martes, 31 de marzo de 2026

POR LOS SENDEROS DE MONTANEJOS

                Aprovechamos que, gracias al programa de termalismo social para mayores —esa bendita excusa institucional para remojarse sin remordimientos— andamos unos días en el balneario de Montanejos, entregados con disciplina casi científica a la noble tarea de poner el trasero en remojo y, como bien sentenciaban nuestros abuelos, “tomar las aguas” (que suena mucho más fino y menos a pasatiempo acuático de jubilado feliz).
                Y entre chapuzón y chapuzón, que si ahora toca comer, que si ahora toca cumplir con las sagradas obligaciones del programa (no todo va a ser sufrir), Maite y un servidor decidimos que el cuerpo también está para algo más que macerarse como garbanzo en remojo. Así que, mochilas al hombro y con más voluntad que prisa, nos lanzamos a recorrer cinco senderos de esta coqueta red de Montanejos, que adorna el rincón del Alto Mijares.
                    Como tampoco es cuestión de darte la charla padre con exceso de literatura —que uno viene a leer, no a hacer oposiciones— lo resumo todo en una sola entrada, confiando en que esté a la altura de quienes os asomáis a esta humilde, veterana y, por qué no decirlo, dignísima "Vieja Mochila".


Día 23 de marzo de 2026
MONTANEJOS, MONTE LA COPA (circular)
Sencilla, sí… pero es una de esas rutas que te entran por los ojos sin pedir permiso y luego se te quedan viviendo en la memoria como okupa con encanto. Esta clásica de Montanejos nos lleva desde el mismo pueblo hasta la cima del Monte La Copa (843 m), repartiendo paisaje a manos llenas en cada zancada. Nosotros, por darle un poco de orden al asunto, la hacemos en sentido de las agujas del reloj, que siempre parece que uno sabe mejor a dónde va.
                    Nada más cruzar el puente que nos deposita en la margen izquierda del Río Mijares, la senda decide que ya hemos calentado bastante… sin haber calentado. Se empina con alegría, compartiendo confidencias con la GR-7, que nos guía hasta una pista cementada que afrontamos en subida durante unos ochocientos metros. Lo justo para que los gemelos empiecen a negociar condiciones laborales. Cuando se convierte en tierra, un burrico nos mira con "los ojos del querer", pero amigo asno, tenemos que seguir subiendo.
–––¿Ande vais?–––
            Abandonamos la GR —que bastante tiene ella con lo suyo— y nos lanzamos por un cordal que, sin regalarnos nada, nos va subiendo poco a poco hasta la cima del Monte La Copa. Y entonces pasa lo que tenía que pasar: los ojos se nos van de excursión por su cuenta.
Cima del monte La Copa
                    Porque desde aquí, uno no mira… contempla. A nuestros pies, Montanejos y La Alquería; al fondo, el Morrón de Campos, La Rosada, el Alto de Santa Bárbara de Pina, el Alto de las Palomas, el Castillo de Montanejos, el Embalse de Arenoso… Vamos, un catálogo de vistas que pide a gritos una pausa larga, de esas que empiezan siendo “un minuto” y acaban en “¿bajamos o pedimos aquí la cena?”.
Vista de Montanejos, desde La Copa
                    Tras recrearnos como manda el lugar, iniciamos el descenso: unos tres kilómetros que nos devuelven al punto de partida, no sin antes recordarnos que bajar también tiene su aquel. El terreno se pone algo juguetón —por no decir puñetero—, aparece un pequeño destrepe que nos invita amablemente a usar las manos… y, si hace falta, a negociar con las posaderas. Tramo corto, pero con carácter.
¡Uf!
                Pasamos junto a las ruinas del corral y la fuente de los Tres Hermanos, y a partir de ahí el sendero se vuelve más civilizado, como si quisiera disculparse por el rato anterior y dejarnos disfrutar sin sobresaltos.
Fuente de los Tres Hermanos
                Antes de regresar a Montanejos, cruzamos de nuevo el Mijares por la zona del Machón. Y desde ahí, ya sin épica ni dramas, toca volver tranquilamente al pueblo y poner el punto final a una ruta que, siendo sencilla, tiene la mala costumbre de conquistarte sin hacer ruido… que es como mejor se hacen estas cosas.
            Antes de tomar las aguas ¡tomamos unas birras!, en "copa", por eso de hacer honor al monte.




