciones de la Hermandad. Pero hay un momento especialmente sentido cuando las palabras se dirigen a Esbarre, que cumple ya veinticinco años caminando montañas, cruzando barrancos y enlazando travesías de esas que terminan dejando huella en las botas y también en la memoria.
Caminando montañas...
                            Veinticinco años no se improvisan. Detrás hay madrugones, mapas arrugados, kilómetros compartidos, conversaciones interminables en los senderos y el empeño de un pequeño grupo de entusiastas que un día decidió echar a andar sin imaginar probablemente hasta dónde llegaría aquella aventura. Y aquí siguen, bajo la dirección de quienes recogieron el testigo de los fundadores, manteniendo vivo ese espíritu que convierte cada salida en algo más que una caminata: una excusa para respirar aire puro, compartir amistad y reconciliarse un poco con el mundo.
                        Todo ello queda simbolizado en la placa conmemorativa que se entrega a los representantes del ayer y del hoy, Pepe Navarro y Julián Marco. Un reconocimiento sencillo, pero cargado de significado para quienes saben que las cosas importantes casi siempre se construyen paso a paso.



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Recorrido






sábado, 25 de abril de 2026

CABEZO DE LA MATA (circular desde Litago)

Día 23 de abril de 2026
            Tres años después —que ya son años para según qué rodillas y según qué entusiasmos— Maite y yo volvemos a encaramarnos a este “cabezo”, que así llamamos por aquí a esos montes modestos que, una vez te han hecho sudar lo suyo, se permiten el lujo de regalarte vistas como si fueran el Himalaya.
            La ocasión lo merece: festivo en Aragón, agendas extrajubilares en barbecho y una súbita e inexplicable confianza en nuestra forma física. Total, que cogemos el buga y ponemos rumbo a Litago. Once años sin pisarlo. Once. Que se dicen pronto, pero dan para que cambien gobiernos, modas y hasta bares… aunque, en este caso, el bar sigue, lo cual ya es un triunfo estadístico tratándose de un pueblo pequeño. Porque sí, pequeño es, pero yo he visto otros más grandes con menos vida y más persianas bajadas.
Calle de Litago
                Allí, a la sombra del Moncayo —que observa estas cosas con la paciencia de quien ha visto pasar siglos de excursionistas optimistas— nos tomamos un café. Con la excusa, claro, de “coger fuerzas”. Excusa endeble, por otra parte, pero necesaria. Porque la jornada que nos espera… digamos que no está diseñada pensando en la siesta posterior. Y, créeme, nos va a hacer falta algo más que cafeína para salir airosos.
                Aparcamos el buga en las afueras, donde puede reposar sin sobresaltos, aromatizado por el tomillo como si le hubiéramos pagado un spa rural. Nosotros, en cambio, optamos por un tratamiento menos indulgente: botas, mochilas al hombro y, sin más deliberación que un “¡hale!”, p’arriba, que es una palabra muy breve para lo que luego se alarga.
Primeros pasos por el camino de Valmediano
            La ruta, circular, la haremos además en sentido contrario a las agujas del reloj (analógico, por supuesto). Más que por estrategia, por vocación de llevar la contraria, que también entrena.
        Tomamos el camino de Valmediano, que asciende con esa falsa amabilidad de quien sonríe mientras te va quitando el aliento poco a poco. Frente a nosotros debería alzarse la imponente estampa del Moncayo, pero hoy ha decidido jugar al escondite bajo una nube espesa. 
Allí se esconde el Moncayo
                No pasa nada, ya saldrá cuando le apetezca. Para compensar su ausencia, la primavera se ha puesto generosa: donde algunos almendros ya hicieron mutis, otras plantas montan una verbena floral sin pedir permiso —aliagas, orquídeas, tomillos, espino albar o majuelo, jaras, retamas, carias…— y prometen más invitados conforme ganemos altura.
