sábado, 25 de abril de 2026

CABEZO DE LA MATA (circular desde Litago)

Día 23 de abril de 2026
            Tres años después —que ya son años para según qué rodillas y según qué entusiasmos— Maite y yo volvemos a encaramarnos a este “cabezo”, que así llamamos por aquí a esos montes modestos que, una vez te han hecho sudar lo suyo, se permiten el lujo de regalarte vistas como si fueran el Himalaya.
            La ocasión lo merece: festivo en Aragón, agendas extrajubilares en barbecho y una súbita e inexplicable confianza en nuestra forma física. Total, que cogemos el buga y ponemos rumbo a Litago. Once años sin pisarlo. Once. Que se dicen pronto, pero dan para que cambien gobiernos, modas y hasta bares… aunque, en este caso, el bar sigue, lo cual ya es un triunfo estadístico tratándose de un pueblo pequeño. Porque sí, pequeño es, pero yo he visto otros más grandes con menos vida y más persianas bajadas.
Calle de Litago
                Allí, a la sombra del Moncayo —que observa estas cosas con la paciencia de quien ha visto pasar siglos de excursionistas optimistas— nos tomamos un café. Con la excusa, claro, de “coger fuerzas”. Excusa endeble, por otra parte, pero necesaria. Porque la jornada que nos espera… digamos que no está diseñada pensando en la siesta posterior. Y, créeme, nos va a hacer falta algo más que cafeína para salir airosos.
                Aparcamos el buga en las afueras, donde puede reposar sin sobresaltos, aromatizado por el tomillo como si le hubiéramos pagado un spa rural. Nosotros, en cambio, optamos por un tratamiento menos indulgente: botas, mochilas al hombro y, sin más deliberación que un “¡hale!”, p’arriba, que es una palabra muy breve para lo que luego se alarga.
Primeros pasos por el camino de Valmediano
            La ruta, circular, la haremos además en sentido contrario a las agujas del reloj (analógico, por supuesto). Más que por estrategia, por vocación de llevar la contraria, que también entrena.
        Tomamos el camino de Valmediano, que asciende con esa falsa amabilidad de quien sonríe mientras te va quitando el aliento poco a poco. Frente a nosotros debería alzarse la imponente estampa del Moncayo, pero hoy ha decidido jugar al escondite bajo una nube espesa. 
Allí se esconde el Moncayo
                No pasa nada, ya saldrá cuando le apetezca. Para compensar su ausencia, la primavera se ha puesto generosa: donde algunos almendros ya hicieron mutis, otras plantas montan una verbena floral sin pedir permiso —aliagas, orquídeas, tomillos, espino albar o majuelo, jaras, retamas, carias…— y prometen más invitados conforme ganemos altura.
Orquídea silvestre
Tomillo
Espino albar
Jara
                No tardamos en alcanzar el embalse de Valdemediano. Y será por el entorno, o por esa calma que parece pactada con el silencio, pero a Maite le recuerda algunos de aquellos lagos que vimos en Japón, apartados de la multitud y con la prudencia de quien sabe estar sin molestar. Cosas de la montaña: te subes un cabezo en Aragón y acabas haciendo turismo internacional sin salir del término municipal.
Embalse de Valmediano
            Dejamos atrás el embalse y retomamos la marcha por un camino que se interna en un pinar con ese aire de conspiración que tienen los bosques cuando te engullen sin hacer ruido. Chino chano —que aquí las prisas no suben cuestas— acabamos cruzando la carretera que trepa hasta el Santuario del Moncayo, ese recordatorio de que siempre hay alguien que llega más alto en coche.
Una mirada atrás
                Al otro lado, seguimos una senda bien marcada… durante un rato. Luego, como suele pasar en estas historias, decide ir perdiéndose poco a poco, quizá por aburrimiento o por ver si estamos atentos. No pasa nada: sabemos que toca remontar el barranco del Apio, cuyas aguas, invisibles entre la maleza, suenan como si alguien hubiera contratado una orquesta para acompañar la función. Y los protagonistas, claro, van sobrados de voz en esta época: curruca capirotada, petirrojo, mirlo, pinzón, carbonero, cuco, escribano… Un reparto que no necesita director.
Barranco del Apio
                    A medida que ganamos desnivel, el monte se pone más serio: la vegetación se espesa, el suelo se vuelve menos complaciente y, curiosamente, todo es más bonito. Se nota la humedad, se agradece la sombra y se empieza a negociar con las piernas. Acabamos enlazando con el camino que viene de la Fuente del Sacristán, que desemboca en una pequeña pradera. De allí arranca un sendero —este se ve— por el que seguimos subiendo, vadeando el barranco del Apio, que parte en dos el monte de la Mata como quien corta el pan sin pedir permiso. Aquí el pinar ya no está solo: se le arriman robles y hayas, y asoman los primeros acebos.
¿Sendero?
                    En pocos metros alcanzamos la pista que sube desde el cercano parking de la Fuente de los Frailes —porque en el Moncayo, si algo no falta, son fuentes y cuestas—. Eso facilita que aparezca una familia con niños pequeños y energía infinita, demostrando dos cosas: que no somos los únicos humanos por aquí y que hay quien sube con más dignidad que nosotros.