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Día 24 de marzo de 2026
MONTANEJOS, CASTILLO Y LA ALQUERÍA (circular)
            Esta ruta, que en teoría es de subir y bajar al castillo de  La Alquería, por el mismo sendero, la ampliamos para darle algo más de gracia:
Castillo de La Alquería
                Arrancamos desde el centro de Montanejos en dirección al puente de San José, que cruzamos con decisión para empezar a subir por el Camino de Montán. Lo abandonamos pronto para tomar un precioso camino de herradura, bien señalizado, que serpentea entre bosque invitando a bajar el ritmo… aunque las piernas, como siempre, tengan su propia opinión al respecto.
Puente de San José
                La senda nos lleva hasta el Castillo de la Alquería de Montanejos, hoy en ruina avanzada, pero con ese aire de historia que compensa cualquier desconchón. De origen musulmán, domina con elegancia el valle del Río Mijares y los caminos que llegaban hasta aquí. Quedan restos, sí… pero lo que de verdad atrapa son las vistas, de esas que te hacen olvidar por un momento lo que cuesta subir; incluso se deja ver el mítico Penygolosa.
Aljibe

                Tras recrearnos lo justo (o lo que permite la impaciencia), desandamos un tramo y retomamos el sendero principal hacia el este, pasando por parajes como La Cerrera y la Fuente del Cubillo, en la cabecera del Barranco de la Alquería. Desde ahí avanzamos hasta Viñas Viejas y nos desviamos hacia La Jarea, donde el camino se vuelve juguetón: primero tímido entre olivos, luego más claro, como si cogiera confianza a medida que avanzamos.
Fuente del Cubillo
                Más adelante enlazamos con la Ruta de las Fuentes, que aprovecha el barranco para descender hacia La Alquería. Un tramo delicioso, algo cerrado, con ese aire de sendero poco frecuentado que te hace sentir explorador… o ligeramente observado por la maleza.
                Ya en La Alquería, cruzamos la CV-20, paseamos entre sus calles —con parada inevitable en la ermita de los Desamparados— y encaramos el regreso final por la carretera, que por suerte viene con acera y sin sorpresas.
Ermita
                Y así cerramos la ruta: variada, entretenida y con ese equilibrio tan agradecido entre historia, naturaleza… y la firme promesa de unas birras al llegar, que también son patrimonio cultural del senderista.




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Día 25 de marzo de 2026
MONTANEJOS, CUEVA NEGRA, PRESA DE CIRAT, FUENTE DE LOS BAÑOS (circular)
                A este camino lo han bautizado, con notable optimismo, como “Sendero Familiar”. Que sí, que está muy bien… pero admite reinterpretaciones: con amigos pasa a ser “amigable”, en solitario se vuelve “de la Soledad” (con sus ratitos de reflexión existencial cuesta arriba), y en pareja, cómo no, “del amor”… sobre todo cuando uno espera pacientemente al otro en las cuestas. Vamos, que el nombre lo pones tú según el día y la compañía.
                    Partimos desde el acostumbrado Km 0, también conocido como “Meeting Point” —que así parece que vamos a una cumbre internacional y no a sudar un poco—, y tomamos la CV-20 en dirección a Puebla de Arenoso. Cruzamos el puente del barranco de la Maimona, instante clave en el que uno empieza a plantearse decisiones vitales recientes, y tomamos la ruta, en subida hasta que, a la izquierda, aparece el inicio del sendero, discretamente señalizado… no vaya a ser que la aventura se complique antes de tiempo.
¡P´arriba!
                    Arrancamos con una subida “animada” —de esas que te despiertan hasta el alma— y alcanzamos una bifurcación. Se toma a la derecha, por supuesto: aquí no hemos venido a que nos lo pongan fácil. En este primer tramo surge la tentación de la Cueva Negra, una variante de ida y vuelta perfecta para quien piense que todavía no ha sufrido lo suficiente. ¡Pecamos!
Cueva Negra
            Volvemos al sendero principal y, obedientes a las señales (que por una vez ayudan), giramos de nuevo a la derecha para bajar hacia la carretera. Pasamos un túnel —porque la ruta quiere ser completa y variadita— y, acto seguido, lo abandonamos para descender por un tramo empedrado con escalones que nos conduce a la Presa de Cirat, donde las rodillas empiezan a emitir opiniones no solicitadas.
Presa de Cirat
                Continuamos hacia el Abrigo de Rufino —tercera tentación para los inquietos— y ya encaramos el descenso final hasta el paseo fluvial. Desde allí, peregrinación casi obligatoria hasta la célebre Fuente de los Baños, donde el chapuzón en sus aguas templadas pasa de capricho a cuestión de supervivencia.
En la Fuente de Baños
            Y con el cuerpo remojado y el ánimo en plena euforia senderista, regresamos a Montanejos para cerrar la jornada como dictan los cánones: con unas buenas birras. Las aguas del balneario… bueno, esas ya las tomaremos por la tarde, y con bastante devoción.



