domingo, 2 de agosto de 2026

BOSQUE DE GAMUETA

 Día 1 de agosto de 2026
                No es la primera vez que Maite y yo nos internamos en este inmenso bosque de Gamueta en busca de esos colores dorados con los que el otoño se empeña en convertir este rincón del Parque Natural de los Valles Occidentales en una auténtica obra pictórica, de esas que uno podría colgar en cualquier museo… siempre que el museo tuviera sitio para semejante despliegue de hayas.
Bosque de Gamueta en otoño
                        Pero esta vez no venimos a buscar postales otoñales. Estamos en pleno verano, ese verano tan "fresquito" que nos está regalando récords de temperaturas, incendios forestales y otras delicadezas climáticas. Así que, en lugar de perseguir hojas doradas, nuestro modesto objetivo es bastante más prosaico: buscar sombra. Y, puestos a buscarla, pocas sombras hay tan contundentes como las de las impresionantes hayas de Gamueta. Árboles de esos que parecen plantados expresamente para que el excursionista pueda caminar debajo sin acabar convertido en torrezno.
El bosque hoy
                Pero antes de meternos de lleno en el bosque, conviene hacer una breve referencia a una pequeña excursión que nos llevó a un rincón situado al otro lado de la frontera.
                    Para ello cogimos el buga y nos dispusimos a recorrer los aproximadamente 80 kilómetros que separan nuestro punto de partida de la localidad francesa de Larrau. Ochenta kilómetros que, gracias a esas magníficas carreteras de montaña diseñadas, suponemos, por alguien con bastante tiempo libre y poco aprecio por las rectas, conseguimos completar en unas dos horas. Porque aquí las distancias no se miden en kilómetros, sino en curvas.
                Una vez en Larrau, nos marcamos un recorrido de ida y vuelta de unos cinco kilómetros y alrededor de 300 metros de desnivel, suficiente para descubrir una curiosa pasarela, una auténtica obra de ingeniería que data de 1920, la "Pasarela D´Holzarte". 
Hacia la pasarela
                        La pasarela fue construida por obreros italianos que trabajaban en los talleres de la acería Lombardi Morello, en Tardets. Su función era bastante más práctica que la nuestra: permitir a los madereros cruzar a la otra orilla y llegar rápidamente a las zonas de tala de los bosques circundantes. Nosotros, en cambio, cruzamos para hacer unas fotos, admirar el paisaje y poder contarlo después, que también es una forma bastante digna de aprovechar una infraestructura centenaria.
Pasarela D´Holzarte 
                De regreso hacia Siresa, y como todavía nos quedaban ganas de seguir dando vueltas —al coche y a nosotros mismos—, hicimos una parada en el puerto de Larrau. Desde los pies del monte Orhi pudimos disfrutar de las magníficas vistas que se abren a uno y otro lado de la frontera.
Desde el Puerto de Larrau

