domingo, 13 de septiembre de 2026

PEÑA BLANCA, CANAL ROYA Y PUNTA BAGÜER. TRES CIMAS ENTRE CRESTAS

 Día 12 de septiembre de 2026
        En esta ocasión, los mozos d´Esbarre nos proponen una de esas actividades encaminadas a buscar el equilibrio territorial: un pie en las Galias y el otro en nuestra sufrida Hispania.
    Al mando del volante va Pablo, uno de nuestros pilotos de cabecera, estrenando bus y conduciéndolo con la serenidad, aplomo y maestría de quien ya ve el horizonte del jubileo asomando por el retrovisor. 
   
    No sabemos si es que la convocatoria incluía la inquietante palabra «cresterío», que a más de uno le habrá producido una súbita flojera de piernas, o que el personal anda últimamente muy disperso, pero la cuestión es que nos sobran asientos para dar, vender y hasta alquilar por horas. Menos mal que, según avanzamos hacia las alturas, en la Osca y posteriormente en Senegüé, hacemos la acostumbrada parada técnica para el café, el tentempié y esas otras necesidades fisiológicas que nunca faltan en una excursión de caballeros, donde vamos recogiendo compañeros que se incorporan al pelotón.
            La sequía, por su parte, se encarga de recordarnos que esto del cambio climático va muy en serio. A nuestro paso por los embalses de Búbal y Lanuza, el panorama es desolador: de agua, poca; de embalse, el nombre. A este paso, las truchas tendrán que aprender a nadar con cantimplora y pedir permiso para cambiar de charco.
Embalse de Búbal
                            Y qué decir de los extensos prados que nos esperan en destino. Completamente agostados, lucen un amarillo que, si bien puede resultar muy fotogénico, tiene poco de natural a estas alturas del año. Más que pastos pirenaicos parecen el decorado de una película del lejano Oeste, solo falta que aparezca una bola de esparto rodando cuesta abajo y algún lugareño preguntando dónde se ha metido el agua.
                En fin, que entre Galias, Hispania, cresteríos, jubilaciones, asientos vacíos y embalses sin oficio ni beneficio, vamos poniendo rumbo a las alturas con la esperanza de que, al menos, las montañas sigan donde las dejamos.
            Pablo nos deja en la frontera del Puerto Portalet y, como la mañana viene amable, salimos con el mismo atuendo que en julio.
                Apretamos las botas, nos untamos de crema solar con la generosidad propia de quien piensa pasar el día a la intemperie y, como hoy Ricardo no nos acompaña, hacemos la foto de salida con el pensamiento puesto en su «maquinón». Que no estará él, pero su espíritu fotográfico siempre nos vigila.
El pelotón d´Esbarre
          Y hala, sin más ceremonias, p’arriba.
            Con permiso del centinela que nos va a vigilar durante toda la jornada, el imponente Midi d’Ossau, echamos a andar. 
       El terreno nos resulta conocido, pues algunos de los que por aquí andamos ya lo hemos recorrido en varias ocasiones, aunque, créeme, para varios de nosotros esta es la primera vez que lo hacemos en seco. Las anteriores fueron en invierno, con nieve hasta las orejas y raquetas en los pies, que siempre le dan a uno un aire más aventurero del que probablemente merece.
Hubo una vez que...
            Ya que hablamos del Midi d’Ossau (2.884 m.), conviene recordar que este pedazo de montaña fue un antiguo volcán de unos 290 millones de años de antiguedad. La erosión hizo su trabajo durante un par de eras, se llevó por delante el anillo volcánico y nos dejó la silueta actual. Vamos, que el Midi lleva millones de años contemplando el paisaje y nosotros todavía discutimos por dónde se sube mejor.
        Las gentes del valle lo llaman Jean Pierre, «el gigante de piedra», por sus dos cumbres, una mayor que la otra. La tradición cuenta que al hijo mayor se le llamaba Jean y al pequeño Pierre. También tiene su correspondiente leyenda, pero no me extenderé: ya di buena cuenta de ella en [esta entrada] y más recientemente en (esta otra entrada).
Midi d´Ossau
                La senda avanza, en dirección NW, por un pastizal que pide agua a gritos. Hasta el ruisseau du Portalet —arroyo, para entendernos— baja más seco que la mojama. Y lo mismo el d’Aneou, cuyas aguas, si las hubiera, bajarían desde el fondo del circo del mismo nombre. Vamos, que por aquí los peces deben estar haciendo las maletas.
            Poco a poco ganamos metros, aunque con una pendiente todavía amable, lo que permite mantener la actividad más importante de toda salida montañera: la conversación.
