miércoles, 11 de julio de 2018

RIOSETA - BORREGUIL DE LA CUCA - CANFRANC (estación)

Día 7 de Julio de 2018
Pico del Águila y Borreguil de la Cuca.

        Allá en Pamplona, los balcones de la calle Estafeta se van llenando de público; miles de corredores se incorporan a las vías del encierro, solo los sobrios, los otros... ¡a dormir la mona!.
           Aquí en la "Muy Noble, Muy Leal, Muy Heroica, Siempre Heroica, Muy Benéfica e Inmortal" (¡uf, con los títulos!) Zaragoza, los d´Esbarre nos montamos en el autobús para, una vez recogidos en el camino algunos miembros, seamos docena y media los que vamos a participar, más que en un encierro, en una buena corrida.
               El destino es el Borreguil de la Cuca. Cuando digo "borreguil" no me refiero a esa especie de cementerio de elefantes (senado) en el que van a parar, bien pagados, algunos elementos del panorama pseudopolítico. Aclaro que "borreguil", en estas tierras altoaragonesas se aplica a aquellos pastos destinados a los borregos (de cuatro patas).
Por Rioseta.
              Como decía, en el camino, concretamente en Villanúa nos reunimos los dieciocho personajes que, cumplidas las acostumbradas ceremonias matutinas, nos desplazamos hasta las antiguas instalaciones militares de Rioseta para, una vez acicalados con lo último de la moda montañera, comenzar a caminar (p´arriba).
                Para Maite hoy es un día importante, tras su intervención de menisco y largo tiempo sin subir grandes desniveles, la montaña le va a examinar; esperemos que saque buena nota.
        La senda, siempre ascendente, transita por una verde y floreada ladera izquierda del barranco de Rioseta. En la otra margen caen las faldas del Borreguil y El Águila que, víctimas de Cupido, se dan la mano en un estrecho collado.
Pico Aspe.
            Nosotros, "china chano", seguimos ganado altura. Delante, unas paredes nos indican que hemos de superarlas por la derecha en un fuerte tramo que nos deja en la Plana Alta de Tortiellas.                         Estamos en el primer balcón de la jornada, frente a nosotros (W) se erige el Aspe (2640 m.) con algo de nieve; el deshielo alimenta las varias cascadas del barranco que baña el colmatado ibón de Tortiellas que, doscientos metros abajo, espera que lo alcancemos, cosa que hacemos por... ¡qué se yo!.
    Llegados a la Plana Baja de Tortiellas, uno se encuentra rodeado de grandes paredes y pequeñas flores, de grandes amigos y pequeños insectos, de grandes emociones y pequeños... ¡qué pequeños somos!.
Desde el Ibón de Tortiellas.
Hay que seguir.
             Como lo que se baja luego hay que subirlo, nuestras miradas se dirigen hacia la pared que, en dirección sur, hemos de salvar.
           Pero, amigos, no hay cuesta que los d´Esbarre no sean capaces de subir y, poco a poco, vamos ganando metros. Alguien dice: ––"ya hemos recuperado los metros perdidos"––
          Rodeados de mil y una flores hacemos una parada antes de atacar el último repecho que nos deja en el collado de Estiviellas (2080 m) antecima del pico Borreguil de la Cuca (2096 m.) al que vamos llegando todos.
            Un buen lugar para sacar los bocadillos y dar buena cuenta de ellos pues, creedme, nos los hemos ganado con creces (lástima que los boteros de turno hayan faltado a la cita).
En la cima del Borreguil de la Cuca.
Anayet y Vértice.
           Del restaurante, ¿qué decir?. Como exclamaría mi nieto Noah –– ¡vaya vistas!.  Cerca tenemos el Pico del Águila, Tuca Blanca, Aspe, Zapatilla, Lecherines... Echando la mirada un poco más lejos, el Middi d´Ossau,  La Raca, Los Monges, Anayet, Vértice (próximo objetivo d´Esbarre), Moleta... muchas, muchas montañas, algunas reconocibles, otras escondidas tras las nubes. Pero no todo son cimas, bajo nosotros duerme callada, en espera de los proyectos sean realidad, la estación internacional, que fue, de Canfranc. Las canales Roya e Izas se adentran en la montaña buscando altas cumbres y bellos ibones. Si alguien sabe de un restaurante (con vistas) mejor que este, hágamelo saber.
Panorama pirenaico.
Zigzagueando.
             El menú concluye con una fotografía de los comensales y "pa postre" una bajadita de más de mil metros por un sendero que no le queda más remedio que dibujarse en tropecientos zigzag.
         El fuerte desnivel obliga a descender (o ascender como ya lo hicimos en otra ocasión) culebreando, lo que hace del camino una amable bajada, con mil flores en principio y un magnífico bosque, el de Arañones, después.
              Arriba, en el cielo, las nubes amenazan con darnos un baño, pero afortunadamente los "angelicos" están con nosotros y nos acompañarán hasta el final de la jornada. Aquí abajo, las flores siguen adornando el paso de los esbarristas:
Cuando entren las mariposas...

