lunes, 10 de febrero de 2014

DEL CASTILLO DE LOARRE A ANIÉS (CAMINO NATURAL DE LA HOYA DE HUESCA)



Día 8 de Febrero de 2014
Amenaza pluviométrica.
Hacia levante, el cielo nublado se muestra, hacia poniente negro que te negro.
Llueve. Y el agua cae sin relieve sobre las piedras, ávidas de lluvia. Aquí en mi corazón, cómo remueve; aquí en mi corazón, cómo diluvia. Y aquí, camino del infranqueable Castillo de Loarre, llueve.
Mis auriculares escupen "Fiesta" de Serrat y de fondo escucho el murmullo de los compañeros de viaje, que mirando a través de las ventanillas del autobús, dicen: -llueve-



Castillo de Loarre
La estufa del cobertizo de Plasencia, nos acoge para, tras tomar un café, seguir camino hacia ambientes más húmedos y menos acogedores. De nuevo en el bus, el centro de la conversación es el mismo, llueve. Aún hay quien comenta y propone quedarse a caballo del vehículo, propuesta que no tiene ningún éxito. Como decía La Bullonera: Hemos venido aquí para... llueve.
Pronto estamos a los mismísimos pies del colosal Castillo de Loarre, exactamente en el mismo lugar en que terminamos la anterior etapa de esta actividad. Llueve. Sacamos de las mochilas, capas, anoraks, goretéx, polainas, paraguas y todo aquello que nos proteja del agua.
Félix, el buen pastor.
¿Que sería de una excursión del Stadium, sin un prematuro pero controlado despiste?. Pues por eso de ser consecuente con los principios, por un momento tomamos el camino equivocado, no hay problema, la tecnología nos indica unas escaleras construidas con troncos traidores, que bajamos. Llueve.
En la senda, unas boñigas equinas,  nos anuncian que en la zona hay caballos y, efectivamente, a nuestra derecha pacen o beben, no se, la hierba está mojada. Me viene a la mente la duda de si se los habrían olvidado los de la película "El reino de los cielos", de Ridley Scott.
Ermita de San Juan.
Cruzamos un pequeño riachuelo al paso por el barranco de Moriñano. Andamos paralelos a la cota mil y... llueve.
Pronto y, ya un poco calados, llegamos a una construcción, es la ermita de San Juan, una construcción muy sencilla, del siglo XVII, de planta rectangular, compuesta por una sola nave y cabecera recta. Está elevada en mampostería, que se muestra enlucida y, todavía hoy, pese a estar sin tejado, se aprecian los restos de los murales. La puerta se encuentra en la parte central del lado de la epístola. Al interior, cabecera y nave componen un espacio unitario, que parece haber estado cubierto directamente por el forjado de madera y cañizo. Parece que se encuentre en proceso de restauración.
Fuente de Petrolanga.
La senda continua bien marcada y de unos desniveles casi nulos (de momento), a nuestra derecha, bajo la borrasca, se adivina La Hoya de Huesca, por un momento vemos el embalse de Las Navas y poco más.
Volvemos a cruzar otro barranco, este con un poco más de agua, es el de Las Valellas. Poco más adelante y como aquel que hubiere andando por estepas lejanas, un oasis en la lluvia, aparece escondido entre juncos y gabardas. Es la Fuente de Petrolanga, punto de descanso que tan solo dura unos pocos minutos. Y es que llueve. El menda lerenda, que como algunos compañeros de aventuras, porta un buen paraguas adquirido en Nepal,  va notando las caricias del agua, recorriendo el interior de las botas y siendo absorbidas por los calcetines. Los pies mojado, eso sí, la cabeza seca.
Llueve.
Reiniciamos la marcha más húmedos que la boca de los actores de las series americanas. Siempre en dirección este, ahora cruzamos el barranco Lecinito que aguas arriba, nos muestra una inusual, pero espectacular cascada, claro, es que llueve.
Nos adentramos en un bosque de carrasca, adornado por unas pasos de roca mojada que dificulta el paso, principalmente de los no duchos en andar por semejantes andurriales. Algunas zarzas, se encargan de acabar con la vida que fue, de varias capas protectoras del fenómeno atmosférico protagonista de la jornada. Llueve.