—¿Qué tal el verano?
—Pues yo estuve por las Rocosas, en Canadá, y haciendo trekking por Austria.
—¡Leches!
—Yo también, pero un poco más abajo.
—¡Vaya verano! Se nos está quemando el monte.
—Algunos dicen que esto del cambio climático no tiene nada que ver.
—¡Qué sabrán ellos!
Buen semblante
            Y así, entre charla y charla, cuando llevamos un par de kilómetros de lo más llevaderos, giramos a la izquierda, en dirección SW, y, como quien no quiere la cosa, la montaña decide que ya hemos hablado bastante. La senda se empina sin compasión.
            Ahora, algo más callados —bueno, siempre hay alguna excepción— vamos ganando altura. La senda se abre paso entre dos pènes —Para mentes calenturientas, en la montaña francesa: peña, roca vertical, risco escarpado o cresta rocosa—; a nuestra derecha, la de Glère, y a la izquierda, la de Mauhourat. Dos espectaculares promontorios que parecen empeñados en ver cuál de los dos consigue llegar antes al cielo.
¡P´arriba!
                        Allá arriba, un caballo solitario contempla a lo lejos a este colorido rebaño humano, mientras algo más abajo sus parientes hacen lo que pueden por arrancar del reseco prado algún bocado que llevarse al hocico. No sabemos quién lleva peor el día, si ellos o nosotros.
Hora del desayuno
                También allá arriba se adivina ya nuestro objetivo, el collado de Peña Blanca (2324 m.). Casi 500 metros de desnivel, un sol que aprieta y las piernas que empiezan a negociar las condiciones laborales. Pero, contra todo pronóstico, alcanzamos el collado como un ejército de valientes. O, al menos, como un grupo de excursionistas que todavía consigue mantener la dignidad.
                Una parada para reponer fuerzas nos permite levantar la vista y disfrutar del paisaje. ¿Angosto? Sí. ¿Espectacular? También. A nuestras espaldas quedan las sierras que hemos dejado atrás, mientras que hacia el oeste se abre un auténtico escaparate de cimas imponentes que esperamos ir identificando desde las cotas que tenemos por delante.
Por el  ciollado de Peña Blanca
            Y bajo nuestros pies, al abrigo del mítico Anayet, discurre uno de los valles más hermosos del Pirineo: la Canal Roya. Un valle que, por esas cosas que solo entienden las altas esferas de la especulación y el cemento, algunos pretenden llenar de hierro, hormigón y una telecabina. Gente con mucha ansia de negocio y bastante poco respeto por estos preciosos rincones.
Canal Roya
            Giramos a la derecha, hacia el noroeste. A nuestras espaldas dejamos el Pico d’Anéou y, con cuatro zancadas —bueno, alguna más de cuatro—, alcanzamos la primera cima del día: Peña Blanca (2.365 m.).
A partir de aquí comienza el correspondiente festival de sube y baja por las crestas. Unas veces el paso es cómodo y seguro; otras, toca andar con cuidado, especialmente cuando el terreno se presenta inestable. Aquí conviene no «esbalizar», que una cosa es hacer montaña y otra muy distinta convertirse en parte del paisaje.
                Unos avanzan con soltura, curtidos en estas lides del cresteo; otros con algo más de torpeza y alguno, directamente, va negociando con la gravedad y bajando de roca en roca con el trasero como tercer apoyo.
No esbalizar
            Todos, eso sí, vamos acercándonos a nuestra siguiente cima: el Pico Canal Roya (2.345 m.).
        Al alcanzar la cumbre, el paisaje se abre por ambos lados y nos ofrece un auténtico desfile de nombres ilustres: Infiernos, Balaitus, Palas, Aspe, Bisaurín, Castillo d’Acher… Más cerca, La Raca, y allá abajo, recorriendo todo el valle, la Canal Roya.
Paisaje
                Y, por supuesto, el vigilante de la jornada sigue en su puesto. El Midi d’Ossau, acompañado de su primo pequeño, el Peyreget, no nos ha quitado el ojo de encima en ningún momento. A estas alturas ya empieza uno a pensar que, además de centinela, debe estar contando cuántos somos y si queda alguno por llegar. Inmortalizamos el momento con la foto del grupo en la cima.
En el Canal Roya con el Middi d´Ossau a la espalda
        Antes de iniciar el descenso hacia el Pla de la Gradillère, nos acercamos hasta la Punta Bagüer (2.326 m.), algo más escorada al norte, desde donde ampliamos, si cabe, el ya generoso catálogo de valles y montañas que llevamos toda la mañana contemplando.