Orquídea silvestre
Tomillo
Espino albar
Jara
                No tardamos en alcanzar el embalse de Valdemediano. Y será por el entorno, o por esa calma que parece pactada con el silencio, pero a Maite le recuerda algunos de aquellos lagos que vimos en Japón, apartados de la multitud y con la prudencia de quien sabe estar sin molestar. Cosas de la montaña: te subes un cabezo en Aragón y acabas haciendo turismo internacional sin salir del término municipal.
Embalse de Valmediano
            Dejamos atrás el embalse y retomamos la marcha por un camino que se interna en un pinar con ese aire de conspiración que tienen los bosques cuando te engullen sin hacer ruido. Chino chano —que aquí las prisas no suben cuestas— acabamos cruzando la carretera que trepa hasta el Santuario del Moncayo, ese recordatorio de que siempre hay alguien que llega más alto en coche.
Una mirada atrás
                Al otro lado, seguimos una senda bien marcada… durante un rato. Luego, como suele pasar en estas historias, decide ir perdiéndose poco a poco, quizá por aburrimiento o por ver si estamos atentos. No pasa nada: sabemos que toca remontar el barranco del Apio, cuyas aguas, invisibles entre la maleza, suenan como si alguien hubiera contratado una orquesta para acompañar la función. Y los protagonistas, claro, van sobrados de voz en esta época: curruca capirotada, petirrojo, mirlo, pinzón, carbonero, cuco, escribano… Un reparto que no necesita director.
Barranco del Apio
                    A medida que ganamos desnivel, el monte se pone más serio: la vegetación se espesa, el suelo se vuelve menos complaciente y, curiosamente, todo es más bonito. Se nota la humedad, se agradece la sombra y se empieza a negociar con las piernas. Acabamos enlazando con el camino que viene de la Fuente del Sacristán, que desemboca en una pequeña pradera. De allí arranca un sendero —este se ve— por el que seguimos subiendo, vadeando el barranco del Apio, que parte en dos el monte de la Mata como quien corta el pan sin pedir permiso. Aquí el pinar ya no está solo: se le arriman robles y hayas, y asoman los primeros acebos.
¿Sendero?
                    En pocos metros alcanzamos la pista que sube desde el cercano parking de la Fuente de los Frailes —porque en el Moncayo, si algo no falta, son fuentes y cuestas—. Eso facilita que aparezca una familia con niños pequeños y energía infinita, demostrando dos cosas: que no somos los únicos humanos por aquí y que hay quien sube con más dignidad que nosotros.
Entre hayas
                Llegamos al collado, y esbarre ,de Juan Albarca —dicen que el nombre podría venir de algún Abarca, familia noble de la zona; siempre hay un noble para bautizar un repecho—. Buen sitio para hacer un alto, echar mano al tentempié y, cómo no, embadurnarnos de crema solar. Porque ahora sí, “paice q’escampa”, y el sol, cuando sale, no pide permiso ni perdona despistes.
                Comenzamos a ascender por un bosquete minimizado de roble albar, sometido al filo cortante del "astral" (hacha) de las gentes de Trasmoz, que calentaban su hogar con la leña de estos montes hasta no hace mucho.  –Este monte fue objeto de disputa entre los trasmoceros y el  Monasterio de Veruela en 1255 por, precisamente, la provisión de leña (solo faltaría que el cister se quedara frío). La consabida excomunión de Trasmoz llegó poco después (ya somos más), que a día de hoy sigue gozando de tal estado.– 
Por el collado de Juan Abarca
                    Tiramos hacia arriba, unas veces por senda, otras siguiendo los mojones de piedra; en algunas ocasiones trepando con las manos, para alcanzar la cima del Cabezo de la Mata (1438 m.). 
            Monte humilde en altura, sí, pero con ínfulas de balcón presidencial: aquí se viene a mirar, y a quedarse un rato callado. Trescientos sesenta grados de paisaje sin necesidad de girar el mapa.