Entre hayas
                Llegamos al collado, y esbarre ,de Juan Albarca —dicen que el nombre podría venir de algún Abarca, familia noble de la zona; siempre hay un noble para bautizar un repecho—. Buen sitio para hacer un alto, echar mano al tentempié y, cómo no, embadurnarnos de crema solar. Porque ahora sí, “paice q’escampa”, y el sol, cuando sale, no pide permiso ni perdona despistes.
                Comenzamos a ascender por un bosquete minimizado de roble albar, sometido al filo cortante del "astral" (hacha) de las gentes de Trasmoz, que calentaban su hogar con la leña de estos montes hasta no hace mucho.  –Este monte fue objeto de disputa entre los trasmoceros y el  Monasterio de Veruela en 1255 por, precisamente, la provisión de leña (solo faltaría que el cister se quedara frío). La consabida excomunión de Trasmoz llegó poco después (ya somos más), que a día de hoy sigue gozando de tal estado.– 
Por el collado de Juan Abarca
                    Tiramos hacia arriba, unas veces por senda, otras siguiendo los mojones de piedra; en algunas ocasiones trepando con las manos, para alcanzar la cima del Cabezo de la Mata (1438 m.). 
            Monte humilde en altura, sí, pero con ínfulas de balcón presidencial: aquí se viene a mirar, y a quedarse un rato callado. Trescientos sesenta grados de paisaje sin necesidad de girar el mapa.
Ascendiendo
            El Moncayo, juguetón entre nubes, asoma lo justo para recordarnos el sitio que ocupamos: pequeño. Ahí están el Pico de San Miguel con su circo glaciar, el Cerro de San Juan, el de San Gaudioso, el Alto del Corralejo —o Pico Morca— haciendo de guardaespaldas, y el Pico Lobera marcando el principio del fin antes de que la sierra se desinfle hacia el Morrón de Purujosa y las Peñas de Herrera.
El Moncayo, tímidamente, pero se deja ver
                Y debajo, como si alguien hubiera ordenado el monte por plantas: robledales, pinares, hayedos… hasta los últimos pinos negros agarrados a la roca como si supieran algo que nosotros no. Más allá, el Somontano y el Ebro se estiran sin complejos; y si las brumas dieran tregua, el Pirineo se dejaría ver como quien no quiere la cosa. Y en nuestros pies el erizón del Moncayo, que aquí florece en lila.
Erizón
Litago y embalse de Valdemediano
Santuario del Moncayo
                        En fin, que sí, que engancha. Así que nos hacemos una autofoto —que no “selfie”, hasta ahí podíamos llegar—, satisfechos de las dosis reglamentaria de narcisismo, y p’abajo, que lo difícil no siempre es subir.
En la cima
                    Descendemos de nuevo hasta el collado de Juan Abarca, aunque ahora la cosa cambia: donde antes había brío, ahora hay prudencia. En el destrepe, a las manos se les suman las posaderas, que para algo están y, en según qué tramos, resultan más fiables que el optimismo. Especialmente si uno no va sobrado de zancada.
                Seguimos bajando por la pista del Camino del Mojón hasta que el paisaje sonoro sube de volumen: el deshielo hace de las suyas y el barranco de Morca ruge como si quisiera recordarnos quién manda aquí.
Barranco de Morca
                    A la izquierda arranca el sendero (R-3) de bajada, pero antes de obedecerlo hacemos lo que dicta la experiencia: parar. Unas piedras, curiosamente diseñadas a la medida exacta de nuestras nalgas, nos invitan a sentarnos y, ya puestos, a reducir el lastre alimentario que llevamos en las mochilas.
Se está de lujo, para qué negarlo. Pero conviene no encariñarse: aún queda camino… y no precisamente corto.
                    Recordaba este camino como uno de los más bellos del macizo moncaíno… y lo es. O lo era. Porque hoy el sendero decide ponerse dramático: cruza a la margen derecha del barranco, sí, pero el barranco, crecido y bravucón por el deshielo, ha optado por engullirlo sin contemplaciones. Donde debería haber paso, hay agua con malas pulgas. Y de cruzar, ni hablar.
Crecido y bravucón
                Probamos a seguir aguas abajo, con esa fe tan humana en que “más adelante seguro que mejora”. Nos vamos abriendo paso por un bosque cada vez más cerrado, subiendo cuando el agua aprieta, bajando cuando parece que afloja, en una coreografía improvisada que mezcla esperanza con terquedad. Nada. El barranco no negocia.
El barranco no negocia
                Entre la espesura aparece una cabaña de piedra, como caída de otro tiempo, y uno quiere creer que hasta allí llega algún camino sensato. Quiere opinar… pero no. Ni rastro. Solo silencio y la sensación de que nos estamos metiendo donde no nos han llamado.
            Toca valorar: ¿damos la vuelta o seguimos bajando a ver hasta dónde nos lleva esta pequeña obstinación? Porque está claro que, si no cruzamos el barranco, el descenso puede convertirse en una eternidad incómoda, más propia de jabalíes que de humanos con bocadillo.
Una cabaña escondida en el bosque