        Retrocedemos unos metros y comenzamos el descenso que, en pocas zancadas, nos deja en el Pla de la Gradillère, un amplio rellano en el corazón del espectacular Circo d’Anéou. Y cómo no, allí sigue nuestro vigilante particular, a la izquierda (N), con su inconfundible figura bicéfala y esa mirada de quien lleva toda la mañana controlando nuestros movimientos: el Midi d’Ossau.
De bajada
            A la derecha, el Pène de la Glère luce altivo, prepotente, con cierta chulería montañera. A sus pies, un rebaño de caballos sigue rebuscando entre el reseco pasto alguna brizna verde que llevarse a la boca. Tendrán que conformarse con lo que hay, que tampoco estamos nosotros para repartir víveres.
            Seguimos perdiendo altura y, poco a poco, alcanzamos el punto donde esta mañana nos desviamos para internarnos en ese mundo de crestas y cumbres que nos ha regalado una mañana espectacular.
El Pène va quedando atrás
                Ya tenemos a la vista el aparcamiento de la frontera hispano-gala y hacia allí nos dirigimos sin demasiada oposición por parte de las piernas. Una vez abajo, procedemos al imprescindible «lavado polaco» y nos dispersamos por los establecimientos del Portalet en busca de algo que llevarnos al coleto.
        Bocadillos y demás manjares, que han pasado toda la jornada aburridos en el fondo de las mochilas, recuperan de pronto su razón de ser. Y acompañados por unas generosas jarras de birra, brindamos recordando a Maite que se ha quedado en la city y damos por concluida esta especie de regalo de Esbarre para despedir un verano infernal.
¡Va por ti!
            Solo queda pedir al cielo que tenga a bien abrir la manguera de una vez y regar montañas, valles, pueblos y ciudades. Que falta hace. Y bastante.
        Y así, entre crestas, cimas, conversaciones, alguna que otra protesta de las piernas y las merecidas jarras de birra, ponemos punto final a otra jornada de Esbarre.
        Una jornada de esas que dejan buen sabor de boca: paisajes espectaculares, montaña compartida y, como siempre, la satisfacción de haber llegado hasta donde nos habíamos propuesto, aunque en algún momento las piernas tuvieran serias dudas sobre el proyecto.
        El verano nos ha dejado montañas sedientas, prados agostados y embalses bajo mínimos. Esperemos que el cielo tome nota y se decida de una vez a hacer su parte. Mientras tanto, nosotros seguiremos haciendo la nuestra: caminar, disfrutar y, si se tercia, terminar la faena alrededor de una mesa.
        Hasta la próxima aventura, compañeros. De momento, quien suscribe y su otra mitad cambiamos de aires por unos días, con la mochila cargada de curiosidad y ganas de descubrir otras culturas, otros paisajes y otras formas de entender la vida. Porque viajar, además de llevarnos lejos, siempre nos devuelve un poco más sabios, aunque solo sea por todo aquello que aprendemos y por los recuerdos que nos traemos de vuelta.


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jueves, 6 de agosto de 2026

PETRECHEMA

 Día 5 de agosto de 2026
            La última vez que ascendí a este pico iba en compañía de Maite. Han pasado unos cuantos años y ella ha decidido que las cotas bajas también tienen su encanto. De hecho, durante estos días que llevamos instalados en el acogedor Siresa, hemos ido haciendo incursiones por los montes de los alrededores, sin necesidad de buscar alturas que puedan poner en peligro nuestra relación con la gravedad.
Hace una semana, en la pasarela d´Holzarte
                He elegido este pico porque, aunque en esta ocasión me tocará ascenderlo en solitario, la elección tiene poco de temeraria. Al coincidir buena parte del recorrido con la ruta de la Mesa de los Tres Reyes, doy por hecho que de soledad, lo que se dice de soledad, nada de nada. Siempre habrá algún esforzado montañero dispuesto a echar una mano si fuera preciso.
                Como los voceadores de la climatología anuncian que existe un tanto por ciento de posibilidades de que llueva —circunstancia que, en verano, suele manifestarse por las tardes—, decido aplicar una de esas costumbres propias de los montañeros sensatos: pegarme un buen madrugón. Porque si algo tiene la montaña es que madrugar siempre parece una decisión estupenda… hasta que suena el despertador.
            El buga, que a estas alturas ya conoce el camino mejor que yo, me lleva hasta el refugio de Linza (1340 m.), punto de salida y llegada tanto de la anterior crónica como de la de hoy.
