martes, 3 de marzo de 2026

DAROCA (circular por el Salto la Zorra)

 Día 1 de marzo de 2026
            Hace un par de semanas, Maite y un servidor protagonizamos una gesta épica: no acompañar a los amigos de Esbarre en su excursión por estos montes. No fue por falta de ganas, qué va, sino porque ambos, solidarios hasta en lo vírico, decidimos compartir un catarrazo de los que dejan huella… y moqueo. A día de hoy, los síntomas aún se resisten a abandonar el pack, como invitados maleducados.
            Pero no podemos permitir que un día espléndido se pierda así como así. Había que recuperar el tiempo perdido, aunque fuera a plazos. Así que, en lugar de seguir los doctos pasos de nuestros amigos, optamos por la alta estrategia del despiste voluntario: perdernos en ese inmenso pinar que todo lo traga y nada devuelve.
            Caminamos a ratos por el llamado “Camino Azul” y a ratos por barrancos que el agua, ese arado sin piedad ni sindicato, ha ido esculpiendo en la tierra. En fin, no fue la excursión soñada, pero sí la merecida: medio recuperados, medio perdidos y completamente satisfechos de haber salido, aunque fuera para demostrar que incluso con catarro también se puede divagar con dignidad. Así que vamos al lío:
            En menos de una hora, el buga —fiel corcel de combustión interna— nos planta en Daroca, ciudad donde las calles no solo rezuman historia, sino que directamente la sudan por los adoquines. Aquí convivieron, tan ricamente (o no tanto), las tres culturas: judaísmo, cristianismo e islam, dejando un poso histórico que hoy se pisa sin pedir permiso.
Puerta Baja
            Daroca se nos presenta bien pertrechada, arropada por uno de los perímetros amurallados más largos y variados del país, como si aún esperara un asedio con cita previa. Torreones y castillos velaban —y siguen mirando por encima del hombro— un entramado urbano de sabor inequívocamente antiguo, estirado a ambos lados de un barranco, no por capricho sino por tradición. Rematan el conjunto sus célebres puertas, la Alta y la Baja, que ya desde el nombre dejan claro quién manda y quién cobra el peaje.
            Y es precisamente en la Puerta Baja, junto a la Fuente de los Veinte Caños (todos manando, para que no haya dudas), donde arrancamos la ruta. A partir de ahí, lo de siempre: caminar, mirar y fingir que uno sabe exactamente por dónde va… aunque Daroca, con mucha historia y mucha muralla, ya se encargue de recordarnos quién manda aquí desde hace siglos.
Fuente de los Veinte Caños
            Callejeamos cuesta arriba, que es una forma elegante de decir que resoplamos con dignidad, hasta dar con un sendero que se interna en el pinar. La senda va señalizada con pintura azul y blanca, detalle tranquilizador para el caminante moderno, siempre agradecido de que alguien le diga por dónde debe perderse. Es el célebre “Camino Azul”, aunque a esas horas aún no se había peinado para la foto.
Por el Camino Azul
                    Nos metemos de lleno en el pinar y, a nuestra izquierda, se descuelga un fértil valle regado por el río Jiloca, que cumple con su deber sin aspavientos. Caminamos entre pinos y barrancos protegidos por diques de contención de riadas; caminamos en soledad humana, que no sonora: los pájaros se encargan de poner la banda sonora con un auténtico conciertazo campestre. Verdecillo, carbonero, chorlito, herrerillo… y, marcando el ritmo como si no hubiera mañana, el picapinos a la percusión, que no entiende de silencios contemplativos.
Cruzando sobre un dique
            Tras alcanzar una paridera —la Paridera, para más señas— donde desemboca el barranco del mismo nombre (originalidad toponímica en estado puro), llegamos al punto clave: o seguir los pasos esbarrianos o hacer justo lo contrario. Fieles a nuestra tradición de llevar la contraria, optamos por continuar por el Camino Azul. Para ello salvamos un buen desnivel, que se traduce en un largo y agradable zigzag, de esos que te hacen creer que avanzas mucho aunque el mapa no opine lo mismo.
"P´arriba!
            El esfuerzo nos deposita finalmente en el "Salto de la Zorra", también conocido como "Puente Roto del Camino Azul", nombre que ya avisa de que aquí nada está para tomárselo a la ligera. Allí coincidimos con una pareja afanada en retirar las cintas de marcaje de una reciente carrera, despojando al monte de sus galas deportivas.