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                        Bueno, dicho todo lo anterior, vamos a lo que realmente nos ha traído hasta aquí: acercarnos al refugio de Linza. Aunque acercarnos, lo que se dice acercarnos… Está lleno hasta la bandera, que en pleno verano viene a ser algo así como la romería nacional de los montañeros. Así que toca aparcar algo más abajo.
Refugio de Linza
            Mochila a la espalda, crema protectora convenientemente untada —que uno ya tiene una edad y no está para achicharrarse como un lagarto— y comenzamos a ascender suavemente por un camino bastante cómodo, que evita pasar por el refugio. 
Primeros pasos
                    Tras unos quinientos metros abandonamos este plácido camino para tomar la senda PR-HU 166, que cambia rápidamente de humor y empieza a subir con bastante mala leche para salvar el desnivel por el llamado "Achar del Caballo". Un paso que discurre entre dos hermosas paredes. Las espaldas las tenemos bien protegidas bajo la atenta presencia del pico "Maz", nombre con el que lo conocen las gentes de Ansó, aunque al otro lado de la muga vasco-aragonesa prefieren llamarlo "Txamantxoia". Dos nombres para la misma montaña, porque hasta los picos tienen derecho a una doble identidad cuando viven en tierra de fronteras.
Salvando el Achar del Caballo
                El lugar, además, nos trae recuerdos de aquella ocasión, trece años atrás, cuando unas jóvenes ardillas decidieron ofrecernos en este mismo tramo un espectáculo gratuito.
                Llegamos a un punto en el que podríamos tomar el sendero que, en dirección sur, nos acortaría el camino. Pero claro, ¿para qué hacer las cosas fáciles pudiendo complicarlas ligeramente? Así que seguimos rectos hacia arriba, en dirección este, sin ninguna prisa y disfrutando de la subida.
Sendero bajo la sombra
                Poco a poco nos vamos metiendo de lleno en el “fabar” (hayedo), que nos recibe con esa sombra tan agradecida que en pleno verano se convierte en uno de los mayores lujos que puede ofrecer la montaña. Después de tanto sol, caminar entre hayas resulta casi una experiencia espiritual. O, al menos, una experiencia en la que dejamos de sudar durante unos minutos. También es destacable la presencia de "chinebro" (enebro en aragonés).
Chinebro en el fabar
                El bosque desaparece, el camino nos conduce finalmente hasta el Paso de l’Onso, un topónimo tradicional de carácter descriptivo o faunístico que nos recuerda que por estos bosques del Pirineo occidental campaban antaño los osos pardos.
                Hoy, por fortuna para nosotros, no parece haber ninguno a la vista. Y digo por fortuna porque una cosa es buscar sombra, tranquilidad y naturaleza, y otra muy distinta encontrarse de frente con el propietario histórico del lugar y tener que explicarle que venimos en son de paz.
                Echamos la mirada al frente y, allá arriba, asoman varias cimas que parecen haberse puesto de acuerdo para vigilar nuestros movimientos: el Chinebral de Gamueta, el Sobarcal y alguna otra que se suma al desfile.
            Pero aparece la protagonista del día: la calor. Sí, en femenino, que así la denominamos los aragoneses. Y cuando aprieta, aprieta con esa confianza que da saber que uno no puede protestarle a nadie. Así que decidimos descender hasta el pequeño refugio pastoril de la Plana Diego y girar hacia el sur, en busca del hayedo que vemos más abajo. Porque si algo hemos aprendido después de unos cuantos años de montaña es que, cuando el sol aprieta, un buen hayedo vale más que cualquier catedral.
Plana de Diego
                El camino elegido figura perfectamente en el mapa. Hasta ahí, todo estupendo. El pequeño detalle es que, cuando llegamos al terreno, el sendero se encuentra oficialmente missing. Debe de haberse ido de vacaciones, aprovechando que estamos en verano.
                No hay problema. Aquí no se viene solo a seguir caminos, sino también a improvisar. Así que descendemos campo a través hasta alcanzar, tras un tramo algo delicado —de esos que hacen que uno mire dos veces dónde pone los pies y una tercera dónde se ha metido—, el sendero correcto, el PR-HU 166.