Indicaciones en el refugio de Linza
            El sol, que en unos días se eclipsará en plena tarde y nos recordará que hasta los astros tienen sus caprichos, hoy todavía no ha hecho acto de presencia, por lo que, de momento, la mañana se presenta fresca. 
            Dejo el parking del refugio para cruzar un pequeño puentecito y tomar la GR.13, llamada "Camino de Francia" o "Cañada Real de los Roncaleses". Nombres ambos de bastante empaque para un sendero por el que uno empieza caminando con toda la dignidad que le permite el madrugón.
La GR.13
                Por el momento, el sendero discurre por un amplio prado, superando laderas moderadamente empinadas que, hoy, extrañamente, afronto con bastones. Los llevo con la misma fe con la que algunos montañeros modernos se entregan a las bicicletas eléctricas: pese a no disponer de batería alguna, los bastones ayudan a superar las cuestas y, sobre todo, proporcionan la reconfortante sensación de que uno está utilizando tecnología punta.
                De vez en cuando me vuelvo para admirar el pico Maz y la Peña Euzcarre. La sierra de los Alanos va asomando sus cumbres poco a poco, en consonancia con nuestra altura. Abajo queda el refugio y, frente a él, el Achar del Caballo, recientemente superado en compañía de Maite. Todo parece estar en su sitio, incluida la montaña, que tiene la desagradable costumbre de permanecer quieta mientras uno se esfuerza por subirla.
Una mirada atrás
        Sigo ascendiendo por el sendero, ganando altura de forma paulatina, de modo que ya tengo una buena perspectiva del Barranco de Petrechema a nuestra derecha. En la ladera contraria puedo divisar el pequeño Refugio vivac de Petrechema.
        Tras ascender unos metros, y en las proximidades de un curso de agua, toca realizar un suave descenso hacia él. Se trata de la Fuente del Cubilar de Petrechema, que se alimenta de dos ramales procedentes de los empinados barrancos que bajan desde la cresta oeste de la Paquiza de Linzola. Me encamino hacia este último ramal para vadearlo, cosa facilísima, pues la sequía que nos está afectando, también aquí se deja notar. Sobre los montes cercanos, el sol, entre nubes,  comienza a mostrarse.
El primer rayo de sol
                Ahora me toca afrontar el tramo más esforzado de la jornada, el que discurre desde la Fuente del Cubilar hasta el collado de Linza (1937 m.). Son unos metros que, en algunos puntos, transcurren sobre roca, mientras que en otros la vegetación se encarga de ocultar algunas pequeñas dolinas. Una combinación muy apropiada para mantener al caminante entretenido: unas veces mirando dónde pone los pies y otras preguntándose dónde demonios termina el suelo.
Roca
            Alcanzado el collado se abre ante mí la panorámica de toda la zona del Pico de los Tres Reyes (2446 m.) y, más impresionante todavía, el Petrechema (2371 m.), que se alza como un auténtico coloso, esperando pacientemente que llegue a su cima. Él, por supuesto, sin ninguna prisa. El primero de los dos tiene además la importancia simbólica de unir Navarra, Aragón y el Béarn francés, antiguos reinos cuya leyenda cuenta que sus tres monarcas se reunían en este monte para sus encuentros y ágapes.
            Es solo una leyenda, claro. Porque me gustaría a mí ver subir a los tres monarcas hasta el "piquito" con sus coronas, sus séquitos y, sobre todo, con el ágape a cuestas. Mucho me temo que las reuniones serían bastante más abajo.
Picos de Leyenda
                Como decía al principio, hasta aquí he disfrutado de una especie de soledad acompañada: suficientemente solo para sentirme montañero, pero con gente alrededor para no tener que explicar mi desaparición a nadie. Así que una zagala, con la que he coincidido en los últimos metros, tiene a bien hacerme una fotografía. Un detalle que agradezco, pues siempre resulta conveniente disponer de alguna prueba gráfica que demuestre que uno ha llegado hasta allí y no se ha quedado tomando un café en el refugio.
En el collado de Linza
            A mi derecha, siempre en dirección este, veo el sendero que he de tomar. El resto del personal que ha subido hasta aquí sigue en dirección a la Mesa que, todo sea dicho, ya ascendimos los dos, años atrás. Así que, mientras unos continúan hacia la cima conocida, yo me voy hacia mi objetivo.
            Allá vamos.
        Por el momento, la senda asciende suavemente. A mi izquierda queda esa hoya kárstica que se esconde bajo el macizo del Bugogía y, delante, ejerciendo de imponente guía, el Petrechema me espera con paciencia. La montaña tiene esa virtud: nunca parece tener prisa. 