Un video corto, muy corto
                    En una de esas aproximaciones al agua —ya con más resignación que convicción— veo un punto que, descalzos y con los pantalones remangados, quizá… quizá. No es bonito, pero es posible.
                Cruzo primero, con el entusiasmo justo y el agua helada recordándome cada mala decisión. Luego pasa Maite. Salimos al otro lado, nos secamos los pinreles como podemos, nos calzamos, avanzo unos metros, ladera arriba, y entonces, como si nada hubiera pasado…—Maite ¡Sendero!—
¡Salvados, hemos cruzado!
                    Ha sido duro, pero a pesar de todo el Barranco de Morca sigue siendo uno de los más hermosos del Moncayo.
Desde esta orilla parece más hermoso
                    Tras invertir más de una hora en redescubrir el concepto de “buen camino”, retomamos el descenso con mejor cara y alguna que otra lección recién estrenada. Llegamos a la Central Eléctrica de Morca y, por unos metros, pisamos asfalto, ese viejo conocido que siempre aparece cuando ya no lo necesitas. Desembocamos en la carretera del Moncayo y, a la derecha, tomamos el camino de la Mata: incómodo, sí, como recordatorio final de que la jornada aún no ha terminado, pero eficaz, que al final es lo que cuenta. Nos deja, sin más dramatismos, en la GR-260.
Depósito de reserva de la central eléctrica
                    A partir de ahí, el monte se vuelve amable, casi conciliador. La pista es agradable, el paso ligero y hasta nos permitimos un vistazo atrás. Y ahora sí: el Moncayo, ya sin nubes ni pudor, luce su desnudez con ese aire de “¿veis como merecía la pena?”. Muy oportuno, claro, ahora que ya casi hemos acabado.
Una mirada atrás
Hasta otra, amigo
                    Llegamos al final de este recorrido circular y allí sigue el buga, fiel, paciente, oliendo a tomillo como si no hubiera pasado nada. Nos quitamos las botas con la solemnidad de quien cierra una etapa y, antes de poner rumbo a casa, parada obligatoria en el bar de Litago. Rehidratación a base de un par de birras sin alcohol —que la prudencia al volante no está reñida con la sed— y esa satisfacción tranquila de haber sobrevivido, una vez más, a nuestras propias ocurrencias.
                    Y así termina la jornada: con las botas y mochilas en el maletero, el cuerpo cansado y esa sensación difícil de explicar de haber estado, por unas horas, en un lugar donde todo parece tener sentido. El monte, con su silencio, sus trampas y sus regalos, nos devuelve siempre algo: perspectiva, quizá. O al menos la ilusión de que la vida, reducida a pasos, esfuerzo y paisaje, es más comprensible.
El monte y sus regalos
                Pero uno baja del cabezo, vuelve al coche, enciende la radio… y el mundo regresa con toda su crudeza. En el mismo momento que nosotros celebramos haber encontrado de nuevo el sendero, hay quienes no tienen camino al que volver. Mientras brindamos con una cerveza —aunque sea sin alcohol—, otros cuentan pérdidas que no caben en ninguna palabra.
                Cuesta encajar esa distancia: la de un día hermoso en la montaña frente a la devastación que sigue golpeando en el Cercano Oriente, donde decenas de miles de vidas se han apagado bajo decisiones que se toman muy lejos del barro, del frío y del miedo real. Nombres propios sobran; lo que falta es humanidad.
Sin palabras
                Quizá por eso el recuerdo de esta ruta no se queda solo en lo vivido, sino también en lo sentido. Porque si algo enseña el monte —con su equilibrio frágil y su belleza indiscutible— es que todo importa, que nada es ajeno, y que la vida, cualquier vida, debería ser siempre lo primero.
                Cerramos el día, sí. Pero no del todo. Hay paisajes que se quedan dentro… y preguntas que no se pueden dejar atrás.