                    Una vez recuperada la civilización senderista, toca ascender unos metros hasta alcanzar un lugar donde las hayas empiezan a cobrar todo el protagonismo. Y no unas "aigas" cualquiera, precisamente. Algunas alcanzan unas dimensiones descomunales, de esas que hacen que uno levante la cabeza, se quede mirando y empiece a preguntarse cuánto tiempo llevan ahí mientras nosotros seguimos empeñados en llamar “árbol” a cualquier cosa que tenga tronco.
                Estos auténticos ejemplares monumentales no cabrían en ninguno de los museos a los que hacía referencia al principio. Ni falta que les hace. Tienen un museo mucho mejor: el propio bosque.
Bajo sus enormes copas hacemos un pequeño alto, disfrutando de una sombra que en este día se cotiza casi como el oro. Y, por supuesto, aprovechamos para hacernos la correspondiente foto bajo su densa sombra. 
Entre dos aigas
                        Se puede decir que aquí comienza oficialmente el descenso. Y digo oficialmente, porque el primer tramo no parece tener demasiado interés en que lleguemos abajo enteros y empieza fuerte, como si quisiera recordarnos que en la montaña nada se regala. Además, hemos de pedir permiso de paso a un ganado ovino.
Nos han dejado pasar
            La bajada nos lleva hasta el barranco de Gamueta, que cruzamos por un puente de madera. Un pequeño trámite de ingeniería rural que nos permite continuar nuestro camino sin necesidad de mojarnos los pies (si bajara agua).
Puente sobre el barranco
                A partir de aquí, poco a poco, el sendero parece apiadarse de esta pareja y comienza a comportarse de una manera mucho más amable. El terreno se suaviza y, como si quisiera compensarnos por el mal rato inicial, empiezan a aparecer flores por todas partes. Sobre ellas, las mariposas andan a la gresca, compitiendo por libar en las mejores, en una especie de buffet libre donde parece que también hay categorías y horarios. De nuevo, ahora de frente, el Maz nos observa, como dándonos aliento para lo poco que queda.
Pico Maz
            Finalmente llegamos a la carretera por la que hemos accedido en coche esta misma mañana. Aquí toca organizar la logística, que en una excursión de dos también hay momentos en los que uno se convierte en taxista.
            Maite se queda esperando y yo me meto en el cuerpo el kilómetro y medio de asfalto que me separa del parking, donde permanece el buga, fiel y obediente, esperando que alguien vaya a rescatarlo. Para hacer el trámite algo más llevadero, en algunos tramos abandono el asfalto y sigo por la GR, que discurre paralela a la carretera. Una vez recuperado el vehículo, emprendo la bajada y, como estaba previsto, recojo a Maite.
            La caña, eso sí, tendrá que esperar hasta Siresa. Porque una cosa es terminar una excursión con las piernas cansadas y otra bastante distinta terminarla con las piernas cansadas, una cerveza en el cuerpo y el volante delante. Cerveza y volante no son precisamente buenos amigos, y a estas alturas de la vida tampoco estamos para presentarles.
            Y así termina nuestra jornada. Una de esas jornadas sencillas que, precisamente por serlo, uno guarda con especial cariño: unas cuantas horas de monte, el Bosque de Gamueta, las montañas, el silencio, el esfuerzo compartido y, finalmente, esa caña en Siresa que sabe mucho mejor después de haberla ganado a golpe de bota.
            Pero mientras uno contempla estas montañas, camina bajo la sombra de las hayas y se siente afortunado por poder disfrutar de algo tan sencillo como un día de naturaleza, resulta difícil no pensar en quienes, en otros lugares del mundo, no tienen siquiera la posibilidad de elegir dónde pasar la tarde.
            Pienso en las gentes de Gaza, Sudán, Yemen, Siria y en tantos otros sitios donde la vida se ha convertido en una lucha diaria por sobrevivir. Personas que sufren guerras, masacres, hambre y represión; personas que, desesperadas, se ven obligadas a saltar vallas, atravesar fronteras o lanzarse al mar, aun sabiendo que algunos no llegarán nunca a la otra orilla.
Sin palabras
      