El Petrechema
        Alcanzo una especie de colladete, tomado literalmente por un rebaño de ovejas y cabras, desde el que me asomo al valle. Allí abajo diviso la senda que desciende desde el collado de Petrechema hasta Linza. ¿Bajaré por allí? Arriba decidiré. Porque en montaña hay decisiones que se toman con antelación y otras que, por prudencia, se dejan para otro momento.
Sí tenía compañía
                Con el permiso del rebaño, sigo subiendo. A partir de aquí el sendero se vuelve algo menos amable para este pobre "montañero boomer". El prado ha dado paso a la piedra y el camino pierde definición, aunque, guiado por los mojones, consigo alcanzar el cordal que, poco a poco, me lleva hasta la cima del pico Petrechema (2371 m.).
Hacia la cima
            Antes de nada, comentar que el nombre proviene de la voz aragonesa antigua "pietragema", que significa "piedras gemelas". El término alude a la cercanía con las espectaculares agujas de Ansabère.
            En la cima me encuentro con algunas personas. Cuatro jóvenes, tumbados en el refugio de vivac, se están echando unos pitillos marca "María". ¡A dónde vamos a llegar! Uno, que ya ha pasado la época de fumar determinadas cosas y ahora bastante tiene con conseguir que le funcionen las rodillas, observa la escena con cierta perplejidad.
            Suben un par de montañeros y uno de ellos tiene a bien sacarme una fotografía, que queda como testigo gráfico de mi hazaña. Porque una cumbre sin fotografía es, en estos tiempos, como si no se hubiera subido: podrá uno jurarlo ante notario, pero siempre habrá quien sospeche que la cima estaba unos metros más arriba.
En la cima (atrás se divisa La Mesa)
            Y nada mejor que echar un vistazo al panorama que se abre ante mí sobre un auténtico mar de nubes. En primer término, sobre el collado de Petrechema, asoma el pico Sobarcal (2257 m.), sobre el que se yergue, imponente, el Mallo Acherito (2374 m.). Más cerca, casi al alcance de la mano —aunque solo sea una manera de hablar—, aparecen las agujas gemelas de Ansàbere.
            Bueno, entre brumas y nubes se despliega todo un sinfín de montañas. Un espectáculo de esos que hacen que uno olvide por unos minutos el esfuerzo de la subida y piense que, después de todo, tampoco ha sido tan mala idea subir hasta aquí.
Aguja norte de Ansàbere
            No solo montañas. También se abren paso en mi interior algunos recuerdos, como aquel en que parte de aquellos amigos, "Estalentaos", cuando realizábamos el trekking "La Senda de Camille", nos encaramamos desde el collado a esta misma cumbre (400 m. de desnivel), para, entre otras cosas, echar un trago de vino en bota.
            Que, digo yo, será bastante más saludable que la "María" de los zagales. O, al menos, bastante más acorde con la dignidad de un veterano montañero.
            Y ahora toca decidir por dónde desciendo. Como tengo cobertura con "Doña Prudencia", valoro que aquella vez que subimos desde el collado el terreno no era precisamente un prodigio de estabilidad y que bajar por allí en solitario podría comportar cierto riesgo. Así que, por una vez, hago caso a la sensatez y decido regresar por el mismo camino por el que he subido. La montaña seguirá en su sitio y yo, si todo va bien, también.        
A la izquierda arranca la posible bajada al collado
            No hay mucho más que contar. Tanto en la subida como en la bajada he estado permanentemente conectado por varias vías con Maite, pues hoy en día entiendo que salir al monte sin compañía no significa necesariamente hacerlo a la buena de Dios. Con las distintas posibilidades de comunicación disponibles, uno puede sentirse razonablemente seguro. De hecho, no me ha faltado cobertura en ningún momento, que en estas montañas casi podría considerarse una experiencia sobrenatural.
            Un alimoche que vuela en círculos sobre mí parece querer anunciar que ya estoy llegando al refugio. No sé si se trata de una bienvenida o de una cuestión puramente gastronómica, así que prefiero no sacar conclusiones precipitadas. El caso es que el prado por el que he comenzado la mañana ya está cerca y la flor "quitameriendas" (colchicum montanum) luce con gran belleza, así como la centaura, poniendo una nota de color al final de la jornada.
Quitameriendas
                    Y por esta vez, la cerveza —acto de obligado cumplimiento después de semejante machada— queda pendiente para tomarla en Siresa. Hoy toca conducir y, en esto, también llevo de pasajera a "Doña Prudencia", que ha bajado conmigo hasta el final. Una compañera discreta, poco amiga de los excesos y que, aunque no sube montañas, tiene bastante claro cuándo conviene darse la vuelta.