––––––––––––––––––––––––––––––––––––––


Datos técnicos
(En esta ocasión no comparto el track de la ruta, pues en caso de crecida del barranco de Morca, su seguimiento podría causar algún despiste innecesario)
Recorrido
Perfil





domingo, 12 de abril de 2026

POR LOS SOTOS DE L´ALMOZARA Y DE RANILLAS, DEL EBRO

Día 11 de abril de 2026
            En este prematuro verano que venimos padeciendo —con ese entusiasmo climático que te hace dudar si sacar la sombrilla o el edredón—, los doctores del tiempo, siempre tan dramáticos ellos, anuncian para hoy un giro de guion digno de tragedia griega: desplome térmico y regreso al más puro invierno. Zaragoza, en su línea, haciendo de las suyas.
            Así que, ni cortos ni perezosos, dejamos el buga bien guardadico en su cuadra, no vaya a coger frío el pobre, y Maite y un servidor nos encomendamos al noble arte del bus urbano. Rumbo a L’Almozara, barrio que en sus años mozos respondía al nombre de “La Química”, no por capricho poético sino por su industriosa realidad, cuyos vestigios —más tercos que el cierzo— siguen ahí, agazapados bajo el asfalto, las aceras y esas tierras tan monas que hoy lucen en los jardines como si aquí no hubiera pasado nada.
La vieja industria química IQZ (al fondo aparecen las torres del Pilar)
                    Hemos decidido acometer una de esas rutas populares que todo el mundo conoce: más que nada, para darle un poco de vidilla a las tabas, que ya empiezan a quejarse con ese crujido traicionero. El recorrido serpentea por ambas márgenes del “Flumen Híberus”, o sea, el Ebro, y no es la primera vez que lo hacemos… aunque en anteriores incursiones contábamos con un suplemento de juventud hoy claramente en retirada.
El Ebro
                Así que, en un alarde de previsión casi científica, nos adelantamos a la eclosión de las siempre encantadoras larvas de la mosca negra —criaturicas ellas, tan dadas al afecto epidérmico— y nos plantamos en las orillas del río.
                Arrancamos la caminata en las inmediaciones de la pasarela del Voluntariado, uno de esos legados que dejó la Expo de 2008, tan dada a los grandes lemas y a las obras que, mira tú por dónde, siguen ahí. Firma la criatura el ingeniero Javier Manterola, que algo sabría del asunto.
Pasarela del Voluntariado
                Tomamos rumbo aguas arriba: a la derecha, el río baja con ese caudal contenido, como quien guarda fuerzas para más adelante, a la espera de que el deshielo de las montañas le dé el empujón definitivo y ponga a prueba su carácter. Porque el Ebro, ya se sabe, tiene mucho de símbolo… pero cuando se pone serio, también tiene lo suyo de argumento. El soto de L´Almozara, más humilde que el de la otra orilla, da un toque de auténtica naturaleza.
Un intruso de Judea en el soto de l´Almozara
            A la izquierda asoma el centro deportivo “El Soto”, esa suerte de oasis selecto, concebido para el esparcimiento de quienes llevan galones y, por lo visto, también ciertas prerrogativas en materia de ocio. Un recinto pulcro, ordenado, con ese aire de exclusividad que no necesita decirse en voz alta porque ya lo gritan sus verjas.
            Y, sin embargo, a escasos metros —tan cerca que incomoda—, bajo la sombra de alguno de los puentes, la escena cambia de registro sin pedir permiso: colchones desfondados, enseres de fortuna y esa silenciosa evidencia de quienes juegan en otra liga, bastante menos glamourosa. Zaragoza, siempre tan capaz de yuxtaponer mundos, nos recuerda aquí que la distancia entre privilegio y precariedad no se mide en kilómetros, sino en unas pocas zancadas… y en muchas miradas esquivas. Tengo que decir que la última riada desalojó los puentes, pero pronto volverán a...      
La otra liga
        En dos zancadas —tres si uno se hace el interesante— nos plantamos bajo el “Pabellón Puente”, criatura firmada por la arquitecta Zaha Hadid, que se inspira en las escamas de un tiburón: una piel porosa, futurista y con más personalidad que muchos edificios con pedigrí. Vamos, que no deja indiferente, aunque a más de uno le cueste decidir si está ante una obra de arte o ante un pez de proporciones discutibles.
                Hoy ejerce de centro expositivo dedicado a la movilidad en todas sus versiones: la de antes, la de ahora y la que vendrá, si es que llegamos a tiempo y con batería suficiente. Un lugar donde uno puede reflexionar —o al menos intentarlo— sobre cómo nos movemos… mientras seguimos caminando, que al final es lo único que no falla.
Interior del pabellón Puente
                Seguimos caminando —porque ya puestos, parar ahora sería hasta de mala educación— y en pocos metros nos colamos bajo otro puente, el del Tercer Milenio, criatura del ingeniero aragonés Juan Arenas de Pablo. Nada menos que poseedor del récord mundial como mayor viaducto de arco atirantado en hormigón. Vamos, que no somos de Bilbao, pero cuando aquí se hacen las cosas, se hacen a lo grande, sin medias tintas ni complejos: el nombre no engaña y las dimensiones tampoco.
Maite en el camino
                        Poco a poco, el paisaje va mudando de traje: lo urbano se afloja la corbata y empieza a oler a tierra. Entre huertos familiares —y otros que uno diría que tienen más de aspiración que de dedicación—, y con la fiel compañía del Ebro marcando el paso, acabamos llegando al puente de la A-2. Por suerte, alguien pensó en los peatones y le añadió una acera, detalle que se agradece cuando no apetece jugarse la vida por cambiar de orilla. Un buen lugar para la auto-foto (me niego a lo de selfie) que certifique que uno también estaba en el lugar.
Autofoto
                    Una vez cruzamos, tomamos el camino que discurre paralelo al cauce y a las instalaciones del “Parque del Agua Luis Buñuel”. Y aquí, amigo, la cosa gana enteros: desde el punto de vista natural, el paseo se pone serio y nos regala el espectacular soto del Ebro a su paso por Ranillas. Un pequeño lujo, casi clandestino, en mitad de la ciudad.
Soto de Ranillas
            Los pájaros —ruiseñor, mirlo, curruca, carbonero…— ponen la banda sonora sin pedir entrada, dejándose ver entre este bosque de ribera donde mandan álamos, olmos, fresnos, carrizos, tamarices y hasta algún árbol del paraíso, que no sé si lo será, pero desde luego lo intenta. Una de esas maravillas discretas que Zaragoza guarda sin mucho alarde, como quien no quiere presumir… pero podría.
            Poco a poco —y sin que las tabas pidan ya negociación colectiva— nos vamos acercando al final del paseo. Seguimos fieles a las orillas de nuestro Ebro volviendo a desfilar bajo los puentes que hace un rato nos parecían toda una hazaña.
            Al llegar de nuevo a la Pasarela del Voluntariado, nos encaramamos a ella con la dignidad que nos queda, rumbo a L’Almozara. Toca recuperar el bus urbano, ese fiel corcel contemporáneo que nos devolverá a casa sin épica, pero con asiento (si hay suerte).
Últimos pasos
            Y es que hoy no conviene tentar demasiado a la resistencia física: tenemos reservado el aperitivo en “el Federico”. Palabras mayores. Porque una cosa es pasear por salud… y otra muy distinta llegar tarde al vermú, que eso sí que no tiene perdón.
        Y al final, casi sin darnos cuenta, queda ese poso que no sale en las fotos ni en los folletos: la certeza de que el viejo “Flumen Híberus” sigue ahí, marcando el pulso de la ciudad con esa mezcla de calma y carácter que le es tan propia. No hace falta que baje crecido, que cuando quiere lo hace, ni que se ponga solemne; le basta con discurrir a su manera para recordarnos que Zaragoza, en el fondo, se entiende mejor caminándola a su lado.
        Porque sí, entre puentes, sotos y veredas, uno descubre que esta ciudad —tan de extremos, tan de golpe de cierzo y golpe de calor— también sabe ofrecer rincones donde el tiempo afloja el paso. Y ahí, andando sin prisa, con el río como compañero y la ciudad respirando alrededor, se cuela algo parecido a la calma… que ya es decir.
            Así que volvemos a casa con las piernas algo más usadas y el ánimo, quizá, un poco más en su sitio. Todo gracias a ese Ebro nuestro, que no será perfecto, pero vaya si sabe hacerse querer cuando uno le concede el paseo.