    Y resulta difícil entender cómo, desde las alturas del poder, se puede contemplar todo ese sufrimiento con tanta distancia, con tanta frialdad y, demasiadas veces, con tan poca empatía. Mientras unos discutimos sobre fronteras, intereses, estrategias y cifras, otros las cruzan cargando con lo poco que les queda, buscando simplemente un lugar donde vivir sin miedo.
            Quizá por eso, al terminar una jornada como esta, uno disfruta todavía más de lo que tiene, pero también siente que no puede mirar hacia otro lado. Porque la montaña nos enseña muchas cosas: que todos los caminos tienen un esfuerzo, que las fronteras son líneas que hemos dibujado sobre los mapas y que,    desde arriba, las diferencias parecen bastante menos importantes.
            Nosotros hemos tenido la suerte de volver a casa, cansados y satisfechos, después de disfrutar de un paisaje extraordinario. Ojalá algún día todos puedan tener algo tan sencillo como eso: un camino que recorrer, un lugar seguro al que regresar y la certeza de que nadie tendrá que jugarse la vida para encontrarlo.
        Y mientras tanto, seguiremos caminando. Intentando no olvidar, entre hayedos, montañas y cervezas, que más allá de este pequeño rincón de paz hay demasiadas personas que solo aspiran a encontrar uno.


