Día 11 de abril de 2026
En este prematuro verano que venimos padeciendo —con ese entusiasmo climático que te hace dudar si sacar la sombrilla o el edredón—, los doctores del tiempo, siempre tan dramáticos ellos, anuncian para hoy un giro de guion digno de tragedia griega: desplome térmico y regreso al más puro invierno. Zaragoza, en su línea, haciendo de las suyas.
Así que, ni cortos ni perezosos, dejamos el buga bien guardadico en su cuadra, no vaya a coger frío el pobre, y Maite y un servidor nos encomendamos al noble arte del bus urbano. Rumbo a L’Almozara, barrio que en sus años mozos respondía al nombre de “La Química”, no por capricho poético sino por su industriosa realidad, cuyos vestigios —más tercos que el cierzo— siguen ahí, agazapados bajo el asfalto, las aceras y esas tierras tan monas que hoy lucen en los jardines como si aquí no hubiera pasado nada.
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| La vieja industria química IQZ (al fondo aparecen las torres del Pilar) |
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| El Ebro |
Arrancamos la caminata en las inmediaciones de la pasarela del Voluntariado, uno de esos legados que dejó la Expo de 2008, tan dada a los grandes lemas y a las obras que, mira tú por dónde, siguen ahí. Firma la criatura el ingeniero Javier Manterola, que algo sabría del asunto.
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| Pasarela del Voluntariado |
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| Un intruso de Judea en el soto de l´Almozara |
Y, sin embargo, a escasos metros —tan cerca que incomoda—, bajo la sombra de alguno de los puentes, la escena cambia de registro sin pedir permiso: colchones desfondados, enseres de fortuna y esa silenciosa evidencia de quienes juegan en otra liga, bastante menos glamourosa. Zaragoza, siempre tan capaz de yuxtaponer mundos, nos recuerda aquí que la distancia entre privilegio y precariedad no se mide en kilómetros, sino en unas pocas zancadas… y en muchas miradas esquivas. Tengo que decir que la última riada desalojó los puentes, pero pronto volverán a...
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| La otra liga |
Hoy ejerce de centro expositivo dedicado a la movilidad en todas sus versiones: la de antes, la de ahora y la que vendrá, si es que llegamos a tiempo y con batería suficiente. Un lugar donde uno puede reflexionar —o al menos intentarlo— sobre cómo nos movemos… mientras seguimos caminando, que al final es lo único que no falla.
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| Interior del pabellón Puente |
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| Maite en el camino |
Poco a poco, el paisaje va mudando de traje: lo urbano se afloja la corbata y empieza a oler a tierra. Entre huertos familiares —y otros que uno diría que tienen más de aspiración que de dedicación—, y con la fiel compañía del Ebro marcando el paso, acabamos llegando al puente de la A-2. Por suerte, alguien pensó en los peatones y le añadió una acera, detalle que se agradece cuando no apetece jugarse la vida por cambiar de orilla. Un buen lugar para la auto-foto (me niego a lo de selfie) que certifique que uno también estaba en el lugar.
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| Autofoto |
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| Soto de Ranillas |
Poco a poco —y sin que las tabas pidan ya negociación colectiva— nos vamos acercando al final del paseo. Seguimos fieles a las orillas de nuestro Ebro volviendo a desfilar bajo los puentes que hace un rato nos parecían toda una hazaña.
Al llegar de nuevo a la Pasarela del Voluntariado, nos encaramamos a ella con la dignidad que nos queda, rumbo a L’Almozara. Toca recuperar el bus urbano, ese fiel corcel contemporáneo que nos devolverá a casa sin épica, pero con asiento (si hay suerte).
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| Últimos pasos |
Y al final, casi sin darnos cuenta, queda ese poso que no sale en las fotos ni en los folletos: la certeza de que el viejo “Flumen Híberus” sigue ahí, marcando el pulso de la ciudad con esa mezcla de calma y carácter que le es tan propia. No hace falta que baje crecido, que cuando quiere lo hace, ni que se ponga solemne; le basta con discurrir a su manera para recordarnos que Zaragoza, en el fondo, se entiende mejor caminándola a su lado.
Porque sí, entre puentes, sotos y veredas, uno descubre que esta ciudad —tan de extremos, tan de golpe de cierzo y golpe de calor— también sabe ofrecer rincones donde el tiempo afloja el paso. Y ahí, andando sin prisa, con el río como compañero y la ciudad respirando alrededor, se cuela algo parecido a la calma… que ya es decir.
Así que volvemos a casa con las piernas algo más usadas y el ánimo, quizá, un poco más en su sitio. Todo gracias a ese Ebro nuestro, que no será perfecto, pero vaya si sabe hacerse querer cuando uno le concede el paseo.
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