            Mientras conduzco de regreso, pienso que quizá lo mejor de estas montañas no sea llegar a sus cimas, sino todo lo que uno se lleva de ellas: los paisajes, los encuentros, los recuerdos que vuelven sin avisar y, sobre todo, aquellas personas con las que alguna vez compartimos el camino.
            Hoy he vuelto al Petrechema después de unos años. Lo he hecho solo, aunque en realidad no lo he estado. Maite ha estado presente durante toda la jornada, de una manera u otra, y también lo han estado aquellos amigos con los que un día llegué hasta esta misma cima con una bota de vino entre las manos.
        La montaña permanece, nosotros vamos cambiando. Quizá por eso cada regreso tiene algo de despedida y algo de reencuentro. Y mientras las nubes se quedan prendidas sobre las cumbres, pienso que, al final, uno no sube a las montañas únicamente para alcanzar una cima. También sube para encontrarse con quien fue, recordar a quienes caminaron a su lado y, si hay suerte, seguir teniendo motivos para volver.
        La cerveza puede esperar hasta Siresa. Las montañas, afortunadamente, no.


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Datos técnicos
(El track, pulsando en la palabra wikiloc del mapa)



domingo, 2 de agosto de 2026

BOSQUE DE GAMUETA


 Día 1 de agosto de 2026
                No es la primera vez que Maite y yo nos internamos en este inmenso bosque de Gamueta en busca de esos colores dorados con los que el otoño se empeña en convertir este rincón del Parque Natural de los Valles Occidentales en una auténtica obra pictórica, de esas que uno podría colgar en cualquier museo… siempre que el museo tuviera sitio para semejante despliegue de hayas.
Bosque de Gamueta en otoño
                        Pero esta vez no venimos a buscar postales otoñales. Estamos en pleno verano, ese verano tan "fresquito" que nos está regalando récords de temperaturas, incendios forestales y otras delicadezas climáticas. Así que, en lugar de perseguir hojas doradas, nuestro modesto objetivo es bastante más prosaico: buscar sombra. Y, puestos a buscarla, pocas sombras hay tan contundentes como las de las impresionantes hayas de Gamueta. Árboles de esos que parecen plantados expresamente para que el excursionista pueda caminar debajo sin acabar convertido en torrezno.
El bosque hoy
                Pero antes de meternos de lleno en el bosque, conviene hacer una breve referencia a una pequeña excursión que nos llevó a un rincón situado al otro lado de la frontera.
                    Para ello cogimos el buga y nos dispusimos a recorrer los aproximadamente 80 kilómetros que separan nuestro punto de partida de la localidad francesa de Larrau. Ochenta kilómetros que, gracias a esas magníficas carreteras de montaña diseñadas, suponemos, por alguien con bastante tiempo libre y poco aprecio por las rectas, conseguimos completar en unas dos horas. Porque aquí las distancias no se miden en kilómetros, sino en curvas.
                Una vez en Larrau, nos marcamos un recorrido de ida y vuelta de unos cinco kilómetros y alrededor de 300 metros de desnivel, suficiente para descubrir una curiosa pasarela, una auténtica obra de ingeniería que data de 1920, la "Pasarela D´Holzarte". 
Hacia la pasarela
                        La pasarela fue construida por obreros italianos que trabajaban en los talleres de la acería Lombardi Morello, en Tardets. Su función era bastante más práctica que la nuestra: permitir a los madereros cruzar a la otra orilla y llegar rápidamente a las zonas de tala de los bosques circundantes. Nosotros, en cambio, cruzamos para hacer unas fotos, admirar el paisaje y poder contarlo después, que también es una forma bastante digna de aprovechar una infraestructura centenaria.
Pasarela D´Holzarte 
                De regreso hacia Siresa, y como todavía nos quedaban ganas de seguir dando vueltas —al coche y a nosotros mismos—, hicimos una parada en el puerto de Larrau. Desde los pies del monte Orhi pudimos disfrutar de las magníficas vistas que se abren a uno y otro lado de la frontera.
Desde el Puerto de Larrau

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                        Bueno, dicho todo lo anterior, vamos a lo que realmente nos ha traído hasta aquí: acercarnos al refugio de Linza. Aunque acercarnos, lo que se dice acercarnos… Está lleno hasta la bandera, que en pleno verano viene a ser algo así como la romería nacional de los montañeros. Así que toca aparcar algo más abajo.
Refugio de Linza
            Mochila a la espalda, crema protectora convenientemente untada —que uno ya tiene una edad y no está para achicharrarse como un lagarto— y comenzamos a ascender suavemente por un camino bastante cómodo, que evita pasar por el refugio. 