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Día 27 de marzo de 2026
MONTANEJOS, SENDERO DE LOS ESTRECHOS (circular)
                La dificultad de la de hoy es moderada. El terreno se estrecha en algunos puntos y las pendientes te recuerdan, con cierta sorna, que esto no es exactamente un paseo dominical de los de “vamos charlando y ya veremos”.
            Como ya viene siendo tradición —y las tradiciones hay que respetarlas— salimos desde el Km 0, el pomposamente llamado “Meeting Point”, cruzamos el puente sobre el Río Mijares y compartimos inicio con la subida al Monte La Copa. El burrico sigue aquí, disfrutando de un día agradable. Hasta que llega un desvío a la izquierda que tomamos con fe… y que nos coloca sobre la pared de los Estrechos. Aquí las vistas del río son de las que justifican la parada: fotos, contemplación… y ese discreto intento de recuperar el aliento sin levantar sospechas.
Una mirada al vacío
                La senda baja hasta un puente que cruza el río; lo pasamos, giramos a la derecha y seguimos hasta el aliviadero de la presa del embalse Arenoso, que aporta ese toque técnico-industrial que nadie pidió, pero que ahí está. Lo suyo sería salir totámente empapados por la nube que levanta el agua… pero hoy no hubo espectáculo, así que continuamos secos y con las ganas.
Río Mijares

Aliviadero de la presa de Arenoso en estado habitual (hoy no tocaba)
            Después toca subir por pista asfaltada hasta la carretera, girar a la izquierda y, justo antes de un túnel, tomar una senda a mano izquierda. Porque sí, porque aquí lo fácil no cotiza.
                A partir de ahí, la cosa se pone seria sin perder las formas: pasamos por el mirador del aliviadero y encaramos un intenso tramo por un cordal rocoso con algún paso delicado. Nada dramático, pero suficiente para que dejemos de mirar el paisaje y empecemos a mirar dónde ponemos el pie… y las manos, que también tiene su encanto.
¡Ojito, ojito!
                        Finalmente, el sendero se junta con otros caminos rumbo a “El Colladillo”. En la bifurcación, giramos a la izquierda y regresamos a Montanejos con esa agradable sensación de haber disfrutado de la naturaleza… y con la sospecha bastante fundada de que la naturaleza, en algún momento, también se ha divertido un poco a nuestra costa.
                    Como no nos hemos mojado en el aliviadero, lo hacemos con las acostumbradas cervezas de final de etapa.




