martes, 3 de marzo de 2026

DAROCA (circular por el Salto la Zorra)

 Día 1 de marzo de 2026
            Hace un par de semanas, Maite y un servidor protagonizamos una gesta épica: no acompañar a los amigos de Esbarre en su excursión por estos montes. No fue por falta de ganas, qué va, sino porque ambos, solidarios hasta en lo vírico, decidimos compartir un catarrazo de los que dejan huella… y moqueo. A día de hoy, los síntomas aún se resisten a abandonar el pack, como invitados maleducados.
            Pero no podemos permitir que un día espléndido se pierda así como así. Había que recuperar el tiempo perdido, aunque fuera a plazos. Así que, en lugar de seguir los doctos pasos de nuestros amigos, optamos por la alta estrategia del despiste voluntario: perdernos en ese inmenso pinar que todo lo traga y nada devuelve.
            Caminamos a ratos por el llamado “Camino Azul” y a ratos por barrancos que el agua, ese arado sin piedad ni sindicato, ha ido esculpiendo en la tierra. En fin, no fue la excursión soñada, pero sí la merecida: medio recuperados, medio perdidos y completamente satisfechos de haber salido, aunque fuera para demostrar que incluso con catarro también se puede divagar con dignidad. Así que vamos al lío:
            En menos de una hora, el buga —fiel corcel de combustión interna— nos planta en Daroca, ciudad donde las calles no solo rezuman historia, sino que directamente la sudan por los adoquines. Aquí convivieron, tan ricamente (o no tanto), las tres culturas: judaísmo, cristianismo e islam, dejando un poso histórico que hoy se pisa sin pedir permiso.
Puerta Baja
            Daroca se nos presenta bien pertrechada, arropada por uno de los perímetros amurallados más largos y variados del país, como si aún esperara un asedio con cita previa. Torreones y castillos velaban —y siguen mirando por encima del hombro— un entramado urbano de sabor inequívocamente antiguo, estirado a ambos lados de un barranco, no por capricho sino por tradición. Rematan el conjunto sus célebres puertas, la Alta y la Baja, que ya desde el nombre dejan claro quién manda y quién cobra el peaje.
            Y es precisamente en la Puerta Baja, junto a la Fuente de los Veinte Caños (todos manando, para que no haya dudas), donde arrancamos la ruta. A partir de ahí, lo de siempre: caminar, mirar y fingir que uno sabe exactamente por dónde va… aunque Daroca, con mucha historia y mucha muralla, ya se encargue de recordarnos quién manda aquí desde hace siglos.
Fuente de los Veinte Caños
            Callejeamos cuesta arriba, que es una forma elegante de decir que resoplamos con dignidad, hasta dar con un sendero que se interna en el pinar. La senda va señalizada con pintura azul y blanca, detalle tranquilizador para el caminante moderno, siempre agradecido de que alguien le diga por dónde debe perderse. Es el célebre “Camino Azul”, aunque a esas horas aún no se había peinado para la foto.
Por el Camino Azul
                    Nos metemos de lleno en el pinar y, a nuestra izquierda, se descuelga un fértil valle regado por el río Jiloca, que cumple con su deber sin aspavientos. Caminamos entre pinos y barrancos protegidos por diques de contención de riadas; caminamos en soledad humana, que no sonora: los pájaros se encargan de poner la banda sonora con un auténtico conciertazo campestre. Verdecillo, carbonero, chorlito, herrerillo… y, marcando el ritmo como si no hubiera mañana, el picapinos a la percusión, que no entiende de silencios contemplativos.
Cruzando sobre un dique
            Tras alcanzar una paridera —la Paridera, para más señas— donde desemboca el barranco del mismo nombre (originalidad toponímica en estado puro), llegamos al punto clave: o seguir los pasos esbarrianos o hacer justo lo contrario. Fieles a nuestra tradición de llevar la contraria, optamos por continuar por el Camino Azul. Para ello salvamos un buen desnivel, que se traduce en un largo y agradable zigzag, de esos que te hacen creer que avanzas mucho aunque el mapa no opine lo mismo.