Primeros pasos
                    Tras unos quinientos metros abandonamos este plácido camino para tomar la senda PR-HU 166, que cambia rápidamente de humor y empieza a subir con bastante mala leche para salvar el desnivel por el llamado "Achar del Caballo". Un paso que discurre entre dos hermosas paredes. Las espaldas las tenemos bien protegidas bajo la atenta presencia del pico "Maz", nombre con el que lo conocen las gentes de Ansó, aunque al otro lado de la muga vasco-aragonesa prefieren llamarlo "Txamantxoia". Dos nombres para la misma montaña, porque hasta los picos tienen derecho a una doble identidad cuando viven en tierra de fronteras.
Salvando el Achar del Caballo
                El lugar, además, nos trae recuerdos de aquella ocasión, trece años atrás, cuando unas jóvenes ardillas decidieron ofrecernos en este mismo tramo un espectáculo gratuito.
                Llegamos a un punto en el que podríamos tomar el sendero que, en dirección sur, nos acortaría el camino. Pero claro, ¿para qué hacer las cosas fáciles pudiendo complicarlas ligeramente? Así que seguimos rectos hacia arriba, en dirección este, sin ninguna prisa y disfrutando de la subida.
Sendero bajo la sombra
                Poco a poco nos vamos metiendo de lleno en el “fabar” (hayedo), que nos recibe con esa sombra tan agradecida que en pleno verano se convierte en uno de los mayores lujos que puede ofrecer la montaña. Después de tanto sol, caminar entre hayas resulta casi una experiencia espiritual. O, al menos, una experiencia en la que dejamos de sudar durante unos minutos. También es destacable la presencia de "chinebro" (enebro en aragonés).
Chinebro en el fabar
                El bosque desaparece, el camino nos conduce finalmente hasta el Paso de l’Onso, un topónimo tradicional de carácter descriptivo o faunístico que nos recuerda que por estos bosques del Pirineo occidental campaban antaño los osos pardos.
                Hoy, por fortuna para nosotros, no parece haber ninguno a la vista. Y digo por fortuna porque una cosa es buscar sombra, tranquilidad y naturaleza, y otra muy distinta encontrarse de frente con el propietario histórico del lugar y tener que explicarle que venimos en son de paz.
                Echamos la mirada al frente y, allá arriba, asoman varias cimas que parecen haberse puesto de acuerdo para vigilar nuestros movimientos: el Chinebral de Gamueta, el Sobarcal y alguna otra que se suma al desfile.
            Pero aparece la protagonista del día: la calor. Sí, en femenino, que así la denominamos los aragoneses. Y cuando aprieta, aprieta con esa confianza que da saber que uno no puede protestarle a nadie. Así que decidimos descender hasta el pequeño refugio pastoril de la Plana Diego y girar hacia el sur, en busca del hayedo que vemos más abajo. Porque si algo hemos aprendido después de unos cuantos años de montaña es que, cuando el sol aprieta, un buen hayedo vale más que cualquier catedral.
Plana de Diego
                El camino elegido figura perfectamente en el mapa. Hasta ahí, todo estupendo. El pequeño detalle es que, cuando llegamos al terreno, el sendero se encuentra oficialmente missing. Debe de haberse ido de vacaciones, aprovechando que estamos en verano.
                No hay problema. Aquí no se viene solo a seguir caminos, sino también a improvisar. Así que descendemos campo a través hasta alcanzar, tras un tramo algo delicado —de esos que hacen que uno mire dos veces dónde pone los pies y una tercera dónde se ha metido—, el sendero correcto, el PR-HU 166.
                    Una vez recuperada la civilización senderista, toca ascender unos metros hasta alcanzar un lugar donde las hayas empiezan a cobrar todo el protagonismo. Y no unas "aigas" cualquiera, precisamente. Algunas alcanzan unas dimensiones descomunales, de esas que hacen que uno levante la cabeza, se quede mirando y empiece a preguntarse cuánto tiempo llevan ahí mientras nosotros seguimos empeñados en llamar “árbol” a cualquier cosa que tenga tronco.
                Estos auténticos ejemplares monumentales no cabrían en ninguno de los museos a los que hacía referencia al principio. Ni falta que les hace. Tienen un museo mucho mejor: el propio bosque.
Bajo sus enormes copas hacemos un pequeño alto, disfrutando de una sombra que en este día se cotiza casi como el oro. Y, por supuesto, aprovechamos para hacernos la correspondiente foto bajo su densa sombra. 