Pinar.
Poco a poco, el camino se va empinando, no mucho pero suficiente para sacar la lengua a más de uno. Ahora el bosque, torna en pino de repoblación.
La cabeza del pelotón, se detiene para proceder a la reagrupación, casi imposible, de esta fila multicolor.
Pese a la calada de medio cuerpo y del otro medio, casi también, algunos componentes de la escuadra como el joven Manuel, auguran que esto de salir al monte,  tiene cierto futuro. Y más vale así, la mayoría de los que andamos por estos caminos, se nos ve, ya entrados en años.

Gabarda bajo la lluvia.
Tejado de la ermita de la Virgen de la Peña.
Las paredes de conglomerados calcáreos, nos anuncian que vamos llegando a uno de los puntos más espectaculares de la jornada: la ermita o santuario de la Virgen de la Peña. Desde una roca, que la joven Sara se encarga de medir, descubrimos el tejado de la construcción.
En primer lugar y tras atravesar una cascada que cae sin piedad a nuestro paso, nos refugiamos por unos instantes en las dependencias construidas al uso.
Dejamos las mochilas y nos dirigimos a la puerta de la ermita en la que nos espera Roberto, guía del castillo que nos va a enseñar el que, insiste en llamar, Santuario de la Virgen de la Peña.
Pintura sobre la puerta.
Varias son las leyendas que los rincones de nuestra geografía recogen y, la Virgen de la Peña, no se podía quedar sin una.
Cuenta el Padre Faci que:
”Habiendo un caballero militar de los que guarnecían el vecino castillo de Loarre, salido a caza por aquellos montes y sierras con un halcón, soltólo contra una perdiz distante. La cual huyendo de su cruel enemigo, se arrojó dentro de la mencionada hondura a donde en seguimiento de la perdiz prosiguió su vuelo el halcón.
Hizo éste allí tan larga mansión sin volver a las manos de su dueño, que temeroso de perderlo este, comenzó a hacer las diligencias para recobrarlo. Quiso bajar a aquella hondura, mas siendo por entonces imposible, dispuso que bajase un criado atado a una larga soga. 
La eremita Maite.
Llegó este a lo profundo y allí como misterioso, sobre maravilloso retablo compuesto de una pomposa zarza, en cuyo lado derecho estaba la imagen de Nuestra Señora y en el siniestro la perdiz viva, como bajo el sagrado de aquella Reina Soberana; y así, aunque ladeada del halcón, libre de su crueldad, pues éste, como olvidado de su sangriento instinto parecía estar como suspenso y admirado de ver en tan oculto sitio un tan hermoso espectáculo: pero más lo admiró el devoto cristiano, viendo allí unidas la sombra y la luz, a María Santísima y la zarza, para desempeñar en término de Aniés la gran misión de Moisés en el monte Oreb”.
Nave y retablo.
El templo se erigió sobre la roca, con altos muros de buena piedra sillar que permiten solventar el problema del desnivel del terreno. La actual ermita es al interior obra barroca y recargada en todos los sentidos. Su datación puede acercarse a los siglos XVII o XVIII. Muchos son los elementos formales que atestiguan su origen románico. Además, quedan piezas escultóricas reutilizadas en diversas partes del lugar.
Pintura.
Quizá el más sobresaliente, sea el tímpano que se halla empotrado en el muro sur de la casa del santero, bajo un ventanal y a la izquierda del refuerzo que sujeta esa fachada.
El segundo sábado del mes de Mayo se celebra en Aniés la romería a la ermita santuario de Nuestra Señora de la Peña, en la que participan los vecinos de la comarca, localidades como; Bolea, Loarre, Lierta, Quinzano, Puibolea, Esquedas, Ayerbe y Loarre, así como gran número personas venidas de otros lugares. Es una fiesta simpática en donde la camaradería entre los asistentes, es la nota dominante.