"P´arriba!
            El esfuerzo nos deposita finalmente en el "Salto de la Zorra", también conocido como "Puente Roto del Camino Azul", nombre que ya avisa de que aquí nada está para tomárselo a la ligera. Allí coincidimos con una pareja afanada en retirar las cintas de marcaje de una reciente carrera, despojando al monte de sus galas deportivas.
            Les preguntamos por el misterio del color azul. Nos explican que al atardecer la piedra de esta zona adopta un tono azulado. Dudamos, claro, pero bajamos bajo el Salto de la Zorra y comprobamos que no exageraban: la piedra, en la sombra,  se vuelve azul… y uno, un poco más crédulo, pero encantado.
Salto de la Zorra (Clica sobre la foto para ver mejor la roca azulada)
            Nos acompañan hasta un cruce de pistas y allí nos separamos, como en las películas: ellos seguirán la faena motorizada, que aún les quedan muchos rincones que escoscar, y el monte no se limpia solo. Nosotros, más modestos y a pedales humanos, optamos por lo nuestro.
            Abandonamos el Camino Azul y tomamos el ramal de la izquierda, una larga pista que desciende durante un par de kilómetros con vocación clara de quitarnos la moral… y algo de altura, hasta alcanzar el Arroyo de Valdemartín. Allí comienza una senda que remonta el barranco sin el menor atisbo de compasión, como si tuviera algo personal contra el caminante.
Por Valdemartín
                El silencio lo invade todo. Arriba, como aquel camino, el cielo luce de un azul impecable, de esos que parecen recién estrenados. El día es espléndido, aunque el barranco no opine lo mismo y siga empujándonos cuesta arriba.
                    Desembocamos en el helipuerto de la BRIF y en las obras de la nueva base. Aquí uno no puede evitar pensar —y casi suplicar— que estas y otras brigadas tengan poco trabajo, que ojalá no tengan que apagar los incendios que, cada vez con más descaro, arrasan los montes del país. Soñar es gratis; apagar fuegos, no tanto.
                Desde allí tomamos el sendero que desciende por el Arroyo de la Paridera. Tras pasar junto a una fuente, afrontamos el primer tramo de bajada, que, ¡leches!, en algún punto se pone algo delicado. Pero no hay drama: Maite, con gran sentido práctico, cambia los pinreles por las nalgas. Los pantalones ya se lavarán, que para eso se inventó la lavadora. Superado el trance, el camino se vuelve francamente agradable, como pidiendo disculpas.
Por el Arroyo de la Paridera
                Cuando llevamos poco más de un kilómetro, abandonamos el barranco y atacamos, a la izquierda, una subida corta, pero contundente que discurre por un cortafuegos. De esas que no duran mucho… pero se recuerdan toda la tarde.
Salvada la cuesta del cortafuegos
            Y como todo lo que se sube, tarde o temprano hay que bajarlo —ley de la gravedad mediante— tomamos un sendero que desciende por un barranco domesticado con varios diques de contención, no vaya a ser que las tormentas se vengan arriba. Así alcanzamos la Nevera de Daroca, una de esas ingeniosas construcciones previas al frigorífico, cuando la gente guardaba la nieve del invierno para convertirla en hielo y mantener frescos los alimentos.
La Nevera de Daroca
            Maite se queda fuera, ejerciendo de vigilante voluntaria, y yo me cuelo por un estrecho pasillo para curiosear el interior: una cúpula de ladrillo con un agujero central por donde se empozaba la nieve, como quien rellena una gigantesca cubitera medieval. Incluso conserva un vano lateral con arco de medio punto, por donde entraban los operarios a organizar el hielo, que no todo era improvisar también en aquellos tiempos.
Acceso a la nevera
            Unas escaleras nos elevan hasta la Torre de Jarque, primer contacto serio con la muralla levantada entre los siglos XIII y XVI. Cuatro kilómetros de muralla y 114 torreones defendían la ciudad, aunque las guerras de la Independencia y las Carlistas se encargaron de dejar el conjunto bastante tocado. Más tarde, en el siglo pasado, alguien tuvo a bien reforzar lo que quedaba en pie, que siempre es mejor conservar que lamentar.