Entre dos aigas
                        Se puede decir que aquí comienza oficialmente el descenso. Y digo oficialmente, porque el primer tramo no parece tener demasiado interés en que lleguemos abajo enteros y empieza fuerte, como si quisiera recordarnos que en la montaña nada se regala. Además, hemos de pedir permiso de paso a un ganado ovino.
Nos han dejado pasar
            La bajada nos lleva hasta el barranco de Gamueta, que cruzamos por un puente de madera. Un pequeño trámite de ingeniería rural que nos permite continuar nuestro camino sin necesidad de mojarnos los pies (si bajara agua).
Puente sobre el barranco
                A partir de aquí, poco a poco, el sendero parece apiadarse de esta pareja y comienza a comportarse de una manera mucho más amable. El terreno se suaviza y, como si quisiera compensarnos por el mal rato inicial, empiezan a aparecer flores por todas partes. Sobre ellas, las mariposas andan a la gresca, compitiendo por libar en las mejores, en una especie de buffet libre donde parece que también hay categorías y horarios. De nuevo, ahora de frente, el Maz nos observa, como dándonos aliento para lo poco que queda.
Pico Maz
            Finalmente llegamos a la carretera por la que hemos accedido en coche esta misma mañana. Aquí toca organizar la logística, que en una excursión de dos también hay momentos en los que uno se convierte en taxista.
            Maite se queda esperando y yo me meto en el cuerpo el kilómetro y medio de asfalto que me separa del parking, donde permanece el buga, fiel y obediente, esperando que alguien vaya a rescatarlo. Para hacer el trámite algo más llevadero, en algunos tramos abandono el asfalto y sigo por la GR, que discurre paralela a la carretera. Una vez recuperado el vehículo, emprendo la bajada y, como estaba previsto, recojo a Maite.
            La caña, eso sí, tendrá que esperar hasta Siresa. Porque una cosa es terminar una excursión con las piernas cansadas y otra bastante distinta terminarla con las piernas cansadas, una cerveza en el cuerpo y el volante delante. Cerveza y volante no son precisamente buenos amigos, y a estas alturas de la vida tampoco estamos para presentarles.
            Y así termina nuestra jornada. Una de esas jornadas sencillas que, precisamente por serlo, uno guarda con especial cariño: unas cuantas horas de monte, el Bosque de Gamueta, las montañas, el silencio, el esfuerzo compartido y, finalmente, esa caña en Siresa que sabe mucho mejor después de haberla ganado a golpe de bota.
            Pero mientras uno contempla estas montañas, camina bajo la sombra de las hayas y se siente afortunado por poder disfrutar de algo tan sencillo como un día de naturaleza, resulta difícil no pensar en quienes, en otros lugares del mundo, no tienen siquiera la posibilidad de elegir dónde pasar la tarde.
            Pienso en las gentes de Gaza, Sudán, Yemen, Siria y en tantos otros sitios donde la vida se ha convertido en una lucha diaria por sobrevivir. Personas que sufren guerras, masacres, hambre y represión; personas que, desesperadas, se ven obligadas a saltar vallas, atravesar fronteras o lanzarse al mar, aun sabiendo que algunos no llegarán nunca a la otra orilla.
Sin palabras
      
    Y resulta difícil entender cómo, desde las alturas del poder, se puede contemplar todo ese sufrimiento con tanta distancia, con tanta frialdad y, demasiadas veces, con tan poca empatía. Mientras unos discutimos sobre fronteras, intereses, estrategias y cifras, otros las cruzan cargando con lo poco que les queda, buscando simplemente un lugar donde vivir sin miedo.
            Quizá por eso, al terminar una jornada como esta, uno disfruta todavía más de lo que tiene, pero también siente que no puede mirar hacia otro lado. Porque la montaña nos enseña muchas cosas: que todos los caminos tienen un esfuerzo, que las fronteras son líneas que hemos dibujado sobre los mapas y que,    desde arriba, las diferencias parecen bastante menos importantes.
            Nosotros hemos tenido la suerte de volver a casa, cansados y satisfechos, después de disfrutar de un paisaje extraordinario. Ojalá algún día todos puedan tener algo tan sencillo como eso: un camino que recorrer, un lugar seguro al que regresar y la certeza de que nadie tendrá que jugarse la vida para encontrarlo.
        Y mientras tanto, seguiremos caminando. Intentando no olvidar, entre hayedos, montañas y cervezas, que más allá de este pequeño rincón de paz hay demasiadas personas que solo aspiran a encontrar uno.


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Datos técnicos
Recorrido
Perfil:
Distancia, 7,5 km.
Desnivel positivo, 374 m.
Desnivel negativo, 374 m.
Track