            Les preguntamos por el misterio del color azul. Nos explican que al atardecer la piedra de esta zona adopta un tono azulado. Dudamos, claro, pero bajamos bajo el Salto de la Zorra y comprobamos que no exageraban: la piedra, en la sombra,  se vuelve azul… y uno, un poco más crédulo, pero encantado.
Salto de la Zorra (Clica sobre la foto para ver mejor la roca azulada)
            Nos acompañan hasta un cruce de pistas y allí nos separamos, como en las películas: ellos seguirán la faena motorizada, que aún les quedan muchos rincones que escoscar, y el monte no se limpia solo. Nosotros, más modestos y a pedales humanos, optamos por lo nuestro.
            Abandonamos el Camino Azul y tomamos el ramal de la izquierda, una larga pista que desciende durante un par de kilómetros con vocación clara de quitarnos la moral… y algo de altura, hasta alcanzar el Arroyo de Valdemartín. Allí comienza una senda que remonta el barranco sin el menor atisbo de compasión, como si tuviera algo personal contra el caminante.
Por Valdemartín
                El silencio lo invade todo. Arriba, como aquel camino, el cielo luce de un azul impecable, de esos que parecen recién estrenados. El día es espléndido, aunque el barranco no opine lo mismo y siga empujándonos cuesta arriba.
                    Desembocamos en el helipuerto de la BRIF y en las obras de la nueva base. Aquí uno no puede evitar pensar —y casi suplicar— que estas y otras brigadas tengan poco trabajo, que ojalá no tengan que apagar los incendios que, cada vez con más descaro, arrasan los montes del país. Soñar es gratis; apagar fuegos, no tanto.
                Desde allí tomamos el sendero que desciende por el Arroyo de la Paridera. Tras pasar junto a una fuente, afrontamos el primer tramo de bajada, que, ¡leches!, en algún punto se pone algo delicado. Pero no hay drama: Maite, con gran sentido práctico, cambia los pinreles por las nalgas. Los pantalones ya se lavarán, que para eso se inventó la lavadora. Superado el trance, el camino se vuelve francamente agradable, como pidiendo disculpas.
Por el Arroyo de la Paridera
                Cuando llevamos poco más de un kilómetro, abandonamos el barranco y atacamos, a la izquierda, una subida corta, pero contundente que discurre por un cortafuegos. De esas que no duran mucho… pero se recuerdan toda la tarde.
Salvada la cuesta del cortafuegos
            Y como todo lo que se sube, tarde o temprano hay que bajarlo —ley de la gravedad mediante— tomamos un sendero que desciende por un barranco domesticado con varios diques de contención, no vaya a ser que las tormentas se vengan arriba. Así alcanzamos la Nevera de Daroca, una de esas ingeniosas construcciones previas al frigorífico, cuando la gente guardaba la nieve del invierno para convertirla en hielo y mantener frescos los alimentos.
La Nevera de Daroca
            Maite se queda fuera, ejerciendo de vigilante voluntaria, y yo me cuelo por un estrecho pasillo para curiosear el interior: una cúpula de ladrillo con un agujero central por donde se empozaba la nieve, como quien rellena una gigantesca cubitera medieval. Incluso conserva un vano lateral con arco de medio punto, por donde entraban los operarios a organizar el hielo, que no todo era improvisar también en aquellos tiempos.
Acceso a la nevera
            Unas escaleras nos elevan hasta la Torre de Jarque, primer contacto serio con la muralla levantada entre los siglos XIII y XVI. Cuatro kilómetros de muralla y 114 torreones defendían la ciudad, aunque las guerras de la Independencia y las Carlistas se encargaron de dejar el conjunto bastante tocado. Más tarde, en el siglo pasado, alguien tuvo a bien reforzar lo que quedaba en pie, que siempre es mejor conservar que lamentar.
Torre de Jarque
            A la sombra de la Torre de Jarque sacamos las viandas y reponemos fuerzas. Tampoco hace falta cargar demasiado las pilas, porque lo que queda de camino es todo cuesta abajo, un detalle que siempre se agradece y nunca se critica.