Torre de Jarque
            A la sombra de la Torre de Jarque sacamos las viandas y reponemos fuerzas. Tampoco hace falta cargar demasiado las pilas, porque lo que queda de camino es todo cuesta abajo, un detalle que siempre se agradece y nunca se critica.
Parte de la muralla
            Caminamos por el interior de la muralla hasta pasar bajo el Castillo Mayor, cuyos muros custodian una de esas leyendas que ganan enteros al caer la noche. Resumiendo mucho —que no estamos para epopeyas largas— cuenta de la Morica Encantada que:
"El último rey musulmán de Daroca, Aben Gama, mandó construir aquí un palacio para vivir con la bella Melihah, de la que estaba perdidamente enamorado. El problema, claro, es que Melihah estaba enamorada de otro: el caballero cristiano don Jaime Díez de Aux, cautivo en el castillo. Cuando Alfonso I el Batallador llegó a Daroca y el prisionero fue liberado, este corrió en busca de su amada para huir juntos. Pero Aben Gama, poco dado a los finales felices, la había matado y arrojado al pozo del castillo. Dicen que el aljibe es tan profundo que pasa por debajo de la ciudad hasta el río Jiloca, y que Melihah sale cada noche vestida de blanco, con una luz en la mano, recorriendo las murallas en busca de su amado para que la libere del hechizo".
                    Nosotros, por si acaso, seguimos bajando… no vaya a ser que la historia aún no haya terminado del todo. 
Castillo Mayor (Torre del Homenaje)
                El descenso se hace por unas largas y cómodas escaleras, de esas que parecen pedirte perdón por todo lo que antes te hicieron subir, salpicadas además con varios miradores sobre la ciudad de Daroca. Una ciudad que, por si alguien lo dudaba, de su época de esplendor conserva un legado de más de doscientos edificios catalogados, que no es poca cosa para presumir sin levantar la voz.
Vista de Daroca, desde la bajada
            Ya en el corazón del casco histórico pasamos ante la espléndida Basílica de Santa María, guardiana de los célebres Sagrados Corporales. Aquí se cuenta el milagro ocurrido en el siglo XIII, cuando unas formas consagradas sangraron misteriosamente durante un ataque musulmán. Es la historia narrada desde este lugar… aunque, si sigues este blog, ya sabrás que lo mío no va de milagros, sino más bien de piernas cansadas y curiosidad bien entendida.
Basílica
            Solo nos queda descender tranquilamente por las calles de la judería, dejándonos caer hasta la Calle Mayor y… ¡premio final!: tomar unas birras. Eso sí, sin alcohol, que aquí el menda tiene que hacerse cargo del buga y devolvernos a casa como personas responsables, aunque sea a regañadientes. 🍺
Uno de los monumentos de la Calle Mayor
                Y ahora, ya desde casa, con las botas quietas y el cuerpo por fin en silencio, la ruta se asienta de otra manera. No quedan senderos ni murallas, solo ese cansancio bueno que se comparte sin decir nada. Maite y yo recordamos el día en pequeñas escenas: una risa tonta, un resbalón sin consecuencias, un paisaje que se nos quedó dentro sin pedir permiso.
            Fuera queda Daroca, los barrancos, el pinar y las historias viejas. Dentro, en cambio, queda lo importante: la calma de haber caminado juntos, de habernos perdido a propósito y de haber vuelto sin prisas. No hizo falta llegar más lejos ni entenderlo todo. Bastó con estar, paso a paso, uno al lado del otro, dejando que el día nos acompañara hasta el sofá. Y así, sin más épica que la compartida, damos por cerrada la jornada.


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Datos técnicos
Recorrido
Perfil:
Distancia, 11,2 km.
Desnivel positivo, 455 m.
Desnivel negativo, 455 m.
Track