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Día 28 de marzo de 2026
MONTANEJOS, SENDERO DE LA BOJERA
            La ruta arranca, cómo no, en el Km 0, el, como dije arriba, también conocido como “Meeting Point”, porque salir desde “punto de encuentro” tiene el mismo glamour que una sala de espera. Desde ahí ponemos rumbo al Barranco de la Maimona, que ya en el nombre deja caer, con elegancia, que aquí se viene a sudar con cierto compromiso.
            Giramos a la izquierda, ignorando con estudiado desdén esas escaleras de madera que bajan al río —demasiado fáciles, demasiado civilizadas—, y comenzamos a subir por una pista asfaltada que cruza la finca “Las Piedrazas”. El nombre, como cabía esperar, no es marketing engañoso.
Abajo va quedando Montanejos
                        Tras el ascenso, enlazamos con un sendero que conecta con la parte alta del pueblo y nos reincorpora al trazado original, por encima del depósito de agua. Aquí confluyen varios caminos, lo que da lugar a ese entrañable momento en el que uno mira señales como si fueran jeroglíficos egipcios y confía en que la intuición no tenga hoy un mal día.
En el sendero
            Seguimos ganando altura —porque la montaña es generosa en esfuerzo ajeno— hasta alcanzar la parte alta del Barranco de la Maimona. Y entonces sí: espectáculo. A un lado, La Rosada; al otro, la garganta del barranco con la llamada “Plaza de las Catedrales”, que suena a visita guiada, pero aquí viene sin taquilla… y con más aire. Se trata de unas paredes de unos 250 metros de altura. 
            En el camino aparecen unas plantas de boj, que dan nombre a la ruta… aunque no se esfuercen demasiado en hacerse notar.
Vista parcial de Las Catedrales
                Avanzamos por una senda que coquetea peligrosamente con el precipicio —ideal para quienes disfrutan de la emoción sin necesidad de entrada— hasta llegar a una pista desde la que iniciamos el descenso entre pinares. Un respiro, breve pero agradecido.
                Poco después, un desvío bien señalizado nos manda a la derecha para bajar al cauce del barranco. Lo cruzamos y, cómo no, toca volver a subir por tercera vez en estos días,  por el “Colladillo”, que ya desde el nombre se presenta como poco negociable. En este tramo se dejan ver algunos ejemplares de cabra montés.
Cabra montés
                    Una vez arriba —otra vez, sí— comenzamos el descenso definitivo, pasando por el desvío de la Cueva Negra, que ignoramos,  hasta alcanzar la CV-20, a unos 500 metros de Montanejos.
                Y así terminamos, con esa mezcla tan senderista de satisfacción, cansancio… y la sospecha bastante fundada de que lo de “ruta agradable” era, una vez más, una interpretación creativa de la realidad. Pero la birra nos recupera en un instante.



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                Han sido días sencillos y, precisamente por eso, memorables. Días de senderos compartidos, de silencios cómodos, de risas que llegan sin avisar… y de ese pequeño ritual de dejar pasar el tiempo entre chapuzones, caminatas y alguna que otra cerveza bien ganada.
                Hemos caminado juntos, en soledad, por estos montes donde el Río Mijares discurre claro y constante, como si ejerciera de discreto presidente de un valle que se deja querer sin hacer ruido. Un valle hermoso, sereno… pero también marcado. Porque hace apenas tres años el fuego lo atravesó, dejando cicatrices que aún hoy se adivinan en las laderas, en los claros, en ese silencio distinto que a veces se cuela entre los pinos.
                Y, sin embargo, la vida sigue empeñada en abrirse paso. Brotes nuevos, verdes que regresan, caminos que vuelven a pisarse. Hay algo profundamente emocionante en caminar por un lugar que, pese a todo, sigue adelante.
                Nos vamos con la mochila un poco más cargada —de paisajes, de momentos, de complicidad— y con la certeza de que estos días, vividos despacio, quedarán ahí, donde se guardan las cosas importantes.
Porque al final, más allá de rutas, balnearios o brindis, lo que de verdad queda… es haberlo compartido.








miércoles, 18 de marzo de 2026

6ª MARCHA SENDERISTA POPULAR DE BELCHITE (más o menos)

Antes de lanzarte a la aventura de sumergirte en esta y otras historias, un pequeño recordatorio con cariño: sí, el blog también se deja querer en el móvil, faltaría más… pero donde realmente luce, como quien se pone de domingo, es en “modo ordenador”. Dicho esto, tampoco vamos a ponernos exquisitos: tú disfrútalo como te dé la gana, que para eso es tu pantalla