... a visitar tus jardines...

...y sientas como violines...

...a las aves del lugar;

Cuando veas trabajar...

...a la abejita hacendosa...

...el pimpollo de la flor...

...sus labios quiere embozar.

Caminando encontrarás tu meta...

...¡el clavel del poeta!
Estación de Canfranc.
          Ya en Canfranc Estación, el bus nos espera. El personal se viste de gala para, pocos kilómetros más abajo, meterse en el cuerpo unas "buenas jarras", pues como dice el profesor Joan Ramón Barbany de la Universidad de Barcelona: "El agua, la cebada y el lúpulo, componentes principales de la cerveza y su bajo contenido en alcohol, contrarrestan el proceso oxidativo de la fibra muscular que origina las agujetas y la fatiga muscular y favorecen la rehidratación de una forma más eficaz" ––Si lo dice el profesor...––
           Además, amigos, Maite y su menisco han pasado el examen con nota alta, cosa que nos congratula a todos.
            Hasta aquí hemos llegado, ahora nos toca cargar los bártulos y liarnos a recorrer otras montañas, pero de eso ya hablaremos.
                 Hasta pronto


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domingo, 24 de junio de 2018

LA FORADADA

Día 19 de Junio de 2018
La vergüenza de Occidente
          Desde el balcón de nuestros amigos Alfredo y María Ángeles, de inmejorables vistas, se yergue, altiva sobre una roca, Peñíscola (del latín paeninsüla), ciudad que como su propio nombre indica, se mete en el mar como queriendo rescatar las vidas que van quedando en el Mediterráneo, vidas arrancadas por quienes prefieren dejar morir a quienes huyen de las barbaries.                      Pronto se colmarán las playas de miles y miles de turistas y disfrutarán de las aguas; yates y lanchas exhibirán su poderío; los niños harán castillos de arena; el pescador echará la caña en el ocaso del día y allí lejos –no mucho– en este cementerio en que se ha convertido el Mediterráneo quedarán las vidas de esos seres humanos culpables de buscar la libertad. Si en algo soy responsable, me avergüenzo una y mil veces.
Allá asoma nuestro destino.
              A lo que vamos, decía que desde el balcón de mis amigos se ve, casi se abraza, Peñíscola y a lo lejos la Sierra de Montsià, cordillera relativamente alta y muy cerca de la línea de costa. Es un punto de referencia geográfico y privilegiado mirador de las comarcas del Baix Ebre, Montsiá, Baix Maestrat y Els Ports. Acoge, esta sierra, un lugar con encanto: La Foradada, el topónimo no deja lugar a dudas (horadada en castellano). Dicen que es algo así como un marco natural desde el que, si te asomas, disfrutas de un buen cuadro ¡Vamos a ver!.
Entre encinas.
               Los cuatro nos acercamos con el "carro" (aún perviven los recuerdos del argot cubano) hasta las proximidades de San Carlos de la Rápita, concretamente al parking situado en el lugar llamado "Cocó de Jordi".
             Como hace calor y las nubes brillan por su ausencia, nos aplicamos crema protectora hasta las cejas y, china chano, comenzamos a caminar por una senda bien señalizada. Nos adentramos dentro del bosque del Burgar, uno de los lugares más emblemáticos de la sierra de Montsià. Se trata de un encinar, el bosque mediterráneo por excelencia y donde, lógicamente, la encina es el árbol dominante.
Antiguo horno de cal.
             Pronto vamos encontrando restos de la vida que llevaban por estos lugares las gentes de la sierra, restos que delatan el aprovechamiento de los recursos propios de la tierra como la leña y la madera. La madera de las encinas se utilizaba para realizar herramientas, muebles etc. La leña era utilizada en el mismo bosque como combustible de los hornos de cal como el que se encuentra a nuestro paso. 
               Llevamos como una hora de camino y alcanzamos la Fuente del Burgar en la que varios carteles convierten el lugar en un auténtico centro de interpretación del bosque de encinas, así como del material que compone esta montaña caliza y de como el agua va "foradando" la roca. En este punto nos desviamos por el sendero que sale por la derecha y que pronto enlazará con el GR 92 (a la izquierda se aprecia el camino que nos verá llegar de vuelta).
Paso por el mas de mata Redona.
             Testigo de tiempos pasados son las ruinas del mas de Mata Redona. Las piedras que van cayendo y la vegetación que las cubre, no borran la huella de la vida que llevaban las gentes de aquí.
              A partir de ahora, el bosque que nos protegía del sol va dando paso al matorral de carrasca, boj y otras variedades propias del clima mediterráneo.
               En un cuello que se abre hacia todo el macizo de Les Ports abandonamos la GR 92 para girar hacia nuestro destino que, tras superar unos repechos, alcanzamos y, efectivamente la roca de La Foradada nos muestra un paisaje espectacular dominado por el Delta del Ebro en toda su magnitud y... el Mediterráneo que se pierde en el horizonte mostrándonos alguna que otra herida como el "Castor", ese ruinoso y abortado proyecto de dudosa procedencia especulativa. 
San Carlos de la Rápita, la Banya y el Trabucador.
Bella estampa sobre el delta del Ebro.
En la Foradada.
Al fondo, Es Ports.
                 El Delta es un secreto… (silencio), a poca distancia de las masificadas costas Dorada y del Azahar encontramos este remanso de paz. Un lugar que se ha inventado ajeno al turismo y al mundo caótico en el que muchos crecemos. Es un lugar donde se respira a tierra, río y mar. Donde las costumbres prosiguen fuertes, donde el trabajo y el Ebro han esculpido su estampa. Es un lugar donde perderse, y ciertamente… es fácil perderse. La playa es desierto, los huertos espejos al sol, las carreteras caminos a ninguna parte.

