Día 5 de agosto de 2026
La última vez que ascendí a este pico iba en compañía de Maite. Han pasado unos cuantos años y ella ha decidido que las cotas bajas también tienen su encanto. De hecho, durante estos días que llevamos instalados en el acogedor Siresa, hemos ido haciendo incursiones por los montes de los alrededores, sin necesidad de buscar alturas que puedan poner en peligro nuestra relación con la gravedad.
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| Hace una semana, en la pasarela d´Holzarte |
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El buga, que a estas alturas ya conoce el camino mejor que yo, me lleva hasta el refugio de Linza (1340 m.), punto de salida y llegada tanto de la anterior crónica como de la de hoy.
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| Indicaciones en el refugio de Linza |
Dejo el parking del refugio para cruzar un pequeño puentecito y tomar la GR.13, llamada "Camino de Francia" o "Cañada Real de los Roncaleses". Nombres ambos de bastante empaque para un sendero por el que uno empieza caminando con toda la dignidad que le permite el madrugón.
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| La GR.13 |
De vez en cuando me vuelvo para admirar el pico Maz y la Peña Euzcarre. La sierra de los Alanos va asomando sus cumbres poco a poco, en consonancia con nuestra altura. Abajo queda el refugio y, frente a él, el Achar del Caballo, recientemente superado en compañía de Maite. Todo parece estar en su sitio, incluida la montaña, que tiene la desagradable costumbre de permanecer quieta mientras uno se esfuerza por subirla.
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| Una mirada atrás |
Tras ascender unos metros, y en las proximidades de un curso de agua, toca realizar un suave descenso hacia él. Se trata de la Fuente del Cubilar de Petrechema, que se alimenta de dos ramales procedentes de los empinados barrancos que bajan desde la cresta oeste de la Paquiza de Linzola. Me encamino hacia este último ramal para vadearlo, cosa facilísima, pues la sequía que nos está afectando, también aquí se deja notar. Sobre los montes cercanos, el sol, entre nubes, comienza a mostrarse.
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| El primer rayo de sol |
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| Roca |
Es solo una leyenda, claro. Porque me gustaría a mí ver subir a los tres monarcas hasta el "piquito" con sus coronas, sus séquitos y, sobre todo, con el ágape a cuestas. Mucho me temo que las reuniones serían bastante más abajo.
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| Picos de Leyenda |
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| En el collado de Linza |
Allá vamos.
Por el momento, la senda asciende suavemente. A mi izquierda queda esa hoya kárstica que se esconde bajo el macizo del Bugogía y, delante, ejerciendo de imponente guía, el Petrechema me espera con paciencia. La montaña tiene esa virtud: nunca parece tener prisa.
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| El Petrechema |
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| Sí tenía compañía |
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| Hacia la cima |
En la cima me encuentro con algunas personas. Cuatro jóvenes, tumbados en el refugio de vivac, se están echando unos pitillos marca "María". ¡A dónde vamos a llegar! Uno, que ya ha pasado la época de fumar determinadas cosas y ahora bastante tiene con conseguir que le funcionen las rodillas, observa la escena con cierta perplejidad.
Suben un par de montañeros y uno de ellos tiene a bien sacarme una fotografía, que queda como testigo gráfico de mi hazaña. Porque una cumbre sin fotografía es, en estos tiempos, como si no se hubiera subido: podrá uno jurarlo ante notario, pero siempre habrá quien sospeche que la cima estaba unos metros más arriba.
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| En la cima (atrás se divisa La Mesa) |
Bueno, entre brumas y nubes se despliega todo un sinfín de montañas. Un espectáculo de esos que hacen que uno olvide por unos minutos el esfuerzo de la subida y piense que, después de todo, tampoco ha sido tan mala idea subir hasta aquí.
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| Aguja norte de Ansàbere |
Que, digo yo, será bastante más saludable que la "María" de los zagales. O, al menos, bastante más acorde con la dignidad de un veterano montañero.
Y ahora toca decidir por dónde desciendo. Como tengo cobertura con "Doña Prudencia", valoro que aquella vez que subimos desde el collado el terreno no era precisamente un prodigio de estabilidad y que bajar por allí en solitario podría comportar cierto riesgo. Así que, por una vez, hago caso a la sensatez y decido regresar por el mismo camino por el que he subido. La montaña seguirá en su sitio y yo, si todo va bien, también.
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| A la izquierda arranca la posible bajada al collado |
Un alimoche que vuela en círculos sobre mí parece querer anunciar que ya estoy llegando al refugio. No sé si se trata de una bienvenida o de una cuestión puramente gastronómica, así que prefiero no sacar conclusiones precipitadas. El caso es que el prado por el que he comenzado la mañana ya está cerca y la flor "quitameriendas" (colchicum montanum) luce con gran belleza, así como la centaura, poniendo una nota de color al final de la jornada.
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| Quitameriendas |
Mientras conduzco de regreso, pienso que quizá lo mejor de estas montañas no sea llegar a sus cimas, sino todo lo que uno se lleva de ellas: los paisajes, los encuentros, los recuerdos que vuelven sin avisar y, sobre todo, aquellas personas con las que alguna vez compartimos el camino.
Hoy he vuelto al Petrechema después de unos años. Lo he hecho solo, aunque en realidad no lo he estado. Maite ha estado presente durante toda la jornada, de una manera u otra, y también lo han estado aquellos amigos con los que un día llegué hasta esta misma cima con una bota de vino entre las manos.
La montaña permanece, nosotros vamos cambiando. Quizá por eso cada regreso tiene algo de despedida y algo de reencuentro. Y mientras las nubes se quedan prendidas sobre las cumbres, pienso que, al final, uno no sube a las montañas únicamente para alcanzar una cima. También sube para encontrarse con quien fue, recordar a quienes caminaron a su lado y, si hay suerte, seguir teniendo motivos para volver.
La cerveza puede esperar hasta Siresa. Las montañas, afortunadamente, no.
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Datos técnicos



































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