Parte de la muralla
            Caminamos por el interior de la muralla hasta pasar bajo el Castillo Mayor, cuyos muros custodian una de esas leyendas que ganan enteros al caer la noche. Resumiendo mucho —que no estamos para epopeyas largas— cuenta de la Morica Encantada que:
"El último rey musulmán de Daroca, Aben Gama, mandó construir aquí un palacio para vivir con la bella Melihah, de la que estaba perdidamente enamorado. El problema, claro, es que Melihah estaba enamorada de otro: el caballero cristiano don Jaime Díez de Aux, cautivo en el castillo. Cuando Alfonso I el Batallador llegó a Daroca y el prisionero fue liberado, este corrió en busca de su amada para huir juntos. Pero Aben Gama, poco dado a los finales felices, la había matado y arrojado al pozo del castillo. Dicen que el aljibe es tan profundo que pasa por debajo de la ciudad hasta el río Jiloca, y que Melihah sale cada noche vestida de blanco, con una luz en la mano, recorriendo las murallas en busca de su amado para que la libere del hechizo".
                    Nosotros, por si acaso, seguimos bajando… no vaya a ser que la historia aún no haya terminado del todo. 
Castillo Mayor (Torre del Homenaje)
                El descenso se hace por unas largas y cómodas escaleras, de esas que parecen pedirte perdón por todo lo que antes te hicieron subir, salpicadas además con varios miradores sobre la ciudad de Daroca. Una ciudad que, por si alguien lo dudaba, de su época de esplendor conserva un legado de más de doscientos edificios catalogados, que no es poca cosa para presumir sin levantar la voz.
Vista de Daroca, desde la bajada
            Ya en el corazón del casco histórico pasamos ante la espléndida Basílica de Santa María, guardiana de los célebres Sagrados Corporales. Aquí se cuenta el milagro ocurrido en el siglo XIII, cuando unas formas consagradas sangraron misteriosamente durante un ataque musulmán. Es la historia narrada desde este lugar… aunque, si sigues este blog, ya sabrás que lo mío no va de milagros, sino más bien de piernas cansadas y curiosidad bien entendida.
Basílica
            Solo nos queda descender tranquilamente por las calles de la judería, dejándonos caer hasta la Calle Mayor y… ¡premio final!: tomar unas birras. Eso sí, sin alcohol, que aquí el menda tiene que hacerse cargo del buga y devolvernos a casa como personas responsables, aunque sea a regañadientes. 🍺
Uno de los monumentos de la Calle Mayor
                Y ahora, ya desde casa, con las botas quietas y el cuerpo por fin en silencio, la ruta se asienta de otra manera. No quedan senderos ni murallas, solo ese cansancio bueno que se comparte sin decir nada. Maite y yo recordamos el día en pequeñas escenas: una risa tonta, un resbalón sin consecuencias, un paisaje que se nos quedó dentro sin pedir permiso.
            Fuera queda Daroca, los barrancos, el pinar y las historias viejas. Dentro, en cambio, queda lo importante: la calma de haber caminado juntos, de habernos perdido a propósito y de haber vuelto sin prisas. No hizo falta llegar más lejos ni entenderlo todo. Bastó con estar, paso a paso, uno al lado del otro, dejando que el día nos acompañara hasta el sofá. Y así, sin más épica que la compartida, damos por cerrada la jornada.


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Datos técnicos
Recorrido
Perfil:
Distancia, 11,2 km.
Desnivel positivo, 455 m.
Desnivel negativo, 455 m.
Track

sábado, 31 de enero de 2026

PASARELAS DE RELLEU (Circular po el Camí de les Ripalmes)

 Día 29 de enero de 2026
                Es lo que tiene esto de ser mayor, muy mayor: que uno ya no descansa, se administra. Así que allá que nos vamos a la Marina Baja levantina a disfrutar de unos días de asueto (todavía no tengo claro de qué), huyendo del frío patrio y con la secreta intención de engañar al cuerpo para que crea que sigue en edad de guerra. La excusa: buscar algún momento para echar la carcasa a batallar por alguna colina de la zona, que es como hacer deporte pero con paisaje y coartada cultural.
El Mediterráneo en la Marina Baja
            No es la primera vez que aterrizamos por estos pagos y, mochila al hombro —gesto que a estas edades ya cuenta como proeza—, subimos algún altozano con nombre serio: Aitana, Serra Gelada, Bernia, Oltá, Ifach… montañas que suenan a epopeya aunque luego uno suba resoplando como una locomotora vieja.