Abajo, los llanos de Uldecona.
         Gozosos hasta la médula de admirar el último de los rincones del Ebro volvemos la vista hacia interior: el macizo dels Ports con el Mont Caro, la Serra de Cardó y otros montes que no sé identificar. Girando la vista hacia el curso del Ebro: los llanos y el pueblo de Ulldecona, Sant Carlos de la Ràpita, Tortosa, L´Aldea, Deltebre, L´Ampolla... todos ellos como perlas de un collar que abrazan los últimos pasos de un río que merece el cariño que algunos pretenden obviar. 
           Cuando te acerques al Ebro, respira y déjate llevar por el reloj del río. Guardarás su lento tic tac cuando tu mundo vaya demasiado rápido.
De vuelta.
               Los cuatro nos quedamos un rato sobre la roca de La Foradada, segunda cima más alta de la sierra del Montsià (680 m.), la punta más alta es la Torreta con 764 m. Por su situación privilegiada cercana a la costa, en el extremo de la masa rocosa, sus vertientes caen bruscamente casi encima del mar.
          Pero, amigos, toca descender y como nuestros deseos eran hacerlo por otro itinerario bajamos por otra senda cuyos primeros metros ponen a prueba el agarre de las botas y la recuperación de las rodillas recientemente apañadas.
Entre palmitos.
            Antes de alcanzar las zonas boscosas, a estas alturas predominan los matorrales de maquia formada por arbustos, como el laurel, el endrino, lentisco, la retama, el boj, las jaras, el madroño, el mirto y los brezos, así  como el romero y el tomillo; acompañados por un buen número de ejemplares de palmitos. Y, lógicamente, donde hay plantas, hay flores y donde flores, allí están las bellas mariposas como la que tuvo la osadía de posar ante mi cámara, libando el néctar que se le ofrece.
            No tardamos en aparecer, nuevamente, en la Font del Burgar,  rincón cuyo frescor agradecen nuestros cuerpos, pues la mañana nos ha salido calentita. 
Libando néctar.
Anochece en Peñíscola.
          Aquí hemos cerrado la parte circular de esta sorprendente ruta y ya solo queda descender, por el mismo camino de subida, hasta el parking, montar en el "buga", acercarnos a San Carlos de la Rápita y meternos al cuerpo un buen menú acompañado, cómo no, por unas buenas dosis de cerveza.
             Estos montes no son Pirineo ni Ibérica, mucho menos Alpes ni Himalaya, pero amigos: aquí como allá, mirando hacia abajo de das cuenta de que la montaña no es como los humanos, la montaña es sincera; tan sincera como los tres compañeros de viaje de esta jornada de hoy.
Hasta pronto