Ascendiendo
            El Moncayo, juguetón entre nubes, asoma lo justo para recordarnos el sitio que ocupamos: pequeño. Ahí están el Pico de San Miguel con su circo glaciar, el Cerro de San Juan, el de San Gaudioso, el Alto del Corralejo —o Pico Morca— haciendo de guardaespaldas, y el Pico Lobera marcando el principio del fin antes de que la sierra se desinfle hacia el Morrón de Purujosa y las Peñas de Herrera.
El Moncayo, tímidamente, pero se deja ver
                Y debajo, como si alguien hubiera ordenado el monte por plantas: robledales, pinares, hayedos… hasta los últimos pinos negros agarrados a la roca como si supieran algo que nosotros no. Más allá, el Somontano y el Ebro se estiran sin complejos; y si las brumas dieran tregua, el Pirineo se dejaría ver como quien no quiere la cosa. Y en nuestros pies el erizón del Moncayo, que aquí florece en lila.
Erizón
Litago y embalse de Valdemediano
Santuario del Moncayo
                        En fin, que sí, que engancha. Así que nos hacemos una autofoto —que no “selfie”, hasta ahí podíamos llegar—, satisfechos de las dosis reglamentaria de narcisismo, y p’abajo, que lo difícil no siempre es subir.
En la cima
                    Descendemos de nuevo hasta el collado de Juan Abarca, aunque ahora la cosa cambia: donde antes había brío, ahora hay prudencia. En el destrepe, a las manos se les suman las posaderas, que para algo están y, en según qué tramos, resultan más fiables que el optimismo. Especialmente si uno no va sobrado de zancada.
                Seguimos bajando por la pista del Camino del Mojón hasta que el paisaje sonoro sube de volumen: el deshielo hace de las suyas y el barranco de Morca ruge como si quisiera recordarnos quién manda aquí.
Barranco de Morca
                    A la izquierda arranca el sendero (R-3) de bajada, pero antes de obedecerlo hacemos lo que dicta la experiencia: parar. Unas piedras, curiosamente diseñadas a la medida exacta de nuestras nalgas, nos invitan a sentarnos y, ya puestos, a reducir el lastre alimentario que llevamos en las mochilas.
Se está de lujo, para qué negarlo. Pero conviene no encariñarse: aún queda camino… y no precisamente corto.
                    Recordaba este camino como uno de los más bellos del macizo moncaíno… y lo es. O lo era. Porque hoy el sendero decide ponerse dramático: cruza a la margen derecha del barranco, sí, pero el barranco, crecido y bravucón por el deshielo, ha optado por engullirlo sin contemplaciones. Donde debería haber paso, hay agua con malas pulgas. Y de cruzar, ni hablar.
Crecido y bravucón
                Probamos a seguir aguas abajo, con esa fe tan humana en que “más adelante seguro que mejora”. Nos vamos abriendo paso por un bosque cada vez más cerrado, subiendo cuando el agua aprieta, bajando cuando parece que afloja, en una coreografía improvisada que mezcla esperanza con terquedad. Nada. El barranco no negocia.
El barranco no negocia
                Entre la espesura aparece una cabaña de piedra, como caída de otro tiempo, y uno quiere creer que hasta allí llega algún camino sensato. Quiere opinar… pero no. Ni rastro. Solo silencio y la sensación de que nos estamos metiendo donde no nos han llamado.
            Toca valorar: ¿damos la vuelta o seguimos bajando a ver hasta dónde nos lleva esta pequeña obstinación? Porque está claro que, si no cruzamos el barranco, el descenso puede convertirse en una eternidad incómoda, más propia de jabalíes que de humanos con bocadillo.
Una cabaña escondida en el bosque

Un video corto, muy corto
                    En una de esas aproximaciones al agua —ya con más resignación que convicción— veo un punto que, descalzos y con los pantalones remangados, quizá… quizá. No es bonito, pero es posible.