––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––


Si tienes una irresistible necesidad de procrastinar, adelante:

––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––

Si eres de los que disfrutan con los numeritos y las especificaciones, aquí tienes:

.




martes, 31 de marzo de 2026

POR LOS SENDEROS DE MONTANEJOS

                Aprovechamos que, gracias al programa de termalismo social para mayores —esa bendita excusa institucional para remojarse sin remordimientos— andamos unos días en el balneario de Montanejos, entregados con disciplina casi científica a la noble tarea de poner el trasero en remojo y, como bien sentenciaban nuestros abuelos, “tomar las aguas” (que suena mucho más fino y menos a pasatiempo acuático de jubilado feliz).
                Y entre chapuzón y chapuzón, que si ahora toca comer, que si ahora toca cumplir con las sagradas obligaciones del programa (no todo va a ser sufrir), Maite y un servidor decidimos que el cuerpo también está para algo más que macerarse como garbanzo en remojo. Así que, mochilas al hombro y con más voluntad que prisa, nos lanzamos a recorrer cinco senderos de esta coqueta red de Montanejos, que adorna el rincón del Alto Mijares.
                    Como tampoco es cuestión de darte la charla padre con exceso de literatura —que uno viene a leer, no a hacer oposiciones— lo resumo todo en una sola entrada, confiando en que esté a la altura de quienes os asomáis a esta humilde, veterana y, por qué no decirlo, dignísima "Vieja Mochila".