Passet del Zorro en la ascensión a Aitana (2017)
                Pero este invierno viene juguetón, regalando borrascas a tutiplén, así que nos tiene más recortados que el presupuesto en educación. Aprovechamos, pues, una ventana milagrosa sin lluvia ni viento para darnos un garbeo por un camino histórico y alcanzar el pantano de Relleu, obra del siglo XVII —cuando la gente construía presas sin PowerPoint— y al que ahora le han puesto unas pasarelas de madera que queremos conocer, no tanto por la obra en sí como por poder decir luego que estuvimos allí.
                    Cogemos el buga y nos acercamos a Relleu, precioso pueblo rodeado de montañas que parecen colocadas a propósito para salir en la foto. El Cabeçó d’Or, la sierra de la Grana, el Aguilar y, al fondo, el imponente Puig Campana y la sierra de Aitana hacen de vigilantes jurados de estas tierras tan codiciadas. El resultado es un pueblo de calles estrechas, casas de piedra con mucha dignidad y cuestas que te recuerdan rápidamente que ya no tienes veinte años, lo que le da, eso sí, un encanto muy especial.
Una calle de Relleu
                    Con las mochilas en su sitio (es decir, en la espalda y no en el maletero, como pediría el sentido común), nos paramos ante un cartel informativo de la ruta. En él, un aviso claro como el agua:
“Día 27, por razones climatológicas las pasarelas están cerradas.”
                Como hace buena mañana y ya han pasado dos días —y porque somos optimistas por naturaleza, o inconscientes por experiencia—, decidimos ir p’allá.
                    Por si las moscas, entramos antes en la oficina de información y ¡zas!: nos confirman que siguen cerradas. Luego entenderíamos que con muy buen criterio; de haberse aplicado ese mismo celo el 29 de octubre de 2024, alguna vida se habría salvado.
Maite estudiando el recorrido (incompleto)
            Pero, amigos, a estas alturas ya estamos aquí, así que vamos a hacer la ruta igualmente y, como mínimo, quemar parte de esas calorías tan trabajosamente adquiridas en el bufet libre, que es el verdadero enemigo a batir en esta historia.
            Esta parte del itinerario transita por el Camí de les Ripalmes o del Fasamaís, antiguamente utilizado por las gentes del campo
                Comenzamos caminando en dirección sur, que siempre queda muy decidido aunque uno no tenga claro a dónde va. A nuestra derecha, sobre un montículo como quien no quiere la cosa, se alzan las ruinas del castillo de Relleu, construido en el siglo XII, cuando los castillos eran castillos y no centros de interpretación con horario de oficina. Muy cerca, la ermita de San Albert luce bastante mejor semblante, porque está claro que, a día de hoy, cotiza más ser ermita que castillo: menos mantenimiento y mejor imagen.
Castillo
            El sendero avanza entre mases y cultivos y bancales de almendros, fruto seco que tradicionalmente se ha destinado a la fabricación del turrón tan conocido de esta zona (¡Xixona está muy cerca!). Ahora desciende en dirección sureste hasta cruzar una humilde pasarela que salva el río Amadorio. No es un río de postal ni de novela, pero lleva el agua justa para parecer vivo y convertir el rincón en algo casi salvaje, que siempre queda muy bien decirlo luego. Además, dará de vever a Vila Joiosa (Villajoyosa).
Río Amadoiro
                Durante unos metros caminamos por una pista asfaltada —ese peaje inevitable del senderista moderno— para retomar enseguida un camino que discurre junto al barranco de la Cova, donde descubrimos un antiguo horno o pozo de cal. Vestigio de otros tiempos en los que la gente trabajaba duro sin necesidad de contarlo en redes sociales.
            Alcanzamos finalmente el desvío hacia las pasarelas del embalse de Relleu. Sabemos que están cerradas, pero aun así nos acercamos: la curiosidad y la tozudez suelen ir en la mochila. Abajo, la presa nos informa —más por la forma que por los hechos— de que aquí hay un embalse, porque agua, lo que se dice agua… nada de nada. Nos conformamos con bajar a un mirador y hacer unas fotos a las pasarelas, que para algo han costado el paseo.
Pasarelas del embalse de Relleu
            No quedamos tristes: pasarelas hay a peso por toda la geografía, y especialmente por la nuestra, Aragón, donde uno tropieza con ellas casi sin querer. Así que seguimos tan campantes, con la satisfacción intacta y las piernas moderadamente usadas, que a estas edades ya es todo un éxito.
