sábado, 31 de enero de 2026

PASARELAS DE RELLEU (Circular po el Camí de les Ripalmes)

 Día 29 de enero de 2026
                Es lo que tiene esto de ser mayor, muy mayor: que uno ya no descansa, se administra. Así que allá que nos vamos a la Marina Baja levantina a disfrutar de unos días de asueto (todavía no tengo claro de qué), huyendo del frío patrio y con la secreta intención de engañar al cuerpo para que crea que sigue en edad de guerra. La excusa: buscar algún momento para echar la carcasa a batallar por alguna colina de la zona, que es como hacer deporte pero con paisaje y coartada cultural.
El Mediterráneo en la Marina Baja
            No es la primera vez que aterrizamos por estos pagos y, mochila al hombro —gesto que a estas edades ya cuenta como proeza—, subimos algún altozano con nombre serio: Aitana, Serra Gelada, Bernia, Oltá, Ifach… montañas que suenan a epopeya aunque luego uno suba resoplando como una locomotora vieja.
Passet del Zorro en la ascensión a Aitana (2017)
                Pero este invierno viene juguetón, regalando borrascas a tutiplén, así que nos tiene más recortados que un presupuesto electoral. Aprovechamos, pues, una ventana milagrosa sin lluvia ni viento para darnos un garbeo por un camino histórico y alcanzar el pantano de Relleu, obra del siglo XVII —cuando la gente construía presas sin PowerPoint— y al que ahora le han puesto unas pasarelas de madera que queremos conocer, no tanto por la obra en sí como por poder decir luego que estuvimos allí.
                    Cogemos el buga y nos acercamos a Relleu, precioso pueblo rodeado de montañas que parecen colocadas a propósito para salir en la foto. El Cabeçó d’Or, la sierra de la Grana, el Aguilar y, al fondo, el imponente Puig Campana y la sierra de Aitana hacen de vigilantes jurados de estas tierras tan codiciadas. El resultado es un pueblo de calles estrechas, casas de piedra con mucha dignidad y cuestas que te recuerdan rápidamente que ya no tienes veinte años, lo que le da, eso sí, un encanto muy especial.
Una calle de Relleu
                    Con las mochilas en su sitio (es decir, en la espalda y no en el maletero, como pediría el sentido común), nos paramos ante un cartel informativo de la ruta. En él, un aviso claro como el agua:
“Día 27, por razones climatológicas las pasarelas están cerradas.”
                Como hace buena mañana y ya han pasado dos días —y porque somos optimistas por naturaleza, o inconscientes por experiencia—, decidimos ir p’allá.
                    Por si las moscas, entramos antes en la oficina de información y ¡zas!: nos confirman que siguen cerradas. Luego entenderíamos que con muy buen criterio; de haberse aplicado ese mismo celo el 29 de octubre de 2024, alguna vida se habría salvado.
Maite estudiando el recorrido (incompleto)
            Pero, amigos, a estas alturas ya estamos aquí, así que vamos a hacer la ruta igualmente y, como mínimo, quemar parte de esas calorías tan trabajosamente adquiridas en el bufet libre, que es el verdadero enemigo a batir en esta historia.
            Esta parte del itinerario transita por el Camí de les Ripalmes o del Fasamaís, antiguamente utilizado por las gentes del campo
                Comenzamos caminando en dirección sur, que siempre queda muy decidido aunque uno no tenga claro a dónde va. A nuestra derecha, sobre un montículo como quien no quiere la cosa, se alzan las ruinas del castillo de Relleu, construido en el siglo XII, cuando los castillos eran castillos y no centros de interpretación con horario de oficina. Muy cerca, la ermita de San Albert luce bastante mejor semblante, porque está claro que, a día de hoy, cotiza más ser ermita que castillo: menos mantenimiento y mejor imagen.
Castillo
