domingo, 12 de abril de 2026

POR LOS SOTOS DE L´ALMOZARA Y RANILLAS DEL EBRO

Día 11 de abril de 2026
            En este prematuro verano que venimos padeciendo —con ese entusiasmo climático que te hace dudar si sacar la sombrilla o el edredón—, los doctores del tiempo, siempre tan dramáticos ellos, anuncian para hoy un giro de guion digno de tragedia griega: desplome térmico y regreso al más puro invierno. Zaragoza, en su línea, haciendo de las suyas.
            Así que, ni cortos ni perezosos, dejamos el buga bien guardadico en su cuadra, no vaya a coger frío el pobre, y Maite y un servidor nos encomendamos al noble arte del bus urbano. Rumbo a L’Almozara, barrio que en sus años mozos respondía al nombre de “La Química”, no por capricho poético sino por su industriosa realidad, cuyos vestigios —más tercos que el cierzo— siguen ahí, agazapados bajo el asfalto, las aceras y esas tierras tan monas que hoy lucen en los jardines como si aquí no hubiera pasado nada.
La vieja industria química IQZ (al fondo aparecen las torres del Pilar)
                    Hemos decidido acometer una de esas rutas populares que todo el mundo conoce: más que nada, para darle un poco de vidilla a las tabas, que ya empiezan a quejarse con ese crujido traicionero. El recorrido serpentea por ambas márgenes del “Flumen Híberus”, o sea, el Ebro, y no es la primera vez que lo hacemos… aunque en anteriores incursiones contábamos con un suplemento de juventud hoy claramente en retirada.
El Ebro
                Así que, en un alarde de previsión casi científica, nos adelantamos a la eclosión de las siempre encantadoras larvas de la mosca negra —criaturicas ellas, tan dadas al afecto epidérmico— y nos plantamos en las orillas del río.
                Arrancamos la caminata en las inmediaciones de la pasarela del Voluntariado, uno de esos legados que dejó la Expo de 2008, tan dada a los grandes lemas y a las obras que, mira tú por dónde, siguen ahí. Firma la criatura el ingeniero Javier Manterola, que algo sabría del asunto.
Pasarela del Voluntariado
                Tomamos rumbo aguas arriba: a la derecha, el río baja con ese caudal contenido, como quien guarda fuerzas para más adelante, a la espera de que el deshielo de las montañas le dé el empujón definitivo y ponga a prueba su carácter. Porque el Ebro, ya se sabe, tiene mucho de símbolo… pero cuando se pone serio, también tiene lo suyo de argumento. El soto de L´Almozara, más humilde que el de la otra orilla, da un toque de auténtica naturaleza.
Un intruso de Judea en el soto de l´Almozara
            A la izquierda asoma el centro deportivo “El Soto”, esa suerte de oasis selecto, concebido para el esparcimiento de quienes llevan galones y, por lo visto, también ciertas prerrogativas en materia de ocio. Un recinto pulcro, ordenado, con ese aire de exclusividad que no necesita decirse en voz alta porque ya lo gritan sus verjas.
            Y, sin embargo, a escasos metros —tan cerca que incomoda—, bajo la sombra de alguno de los puentes, la escena cambia de registro sin pedir permiso: colchones desfondados, enseres de fortuna y esa silenciosa evidencia de quienes juegan en otra liga, bastante menos glamourosa. Zaragoza, siempre tan capaz de yuxtaponer mundos, nos recuerda aquí que la distancia entre privilegio y precariedad no se mide en kilómetros, sino en unas pocas zancadas… y en muchas miradas esquivas. Tengo que decir que la última riada desalojó los puentes, pero pronto volverán a...      
La otra liga
        En dos zancadas —tres si uno se hace el interesante— nos plantamos bajo el “Pabellón Puente”, criatura firmada por la arquitecta Zaha Hadid, que se inspira en las escamas de un tiburón: una piel porosa, futurista y con más personalidad que muchos edificios con pedigrí. Vamos, que no deja indiferente, aunque a más de uno le cueste decidir si está ante una obra de arte o ante un pez de proporciones discutibles.
                Hoy ejerce de centro expositivo dedicado a la movilidad en todas sus versiones: la de antes, la de ahora y la que vendrá, si es que llegamos a tiempo y con batería suficiente. Un lugar donde uno puede reflexionar —o al menos intentarlo— sobre cómo nos movemos… mientras seguimos caminando, que al final es lo único que no falla.
Interior del pabellón Puente
                Seguimos caminando —porque ya puestos, parar ahora sería hasta de mala educación— y en pocos metros nos colamos bajo otro puente, el del Tercer Milenio, criatura del ingeniero aragonés Juan Arenas de Pablo. Nada menos que poseedor del récord mundial como mayor viaducto de arco atirantado en hormigón. Vamos, que no somos de Bilbao, pero cuando aquí se hacen las cosas, se hacen a lo grande, sin medias tintas ni complejos: el nombre no engaña y las dimensiones tampoco.
Maite en el camino

