Día 23 de abril de 2026
Tres años después —que ya son años para según qué rodillas y según qué entusiasmos— Maite y yo volvemos a encaramarnos a este “cabezo”, que así llamamos por aquí a esos montes modestos que, una vez te han hecho sudar lo suyo, se permiten el lujo de regalarte vistas como si fueran el Himalaya.
La ocasión lo merece: festivo en Aragón, agendas extrajubilares en barbecho y una súbita e inexplicable confianza en nuestra forma física. Total, que cogemos el buga y ponemos rumbo a Litago. Once años sin pisarlo. Once. Que se dicen pronto, pero dan para que cambien gobiernos, modas y hasta bares… aunque, en este caso, el bar sigue, lo cual ya es un triunfo estadístico tratándose de un pueblo pequeño. Porque sí, pequeño es, pero yo he visto otros más grandes con menos vida y más persianas bajadas.
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| Calle de Litago |
Allí, a la sombra del Moncayo —que observa estas cosas con la paciencia de quien ha visto pasar siglos de excursionistas optimistas— nos tomamos un café. Con la excusa, claro, de “coger fuerzas”. Excusa endeble, por otra parte, pero necesaria. Porque la jornada que nos espera… digamos que no está diseñada pensando en la siesta posterior. Y, créeme, nos va a hacer falta algo más que cafeína para salir airosos.
Aparcamos el buga en las afueras, donde puede reposar sin sobresaltos, aromatizado por el tomillo como si le hubiéramos pagado un spa rural. Nosotros, en cambio, optamos por un tratamiento menos indulgente: botas, mochilas al hombro y, sin más deliberación que un “¡hale!”, p’arriba, que es una palabra muy breve para lo que luego se alarga.
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| Primeros pasos por el camino de Valmediano |
La ruta, circular, la haremos además en sentido contrario a las agujas del reloj (analógico, por supuesto). Más que por estrategia, por vocación de llevar la contraria, que también entrena.
Tomamos el camino de Valmediano, que asciende con esa falsa amabilidad de quien sonríe mientras te va quitando el aliento poco a poco. Frente a nosotros debería alzarse la imponente estampa del Moncayo, pero hoy ha decidido jugar al escondite bajo una nube espesa.
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| Allí se esconde el Moncayo |
No pasa nada, ya saldrá cuando le apetezca. Para compensar su ausencia, la primavera se ha puesto generosa: donde algunos almendros ya hicieron mutis, otras plantas montan una verbena floral sin pedir permiso —aliagas, orquídeas, tomillos, espino albar o majuelo, jaras, retamas, carias…— y prometen más invitados conforme ganemos altura.
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| Embalse de Valmediano |
Dejamos atrás el embalse y retomamos la marcha por un camino que se interna en un pinar con ese aire de conspiración que tienen los bosques cuando te engullen sin hacer ruido. Chino chano —que aquí las prisas no suben cuestas— acabamos cruzando la carretera que trepa hasta el Santuario del Moncayo, ese recordatorio de que siempre hay alguien que llega más alto en coche.
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| Una mirada atrás |
Al otro lado, seguimos una senda bien marcada… durante un rato. Luego, como suele pasar en estas historias, decide ir perdiéndose poco a poco, quizá por aburrimiento o por ver si estamos atentos. No pasa nada: sabemos que toca remontar el barranco del Apio, cuyas aguas, invisibles entre la maleza, suenan como si alguien hubiera contratado una orquesta para acompañar la función. Y los protagonistas, claro, van sobrados de voz en esta época: curruca capirotada, petirrojo, mirlo, pinzón, carbonero, cuco, escribano… Un reparto que no necesita director.
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| Barranco del Apio |
A medida que ganamos desnivel, el monte se pone más serio: la vegetación se espesa, el suelo se vuelve menos complaciente y, curiosamente, todo es más bonito. Se nota la humedad, se agradece la sombra y se empieza a negociar con las piernas. Acabamos enlazando con el camino que viene de la Fuente del Sacristán, que desemboca en una pequeña pradera. De allí arranca un sendero —este se ve— por el que seguimos subiendo, vadeando el barranco del Apio, que parte en dos el monte de la Mata como quien corta el pan sin pedir permiso. Aquí el pinar ya no está solo: se le arriman robles y hayas, y asoman los primeros acebos.
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| ¿Sendero? |
En pocos metros alcanzamos la pista que sube desde el cercano parking de la Fuente de los Frailes —porque en el Moncayo, si algo no falta, son fuentes y cuestas—. Eso facilita que aparezca una familia con niños pequeños y energía infinita, demostrando dos cosas: que no somos los únicos humanos por aquí y que hay quien sube con más dignidad que nosotros.