 Día 15 de marzo de 2026
                Anoche andaba yo debatiéndome entre la épica y el ibuprofeno: no tenía nada claro si esta mañana estaríamos para marchas triunfales o más bien para procesiones cojeantes. Un discreto “incidente técnico” en la travesía de ayer por Guara me dejó la cadera protestona, pero nada que un surtido farmacéutico —finamente maridado— no pudiera domesticar.
                    Total, que Maite y este humilde servidor hemos amanecido con mejor cara (y mejores bisagras), así que en marcha. El buga, por cierto, está ansioso por zamparse las rectas de la carretera de Belchite, y uno no es quién para frustrar semejante ilusión mecánica.
Alborea en Belchite
                    Los que soléis perderos por esta Vieja Mochila ya sabéis que no soy yo muy de andar "andadas" por gusto —más bien de llegar—, pero oye, lo de Belchite tiene algo. Será la organización, serán los recorridos, será la gente… o será que nos va la marcha. El caso es que repetimos por tercera vez, que ya tiene mérito considerando que en otras tantas ocasiones nos quedamos con las ganas. Pero no sé que tienen estos mozos y mozas de la Asociación Senderista de la Comarca del Campo de Belchite, que nos llevan a insertarnos en la "6ª Marcha Senderista Popular de Belchite".
                Allá
vamos: con un cierzo que te peina las ideas a base de collejas y una temperatura que invita más al brasero que a la hazaña, nos plantamos en la plaza del Ayuntamiento, que está más animada que un vermú en fiestas. Caras conocidas —Carmen y Milagros, senderistas luciendo ese “look multicolor” que desafía a cualquier desfile de modas—, música, chocolate con bizcocho… vamos, que quedarse en casa habría sido poco menos que un delito social.
                Cumplimos con el ritual: credenciales en mano, camisetas al saco, saludo de rigor a Goyo y César, que están más liados que un pulpo en un garaje con la organización… y cuando las campanas de la iglesia marcan las ocho en punto, aquello arranca. ¡Y de qué manera!
Arrancando por las calles de Belchite
            Cientos
de senderistas salimos en tropel, como si regalaran algo al final, dejando a la izquierda el estanque donde los patos nos observan con esa mezcla de curiosidad y superioridad moral tan suya.
Cruzamos el puente que salva la trinchera —antiguo hogar del ferrocarril minero de Utrillas, cuando las cosas iban por raíles y no por excusas— y, sin mucha ceremonia, el pelotón abandona la población.
Sobre lo que fueron las vías del ferrocarril
            Ya
en monte abierto, convertidos en una serpiente multicolor digna de desfile carnavalesco, nos dejamos caer por el barranco del Pozo del Tío Damián, que es tan impresionante como bonito (y no, no es redundancia, es insistencia). Las lluvias recientes han hecho su magia, dejando badinas aquí y allá, donde el tímido sol que logra colarse en el barranco se refleja con más ganas que nosotros a esas horas.
Barranco del Pozo del Tío Damián
                El
barranco va a morir, con toda la dignidad del mundo, frente al depósito de agua de los Escaramachales, donde unos patos silvestres están de fiesta continua —sin preocuparse lo más mínimo por el cierzo ni por nuestras ojeras—. Los cormoranes, que suelen ser fijos en el cartel, hoy han decidido hacer bolo en otro escenario. Ellos sabrán.
Depósito Escaramachales
                Avanzamos
unos metros por el camino que une Belchite con Almonacid de la Cuba, pero lo justo para entrar en calor antes de que la senda nos traicione y empiece a subir sin compasión, como si le debiéramos algo. La cuestecica, humilde de nombre, pero no de intenciones, hace su trabajo y rompe la fila en varios pelotones: aquello ya parece el Tour en pleno Tourmalet, solo que aquí cambiamos bicicletas por resoplidos finamente afinados.
No es el Tourmalet
                        El
cierzo sigue soplando con mala leche, pero ni por esas logra amedrentar a las aliagas, que en estas fechas van presumiendo de amarillo como si desfilaran en una pasarela rural. Ahí están, erguidas, casi reverenciando nuestro paso… o quizá riéndose por dentro, que tampoco sería raro.
Reverencia de las aliagas
                    Y
cuando las aliagas deciden que hasta aquí hemos llegado, aparece un pinar que nos mete, casi sin pedir permiso, en otro barranco: el de La Pelaja. Nos adentramos en él con ese respeto exquisito que se le supone al senderista de bien… y también porque el terreno no está para muchas alegrías ni excesos de confianza.
Barranco La Pelaja
                Ya