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Datos técnicos
Recorrido
Perfil:
Distancia, 7,5 km.
Desnivel positivo, 374 m.
Desnivel negativo, 374 m.
Track



miércoles, 29 de julio de 2026

PARQUE NATURAL DE LOS VALLES OCCIDENTALES DESDE SIRESA

                    Como en cada periodo vacacional, dejamos caer nuestros huesos en el pequeño, pero encantador, pueblo de Siresa. Allí, los hermanos de Maite nos abren generosamente las puertas de sus apartamentos para que podamos disfrutar de unos días en su compañía.
Siresa
    
        Desde este privilegiado rincón aprovechamos para mover las tabas y recorrer algunos de los muchos parajes que esconde el Parque Natural de los Valles Occidentales, un territorio donde la naturaleza se muestra en estado puro y cada sendero invita a descubrir nuevos paisajes.
                    Pero antes de hablar de nuestras excursiones, merece la pena detenerse en Siresa, esta pintoresca localidad, perteneciente al municipio del Valle de Hecho y situada en la comarca de la Jacetania, que se alza a 882 metros de altitud, en pleno corazón de los Pirineos y muy cerca de la frontera con Francia. Se trata de un pequeño núcleo rural de montaña que conserva intacto el encanto de la arquitectura tradicional pirenaica, con sus calles empedradas, sus cuidadas casas de piedra y un patrimonio histórico y natural de extraordinario valor en el Alto Aragón.
Una calle
                La gran joya de Siresa es el Monasterio de San Pedro, uno de los cenobios más antiguos de Aragón, cuyos orígenes se remontan al siglo IX. Su imponente iglesia románica destaca por una sobria monumentalidad que impresiona al visitante. La tradición cuenta que entre sus muros recibió formación el rey Alfonso I el Batallador… aunque, visto el devenir de algunas de sus empresas, quizá no debió de sacar demasiado buenas notas.
San Pedro de Siresa
                        Siempre que paseo por sus barrios, organizados en torno a pequeñas plazas recoletas, disfruto contemplando las chimeneas troncocónicas, los tejados de teja plana de arcilla y esa esencia genuina de la vida de montaña pirenaica que aún se respira en cada rincón. También me gusta descubrir las huellas de sus antiguas costumbres, como la presencia de Lo Furno, el horno comunal donde durante generaciones los vecinos cocían el pan y que constituye un magnífico testimonio de la vida colectiva de otros tiempos.            
Chimeneas
Lo Furno
                                Dicho esto, y como ya dejé caer unas líneas más arriba, la privilegiada ubicación de Siresa invita casi por obligación a calzarse las botas y salir a descubrir los rincones del Parque Natural de los Valles Occidentales. Hay jornadas en las que el cuerpo solo pide un tranquilo paseo por alguno de los frondosos bosques que nos rodean, más por buscar la sombra que por un repentino ataque de espíritu montañero. En otras ocasiones, sin embargo, decidimos ponernos un poco más serios y regalarles a las botas unos cuantos metros de desnivel. Total, para eso las hemos traído... y porque, si vuelven limpias a casa, cualquiera las aguanta luego presumiendo de vacaciones.
            ¡Hala pues!, dejemos la cháchara y pongámonos en camino.