La ermita se encuentra enclavada en una oquedad de la pared rocosa. A ésta, se accede por un camino colgado de dicha pared, que hace el recorrido más emocionante. Una vez llegados a la ermita, cuando está despejado (no es el caso de hoy), se puede divisar una panorámica impresionante de toda la Hoya de Huesca.
vamos bajando.
Un profundo cambio se produce al salir del santuario. No se si ha sido un milagro o el cumplimiento de las predicciones, pero ¡no llueve!.
Recogemos los bártulos y comenzamos un fuerte descenso, atacado por algunos con mucha prudencia, el suelo se encuentra mojado.
Arriba, vemos unos cuantos buitres revolotear, entre los que destaca un quebrantahuesos.
Por la senda que ataja una y otra vez a la pista que conduce a la ermita, llegamos en un santiamén a Aniés. Maite y yo, que vamos en el grupo adelantado, nos tomamos unas cañas en el bar de la población.
El castillo entre tinieblas.
Nuestro destino de la marcha es Bolea, pero la organización del evento, ha decidido dar por concluida la andada en este punto, hay que proceder al secado de nuestros húmedos cuerpos.
El autobús, nos traslada a Bolea. Asaltamos un bar en el que, ya es la hora, nos metemos entre pecho y espalda los mil y un productos comestibles que llevamos en las mochilas. Lógicamente, adquirimos en el establecimiento, las bebidas que nos mojan, esta vez, nuestras entrañas. Tras la comida, está programada la visita a la Colegiata de santa María la Mayor. Algunos que ya la hemos visitado en otras ocasiones, nos quedamos en el bar y montamos una partida de guiñote (para foranos, juego de naipes típico de tierras aragonesas), que Victor y yo, tenemos a bien ganar a la pareja formada por Armando y Carlos.
De la colegiata, paso el protagonismo fotográfico a Fernando Cebrián, para lo que dejo aquí un enlace a sus fotos.
Bolea.
Construido en el siglo XVI, este soberbio edificio se encuentra en perfecto estado de conservación tanto exterior como interior. De su castillo árabe quedan restos en el torreón, en su basamento y en sus murallas y conserva la cimentación original del anterior templo románico del siglo XII.
Construido entre 1535 y 1556 por el arquitecto Baltasar de Barazábal, el templo está enmarcado en el tránsito del Gótico al Renacimiento. Consta de planta de salón con tres naves de la misma altura. Hay arcos de medio punto en nave central; y apuntados en las naves laterales. 
Colegiata de Bolea.
La belleza de su Retablo Mayor impresiona por su excepcional colorido, de estilo gótico y totalmente original, destacando la amplia gama de tonos rojos, verdes y azules. Restaurado no hace mucho tiempo, constituye una espléndida combinación de 20 pinturas al temple sobre tabla, labor de mazonería y 57 esculturas de madera policromada.
La Colegiata conserva el coro, realizado en madera de nogal y dos retablos que no se pudieron policromar por falta de dinero y en los que se aprecia perfectamente su construcción en madera.
Como no estuve en la visita y mi memoria va siendo víctima de la edad, más detalle se puede consultar en este enlace.
Los que nos hemos quedado en el bar, visitamos una tienda-taller de ropa deportiva y poco a poco, nos vamos reagrupando para volver al bus, que tras varias maniobras que a mas de uno se los pone de corbata, conseguimos tomar rumbo hacia nuestro punto de destino, la inmortal ciudad de Zaragonia en la que ¡Llueve!
Hasta pronto.
Haz click aquí para disfrutar del resto de fotos.
Y, haz click aquí, si las quieres ver y descargar.

Datos técnicos.
Recorrido.

Perfil de la etapa: Distancia, 10,3 Km. - Ascenso acumulado, 332 m. - Descenso acumulado, 658 m.

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