Día 23 de marzo de 2026
MONTANEJOS, MONTE LA COPA (circular)
Sencilla, sí… pero es una de esas rutas que te entran por los ojos sin pedir permiso y luego se te quedan viviendo en la memoria como okupa con encanto. Esta clásica de Montanejos nos lleva desde el mismo pueblo hasta la cima del Monte La Copa (843 m), repartiendo paisaje a manos llenas en cada zancada. Nosotros, por darle un poco de orden al asunto, la hacemos en sentido de las agujas del reloj, que siempre parece que uno sabe mejor a dónde va.
                    Nada más cruzar el puente que nos deposita en la margen izquierda del Río Mijares, la senda decide que ya hemos calentado bastante… sin haber calentado. Se empina con alegría, compartiendo confidencias con la GR-7, que nos guía hasta una pista cementada que afrontamos en subida durante unos ochocientos metros. Lo justo para que los gemelos empiecen a negociar condiciones laborales. Cuando se convierte en tierra, un burrico nos mira con "los ojos del querer", pero amigo asno, tenemos que seguir subiendo.
–––¿Ande vais?–––
            Abandonamos la GR —que bastante tiene ella con lo suyo— y nos lanzamos por un cordal que, sin regalarnos nada, nos va subiendo poco a poco hasta la cima del Monte La Copa. Y entonces pasa lo que tenía que pasar: los ojos se nos van de excursión por su cuenta.
Cima del monte La Copa
                    Porque desde aquí, uno no mira… contempla. A nuestros pies, Montanejos y La Alquería; al fondo, el Morrón de Campos, La Rosada, el Alto de Santa Bárbara de Pina, el Alto de las Palomas, el Castillo de Montanejos, el Embalse de Arenoso… Vamos, un catálogo de vistas que pide a gritos una pausa larga, de esas que empiezan siendo “un minuto” y acaban en “¿bajamos o pedimos aquí la cena?”.
Vista de Montanejos, desde La Copa
                    Tras recrearnos como manda el lugar, iniciamos el descenso: unos tres kilómetros que nos devuelven al punto de partida, no sin antes recordarnos que bajar también tiene su aquel. El terreno se pone algo juguetón —por no decir puñetero—, aparece un pequeño destrepe que nos invita amablemente a usar las manos… y, si hace falta, a negociar con las posaderas. Tramo corto, pero con carácter.
¡Uf!
                Pasamos junto a las ruinas del corral y la fuente de los Tres Hermanos, y a partir de ahí el sendero se vuelve más civilizado, como si quisiera disculparse por el rato anterior y dejarnos disfrutar sin sobresaltos.
Fuente de los Tres Hermanos
                Antes de regresar a Montanejos, cruzamos de nuevo el Mijares por la zona del Machón. Y desde ahí, ya sin épica ni dramas, toca volver tranquilamente al pueblo y poner el punto final a una ruta que, siendo sencilla, tiene la mala costumbre de conquistarte sin hacer ruido… que es como mejor se hacen estas cosas.
            Antes de tomar las aguas ¡tomamos unas birras!, en "copa", por eso de hacer honor al monte.




–––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––

Día 24 de marzo de 2026
MONTANEJOS, CASTILLO Y LA ALQUERÍA (circular)
            Esta ruta, que en teoría es de subir y bajar al castillo de  La Alquería, por el mismo sendero, la ampliamos para darle algo más de gracia:
Castillo de La Alquería
                Arrancamos desde el centro de Montanejos en dirección al puente de San José, que cruzamos con decisión para empezar a subir por el Camino de Montán. Lo abandonamos pronto para tomar un precioso camino de herradura, bien señalizado, que serpentea entre bosque invitando a bajar el ritmo… aunque las piernas, como siempre, tengan su propia opinión al respecto.
Puente de San José
                La senda nos lleva hasta el Castillo de la Alquería de Montanejos, hoy en ruina avanzada, pero con ese aire de historia que compensa cualquier desconchón. De origen musulmán, domina con elegancia el valle del Río Mijares y los caminos que llegaban hasta aquí. Quedan restos, sí… pero lo que de verdad atrapa son las vistas, de esas que te hacen olvidar por un momento lo que cuesta subir; incluso se deja ver el mítico Penygolosa.
Aljibe

                Tras recrearnos lo justo (o lo que permite la impaciencia), desandamos un tramo y retomamos el sendero principal hacia el este, pasando por parajes como La Cerrera y la Fuente del Cubillo, en la cabecera del Barranco de la Alquería. Desde ahí avanzamos hasta Viñas Viejas y nos desviamos hacia La Jarea, donde el camino se vuelve juguetón: primero tímido entre olivos, luego más claro, como si cogiera confianza a medida que avanzamos.
Fuente del Cubillo
                Más adelante enlazamos con la Ruta de las Fuentes, que aprovecha el barranco para descender hacia La Alquería. Un tramo delicioso, algo cerrado, con ese aire de sendero poco frecuentado que te hace sentir explorador… o ligeramente observado por la maleza.
                Ya en La Alquería, cruzamos la CV-20, paseamos entre sus calles —con parada inevitable en la ermita de los Desamparados— y encaramos el regreso final por la carretera, que por suerte viene con acera y sin sorpresas.
Ermita
                Y así cerramos la ruta: variada, entretenida y con ese equilibrio tan agradecido entre historia, naturaleza… y la firme promesa de unas birras al llegar, que también son patrimonio cultural del senderista.