SELVA DE OZA
(Corona de los Muertos, camino de la Espata y puente Sil)
Día 28 de julio de 2026
                    Cogemos el buga y enfilamos la estrecha carretera que discurre paralela a las aguas del río Aragón Subordán. La carretera avanza en dirección norte y, tras superar el espectacular desfiladero de la Boca del Infierno, nos deja en el aparcamiento situado junto al camping Selva de Oza.
               Allí abandonamos el buga, con el "Chipeta Alto" cuidándolo, a la sombra de una de las imponentes hayas del lugar, no tanto por miramiento hacia el coche como por evitar que, a la vuelta, el volante estuviera a temperatura de fundición y los cinturones se empeñaran en dejarnos el recuerdo de la excursión grabado a fuego.
Chipeta Alto
            Como ya hemos venido de casa con las botas calzadas y la crema solar convenientemente embadurnada —que luego el sol no entiende de excusas—, no perdemos más tiempo y nos ponemos en marcha. Avanzamos por una amplia pista en dirección noreste, siguiendo las indicaciones hacia la Selva de Oza. Aunque la previsión anuncia una jornada de las de "vuelta y vuelta", la mañana todavía regala una temperatura que invita a caminar.
Primeros pasos
                Apenas hemos recorrido medio kilómetro cuando abandonamos la pista por un sendero que nace a nuestra izquierda y nos conduce hasta la Corona de los Muertos, uno de esos lugares capaces de despertar la curiosidad con solo leer el nombre. Y es que, admitámoslo, con semejante carta de presentación uno espera encontrarse, como poco, un puñado de fantasmas haciendo guardia.
                            La realidad, afortunadamente, es bastante menos inquietante. Nos encontramos ante un fascinante yacimiento arqueológico formado por alrededor de 120 círculos de piedra. Durante mucho tiempo alimentó toda clase de leyendas sobre enterramientos y antiguas batallas, pero las investigaciones apuntan a una explicación mucho más terrenal: aquellos círculos serían los zócalos de cabañas construidas con madera y pieles, utilizadas como campamento estacional por pastores y cazadores entre el Neolítico final y la Edad del Hierro, aproximadamente entre el 3000 y el 500 de antes de nuestra era.
Uno de los círculos
                        Regresamos a la pista principal y continuamos por ella apenas unos cientos de metros. Tras cruzar el barranco de Anieterta, el camino va girando poco a poco hacia el sur hasta alcanzar un cruce de senderos. A la izquierda, un cartel señala el "Castillo d'Acher", esa inconfundible montaña de cima tabular que, a estas alturas, creo que la mayoría de los montañeros habituales de la zona hemos hollado alguna vez... y quien aún no lo haya hecho, seguro que la tiene en la lista de tareas pendientes.
Asoma el Castillo d´Acher
                Nosotros, sin embargo, dejamos al Castillo para otra ocasión y tomamos el sendero de la derecha en dirección al barranco de Espata. Un coqueto puente de madera nos ayuda a salvar su escaso caudal y, casi sin darnos cuenta, nos engulle un magnífico bosque por el que discurre la GR-11.1.
                Hayas centenarias, pinos y abetos forman una bóveda vegetal que apenas deja pasar los rayos del sol. Se agradece. Mucho. Porque mientras arriba el astro rey anda repartiendo estopa sin contemplaciones, nosotros caminamos tan ricamente bajo una sombra que parece puesta allí por el departamento de atención al senderista.
Puente sobre el barranco Espata
            El sendero desciende suavemente, dibujando algunas lazadas entre el bosque, hasta llevarnos al Puente de Sil, que salva las frías aguas del río Aragón Subordán.
                Solo nos queda alcanzar el punto de partida. Lo hacemos recorriendo algo más de dos kilómetros por la misma carretera que, unas horas antes, nos había traído hasta aquí. Es cierto que caminar sobre asfalto nunca resulta tan agradecido como hacerlo por un sendero, pero el rumor constante del Aragón Subordán, el frescor que desprenden sus aguas y el incesante ir y venir de las mariposas libando en las flores de la cuneta compensan con creces ese pequeño peaje.
Mariposeando
            Con esto damos por concluida esta agradable ruta circular. Solo queda cumplir con una tradición que, a estas alturas, ya forma parte inseparable de cualquier excursión que se precie: la cerveza de después. Podríamos tomarla aquí mismo. Mejor regresar a Siresa y compartirla en buena compañía, que una cerveza fresca siempre sabe mejor cuando viene acompañada de una buena conversación... y de la satisfacción de haber gastado un poco las suelas de las botas.
            Y hasta aquí ha dado de sí esta jornada. Las botas ya han cumplido con su cometido, la cerveza ha hecho los honores correspondientes y nosotros regresamos con la agradable sensación de haber aprovechado la mañana.