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lunes, 11 de junio de 2018

FAJA DE LA PARDINA

Día 9 de Junio de 2018
Gencianas.
           Poco a poco se nos va la primavera que por esta vez se ha portado como tal. Primavera que ha pintado de verde los valles y de blanco las cumbres; primavera que ha vestido de colores de gala a árboles, follajes y flores; primavera de hermoso aroma de campo; primavera que, de nuevo, ha traído a mi casa las golondrinas para que nos alegren con sus cánticos de cortejo y llamada de los polluelos; primavera viajera con maletas de agua, cascadas y manantiales con callada voz de alegres notas musicales. En fin, una primavera con una climatología que nos ha dejado en casa en algunas jornadas pero que, tozudos que somos los de por aquí, hemos encarado en jornadas como esta de hoy que nos han regalado las gentes del Stadium Casablanca .
Golondrinas: –niños, a comer.
Torero Lorenzo.
             No es la primera ni segunda vez que recorro esta impresionante senda colgada sobre vertiginosas paredes, hace un par de años los hicimos los de Esbarre en un mes de Mayo con el cielo algo más abierto que el de hoy (dejé aquí, recuerdo)
          Con gran puntualidad salimos de Zaragoza más de cuarenta almas montañeras "caminito del norte". Los llanos de la Violada nos muestran grandes campos de cereal que, pese a las lluvias, van cambiando su vestido verde por las galas amarillas.              Lorenzo, conductor del bus, ataca con alegría el puerto de Monrepós cuyas obras parecen tomas color –ya no recuerdo su comienzo–. El embalse de Arguís presenta un aspecto inmejorable.
¿Autoescuela?
             De Sarvisé a Nerín, nuestro destino, con la Peña Montañesa de testigo, el autobús emprende una dura batalla contra curvas, vacas que no entienden de tráfico que Lorenzo se encarga de torear, y algún conductor que "tampoco". La imagen del amigo Calleja con la mano introducida por la ventanilla de un turismo manejando el volante con el carro en marcha atrás, ha quedado grabada en las retinas de este servidor por mucho tiempo.
          Con las vejigas más cargadas que el embalse de Arguís (la mía ha desalojado en la cuneta) llegamos a un conocido establecimiento hostelero de Nerín para cumplir con las necesarias obligaciones matutinas.
Peña Montañesa desde el autobús.
Transbordo.
             A las diez en punto estamos subiendo al autobús turístico que nos dejará en Cuello Arenas (1900 m.), pues en esta ocasión prescindimos de caminar los más de 600 m. de desnivel que nos separan hasta allí, decisión sabia en esta época de tormentas. Al fin y al cabo se trata de recorrer la Faja de la Pardina y de admirar el paisaje que las nubes permitan ver.
             Una vez arriba nos echamos las cuarenta y dos mochilas a la espalda y nos dirigimos hacia el refugio de pastores  de Cuello Arenas. Miramos hacia el norte, allí las Sorores  (Cilindro, Perdido y Soum de Ramond) –de cuya leyenda dejé relato en esta página– y la Tres Marías (Punchuda, Roncha y Plana) se esconden bajo las nubes como si se avergonzaran ante nuestra presencia, tan solo se aprecia el tajo que separa a ambas: el collado de Añisclo. 
Por ahí están las Sorores y las Marías.
–¡Ande vais!.
              La que sí que blanquea es la cima del Tozal de la Predicadera cuyas paredes  sur albergan nuestro camino que comenzamos a recorrer escoltados por los hermanos Alonso: el "joven" en cabeza y el "menos joven" en la retaguardia.
              Al igual que nuestro país, el camino se divide en dos: a la derecha sale el que desciende por el Barranco de la Pardina, que ya recorrimos en otra ocasión (enlace), pero hoy no toca barranco, toca faja y. como decía en otra ocasión, en algunas caras se adivina que "las fajas son cosa de altura" y la ansiedad por comenzar se bate en combate con "el canguelo", ¿quién vencerá?.
                   Ante la atenta mirada de un sarrio (rebeco) caminamos en dirección norte rodeando el barranco hasta su nacimiento, aquí el agua se precipita en un hermoso salto para comenzar la lenta tarea de labrar el valle.
Nacimiento del barranco de la Pardina.
Primera prueba superada.
              Pronto alcanzamos el lugar denominado Malpase o Malpas que como su nombre indica, es lugar de "paso malo", principalmente para el ganado.
          Descendemos por un pequeño cortado que nos deja en prado colgado sobre el vacío. Aquí nos encontramos con "Doña Prudencia" que nos acompañará durante la marcha pues el suelo, cubierto de hierba mojada, tiende a resbalar y, de la mano de esta señora, no habrá problemas.
              Lo siguiente es un sendero vergonzosamente escondido en la roca y colgado sobre unos cuantos metros que no llevamos intención de medir. Esta faja, al igual que las de Ordesa (Pelay, Racón, Canarellos...), nos lleva sobre paredes abismales, pero si hay algo que diferencia a la de hoy es su poco transito de gente lo que la hace más salvaje (mejor que describirla, ver las fotos que dejo aquí)
                    Unas muestras:
Que pequeños somos...

