Comienzo con una pequeña explicación, por si te preguntas si esto era una excursión, una peregrinación o una inspección técnica del terreno. Quienes tenéis la santa paciencia de seguir los relatos de este blog, ya sabéis que nos da por ir y venir a golpe de bota por montañas, barrancos y valles de la geografía aragonesa, y de vez en cuando también por alguna tierra vecina, no crean que hacemos patria chica. Casi siempre lo hacemos con el grupo de senderismo Esbarre y, en ocasiones más contadas con el grupo Nordic Walking CAI.
Pues bien, ambos grupos pertenecen a la Hermandad de Antiguos Empleados de la CAI, esa entrañable resistencia organizada que sigue manteniendo vivo el espíritu de aquella vieja caja, aunque, como muchas, acabara absorbida por esos inevitables movimientos bancarios donde las entidades desaparecen con la misma facilidad con la que antes te regalaban una agenda y un calendario al llegar diciembre.
Cada año celebran el Día del Deporte y, en esta ocasión, como no apareció ningún contratiempo doméstico, meteorológico ni reumático que lo impidiera, decidimos sumarnos a la marcha que nos habían preparado por las orillas del río Ebro. Un recorrido muy apacible, ideal para conversar, contemplar el paisaje y fingir durante unas horas que hacemos ejercicio por salud y no por el vermú posterior.
Senderistas y marchadores nos reunimos en el parque de La Granja de Zaragoza, frente al centro deportivo del mismo nombre. La mañana promete: cielo despejado, temperatura amable y ese entusiasmo tan característico de las excursiones colectivas.
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| Preparados |
Arrancamos a caminar por calles todavía medio desperezadas, buscando las orillas del Ebro mientras el grupo iba estirándose como una procesión laica de bastones, mochilas y conversaciones cruzadas. Y en una de esas calles aparece el Palacio de Larrinaga, plantado allí con toda la discreción que puede permitirse un edificio neorrenacentista.
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| Al fondo, Palacio de Larrinaga |
Lo mandó construir el naviero bilbaíno Miguel Larrinaga en honor de su esposa, Asunción Clavero, natural de Albalate del Arzobispo, entre 1900 y 1918; es decir, en aquellos tiempos en que los millonarios enamorados levantaban palacios y no simplemente perfiles de Instagram. El edificio es suntuoso, elegante y algo teatral, como corresponde a las grandes historias sentimentales. Un lugar donde uno imagina bailes, tertulias, conspiraciones de salón y seguramente algún que otro drama doméstico convenientemente disimulado tras los cortinajes. Porque, como toda construcción con pretensiones románticas, el palacio también guarda su correspondiente historia de amor entre las paredes.
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| Un rincón del interior |
Pronto estamos en las orillas del Ebro, en su margen derecha. Allí comprobamos que la organización no ha venido a regalarnos la mañana y nos hace cruzar a la otra orilla por la Pasarela del Azud, esa obra hidráulica levantada para elevar la lámina de agua y permitir navegar a los célebres barquitos de la Expo de 2008.
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| El Ebro, desde la pasarela |
Aquella idea futurista que parecía destinada a convertir Zaragoza en una especie de Venecia con cierzo acabó demostrando que el Ebro tiene bastante más carácter que algunos despachos de urbanismo. Porque el río, empeñado en seguir siendo río y no piscina temática, arrastra limos, ramas y media huerta cuando le da la gana, de modo que los pobres barquitos tocaban fondo con una frecuencia poco compatible con el turismo fluvial de postal. Un fracaso, sí, pero de esos muy nuestros, con obra pública incluida y abundante fe institucional.
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| Sobre la Pasarela del Azud |
Ya en la margen izquierda, el grupo decide que ha llegado el momento de asaltar “La Barca”, un establecimiento providencial donde tomar un absolutamente inmerecido desayuno. Llevamos caminados unos tres kilómetros. Aunque, siendo justos, ciertas necesidades fisiológicas muy humanas también agradecen la parada, porque el senderismo tiene mucho de contacto con la naturaleza y otro tanto de búsqueda urgente de un baño decente.
Con café, churros y dignidad parcialmente recuperada, desandamos el azud y enlazamos con el Camino Natural de La Alfranca, coincidente con el GR-99, esa larguísima ruta de más de seiscientos kilómetros que acompaña al Ebro desde su nacimiento hasta el mar. Nosotros, prudentemente, nos conformamos con un tramo; la épica está muy bien, pero mejor dosificada.
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| Camino Natural de La Alfranca |
Abandonamos luego el camino principal para internarnos por un sendero del Soto de Cantalobos. Lobos no vemos ninguno, pero el concierto de aves compensa la ausencia. Aquello parece un auditorio natural donde mirlos, ruiseñores, moscones y toda clase de músicos emplumados ofrecen un recital, escondidos entre álamos, chopos, sauces, tamarindos, fresnos y carrizos. Un auténtico palacio de la música vegetal y alada, aunque sin necesidad de pagar entrada ni soportar aplausos fuera de tiempo.