Poco a poco, el paisaje va mudando de traje: lo urbano se afloja la corbata y empieza a oler a tierra. Entre huertos familiares —y otros que uno diría que tienen más de aspiración que de dedicación—, y con la fiel compañía del Ebro marcando el paso, acabamos llegando al puente de la A-2. Por suerte, alguien pensó en los peatones y le añadió una acera, detalle que se agradece cuando no apetece jugarse la vida por cambiar de orilla. Un buen lugar para la auto-foto (me niego a lo de selfie) que certifique que uno también estaba en el lugar.
Autofoto
                    Una vez cruzamos, tomamos el camino que discurre paralelo al cauce y a las instalaciones del “Parque del Agua Luis Buñuel”. Y aquí, amigo, la cosa gana enteros: desde el punto de vista natural, el paseo se pone serio y nos regala el espectacular soto del Ebro a su paso por Ranillas. Un pequeño lujo, casi clandestino, en mitad de la ciudad.
Soto de Ranillas
            Los pájaros —ruiseñor, mirlo, curruca, carbonero…— ponen la banda sonora sin pedir entrada, dejándose ver entre este bosque de ribera donde mandan álamos, olmos, fresnos, carrizos, tamarices y hasta algún árbol del paraíso, que no sé si lo será, pero desde luego lo intenta. Una de esas maravillas discretas que Zaragoza guarda sin mucho alarde, como quien no quiere presumir… pero podría.
            Poco a poco —y sin que las tabas pidan ya negociación colectiva— nos vamos acercando al final del paseo. Seguimos fieles a las orillas de nuestro Ebro volviendo a desfilar bajo los puentes que hace un rato nos parecían toda una hazaña.
            Al llegar de nuevo a la Pasarela del Voluntariado, nos encaramamos a ella con la dignidad que nos queda, rumbo a L’Almozara. Toca recuperar el bus urbano, ese fiel corcel contemporáneo que nos devolverá a casa sin épica, pero con asiento (si hay suerte).
Últimos pasos
            Y es que hoy no conviene tentar demasiado a la resistencia física: tenemos reservado el aperitivo en “el Federico”. Palabras mayores. Porque una cosa es pasear por salud… y otra muy distinta llegar tarde al vermú, que eso sí que no tiene perdón.
        Y al final, casi sin darnos cuenta, queda ese poso que no sale en las fotos ni en los folletos: la certeza de que el viejo “Flumen Híberus” sigue ahí, marcando el pulso de la ciudad con esa mezcla de calma y carácter que le es tan propia. No hace falta que baje crecido, que cuando quiere lo hace, ni que se ponga solemne; le basta con discurrir a su manera para recordarnos que Zaragoza, en el fondo, se entiende mejor caminándola a su lado.
        Porque sí, entre puentes, sotos y veredas, uno descubre que esta ciudad —tan de extremos, tan de golpe de cierzo y golpe de calor— también sabe ofrecer rincones donde el tiempo afloja el paso. Y ahí, andando sin prisa, con el río como compañero y la ciudad respirando alrededor, se cuela algo parecido a la calma… que ya es decir.
            Así que volvemos a casa con las piernas algo más usadas y el ánimo, quizá, un poco más en su sitio. Todo gracias a ese Ebro nuestro, que no será perfecto, pero vaya si sabe hacerse querer cuando uno le concede el paseo.

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