        Regresamos hasta el desvío para retomar la ruta que nos devuelva al origen, porque todo paseo sensato debe acabar donde empezó, preferiblemente sin necesidad de rescate. 
Por sendero
            El camino desemboca en una carretera que asciende sin compasión, de esas que no tienen otro argumento que el de poner a prueba piernas, pulmones y paciencia. Como único entretenimiento, nos va señalando una vez más a esos vigías que no nos han abandonado en toda la mañana: el Puig Campana y Aitana, coronados con torres y radar militar, recordándonos que, aunque estemos de excursión, siempre hay alguien vigilando.
Puig Campana
Sierra de Aitana
                Poco a poco el cielo empieza a ponerse interesante —oscuro, plomizo y con malas intenciones— y, ya a las puertas de Relleu, caen las primeras gotas. Nada grave: lo justo para darle dramatismo al final del paseo y confirmar que habíamos elegido bien la ventana meteorológica… hasta cierto punto.
No son las puertas de Relleu
                Cerramos la jornada como manda la tradición: con un par de cervezas. Eso sí, sin alcohol, que uno será mayor, muy mayor, pero no inconsciente; y además aquí el menda tiene que conducir de vuelta. La épica, a estas alturas, se mide en llegar al alojamiento entero.
            Y así, sin grandes gestas ni heroicidades que contar en voz alta, damos por terminada la caminata. Ha sido un paseo sencillo, amable, de los que no exigen nada más que calzarse las botas y dejar pasar el tiempo. El terreno, el paisaje y el ritmo tranquilo han encajado a la perfección, sin prisas ni retos innecesarios, como nos gusta ya hacer las cosas.
Detrás el Puig Campan y el cielo preparándose para llorar
            Maite y yo regresamos a Relleu con esa satisfacción serena que solo dan los años compartidos. Caminamos juntos desde hace décadas, y no solo por senderos: basta una mirada, un silencio bien entendido o un paso que se adapta al del otro para saber que todo está en su sitio. No necesitamos grandes cumbres ni hazañas para sentirnos bien; nos basta con seguir andando lado a lado, acumulando kilómetros y recuerdos, confirmando una vez más que el verdadero recorrido es el que seguimos haciendo juntos.
Caminamos...



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Datos técnicos
Recorrido
Perfil
Distancia: 9 Km (con pasarelas serían 800 m. más)
Desnivel positivo: 290 m.
Negativo: idem


lunes, 19 de enero de 2026

POR LOS MALLOS DE AGÜERO

 Día 17 de enero de 2026
                Si alguien pensaba que cuatro nubes malencaradas y unas previsiones más negras que un sermón de Viernes Santo iban a achantar a las huestes de Esbarre, es que no nos conoce. Pues nada, que no. 
            Con un cielo más cerrau que la cabeza de ese personaje que va por el mundo rebuznando amenazas y diciendo que va a invadir lo que no le pertenece, salimos de Zaragoza camino del que fue, por unos meses, el Reino de los Mallos.
                Como Dios manda y la costumbre obliga, hacemos parada en Huesca para tomar un café tan inmereciu como imprescindible y recoger al que fuera comandante de este ejército montañero, hoy ya más dado a mandar desde la retaguardia, pero pieza clave, a lo tonto a lo tonto, de la expedición.
                    El origen del Reino de los Mallos, allá por el siglo XII, viene de una dote bien maja: la que el rey Pedro I de Aragón le entregó a su segunda esposa, Berta, con motivo de sus esponsales. Un detallito sin importancia, vamos: Agüero, Murillo, Riglos, Marcuello, Ayerbe y algunos bienes más por la Hoya de Huesca. Casi nada. Y para el que ande escoscau y no lo sepa, un mallo no es ninguna herramienta, sino esas formaciones rocosas tiesas como malas voluntades, en forma de peña o torreón, con paredes casi verticales, muy propias del Prepirineo.
Castillo de Marcuello
            Nuestro destino es el primero de los pueblos mencionados: Agüero, ese que se arroja bajo la sombra de sus mallos, tan impresionantes ahora como útiles fueron entonces. Porque, aparte de imponer respeto, ofrecían unos puntos de observación de primera, ideales para defender este rincón del Reino de Aragón. Y ya se sabe: desde arriba se ve venir al enemigo… y también al bocazas, arriba aludido, antes de que abra la boca.