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| Entre hayas |
Llegamos al collado, y esbarre ,de Juan Albarca —dicen que el nombre podría venir de algún Abarca, familia noble de la zona; siempre hay un noble para bautizar un repecho—. Buen sitio para hacer un alto, echar mano al tentempié y, cómo no, embadurnarnos de crema solar. Porque ahora sí, “paice q’escampa”, y el sol, cuando sale, no pide permiso ni perdona despistes.
Comenzamos a ascender por un bosquete minimizado de roble albar, sometido al filo cortante del "astral" (hacha) de las gentes de Trasmoz, que calentaban su hogar con la leña de estos montes hasta no hace mucho. –Este monte fue objeto de disputa entre los trasmoceros y el Monasterio de Veruela en 1255 por, precisamente, la provisión de leña (solo faltaría que el cister se quedara frío). La consabida excomunión de Trasmoz llegó poco después (ya somos más), que a día de hoy sigue gozando de tal estado.–
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| Por el collado de Juan Abarca |
Tiramos hacia arriba, unas veces por senda, otras siguiendo los mojones de piedra; en algunas ocasiones trepando con las manos, para alcanzar la cima del Cabezo de la Mata (1438 m.).
Monte humilde en altura, sí, pero con ínfulas de balcón presidencial: aquí se viene a mirar, y a quedarse un rato callado. Trescientos sesenta grados de paisaje sin necesidad de girar el mapa.
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| Ascendiendo |
El Moncayo, juguetón entre nubes, asoma lo justo para recordarnos el sitio que ocupamos: pequeño. Ahí están el Pico de San Miguel con su circo glaciar, el Cerro de San Juan, el de San Gaudioso, el Alto del Corralejo —o Pico Morca— haciendo de guardaespaldas, y el Pico Lobera marcando el principio del fin antes de que la sierra se desinfle hacia el Morrón de Purujosa y las Peñas de Herrera.
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| El Moncayo, tímidamente, pero se deja ver |
Y debajo, como si alguien hubiera ordenado el monte por plantas: robledales, pinares, hayedos… hasta los últimos pinos negros agarrados a la roca como si supieran algo que nosotros no. Más allá, el Somontano y el Ebro se estiran sin complejos; y si las brumas dieran tregua, el Pirineo se dejaría ver como quien no quiere la cosa. Y en nuestros pies el erizón del Moncayo, que aquí florece en lila.
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| Erizón |
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| Litago y embalse de Valdemediano |
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| Santuario del Moncayo |
En fin, que sí, que engancha. Así que nos hacemos una autofoto —que no “selfie”, hasta ahí podíamos llegar—, satisfechos de las dosis reglamentaria de narcisismo, y p’abajo, que lo difícil no siempre es subir.
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| En la cima |
Descendemos de nuevo hasta el collado de Juan Abarca, aunque ahora la cosa cambia: donde antes había brío, ahora hay prudencia. En el destrepe, a las manos se les suman las posaderas, que para algo están y, en según qué tramos, resultan más fiables que el optimismo. Especialmente si uno no va sobrado de zancada.
Seguimos bajando por la pista del Camino del Mojón hasta que el paisaje sonoro sube de volumen: el deshielo hace de las suyas y el barranco de Morca ruge como si quisiera recordarnos quién manda aquí.
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| Barranco de Morca |
A la izquierda arranca el sendero (R-3) de bajada, pero antes de obedecerlo hacemos lo que dicta la experiencia: parar. Unas piedras, curiosamente diseñadas a la medida exacta de nuestras nalgas, nos invitan a sentarnos y, ya puestos, a reducir el lastre alimentario que llevamos en las mochilas.
Se está de lujo, para qué negarlo. Pero conviene no encariñarse: aún queda camino… y no precisamente corto.
Recordaba este camino como uno de los más bellos del macizo moncaíno… y lo es. O lo era. Porque hoy el sendero decide ponerse dramático: cruza a la margen derecha del barranco, sí, pero el barranco, crecido y bravucón por el deshielo, ha optado por engullirlo sin contemplaciones. Donde debería haber paso, hay agua con malas pulgas. Y de cruzar, ni hablar.
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| Crecido y bravucón |
Probamos a seguir aguas abajo, con esa fe tan humana en que “más adelante seguro que mejora”. Nos vamos abriendo paso por un bosque cada vez más cerrado, subiendo cuando el agua aprieta, bajando cuando parece que afloja, en una coreografía improvisada que mezcla esperanza con terquedad. Nada. El barranco no negocia.