asoma Almonacid de la Cuba en el horizonte, como diciendo “venid, que aún os queda faena”, pero antes nos regala un rincón de esos que te reconcilian con el madrugón: almendros y frutales en flor haciendo de decorado bucólico (casi sospechoso de postal), seguido de un descenso por bosque cerrado que invita más a perderse que a seguir la ruta. 
Vista de Almonacid de la Cuba
Flor del melocotonero
                Tocará
vadear la acequia de Belchite, y menos mal que la organización ha tenido a bien improvisar un elegante —y ligeramente inquietante— pontón de cañas sobre el agua. Tradición, equilibrio y un puntito de fe.
                Luego, cómo no, toca volver a subir, porque aquí nadie regala metros. Pasamos junto a una fuente de cinco caños, que suena a lujo hidráulico en mitad del esfuerzo, y por fin entramos en la población, donde nos espera el avituallamiento.
Llegando al avituallamiento
            Y
qué avituallamiento. Nada de barritas insípidas ni pócimas fluorescentes: aquí se viene a lo serio. Bocadillos de jamón con tomate y porrón de tinto de Belchite. Tras un breve descanso —de esos que se alargan peligrosamente—, uno no sabe si está listo para seguir la marcha o para echar raíces allí mismo. Pero hay que seguir.
            Atravesamos el pueblo por la calle Molinés, con la torre de la Iglesia de Santa María la Mayor asomando con ese porte renacentista tan suyo, levantada allá por el siglo XVI, cuando las cosas se hacían sin prisas pero con mucha piedra.
Iglesia Sta. Mª la Mayor
            A
la izquierda, el río Aguasvivas nos enseña sin pudor las cicatrices recientes: por segunda vez en pocos meses, sus crecidas han hecho de las suyas, dejando claro quién manda cuando se pone serio.
            Y un poco más adelante, al sur del pueblo, el mismo río se pone histórico y nos habla de otros tiempos, cuando a alguien se le ocurrió “encubar” el agua —de ahí lo de “cuba”, que no es por el ron—. Fue allá por el siglo I, casi antes de ayer en términos geológicos, cuando los romanos levantaron la imponente Presa Romana de Almonacid de la Cuba: 34 metros de altura, 100 de longitud y una lección magistral de ingeniería con piedra, cal, arena y mucha cabeza. Vamos, que ya entonces sabían hacer las cosas para que duraran.
Presa Romana
                Antes de retomar la marcha —que aquí no se detiene ni con argumentos históricos— nos asomamos al mirador, porque lo de la “cuba” no era cuento ni licencia literaria: ahí está, en vivo y en directo. Bajo la presa romana, el río Aguasvivas se viene arriba y escupe el agua con una bravura que ya quisieran para sí más de un toro en San Fermín.
En el mirador
La bravura del...
...río Aguasvivas
                Vamos, que aquello no fluye: embiste. Y uno, prudentemente, lo contempla desde arriba, no vaya a ser que el espectáculo acabe con participación involuntaria.
                Dejamos atrás Almonacid de la Cuba por la CV-645, lo justo para despistarnos cien metros antes de que una senda, con muy mala educación, nos invite a subir. Y claro, entre la pendiente y un cierzo que sopla de cara con evidente animadversión, aquello se convierte en una prueba de carácter. Tanto, que unas marchadoras, al ver el panorama, sueltan un sincero —y envidiable— “¡dimitimos!”… y lo cumplen. Gente con criterio.
                Maite y yo, en cambio, tiramos “p’arriba”, que ya es vicio, en una lucha sin cuartel contra el viento, la cuesta y ese detalle menor llamado años acumulados, que siempre juega en el equipo contrario. El cuerpo protesta, la dignidad aguanta y las piernas… bueno, hacen lo que pueden.
"P´arriba"
                    Coronamos por fin este tramo —con más orgullo que elegancia— y arriba se deja ver el Mojón de Lobo, viejo conocido de aventuras pasadas con los amigos de Esbarre. Pero, por una vez, la organización tiene un gesto de humanidad y nos ahorra la subida: giramos y comenzamos a descender hacia el río Aguasvivas, que hoy hace honor a su nombre con un caudal que no está para bromas ni metáforas discretas.
                No tardamos en alcanzar ese punto con nombre de advertencia, “Malpasillo”, donde el río Aguasvivas se abre paso entre las rocas con más terquedad que delicadeza, para acabar dejándose caer en el llamado “Pozo de los Chorros”. El espectáculo, para qué negarlo, merece la parada: unos y otros nos asomamos a un mirador que cuelga —literalmente— sobre uno de los tramos más impresionantes del río, y por un momento hasta parece que el mundo se calma… aunque solo sea porque estamos demasiado ocupados en no caernos.
El río hacia el Pozo de los Chorros
                    Allí arriba se respira algo parecido a la paz, que no es poco en estos tiempos de prisa y ruido. Pero claro, como todo lo bueno, dura lo justo. Con cierta pena —y alguna excusa— dejamos el mirador y retomamos la marcha, ahora por un tramo de la PR-Z.80, que pronto vuelve a las andadas: en pocos metros toca abandonarla para subir hacia lo alto del barranco de la Tejera.