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Datos técnicos
Recorrido

Perfil:
Distancia, 5,3 km
Desnivel, 200 m.
Track

domingo, 12 de julio de 2026

DE LIZARA A SANSANET (por el Valle de los Sarrios e ibón d´Estanés)

Día 11 de julio de 2026
                    No es la primera, ni la segunda, ni me atrevería a jurar cuál, la vez que uno anda escarceando por estos hermosos e impresionantes andurriales. He pasado por aquí en primavera, en otoño, en invierno y en verano; ahora bien, con una chicharrina como la que se ha empeñado en instalarse este año en Aragón, eso ya es otra historia. Hasta las piedras parecen buscar la ausente sombra.
Otoño de 2014 (en el Valle de los Sarrios)
                En esta ocasión, contando a los que hemos ido recogiendo por el camino —que el autobús parecía más una ruta de reparto que una excursión—, somos 34 miembros d'Esbarre los que hacemos un alto en el Puen d'a Reina de Chaca. Unos cumplen con el sagrado rito del café; otros, más innovadores, optan por combustibles alternativos. Y todos, sin excepción ni debate posible, aprovechamos para aliviar las vejigas, que también tienen sus derechos y saben hacerse oír.
                Cumplidas tan nobles e inaplazables obligaciones fisiológicas, el autobús, magníficamente pilotado por nuestro chofeur, pone rumbo al Valle d'Aragüés. Allí nos esperan un par de puentes en curva capaces de hacer contener el aliento hasta al más templado. Pero el conductor los despacha con una tranquilidad casi insultante, arrancando una sonora ovación del personal montañero, que a esas alturas ya no sabe si aplaude la pericia al volante o celebraba seguir entero para contarlo.
                Curva va, curva viene y, antes de que el personal acabe mareado o se aprenda de memoria el paisaje por la ventanilla, aterrizamos en el aparcamiento del refugio de Lizara. Toca el ritual de siempre: botas bien atadas, mochilas al hombro y crema solar aplicada con una generosidad digna de un rebozado. El astro rey ya lleva un buen rato fichado en su puesto y la sombra, esa vieja conocida, ha decidido esperarnos al final de la ruta.
Refugio de Lizara
                        Foto oficial de la expedición —con Ricardo, inmortalizando el momento para demostrar que todos salimos del autobús enteros— y arrancamos rodeando el refugio. Las primeras cuestas nos reciben sin el menor asomo de cortesía, bajo las impresionantes paredes del Bisaurín. Pero como hoy no hemos venido a hacerle una visita, tomamos la senda de la derecha, la antigua GR-11, que avanza paralela al barranco de Bernera —o Aldecua, o Castiñones, según a quién se pregunte y mapa describa.
Bisaurín
                Encajonados entre las gigantescas moles calizas del Bisaurín y Bernera, comenzamos a remontar sus pedregosas laderas. El sendero gana altura sin contemplaciones y nosotros detrás, con esa extraña afición que tenemos los montañeros por pagar sudando lo que luego disfrutamos con la vista. 
            Sin prisa, pero tampoco con intención de echar raíces, seguimos avanzando por un precioso sendero que serpentea colgado sobre la ladera del barranco. En el estrecho Achar de Catiellas cruzamos el portón del ganado. Nosotros entramos educadamente; las vacas, si estuvieran, seguramente nos habrían pedido el carnet de socios.
            Al llegar frente al refugio de Forestales, alguno sueña con que existe una terraza, con esa expresión de "cinco minuticos no hacen daño a nadie". Pero la organización se mantiene firme: ni parada técnica, ni respiro oficial, ni posibilidad alguna de negociar una caña con vistas. Ya habrá ocasión de echar el bofe cuando el camino decida tener un poco de compasión, que, de momento, parece estar de vacaciones.
Refugio de Forestales
                Alcanzamos el precioso rincón de Plana Mistresa, con el Bisaurín y Punta Secús observándonos desde las alturas, como diciendo: «Parad un momento, insensatos. Tomad un bocado, que todavía os queda un repechín». Y, por una vez, hacemos caso a la montaña, que suele dar mejores consejos que el reloj.
Un respiro
                    Reanudamos la marcha remontando el barranco de Bernera por la antigua GR-11 hasta desviarnos a la derecha para alcanzar el Ibón Biello. Pequeño sí, pero con un porte que ya quisieran algunos lagos con muchos más metros de orilla. Las enormes paredes que lo abrazan hacen que el lugar tenga más categoría de la que su tamaño podría hacer pensar.
Ibón Biello
                Las fotos de rigor —porque, si no hay fotos, luego parece que uno se ha inventado la excursión— y seguimos hacia el Collado de Bernera, al que llegamos en pocos minutos. Abajo nos espera el Valle de los Sarrios, probablemente uno de los rincones más hermosos de estas montañas. Descendemos unos metros hasta alcanzar el fondo de su circo glaciar, un paisaje dibujado con tiralíneas por el hielo hace miles de años.
Pastando en el valle
                        El valle es una auténtica delicia: amplio, cómodo de recorrer y tan espectacular que cuesta decidir si merece más la pena caminar o quedarse quieto contemplándolo.
Cuenta la leyenda: "Un pastor frecuentaba estos pastos con su rebaño y que, con el tiempo, los sarrios salvajes acabaron mezclándose con sus ovejas. El pastor murió, pero dicen que los sarrios siguen reuniéndose junto a las piedras donde solía sentarse a descansar, justo en el corazón del valle". Historias de montaña que nadie se atreve a discutir, por si acaso.
Nosotros, en otras ocasiones, sí hemos tenido la suerte de ver manadas de sarrios correteando por estas laderas. Hoy, con tanto montañero suelto y un sol que aprieta de lo lindo, seguramente ya habrán hecho sus gestiones a primera hora y estarán refugiados en algún rincón donde no lleguen ni el calor ni los excursionistas.
Valle de los Sarrios
                        Recorremos el valle bajo la atenta mirada del pico Olibón, disfrutando del frescor de la hierba, de una brisa tímida que parece pedir permiso antes de acariciarnos la cara y de unas vistas que compensan cada gota de sudor. Aunque, eso sí, para quienes venimos de la chicharrina zaragozana, esta brisa nos sabe casi a aire acondicionado de cinco estrellas.
Cabecera del valle
                Abandonamos este pequeño paraíso con una bajada de las que obligan a negociar cada paso. Pero antes de empezar a discutir con las piedras, hacemos un alto para recrearnos con el paisaje, que para eso hemos sudado lo nuestro.
Paisaje
                Hacia poniente se dejan reconocer viejos conocidos, como el Anie, mientras que, mirando en sentido contrario, aparecen montañas con pedigrí, como el inconfundible Midi d'Ossau, con su inconfundible silueta de chimenea volcánica, o el siempre elegante Anayet con su siamés Vértice. Vamos, un escaparate de cumbres de esos que invitan a sacar el móvil.
                El sendero, bastante descompuesto, no admite distracciones y nos hace caminar con más concentración que un opositor el día del examen. El objetivo está claro: llegar abajo sin "firmar" la montaña con un culazo. Misión cumplida. Los pantalones conservan su dignidad, aunque algunas caras delatan que las piernas ya no opinan lo mismo.
Descendiendo
                    El ibón d'Estanés continúa tan hermoso como siempre, ajeno al esfuerzo que cuesta llegar hasta él. Es el momento de disparar unas cuantas fotos y conceder al grupo un merecido descanso, además de silenciar esas cornetas estomacales que llevan un buen rato tocando a fagina sin pedir permiso. El último tramo nos ha tratado con escasa delicadeza y el cuerpo agradece cualquier tregua.