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| Por el Soto de Cantalobos |
El bosque resulta un regalo: fresco, sombrío y agradable, recorrido en disciplinada fila india bajo una cubierta vegetal que nos protege de un sol que ya empieza a recordarnos que el verano llegará con muy malas intenciones. Ya tendremos ocasión de tostarnos más adelante, tumbados en alguna playa con chiringuito, cerveza fría y esa firme voluntad mediterránea de no mover un músculo innecesariamente.
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| Un alto en la sombra |
Regresamos al GR-99 para recorrer unos metros más y comprobar, de nuevo, que el Ebro sigue teniendo la fea costumbre de hacer exactamente lo que le viene en gana. El río, que no entiende de senderos homologados ni de planes de mantenimiento, se ha tragado literalmente un tramo del camino.
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| El camino y el río |
Así que quienes transitamos por aquí ya sabemos que toca salvar el obstáculo por un senderillo marcado sobre un campo de alfalfa. Muy bucólico todo, aunque sospecho que el agricultor propietario del terreno no comparte del todo nuestro entusiasmo excursionista.
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| Senderistas sobre el alfaz |
Podríamos continuar río abajo y acabar llegando al Mediterráneo, porque kilómetros no le faltan al GR-99 para semejante empresa. Pero la jornada de hoy no va de hazañas épicas ni de emular a los grandes exploradores; hoy hay juerga al final del recorrido, y eso cambia mucho las prioridades estratégicas del grupo.
Así que giramos noventa grados a la derecha y atravesamos un campo de alfalfa —alfaz, en aragonés, que siempre conviene ilustrarse mientras uno pisotea discretamente la cosecha ajena— para dejar allí nuestras huellas y organizar la inevitable fotografía de grupo. La hacemos bajo un chopo monumental, con más años, más historia y probablemente bastante más paciencia que quien escribe estas líneas.
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| Bajo el chopo |
Tomamos el camino agrícola de La Raya hasta cruzar un puente sobre la línea ferroviaria que lleva a Huesca. El contraste resulta inmediato: dejamos atrás la tranquilidad del soto, los pájaros, la sombra amable de los chopos y la alfalfa, para regresar, poco a poco, a la civilización y sus inevitables síntomas. A partir de aquí volvemos a entrar en la ciudad, con sus avenidas interminables, sus plazas, sus rotondas, sus centros deportivos y sus escaparates de coches deslumbrantes e inalcanzables. Al menos para mí, que los observo con la misma mezcla de admiración y resignación con la que un niño mira el escaparate de una pastelería un lunes de dieta.
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| Caminos de hierro |
Y así, casi sin darnos cuenta, regresamos al punto donde comenzamos esta caminata. Cerramos el círculo después de un agradable paseo por uno de los rincones más hermosos y sorprendentemente tranquilos del Ebro, ese río que atraviesa Zaragoza como si no tuviera ninguna prisa y que, de vez en cuando, todavía consigue hacernos olvidar que vivimos rodeados de semáforos, tráfico y recibos domiciliados...
La Hermandad de Antiguos Empleados de la CAI nos ha preparado un abundante aperitivo y, créeme, a estas gentes podrán faltarles muchas cosas, pero desde luego no las ganas de celebrar nada que incluya conversación, vasos sobre la mesa y platos que se vacían con sospechosa rapidez. Porque hay colectivos que organizan actividades deportivas para fomentar hábitos saludables… y luego están ellos, que entienden perfectamente que el deporte sirve, sobre todo, para llegar con la conciencia tranquila al vermú.
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| El aperitivo |
El mejor final posible llega cuando el presidente toma la palabra y dedica unas líneas de agradecimiento a todos los asistentes y al buen funcionamiento de las distintas secciones de la Hermandad. Pero hay un momento especialmente sentido cuando las palabras se dirigen a Esbarre, que cumple ya veinticinco años caminando montañas, cruzando barrancos y enlazando travesías de esas que terminan dejando huella en las botas y también en la memoria.
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| Caminando montañas... |
Veinticinco años no se improvisan. Detrás hay madrugones, mapas arrugados, kilómetros compartidos, conversaciones interminables en los senderos y el empeño de un pequeño grupo de entusiastas que un día decidió echar a andar sin imaginar probablemente hasta dónde llegaría aquella aventura. Y aquí siguen, bajo la dirección de quienes recogieron el testigo de los fundadores, manteniendo vivo ese espíritu que convierte cada salida en algo más que una caminata: una excusa para respirar aire puro, compartir amistad y reconciliarse un poco con el mundo.
Todo ello queda simbolizado en la placa conmemorativa que se entrega a los representantes del ayer y del hoy, Pepe Navarro y Julián Marco. Un reconocimiento sencillo, pero cargado de significado para quienes saben que las cosas importantes casi siempre se construyen paso a paso.
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Recorrido