Día 17 de enero de 2026
Si alguno pensaba que cuatro nubes malencaradas y unas previsiones más negras que un sermón de Viernes Santo iban a achantar a las huestes de Esbarre, es que no nos conoce. Pues nada, que no.
Con un cielo más cerrau que la cabeza de ese personaje que va por el mundo rebuznando amenazas y diciendo que va a invadir lo que no le pertenece, salimos de Zaragoza camino del que fue, por unos meses, el Reino de los Mallos.
Como Dios manda y la costumbre obliga, hacemos parada en Huesca para tomar un café tan inmereciu como imprescindible y recoger al que fuera comandante de este ejército montañero, hoy ya más dado a mandar desde la retaguardia, pero pieza clave, a lo tonto a lo tonto, de la expedición.
El origen del Reino de los Mallos, allá por el siglo XII, viene de una dote bien maja: la que el rey Pedro I de Aragón le entregó a su segunda esposa, Berta, con motivo de sus esponsales. Un detallito sin importancia, vamos: Agüero, Murillo, Riglos, Marcuello, Ayerbe y algunos bienes más por la Hoya de Huesca. Casi nada. Y para el que ande escoscau y no lo sepa, un mallo no es ninguna herramienta, sino esas formaciones rocosas tiesas como malas voluntades, en forma de peña o torreón, con paredes casi verticales, muy propias del Prepirineo.
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| Castillo de Marcuello |
Nuestro destino es el primero de los pueblos mencionados: Agüero, ese que se arroja bajo la sombra de sus mallos, tan impresionantes ahora como útiles fueron entonces. Porque, aparte de imponer respeto, ofrecían unos puntos de observación de primera, ideales para defender este rincón del Reino de Aragón. Y ya se sabe: desde arriba se ve venir al enemigo… y también al bocazas, arriba aludido, antes de que abra la boca.
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| Agüero |
Y hasta aquí hemos llegau. El bus nos deja a las mismas puertas del Camping Municipal de Agüero. Al
look montañero de costumbre le añadimos las prendas impermeables, porque, aunque sin muchas ganas, la anunciada "plevia
" no tarda ni un ratico en presentarse, fina pero cumplidora, como quien viene solo a tocar la moral. Antes de arrancar, cumplimos con el acto que ya es casi religión: Richi saca su "supercámara", con más solemnidad que un notario, para retratar a este grupo animau y bien aveniu, que luego si no hay foto parece que no se ha estau allí. Y ya se sabe: lo que no se inmortaliza, no cuenta… ni aunque caigan chuzos de punta.
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| El Robert Capa de Esbarre |
Los primeros metros los hacemos tirando p’al norte, por las calles empinadas de Agüero, que no están pensadas para flojos, dejando el casco histórico a la derecha, como quien no quiere la cosa pero con respeto, que bien lo merece.
No tardamos en dar con el desvío que sube al Mirador de los Mallos, que se aloja en la base, entre la Peña Sola y el Mallo Castiello. Pero los amigos que ya habían inspeccionado la ruta nos quitan la idea de la cabeza: con la roca mojada aquello está más resbaloso que anguila en fiesta mayor. Y además hoy viaja con nosotros "doña Prudencia", que hablar no habla, pero cuando lo hace conviene hacerle caso. Así que nada de heroicidades de bar: se deja el mirador para otro día y seguimos p’alante, que camino no falta.
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| Peña Sola y Mallo Castiello |
Así que eso, dejamos el mirador para mejores ocasiones y seguimos por una senda bien maja, de las que se andan a gusto, que discurre bajo la impresionante aguja de la Peña Sola, la más oriental de los mallos, y bajo las paredes tiesas y verticales del Castiello y el Salinero que… ¡leches benditas, qué susto! No sabremos si fue cabra, buitre o algún otro bicho, pero un desprendimiento de rocas nos pone el corazón en la boca. Por suerte, los arrastres se quedan más arriba y a nosotros solo nos toca recolocar el alma en su sitio.
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| Mallo Castiello y Peña Sola (susto en la cara norte) |
Con las revoluciones cardíacas ya en modo persona civilizada, seguimos caminando. Abajo, a la izquierda, las aguas del Barranco de la Rabosera descansan en varias "badinas", quietas y pacientes, esperando la siguiente borrasca que las despierte del todo. Al borde del camino quedan los restos de una antigua tejería, recuerdo mudo de aquellos artesanos de la teja que ya sudaban aquí lo suyo mucho antes de que se pusieran de moda las botas con membrana.
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| Barranco de la Rabosera |
No tardamos en alcanzar la cueva de Al-Foraz, poca profundidad pero buen diámetro, lo justo para echar unas fotos, estirar el cuello y mirar las nubes que esbarizan por encima de nuestras cabezas, como si también andaran de paseo. Se trata de una gran oquedad natural formada por la erosión fluvial del conglomerado rocoso.
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| Cueva Al-Foraz |
Toca ahora desandar un tramo del camino para seguir recorriendo esta ruta tan agradecida, hasta plantarnos ante una subida respetable, camino de Carcavilla, bien amueblada con una escalera de troncos peldañeados, tan larga que a más de uno le viene a la cabeza aquella canción de Led Zeppelin: Stairway to Heaven. Y tras sudarla como manda la tradición, alcanzamos el cielo… o sea, el último escalón. Allí nos recibe el collado de Pedro (que uno no puede evitar preguntarse si no será San Pedro el que guarda la puerta).