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| El barranco no negocia |
Entre la espesura aparece una cabaña de piedra, como caída de otro tiempo, y uno quiere creer que hasta allí llega algún camino sensato. Quiere opinar… pero no. Ni rastro. Solo silencio y la sensación de que nos estamos metiendo donde no nos han llamado.
Toca valorar: ¿damos la vuelta o seguimos bajando a ver hasta dónde nos lleva esta pequeña obstinación? Porque está claro que, si no cruzamos el barranco, el descenso puede convertirse en una eternidad incómoda, más propia de jabalíes que de humanos con bocadillo.
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| Una cabaña escondida en el bosque |
Un video corto, muy corto
En una de esas aproximaciones al agua —ya con más resignación que convicción— veo un punto que, descalzos y con los pantalones remangados, quizá… quizá. No es bonito, pero es posible.
Cruzo primero, con el entusiasmo justo y el agua helada recordándome cada mala decisión. Luego pasa Maite. Salimos al otro lado, nos secamos los pinreles como podemos, nos calzamos, avanzo unos metros, ladera arriba, y entonces, como si nada hubiera pasado…—Maite ¡Sendero!—
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| ¡Salvados, hemos cruzado! |
Ha sido duro, pero a pesar de todo el Barranco de Morca sigue siendo uno de los más hermosos del Moncayo.
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| Desde esta orilla parece más hermoso |
Tras invertir más de una hora en redescubrir el concepto de “buen camino”, retomamos el descenso con mejor cara y alguna que otra lección recién estrenada. Llegamos a la Central Eléctrica de Morca y, por unos metros, pisamos asfalto, ese viejo conocido que siempre aparece cuando ya no lo necesitas. Desembocamos en la carretera del Moncayo y, a la derecha, tomamos el camino de la Mata: incómodo, sí, como recordatorio final de que la jornada aún no ha terminado, pero eficaz, que al final es lo que cuenta. Nos deja, sin más dramatismos, en la GR-260.
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| Depósito de reserva de la central eléctrica |
A partir de ahí, el monte se vuelve amable, casi conciliador. La pista es agradable, el paso ligero y hasta nos permitimos un vistazo atrás. Y ahora sí: el Moncayo, ya sin nubes ni pudor, luce su desnudez con ese aire de “¿veis como merecía la pena?”. Muy oportuno, claro, ahora que ya casi hemos acabado.
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| Una mirada atrás |
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| Hasta otra, amigo |
Llegamos al final de este recorrido circular y allí sigue el buga, fiel, paciente, oliendo a tomillo como si no hubiera pasado nada. Nos quitamos las botas con la solemnidad de quien cierra una etapa y, antes de poner rumbo a casa, parada obligatoria en el bar de Litago. Rehidratación a base de un par de birras sin alcohol —que la prudencia al volante no está reñida con la sed— y esa satisfacción tranquila de haber sobrevivido, una vez más, a nuestras propias ocurrencias.
Y así termina la jornada: con las botas y mochilas en el maletero, el cuerpo cansado y esa sensación difícil de explicar de haber estado, por unas horas, en un lugar donde todo parece tener sentido. El monte, con su silencio, sus trampas y sus regalos, nos devuelve siempre algo: perspectiva, quizá. O al menos la ilusión de que la vida, reducida a pasos, esfuerzo y paisaje, es más comprensible.
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| El monte y sus regalos |
Pero uno baja del cabezo, vuelve al coche, enciende la radio… y el mundo regresa con toda su crudeza. En el mismo momento que nosotros celebramos haber encontrado de nuevo el sendero, hay quienes no tienen camino al que volver. Mientras brindamos con una cerveza —aunque sea sin alcohol—, otros cuentan pérdidas que no caben en ninguna palabra.
Cuesta encajar esa distancia: la de un día hermoso en la montaña frente a la devastación que sigue golpeando en el Cercano Oriente, donde decenas de miles de vidas se han apagado bajo decisiones que se toman muy lejos del barro, del frío y del miedo real. Nombres propios sobran; lo que falta es humanidad.
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| Sin palabras |
Quizá por eso el recuerdo de esta ruta no se queda solo en lo vivido, sino también en lo sentido. Porque si algo enseña el monte —con su equilibrio frágil y su belleza indiscutible— es que todo importa, que nada es ajeno, y que la vida, cualquier vida, debería ser siempre lo primero.
Cerramos el día, sí. Pero no del todo. Hay paisajes que se quedan dentro… y preguntas que no se pueden dejar atrás.
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Datos técnicos
(En esta ocasión no comparto el track de la ruta, pues en caso de crecida del barranco de Morca, su seguimiento podría causar algún despiste innecesario)
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| Recorrido |
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| Perfil |