                Cruzo primero, con el entusiasmo justo y el agua helada recordándome cada mala decisión. Luego pasa Maite. Salimos al otro lado, nos secamos los pinreles como podemos, nos calzamos, avanzo unos metros, ladera arriba, y entonces, como si nada hubiera pasado…—Maite ¡Sendero!—
¡Salvados, hemos cruzado!
                    Ha sido duro, pero a pesar de todo el Barranco de Morca sigue siendo uno de los más hermosos del Moncayo.
Desde esta orilla parece más hermoso
                    Tras invertir más de una hora en redescubrir el concepto de “buen camino”, retomamos el descenso con mejor cara y alguna que otra lección recién estrenada. Llegamos a la Central Eléctrica de Morca y, por unos metros, pisamos asfalto, ese viejo conocido que siempre aparece cuando ya no lo necesitas. Desembocamos en la carretera del Moncayo y, a la derecha, tomamos el camino de la Mata: incómodo, sí, como recordatorio final de que la jornada aún no ha terminado, pero eficaz, que al final es lo que cuenta. Nos deja, sin más dramatismos, en la GR-260.
Depósito de reserva de la central eléctrica
                    A partir de ahí, el monte se vuelve amable, casi conciliador. La pista es agradable, el paso ligero y hasta nos permitimos un vistazo atrás. Y ahora sí: el Moncayo, ya sin nubes ni pudor, luce su desnudez con ese aire de “¿veis como merecía la pena?”. Muy oportuno, claro, ahora que ya casi hemos acabado.
Una mirada atrás
Hasta otra, amigo
                    Llegamos al final de este recorrido circular y allí sigue el buga, fiel, paciente, oliendo a tomillo como si no hubiera pasado nada. Nos quitamos las botas con la solemnidad de quien cierra una etapa y, antes de poner rumbo a casa, parada obligatoria en el bar de Litago. Rehidratación a base de un par de birras sin alcohol —que la prudencia al volante no está reñida con la sed— y esa satisfacción tranquila de haber sobrevivido, una vez más, a nuestras propias ocurrencias.
                    Y así termina la jornada: con las botas y mochilas en el maletero, el cuerpo cansado y esa sensación difícil de explicar de haber estado, por unas horas, en un lugar donde todo parece tener sentido. El monte, con su silencio, sus trampas y sus regalos, nos devuelve siempre algo: perspectiva, quizá. O al menos la ilusión de que la vida, reducida a pasos, esfuerzo y paisaje, es más comprensible.
El monte y sus regalos
                Pero uno baja del cabezo, vuelve al coche, enciende la radio… y el mundo regresa con toda su crudeza. En el mismo momento que nosotros celebramos haber encontrado de nuevo el sendero, hay quienes no tienen camino al que volver. Mientras brindamos con una cerveza —aunque sea sin alcohol—, otros cuentan pérdidas que no caben en ninguna palabra.
                Cuesta encajar esa distancia: la de un día hermoso en la montaña frente a la devastación que sigue golpeando en el Cercano Oriente, donde decenas de miles de vidas se han apagado bajo decisiones que se toman muy lejos del barro, del frío y del miedo real. Nombres propios sobran; lo que falta es humanidad.
Sin palabras
                Quizá por eso el recuerdo de esta ruta no se queda solo en lo vivido, sino también en lo sentido. Porque si algo enseña el monte —con su equilibrio frágil y su belleza indiscutible— es que todo importa, que nada es ajeno, y que la vida, cualquier vida, debería ser siempre lo primero.
                Cerramos el día, sí. Pero no del todo. Hay paisajes que se quedan dentro… y preguntas que no se pueden dejar atrás.


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Datos técnicos
(En esta ocasión no comparto el track de la ruta, pues en caso de crecida del barranco de Morca, su seguimiento podría causar algún despiste innecesario)
Recorrido
Perfil