...ante esta grandeza...

...que pequeños somos.
Castillo Mayor y Cotiella.
             Poco a poco se nos va abriendo el paisaje, delante de nosotros observamos el Castillo Mayor y su Paso Ratón que tan solo hace quince días atravesamos los de esta manada. Sobre el Castillo, un poco más alejado y vestido de blanco: Cotiella. Un poco más al E. asoman las impresionantes paredes de Sestrales.
              Estamos en el macizo calcáreo más alto e importante de Europa, cuyas filtraciones de agua forman misteriosos conjuntos de galerías, simas y grutas.  De una de estas cavidades el agua cae sobre la faja arrancando de las cámaras fotográficas decenas de disparos, la fuerza con que salta bien merece la pena.
Grifo abierto.

                 Pronto comenzamos a divisar ese punto en el que Pardina y Añisclo se abrazan como dos enamorados gestando uno de los paisajes mas impresionantes y hermosos que uno pueda ver.
Abrazo.
Zona equipada.
           Con la adrenalina por las nubes llegamos al punto donde la faja dice –"hasta aquí hemos llegado"–. Toca alcanzar, no sin dificultad por lo mojado del terreno, las grapas, cadenas y sirgas que equipan un paso de unos 40 m. de desnivel por una estrecha chimenea que cada cual salva según sus actitudes físicas (y mentales).
           Aquí es donde se desarrolla con más violencia, aquel combate del que hablaba arriba. Casi se escuchan los latidos que impulsan la sangre por todas las venas de algunos cuerpos pero, ya arriba, vence el sentido común y, seguro, quienes sufren de horror al vacío han salido victoriosos para siempre de esta lucha de altura.
Regreso
         El regreso lo hacemos, en principio por zona de mallatas que por el horario no podemos visitar. Para quien no lo sepa en aragonés, mallata es un lugar en mitad del campo o de la montaña que sirve como refugio al ganado y los pastores en las noches que se dedican al pastoreo o la trashumancia, en zonas al aire libre. 
            Ahora la senda discurre por encima de la faja que hemos recorrido en el otro sentido hasta alcanzar el punto en el que la hemos iniciado, hasta alcanzar, de nuevo, el refugio de pastores de Cuello Arenas. Nos asomamos a observar una profunda sima, algunos dicen que desagua en Ainsa, ¿será verdad?.
San Andrés.
              Una linda marmota sale de su madriguera para que la captemos con nuestros objetivos; se mueve como si en vez de caminar por pasto lo hiciera por la alfombra roja de Hollywood.
            De nuevo estamos en la pista en la que nos recoge el bus turístico para bajarnos a Nerín, aldea de origen medieval en el que sus casas se encuentran bien conservadas como “casa Galicia”.              La Iglesia, el siglo XIII, dedicada a S. Andrés está bastante reformada, aunque no esconde el ábside y portal clásico del estilo románico.
               Otra edificación, creo que más conocida que las anteriores y que no posee influencia alguna del románico, ni gótico, ni "na de na", se encuentra en la entrada de la población y como agua bendita caen las cervezas acompañando las viandas mochileras y santificando la sed de estos ilustres caballeros del monte.
Nerín.
            Y de postre, menos bendita, el agua cae del cielo en forma de tormenta que de habernos pillado allá arriba, ¡ni pensarlo!.
           Hasta Sarvisé, Lorenzo ataca las curvas con el mismo canguelo que aquellos de grapas y cadenas, estado de ánimo que se suele escenificar en el parloteo incesante de quien sufre del "mal de altura" y, créanme –el amigo Lorenzo, ¡mudo no es!.
          El regreso a la Caesaraugusta lo hacemos animosos, con el buen humor que caracteriza a estas gentes, por la misma carretera de la mañana, solo que ahora descendemos dos puertos: el Monrepós y el equipo de fútbol de la "inmortal" que, un año más, se queda durmiendo en los laureles de la segunda división. Pero, tranquilos, el mundo sigue en marcha.
Hasta pronto.

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