Día 1 de agosto de 2026
No es la primera vez que Maite y yo nos internamos en este inmenso bosque de Gamueta en busca de esos colores dorados con los que el otoño se empeña en convertir este rincón del Parque Natural de los Valles Occidentales en una auténtica obra pictórica, de esas que uno podría colgar en cualquier museo… siempre que el museo tuviera sitio para semejante despliegue de hayas.
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| Bosque de Gamueta en otoño |
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| El bosque hoy |
Para ello cogimos el buga y nos dispusimos a recorrer los aproximadamente 80 kilómetros que separan nuestro punto de partida de la localidad francesa de Larrau. Ochenta kilómetros que, gracias a esas magníficas carreteras de montaña diseñadas, suponemos, por alguien con bastante tiempo libre y poco aprecio por las rectas, conseguimos completar en unas dos horas. Porque aquí las distancias no se miden en kilómetros, sino en curvas.
Una vez en Larrau, nos marcamos un recorrido de ida y vuelta de unos cinco kilómetros y alrededor de 300 metros de desnivel, suficiente para descubrir una curiosa pasarela, una auténtica obra de ingeniería que data de 1920, la "Pasarela D´Holzarte".
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| Hacia la pasarela |
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| Pasarela D´Holzarte |
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Bueno, dicho todo lo anterior, vamos a lo que realmente nos ha traído hasta aquí: acercarnos al refugio de Linza. Aunque acercarnos, lo que se dice acercarnos… Está lleno hasta la bandera, que en pleno verano viene a ser algo así como la romería nacional de los montañeros. Así que toca aparcar algo más abajo.
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| Primeros pasos |
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| Salvando el Achar del Caballo |
Llegamos a un punto en el que podríamos tomar el sendero que, en dirección sur, nos acortaría el camino. Pero claro, ¿para qué hacer las cosas fáciles pudiendo complicarlas ligeramente? Así que seguimos rectos hacia arriba, en dirección este, sin ninguna prisa y disfrutando de la subida.
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| Sendero bajo la sombra |
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| Chinebro en el fabar |
Hoy, por fortuna para nosotros, no parece haber ninguno a la vista. Y digo por fortuna porque una cosa es buscar sombra, tranquilidad y naturaleza, y otra muy distinta encontrarse de frente con el propietario histórico del lugar y tener que explicarle que venimos en son de paz.
Echamos la mirada al frente y, allá arriba, asoman varias cimas que parecen haberse puesto de acuerdo para vigilar nuestros movimientos: el Chinebral de Gamueta, el Sobarcal y alguna otra que se suma al desfile.
Pero aparece la protagonista del día: la calor. Sí, en femenino, que así la denominamos los aragoneses. Y cuando aprieta, aprieta con esa confianza que da saber que uno no puede protestarle a nadie. Así que decidimos descender hasta el pequeño refugio pastoril de la Plana Diego y girar hacia el sur, en busca del hayedo que vemos más abajo. Porque si algo hemos aprendido después de unos cuantos años de montaña es que, cuando el sol aprieta, un buen hayedo vale más que cualquier catedral.
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| Plana de Diego |
No hay problema. Aquí no se viene solo a seguir caminos, sino también a improvisar. Así que descendemos campo a través hasta alcanzar, tras un tramo algo delicado —de esos que hacen que uno mire dos veces dónde pone los pies y una tercera dónde se ha metido—, el sendero correcto, el PR-HU 166.
Una vez recuperada la civilización senderista, toca ascender unos metros hasta alcanzar un lugar donde las hayas empiezan a cobrar todo el protagonismo. Y no unas "aigas" cualquiera, precisamente. Algunas alcanzan unas dimensiones descomunales, de esas que hacen que uno levante la cabeza, se quede mirando y empiece a preguntarse cuánto tiempo llevan ahí mientras nosotros seguimos empeñados en llamar “árbol” a cualquier cosa que tenga tronco.
Estos auténticos ejemplares monumentales no cabrían en ninguno de los museos a los que hacía referencia al principio. Ni falta que les hace. Tienen un museo mucho mejor: el propio bosque.
Bajo sus enormes copas hacemos un pequeño alto, disfrutando de una sombra que en este día se cotiza casi como el oro. Y, por supuesto, aprovechamos para hacernos la correspondiente foto bajo su densa sombra.
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| Entre dos aigas |
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| Nos han dejado pasar |
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| Puente sobre el barranco |
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| Pico Maz |
Maite se queda esperando y yo me meto en el cuerpo el kilómetro y medio de asfalto que me separa del parking, donde permanece el buga, fiel y obediente, esperando que alguien vaya a rescatarlo. Para hacer el trámite algo más llevadero, en algunos tramos abandono el asfalto y sigo por la GR, que discurre paralela a la carretera. Una vez recuperado el vehículo, emprendo la bajada y, como estaba previsto, recojo a Maite.
La caña, eso sí, tendrá que esperar hasta Siresa. Porque una cosa es terminar una excursión con las piernas cansadas y otra bastante distinta terminarla con las piernas cansadas, una cerveza en el cuerpo y el volante delante. Cerveza y volante no son precisamente buenos amigos, y a estas alturas de la vida tampoco estamos para presentarles.
Y así termina nuestra jornada. Una de esas jornadas sencillas que, precisamente por serlo, uno guarda con especial cariño: unas cuantas horas de monte, el Bosque de Gamueta, las montañas, el silencio, el esfuerzo compartido y, finalmente, esa caña en Siresa que sabe mucho mejor después de haberla ganado a golpe de bota.
Pero mientras uno contempla estas montañas, camina bajo la sombra de las hayas y se siente afortunado por poder disfrutar de algo tan sencillo como un día de naturaleza, resulta difícil no pensar en quienes, en otros lugares del mundo, no tienen siquiera la posibilidad de elegir dónde pasar la tarde.
Pienso en las gentes de Gaza, Sudán, Yemen, Siria y en tantos otros sitios donde la vida se ha convertido en una lucha diaria por sobrevivir. Personas que sufren guerras, masacres, hambre y represión; personas que, desesperadas, se ven obligadas a saltar vallas, atravesar fronteras o lanzarse al mar, aun sabiendo que algunos no llegarán nunca a la otra orilla.
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| Sin palabras |
Quizá por eso, al terminar una jornada como esta, uno disfruta todavía más de lo que tiene, pero también siente que no puede mirar hacia otro lado. Porque la montaña nos enseña muchas cosas: que todos los caminos tienen un esfuerzo, que las fronteras son líneas que hemos dibujado sobre los mapas y que, desde arriba, las diferencias parecen bastante menos importantes.
Nosotros hemos tenido la suerte de volver a casa, cansados y satisfechos, después de disfrutar de un paisaje extraordinario. Ojalá algún día todos puedan tener algo tan sencillo como eso: un camino que recorrer, un lugar seguro al que regresar y la certeza de que nadie tendrá que jugarse la vida para encontrarlo.
Y mientras tanto, seguiremos caminando. Intentando no olvidar, entre hayedos, montañas y cervezas, que más allá de este pequeño rincón de paz hay demasiadas personas que solo aspiran a encontrar uno.
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Datos técnicos
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| Recorrido |
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| Perfil: Distancia, 7,5 km. Desnivel positivo, 374 m. Desnivel negativo, 374 m. Track |


















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