                    Y ahí es donde entra en escena la voz de la experiencia… o del sentido común, que a estas alturas ya cuesta distinguir. Maite y yo recibimos ese “consejo interior” que no admite discusión: hasta aquí hemos llegado. Las piernas protestan como sindicato en huelga y mi cadera sigue dando guerra, así que, por una vez, decidimos hacerle caso al cuerpo antes de que pase factura con intereses.
El cauce visto desde la PR-Z.80
                        Así que, tirando de memoria —que para algo sirve además de para recordar dolores—, decidimos seguir la PR-Z.80, esa vieja conocida que en diciembre nos devolvió a Belchite tan ricamente. La idea era sencilla: vadear el río y pegarnos un buen recorte al recorrido. Plan sin fisuras… hasta que aparece la realidad.
                Porque, claro, el Aguasvivas hoy no está para sutilezas: baja crecido, orgulloso de sí mismo y con pocas ganas de dejarnos pasar sin peaje. Lo de cruzar, así sin más, se convierte en una propuesta con cierto riesgo y bastante guasa.
                Planteamos entonces dos opciones: la sensata —volver sobre nuestros pasos y retomar el itinerario oficial como personas civilizadas (pero estamos tocados)— o la otra, la nuestra: mojarnos los pinreles y tirar millas.
                    Y como la sensatez nunca ha sido nuestro fuerte en momentos clave, allá que vamos. Perneras remangadas, mirada de estrategas de río y elección cuidadosa del “mejor” sitio —que siempre es discutible—. Y así, con más dignidad que estilo, cruzamos el Aguasvivas como dos patos algo rígidos, pero victoriosos, alcanzando la otra orilla con esa satisfacción tonta que dan las pequeñas hazañas innecesarias.
Habrá que cruzar
        Ya solo nos queda seguir el PR que a la altura de las ruinas de la casa de Don Joaquín, se convierte en una agradable pista jalonada de flores, que pasando, de nuevo, por el depósito de los Escaramachales, nos adentra en Belchite.
                    Rodeamos la valla que separa el Pueblo viejo de Belchite. Contemplar sus ruinas hace imposible esquivar la memoria, por mucho que algunos insistan en eso de “borrar el pasado”. Esos restos no son únicamente piedra caída: son el símbolo de una guerra y también de cómo se decidió recordarla.
Para la memoria
                La dictadura de Francisco Franco optó por conservarlas como escenario del dolor, pese a haber prometido una reconstrucción que nunca llegó. En su lugar, se prohibió rehacer el pueblo, mientras la población sobreviviente y presos políticos levantaban el nuevo núcleo en condiciones durísimas.
            El viejo Belchite quedó abandonado, convertido en testimonio incómodo de lo ocurrido. Y sigue ahí, recordando que el pasado, por mucho que se intente maquillar, no desaparece.
Se siente aquel dolor
                        Antes de alcanzar la meta, la organización, como es costumbre, ha dispuesto una barra en la que los supervivientes de la "Marcha" podemos disfrutar mojándonos el gaznate con una fresca y buena cerveza.
                    Con la faena terminada, nosotros dos nos vamos a tomar un aperitivo a uno de los varios garitos con que cuenta Belchite, eso sí con la compañía de unas buenas amigas, Milagros y Carmen.
                    La fiesta concluye con una comida en al pabellón en el que Goyo, alma de "Senderistas de Belchite" agradece a todos la participación.
Concluímos con el café
                Y así, casi sin darnos cuenta, la marcha se va apagando como esas conversaciones que nadie quiere terminar. Entre pasos más cortos, silencios más largos y alguna que otra mirada cómplice, regresamos con la sensación de haber recorrido algo más que kilómetros.
            Porque al final no todo han sido sendas, barrancos o viento en contra. Ha habido paisajes que se quedan, historias que pesan y lugares —como Belchite— que obligan a caminar también hacia dentro, aunque uno no lo tuviera previsto.
                Llegamos con el cuerpo cansado, sí, pero con esa calma extraña que dejan los días bien vividos. Y mientras nos quitamos las botas y repasamos mentalmente el camino, queda claro que hay marchas que no terminan al cruzar la meta… se quedan un rato más, dando vueltas por dentro.


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Datos técnicos
(Al tratarse de una ruta organizada que, en su últimos tres kilómetros, nosotros no hemos seguido, en esta ocasión no pongo el track)
Recorrido
Perfil:
Distancia, 14,4 km
Desnivel positivo, 486 m.
Desnivel negativo, 486 m.