Agüero
            Y hasta aquí hemos llegau. El bus nos deja a las mismas puertas del Camping Municipal de Agüero. Al look montañero de costumbre le añadimos las prendas impermeables, porque, aunque sin muchas ganas, la anunciada "plevia" no tarda ni un ratico en presentarse, fina pero cumplidora, como quien viene solo a tocar la moral. Antes de arrancar, cumplimos con el acto que ya es casi religión: Richi saca su "supercámara", con más solemnidad que un notario, para retratar a este grupo animau y bien aveniu, que luego si no hay foto parece que no se ha estau allí. Y ya se sabe: lo que no se inmortaliza, no cuenta… ni aunque caigan chuzos de punta.
El Robert Capa de Esbarre
                   Los primeros metros los hacemos tirando p’al norte, por las calles empinadas de Agüero, que no están pensadas para flojos, dejando el casco histórico a la derecha, como quien no quiere la cosa pero con respeto, que bien lo merece.
                No tardamos en dar con el desvío que sube al Mirador de los Mallos, que se aloja en la base, entre la Peña Sola y el Mallo Castiello. Pero los amigos que ya habían inspeccionado la ruta nos quitan la idea de la cabeza: con la roca mojada aquello está más resbaloso que anguila en fiesta mayor. Y además hoy viaja con nosotros "doña Prudencia", que hablar no habla, pero cuando lo hace conviene hacerle caso. Así que nada de heroicidades de bar: se deja el mirador para otro día y seguimos p’alante, que camino no falta.
Peña Sola y Mallo Castiello
            Así que eso, dejamos el mirador para mejores ocasiones y seguimos por una senda bien maja, de las que se andan a gusto, que discurre bajo la impresionante aguja de la Peña Sola, la más oriental de los mallos, y bajo las paredes tiesas y verticales del Castiello y el Salinero que… ¡leches benditas, qué susto! No sabremos si fue cabra, buitre o algún otro bicho, pero un desprendimiento de rocas nos pone el corazón en la boca. Por suerte, los arrastres se quedan más arriba y a nosotros solo nos toca recolocar el alma en su sitio.
Mallo Castiello y Peña Sola (susto en la cara norte)
                        Con las revoluciones cardíacas ya en modo persona civilizada, seguimos caminando. Abajo, a la izquierda, las aguas del Barranco de la Rabosera descansan en varias "badinas", quietas y pacientes, esperando la siguiente borrasca que las despierte del todo. Al borde del camino quedan los restos de una antigua tejería, recuerdo mudo de aquellos artesanos de la teja que ya sudaban aquí lo suyo mucho antes de que se pusieran de moda las botas con membrana.
Barranco de la Rabosera
        No tardamos en alcanzar la cueva de Al-Foraz, poca profundidad pero buen diámetro, lo justo para echar unas fotos, estirar el cuello y mirar las nubes que esbarizan por encima de nuestras cabezas, como si también andaran de paseo. Se trata de una gran oquedad natural formada por la erosión fluvial del conglomerado rocoso. Un buen escenario para sacar la foto del grupo.
Cueva Al-Foraz
––A mal tiempo, buena cara––
                Toca ahora desandar un tramo del camino para seguir recorriendo esta ruta tan agradecida, hasta plantarnos ante una subida respetable, camino de Carcavilla, bien amueblada con una escalera de troncos peldañeados, tan larga que a más de uno le viene a la cabeza aquella canción de Led Zeppelin: Stairway to Heaven. Y tras sudarla como manda la tradición, alcanzamos el cielo… o sea, el último escalón. Allí nos recibe el collado de Pedro (que uno no puede evitar preguntarse si no será San Pedro el que guarda la puerta).
Stairway to Heaven
                Ahora el sendero discurre por la cara norte de los mallos principales, que aquí de mallos andamos sobrados, no vaya a pensar nadie que se acaban. La lluvia, fina pero cansina, no da tregua, y este tramo se nos presenta con el barro justo —ni más ni menos— para darle faena a la lavadora cuando lleguemos a casa. De las botas, casi mejor no decir nada: ellas ya saben lo que han hecho y lo pagarán en silencio, bajo el grifo, como manda la penitencia. No es por casualidad —ni por capricho del mapa— que en este tramo se planten las fuentes naturales de Billa y de los Buitres.
Fuente natural
                    Con barro y todo seguimos "p’alante y p’arriba", hasta alcanzar un mirador natural desde el que, entre nubes que van y vienen a su aire, se adivina el embalse de La Peña, y también parte de los otros mallos. Peña Rueba, se asoma lo justo, como quien no quiere salir en la foto.