Ibón d´Estanés
                La estampa del ibón, la brisa que de vez en cuando se digna a visitarnos y las sucesivas capas de crema solar consiguen incluso que miremos al sol con algo más de simpatía de la que realmente merece. Tampoco nos pasemos.
Merecido descanso
            Después del inevitable autorretrato del equipo esbarriano —las pruebas gráficas son imprescindibles para que luego nadie diga que nos lo hemos inventado— llega el momento menos celebrado de la jornada: volver a cargar la mochila y ponerse otra vez en marcha. ¡Qué poco pesan cuando están en casa!
El equipo
                        Una cuestecica de nada y, ahora sí, todo "p'abajo". Seguimos la ruta normal, que nos mete en las Galias, en busca de esa sombra prometida que, tras hacerse bastante de rogar, acaba materializándose bajo las hayas del bosque de Sansanet. En cuanto el primer árbol nos regala un poco de frescor, hacemos una parada casi por obligación moral para recordar que, efectivamente, el fresco existe y sigue siendo una de las mejores invenciones de la naturaleza.
La primera sombra
                Chino chano, continuamos descendiendo. La cabaña d'Escouret queda a nuestra izquierda. En otras ocasiones, madrugando un poco más, nos hemos acercado a comprar ese excelente queso que el pastor elabora con tanto acierto. Hoy no toca. El horario manda y el queso tendrá que esperar una nueva oportunidad. Hay sacrificios que duelen.
Por el bosque de Sansanet
                Un giro a la izquierda nos introduce de lleno en la penumbra del bosque. Un par de zigzags después cruzamos el puente sobre la Gave d'Aspe y alcanzamos el aparcamiento de Sansanet, donde nuestro flamante autobús nos espera con ese aspecto tan reconfortante que adquieren los vehículos cuando uno lleva unos cuantos kilómetros en las piernas.
Últimos pasos
                Toca el clásico lavado del gato. Y digo del gato porque el agua que queda en el fondo de las cantimploras, apenas consigue abrirse paso entre la crema solar, el polvo del camino y ese moreno de montaña que uno luce con orgullo hasta que la primera ducha de casa decidirá poner las cosas en su sitio.
                De regreso hacemos parada en Canfranc, abarrotada de visitantes, con su flamante estación presidiendo el paisaje como si también quisiera salir en la foto. Y, como manda una tradición que nadie se plantea discutir, procedemos a la siempre recomendable recuperación de electrolitos mediante unas bien frescas cervezas que, según sostienen reputados expertos, contienen exactamente todo lo que el organismo necesita. Pues eso.
Estación de Canfranc
            Y así, entre risas, sudores, paisajes de los que se quedan para siempre en la memoria y alguna que otra queja de esas que solo sirven para darle conversación al camino, damos por terminada otra jornada de montaña. Una más para el cuaderno... y una menos para las piernas.
                Hoy, sin embargo, la excursión ha tenido un pequeño vacío. Maite se ha quedado en casa y, aunque he disfrutado de un día magnífico, he notado su ausencia. Además, para ella y para mí, hoy no era un día cualquiera. Era un día especial, de esos que uno acostumbra a recordar caminando juntos. 
            Porque, al fin y al cabo, las montañas no entienden de calendarios ni de aniversarios; somos nosotros quienes les damos significado con los momentos que vivimos en ellas y con las personas con las que elegimos compartirlos.
            Y mientras el autobús nos devuelve poco a poco a la rutina, uno ya empieza a pensar en la próxima salida. Será señal de que esta ha merecido la pena.



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Datos técnicos