–––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––

Día 25 de marzo de 2026
MONTANEJOS, CUEVA NEGRA, PRESA DE CIRAT, FUENTE DE LOS BAÑOS (circular)
                A este camino lo han bautizado, con notable optimismo, como “Sendero Familiar”. Que sí, que está muy bien… pero admite reinterpretaciones: con amigos pasa a ser “amigable”, en solitario se vuelve “de la Soledad” (con sus ratitos de reflexión existencial cuesta arriba), y en pareja, cómo no, “del amor”… sobre todo cuando uno espera pacientemente al otro en las cuestas. Vamos, que el nombre lo pones tú según el día y la compañía.
                    Partimos desde el acostumbrado Km 0, también conocido como “Meeting Point” —que así parece que vamos a una cumbre internacional y no a sudar un poco—, y tomamos la CV-20 en dirección a Puebla de Arenoso. Cruzamos el puente del barranco de la Maimona, instante clave en el que uno empieza a plantearse decisiones vitales recientes, y tomamos la ruta, en subida hasta que, a la izquierda, aparece el inicio del sendero, discretamente señalizado… no vaya a ser que la aventura se complique antes de tiempo.
¡P´arriba!
                    Arrancamos con una subida “animada” —de esas que te despiertan hasta el alma— y alcanzamos una bifurcación. Se toma a la derecha, por supuesto: aquí no hemos venido a que nos lo pongan fácil. En este primer tramo surge la tentación de la Cueva Negra, una variante de ida y vuelta perfecta para quien piense que todavía no ha sufrido lo suficiente. ¡Pecamos!
Cueva Negra
            Volvemos al sendero principal y, obedientes a las señales (que por una vez ayudan), giramos de nuevo a la derecha para bajar hacia la carretera. Pasamos un túnel —porque la ruta quiere ser completa y variadita— y, acto seguido, lo abandonamos para descender por un tramo empedrado con escalones que nos conduce a la Presa de Cirat, donde las rodillas empiezan a emitir opiniones no solicitadas.
Presa de Cirat
                Continuamos hacia el Abrigo de Rufino —tercera tentación para los inquietos— y ya encaramos el descenso final hasta el paseo fluvial. Desde allí, peregrinación casi obligatoria hasta la célebre Fuente de los Baños, donde el chapuzón en sus aguas templadas pasa de capricho a cuestión de supervivencia.
En la Fuente de Baños
            Y con el cuerpo remojado y el ánimo en plena euforia senderista, regresamos a Montanejos para cerrar la jornada como dictan los cánones: con unas buenas birras. Las aguas del balneario… bueno, esas ya las tomaremos por la tarde, y con bastante devoción.



––––––––––––––––––––––––––––––––––––
Día 27 de marzo de 2026
MONTANEJOS, SENDERO DE LOS ESTRECHOS (circular)
                La dificultad de la de hoy es moderada. El terreno se estrecha en algunos puntos y las pendientes te recuerdan, con cierta sorna, que esto no es exactamente un paseo dominical de los de “vamos charlando y ya veremos”.
            Como ya viene siendo tradición —y las tradiciones hay que respetarlas— salimos desde el Km 0, el pomposamente llamado “Meeting Point”, cruzamos el puente sobre el Río Mijares y compartimos inicio con la subida al Monte La Copa. El burrico sigue aquí, disfrutando de un día agradable. Hasta que llega un desvío a la izquierda que tomamos con fe… y que nos coloca sobre la pared de los Estrechos. Aquí las vistas del río son de las que justifican la parada: fotos, contemplación… y ese discreto intento de recuperar el aliento sin levantar sospechas.
Una mirada al vacío
                La senda baja hasta un puente que cruza el río; lo pasamos, giramos a la derecha y seguimos hasta el aliviadero de la presa del embalse Arenoso, que aporta ese toque técnico-industrial que nadie pidió, pero que ahí está. Lo suyo sería salir totalmente empapados por la nube que levanta el agua… pero hoy no hubo espectáculo, así que continuamos secos y con las ganas.
Río Mijares