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| Stairway to Heaven |
Ahora el sendero discurre por la cara norte de los mallos principales, que aquí de mallos andamos sobrados, no vaya a pensar nadie que se acaban. La lluvia, fina pero cansina, no da tregua, y este tramo se nos presenta con el barro justo —ni más ni menos— para darle faena a la lavadora cuando lleguemos a casa. De las botas, casi mejor no decir nada: ellas ya saben lo que han hecho y lo pagarán en silencio, bajo el grifo, como manda la penitencia. No es por casualidad —ni por capricho del mapa— que en este tramo se planten las fuentes naturales de Billa y de los Buitres.
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| Fuente natural |
Con barro y todo seguimos "p’alante y p’arriba", hasta alcanzar un mirador natural desde el que, entre nubes que van y vienen a su aire, se adivina el embalse de La Peña, y también parte de los otros mallos. Peña Rueba, se asoma lo justo, como quien no quiere salir en la foto.
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| Al fondo se adivinan las aguas del Embalse de La Peña |
Poco a poco nos vamos arrimando a lo que, en los papeles y en la cabeza, parecía que iba a ser la cima del día: Punta Común. Pero el piquito está más tapau que una olla en día de fiesta, cubierto del todo por esas nubes que ahora nos obsequian con unos granitos finos que por aquí llamamos "matacabras", de los que no mojan mucho pero calan la moral lo suficiente.
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| Allí debe encontrarse Punta Común |
Así que, sin que nadie ponga pega ni se venga arriba, se decide por unanimidad y con mucho criterio dejarlo para otra ocasión. Hoy manda "doña Prudencia", y cuando manda, se obedece. Total, la montaña no se va a mover. Así que nada, media vuelta y "p’abajo", que también tiene su ciencia.
Ah, amigos… pero claro, lluvia, barro y piedras se ponen de acuerdo —que para eso no necesitan ni reunirse— y hacen que el descenso no sea precisamente un paseo triunfal. El sendero se deja caer por una especie de barranco que se abre paso entre una vegetación tan cerrada como terca: boj, espino, carrasca, zarzas, tomillo… Lo justo y necesario para que aquello que no ha mojado el agua del cielo lo termine de empapar el monte, que aquí nadie se libra.
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| Descenso |
Por suerte, cuando ya divisamos las casas de
Agüero, el camino se civiliza un poco y se convierte en una pista ancha y agradecida, de las que se pisan con alivio, y que nos deja sin más historias a la altura del cementerio del pueblo. Cada uno a lo suyo y todos contentos.
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| Hacia Agüero |
La entrada al casco urbano la hacemos sin perder de vista la iglesia románica de
San Salvador, que se presenta seria y callada. Está cerrada, pero el exterior impone lo suyo. La portada del siglo XII es, sin discusión, lo más destacable, con una decoración escultórica bien
apañada y mejor conservada: cuatro arquivoltas con ajedrezado jaqués y un Pantócrator escoltau por los tetramorfos, que parecen vigilar al visitante desde hace siglos. La torre, rectangular y de tres cuerpos, levantada entre los siglos XVI y XVII, se alza como referencia clara del paisaje de Agüero, firme y sin hacer ruido, como las cosas bien hechas.
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| Portada de San Salvador |
El autobús nos espera allá donde lo dejamos, en el aparcamiento del Camping Municipal de Agüero, y mira tú por dónde, su bar está abierto. Milagro que atribuimos, sin dudarlo, a la buena disposición —y santa paciencia— de un joven camarero que se ha ganado el respeto del grupo sin necesidad de presentaciones.
Si tenemos en cuenta que, por culpa de la lluvia, no hemos parado ni a tomar un triste tentempié, y que la defensa gastronómica ha viajado todo el día bien guardada en las mochilas, sin salir a combate, el momento es perfecto para, ya más o menos aseaos, pedir unas birras como mandan los cánones y proceder a esa digna costumbre de alimentar el cuerpo. Porque el espíritu, a estas alturas, ya ha quedado más que saciado… y bastante mojado, todo sea dicho.
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| ¡Salud! |
Y ya de vuelta a casa, mientras el autobús se desliza por la carretera y el paisaje se va apagando tras los cristales, los pensamientos caminan más despacio. Queda el cansancio bueno, ese que no pesa, y la sensación de haber estado donde había que estar, aunque no se haya tocado cima ni salido el sol.
La montaña ha decidido hoy enseñarnos otra cara, más gris y más húmeda, pero igual de honesta. No ha hecho falta llegar más alto para entenderlo: bastaba con caminar juntos, escuchar el monte, respetar lo que no se dejaba hacer y volver con la mochila un poco más sucia y la cabeza un poco más limpia.
Agüero se queda atrás, con sus mallos firmes y callados, sabiendo que no se van a mover y que habrá otras visitas, otros días y otras luces. Nosotros volvemos, escoscaos y contentos, con la certeza de que estas jornadas, sin grandes gestas ni heroicidades, son las que luego se recuerdan a fuego lento. Y eso, al final, también es llegar.
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Datos técnicos
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| Recorrido |
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Perfil Distancia: 8,2 km Desnivel positivo: 490 m. Desnivel negativo: 490 m. Track |
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