Al fondo se adivinan las aguas del Embalse de La Peña
            Poco a poco nos vamos arrimando a lo que, en los papeles y en la cabeza, parecía que iba a ser la cima del día: Punta Común. Pero el piquito está más tapau que una olla en día de fiesta, cubierto del todo por esas nubes que ahora nos obsequian con unos granitos finos que por aquí llamamos "matacabras", de los que no mojan mucho pero calan la moral lo suficiente.
Allí debe encontrarse Punta Común
            Así que, sin que nadie ponga pega ni se venga arriba, se decide por unanimidad y con mucho criterio dejarlo para otra ocasión. Hoy manda "doña Prudencia", y cuando manda, se obedece. Total, la montaña no se va a mover. Así que nada, media vuelta y "p’abajo", que también tiene su ciencia.
                Ah, amigos… pero claro, lluvia, barro y piedras se ponen de acuerdo —que para eso no necesitan ni reunirse— y hacen que el descenso no sea precisamente un paseo triunfal. El sendero se deja caer por una especie de barranco que se abre paso entre una vegetación tan cerrada como terca: boj, espino, carrasca, zarzas, tomillo… Lo justo y necesario para que aquello que no ha mojado el agua del cielo lo termine de empapar el monte, que aquí nadie se libra.
Descenso
                    Por suerte, cuando ya divisamos las casas de Agüero, el camino se civiliza un poco y se convierte en una pista ancha y agradecida, de las que se pisan con alivio, y que nos deja sin más historias a la altura del cementerio del pueblo. Cada uno a lo suyo y todos contentos.
Hacia Agüero
                La entrada al casco urbano la hacemos sin perder de vista la iglesia románica de San Salvador, que se presenta seria y callada. Está cerrada, pero el exterior impone lo suyo. La portada del siglo XII es, sin discusión, lo más destacable, con una decoración escultórica bien apañada y mejor conservada: cuatro arquivoltas con ajedrezado jaqués y un Pantócrator escoltau por los tetramorfos, que parecen vigilar al visitante desde hace siglos. La torre, rectangular y de tres cuerpos, levantada entre los siglos XVI y XVII, se alza como referencia clara del paisaje de Agüero, firme y sin hacer ruido, como las cosas bien hechas.
Portada de San Salvador
                El autobús nos espera allá donde lo dejamos, en el aparcamiento del Camping Municipal de Agüero, y mira tú por dónde, su bar está abierto. Milagro que atribuimos, sin dudarlo, a la buena disposición —y santa paciencia— de un joven camarero que se ha ganado el respeto del grupo sin necesidad de presentaciones.
                    Si tenemos en cuenta que, por culpa de la lluvia, no hemos parado ni a tomar un triste tentempié, y que la defensa gastronómica ha viajado todo el día bien guardada en las mochilas, sin salir a combate, el momento es perfecto para, ya más o menos aseaos, pedir unas birras como mandan los cánones y proceder a esa digna costumbre de alimentar el cuerpo. Porque el espíritu, a estas alturas, ya ha quedado más que saciado… y bastante mojado, todo sea dicho.
¡Salud!
                Y ya de vuelta a casa, mientras el autobús se desliza por la carretera y el paisaje se va apagando tras los cristales, los pensamientos caminan más despacio. Queda el cansancio bueno, ese que no pesa, y la sensación de haber estado donde había que estar, aunque no se haya tocado cima ni salido el sol.
                La montaña ha decidido hoy enseñarnos otra cara, más gris y más húmeda, pero igual de honesta. No ha hecho falta llegar más alto para entenderlo: bastaba con caminar juntos, escuchar el monte, respetar lo que no se dejaba hacer y volver con la mochila un poco más sucia y la cabeza un poco más limpia.
                Agüero se queda atrás, con sus mallos firmes y callados, sabiendo que no se van a mover y que habrá otras visitas, otros días y otras luces. Nosotros volvemos, escoscaos y contentos, con la certeza de que estas jornadas, sin grandes gestas ni heroicidades, son las que luego se recuerdan a fuego lento. Y eso, al final, también es llegar.


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Datos técnicos
Recorrido

Perfil
Distancia: 8,2 km
Desnivel positivo: 490 m.
Desnivel negativo: 490 m.
Track