Aliviadero de la presa de Arenoso en estado habitual (hoy no tocaba)
            Después toca subir por pista asfaltada hasta la carretera, girar a la izquierda y, justo antes de un túnel, tomar una senda a mano izquierda. Porque sí, porque aquí lo fácil no cotiza.
                A partir de ahí, la cosa se pone seria sin perder las formas: pasamos por el mirador del aliviadero y encaramos un intenso tramo por un cordal rocoso con algún paso delicado. Nada dramático, pero suficiente para que dejemos de mirar el paisaje y empecemos a mirar dónde ponemos el pie… y las manos, que también tiene su encanto.
¡Ojito, ojito!
                        Finalmente, el sendero se junta con otros caminos rumbo a “El Colladillo”. En la bifurcación, giramos a la izquierda y regresamos a Montanejos con esa agradable sensación de haber disfrutado de la naturaleza… y con la sospecha bastante fundada de que la naturaleza, en algún momento, también se ha divertido un poco a nuestra costa.
                    Como no nos hemos mojado en el aliviadero, lo hacemos con las acostumbradas cervezas de final de etapa.




–––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––

Día 28 de marzo de 2026
MONTANEJOS, SENDERO DE LA BOJERA
            La ruta arranca, cómo no, en el Km 0, el, como dije arriba, también conocido como “Meeting Point”, porque salir desde “punto de encuentro” tiene el mismo glamour que una sala de espera. Desde ahí ponemos rumbo al Barranco de la Maimona, que ya en el nombre deja caer, con elegancia, que aquí se viene a sudar con cierto compromiso.
            Giramos a la izquierda, ignorando con estudiado desdén esas escaleras de madera que bajan al río —demasiado fáciles, demasiado civilizadas—, y comenzamos a subir por una pista asfaltada que cruza la finca “Las Piedrazas”. El nombre, como cabía esperar, no es marketing engañoso.
Abajo va quedando Montanejos
                        Tras el ascenso, enlazamos con un sendero que conecta con la parte alta del pueblo y nos reincorpora al trazado original, por encima del depósito de agua. Aquí confluyen varios caminos, lo que da lugar a ese entrañable momento en el que uno mira señales como si fueran jeroglíficos egipcios y confía en que la intuición no tenga hoy un mal día.
En el sendero
            Seguimos ganando altura —porque la montaña es generosa en esfuerzo ajeno— hasta alcanzar la parte alta del Barranco de la Maimona. Y entonces sí: espectáculo. A un lado, La Rosada; al otro, la garganta del barranco con la llamada “Plaza de las Catedrales”, que suena a visita guiada, pero aquí viene sin taquilla… y con más aire. Se trata de unas paredes de unos 250 metros de altura. 
            En el camino aparecen unas plantas de boj, que dan nombre a la ruta… aunque no se esfuercen demasiado en hacerse notar.
Vista parcial de Las Catedrales
                Avanzamos por una senda que coquetea peligrosamente con el precipicio —ideal para quienes disfrutan de la emoción sin necesidad de entrada— hasta llegar a una pista desde la que iniciamos el descenso entre pinares. Un respiro, breve pero agradecido.
                Poco después, un desvío bien señalizado nos manda a la derecha para bajar al cauce del barranco. Lo cruzamos y, cómo no, toca volver a subir por tercera vez en estos días,  por el “Colladillo”, que ya desde el nombre se presenta como poco negociable. En este tramo se dejan ver algunos ejemplares de cabra montés.
Cabra montés
                    Una vez arriba —otra vez, sí— comenzamos el descenso definitivo, pasando por el desvío de la Cueva Negra, que ignoramos,  hasta alcanzar la CV-20, a unos 500 metros de Montanejos.
                Y así terminamos, con esa mezcla tan senderista de satisfacción, cansancio… y la sospecha bastante fundada de que lo de “ruta agradable” era, una vez más, una interpretación creativa de la realidad. Pero la birra nos recupera en un instante.



–––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––

                Han sido días sencillos y, precisamente por eso, memorables. Días de senderos compartidos, de silencios cómodos, de risas que llegan sin avisar… y de ese pequeño ritual de dejar pasar el tiempo entre chapuzones, caminatas y alguna que otra cerveza bien ganada.
                Hemos caminado juntos, en soledad, por estos montes donde el Río Mijares discurre claro y constante, como si ejerciera de discreto presidente de un valle que se deja querer sin hacer ruido. Un valle hermoso, sereno… pero también marcado. Porque hace apenas tres años el fuego lo atravesó, dejando cicatrices que aún hoy se adivinan en las laderas, en los claros, en ese silencio distinto que a veces se cuela entre los pinos.
                Y, sin embargo, la vida sigue empeñada en abrirse paso. Brotes nuevos, verdes que regresan, caminos que vuelven a pisarse. Hay algo profundamente emocionante en caminar por un lugar que, pese a todo, sigue adelante.
                Nos vamos con la mochila un poco más cargada —de paisajes, de momentos, de complicidad— y con la certeza de que estos días, vividos despacio, quedarán ahí, donde se guardan las cosas importantes.
Porque al final, más allá de rutas, balnearios o brindis, lo que de verdad queda… es haberlo compartido.