            El sendero avanza entre mases y cultivos y bancales de almendros, fruto seco que tradicionalmente se ha destinado a la fabricación del turrón tan conocido de esta zona (¡Xixona está muy cerca!). Ahora desciende en dirección sureste hasta cruzar una humilde pasarela que salva el río Amadorio. No es un río de postal ni de novela, pero lleva el agua justa para parecer vivo y convertir el rincón en algo casi salvaje, que siempre queda muy bien decirlo luego. Además, dará de vever a Vila Joiosa (Villajoyosa).
Río Amadoiro
                Durante unos metros caminamos por una pista asfaltada —ese peaje inevitable del senderista moderno— para retomar enseguida un camino que discurre junto al barranco de la Cova, donde descubrimos un antiguo horno o pozo de cal. Vestigio de otros tiempos en los que la gente trabajaba duro sin necesidad de contarlo en redes sociales.
            Alcanzamos finalmente el desvío hacia las pasarelas del embalse de Relleu. Sabemos que están cerradas, pero aun así nos acercamos: la curiosidad y la tozudez suelen ir en la mochila. Abajo, la presa nos informa —más por la forma que por los hechos— de que aquí hay un embalse, porque agua, lo que se dice agua… nada de nada. Nos conformamos con bajar a un mirador y hacer unas fotos a las pasarelas, que para algo han costado el paseo.
Pasarelas del embalse de Relleu
            No quedamos tristes: pasarelas hay a peso por toda la geografía, y especialmente por la nuestra, Aragón, donde uno tropieza con ellas casi sin querer. Así que seguimos tan campantes, con la satisfacción intacta y las piernas moderadamente usadas, que a estas edades ya es todo un éxito.
        Regresamos hasta el desvío para retomar la ruta que nos devuelva al origen, porque todo paseo sensato debe acabar donde empezó, preferiblemente sin necesidad de rescate. 
Por sendero
            El camino desemboca en una carretera que asciende sin compasión, de esas que no tienen otro argumento que el de poner a prueba piernas, pulmones y paciencia. Como único entretenimiento, nos va señalando una vez más a esos vigías que no nos han abandonado en toda la mañana: el Puig Campana y Aitana, coronados con torres y radar militar, recordándonos que, aunque estemos de excursión, siempre hay alguien vigilando.
Puig Campana
Sierra de Aitana
                Poco a poco el cielo empieza a ponerse interesante —oscuro, plomizo y con malas intenciones— y, ya a las puertas de Relleu, caen las primeras gotas. Nada grave: lo justo para darle dramatismo al final del paseo y confirmar que habíamos elegido bien la ventana meteorológica… hasta cierto punto.
No son las puertas de Relleu
                Cerramos la jornada como manda la tradición: con un par de cervezas. Eso sí, sin alcohol, que uno será mayor, muy mayor, pero no inconsciente; y además aquí el menda tiene que conducir de vuelta. La épica, a estas alturas, se mide en llegar al alojamiento entero.
            Y así, sin grandes gestas ni heroicidades que contar en voz alta, damos por terminada la caminata. Ha sido un paseo sencillo, amable, de los que no exigen nada más que calzarse las botas y dejar pasar el tiempo. El terreno, el paisaje y el ritmo tranquilo han encajado a la perfección, sin prisas ni retos innecesarios, como nos gusta ya hacer las cosas.
Detrás el Puig Campan y el cielo preparándose para llorar
            Maite y yo regresamos a Relleu con esa satisfacción serena que solo dan los años compartidos. Caminamos juntos desde hace décadas, y no solo por senderos: basta una mirada, un silencio bien entendido o un paso que se adapta al del otro para saber que todo está en su sitio. No necesitamos grandes cumbres ni hazañas para sentirnos bien; nos basta con seguir andando lado a lado, acumulando kilómetros y recuerdos, confirmando una vez más que el verdadero recorrido es el que seguimos haciendo juntos.
Caminamos...



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Datos técnicos
Recorrido
Perfil
Distancia: 9 Km (con pasarelas serían 800 m. más)
Desnivel positivo: 290 m.
Negativo: idem


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