lunes, 19 de enero de 2026

POR LOS MALLOS DE AGÜERO

 Día 17 de enero de 2026
                Si alguien pensaba que cuatro nubes malencaradas y unas previsiones más negras que un sermón de Viernes Santo iban a achantar a las huestes de Esbarre, es que no nos conoce. Pues nada, que no. 
            Con un cielo más cerrau que la cabeza de ese personaje que va por el mundo rebuznando amenazas y diciendo que va a invadir lo que no le pertenece, salimos de Zaragoza camino del que fue, por unos meses, el Reino de los Mallos.
                Como Dios manda y la costumbre obliga, hacemos parada en Huesca para tomar un café tan inmereciu como imprescindible y recoger al que fuera comandante de este ejército montañero, hoy ya más dado a mandar desde la retaguardia, pero pieza clave, a lo tonto a lo tonto, de la expedición.
                    El origen del Reino de los Mallos, allá por el siglo XII, viene de una dote bien maja: la que el rey Pedro I de Aragón le entregó a su segunda esposa, Berta, con motivo de sus esponsales. Un detallito sin importancia, vamos: Agüero, Murillo, Riglos, Marcuello, Ayerbe y algunos bienes más por la Hoya de Huesca. Casi nada. Y para el que ande escoscau y no lo sepa, un mallo no es ninguna herramienta, sino esas formaciones rocosas tiesas como malas voluntades, en forma de peña o torreón, con paredes casi verticales, muy propias del Prepirineo.
Castillo de Marcuello
            Nuestro destino es el primero de los pueblos mencionados: Agüero, ese que se arroja bajo la sombra de sus mallos, tan impresionantes ahora como útiles fueron entonces. Porque, aparte de imponer respeto, ofrecían unos puntos de observación de primera, ideales para defender este rincón del Reino de Aragón. Y ya se sabe: desde arriba se ve venir al enemigo… y también al bocazas, arriba aludido, antes de que abra la boca.
Agüero
            Y hasta aquí hemos llegau. El bus nos deja a las mismas puertas del Camping Municipal de Agüero. Al look montañero de costumbre le añadimos las prendas impermeables, porque, aunque sin muchas ganas, la anunciada "plevia" no tarda ni un ratico en presentarse, fina pero cumplidora, como quien viene solo a tocar la moral. Antes de arrancar, cumplimos con el acto que ya es casi religión: Richi saca su "supercámara", con más solemnidad que un notario, para retratar a este grupo animau y bien aveniu, que luego si no hay foto parece que no se ha estau allí. Y ya se sabe: lo que no se inmortaliza, no cuenta… ni aunque caigan chuzos de punta.
El Robert Capa de Esbarre
                   Los primeros metros los hacemos tirando p’al norte, por las calles empinadas de Agüero, que no están pensadas para flojos, dejando el casco histórico a la derecha, como quien no quiere la cosa pero con respeto, que bien lo merece.
                No tardamos en dar con el desvío que sube al Mirador de los Mallos, que se aloja en la base, entre la Peña Sola y el Mallo Castiello. Pero los amigos que ya habían inspeccionado la ruta nos quitan la idea de la cabeza: con la roca mojada aquello está más resbaloso que anguila en fiesta mayor. Y además hoy viaja con nosotros "doña Prudencia", que hablar no habla, pero cuando lo hace conviene hacerle caso. Así que nada de heroicidades de bar: se deja el mirador para otro día y seguimos p’alante, que camino no falta.
Peña Sola y Mallo Castiello
            Así que eso, dejamos el mirador para mejores ocasiones y seguimos por una senda bien maja, de las que se andan a gusto, que discurre bajo la impresionante aguja de la Peña Sola, la más oriental de los mallos, y bajo las paredes tiesas y verticales del Castiello y el Salinero que… ¡leches benditas, qué susto! No sabremos si fue cabra, buitre o algún otro bicho, pero un desprendimiento de rocas nos pone el corazón en la boca. Por suerte, los arrastres se quedan más arriba y a nosotros solo nos toca recolocar el alma en su sitio.
Mallo Castiello y Peña Sola (susto en la cara norte)
                        Con las revoluciones cardíacas ya en modo persona civilizada, seguimos caminando. Abajo, a la izquierda, las aguas del Barranco de la Rabosera descansan en varias "badinas", quietas y pacientes, esperando la siguiente borrasca que las despierte del todo. Al borde del camino quedan los restos de una antigua tejería, recuerdo mudo de aquellos artesanos de la teja que ya sudaban aquí lo suyo mucho antes de que se pusieran de moda las botas con membrana.
Barranco de la Rabosera
        No tardamos en alcanzar la cueva de Al-Foraz, poca profundidad pero buen diámetro, lo justo para echar unas fotos, estirar el cuello y mirar las nubes que esbarizan por encima de nuestras cabezas, como si también andaran de paseo. Se trata de una gran oquedad natural formada por la erosión fluvial del conglomerado rocoso. Un buen escenario para sacar la foto del grupo.
Cueva Al-Foraz
––A mal tiempo, buena cara––
                Toca ahora desandar un tramo del camino para seguir recorriendo esta ruta tan agradecida, hasta plantarnos ante una subida respetable, camino de Carcavilla, bien amueblada con una escalera de troncos peldañeados, tan larga que a más de uno le viene a la cabeza aquella canción de Led Zeppelin: Stairway to Heaven. Y tras sudarla como manda la tradición, alcanzamos el cielo… o sea, el último escalón. Allí nos recibe el collado de Pedro (que uno no puede evitar preguntarse si no será San Pedro el que guarda la puerta).
Stairway to Heaven
                Ahora el sendero discurre por la cara norte de los mallos principales, que aquí de mallos andamos sobrados, no vaya a pensar nadie que se acaban. La lluvia, fina pero cansina, no da tregua, y este tramo se nos presenta con el barro justo —ni más ni menos— para darle faena a la lavadora cuando lleguemos a casa. De las botas, casi mejor no decir nada: ellas ya saben lo que han hecho y lo pagarán en silencio, bajo el grifo, como manda la penitencia. No es por casualidad —ni por capricho del mapa— que en este tramo se planten las fuentes naturales de Billa y de los Buitres.
Fuente natural
                    Con barro y todo seguimos "p’alante y p’arriba", hasta alcanzar un mirador natural desde el que, entre nubes que van y vienen a su aire, se adivina el embalse de La Peña, y también parte de los otros mallos. Peña Rueba, se asoma lo justo, como quien no quiere salir en la foto.
Al fondo se adivinan las aguas del Embalse de La Peña
            Poco a poco nos vamos arrimando a lo que, en los papeles y en la cabeza, parecía que iba a ser la cima del día: Punta Común. Pero el piquito está más tapau que una olla en día de fiesta, cubierto del todo por esas nubes que ahora nos obsequian con unos granitos finos que por aquí llamamos "matacabras", de los que no mojan mucho pero calan la moral lo suficiente.
Allí debe encontrarse Punta Común
            Así que, sin que nadie ponga pega ni se venga arriba, se decide por unanimidad y con mucho criterio dejarlo para otra ocasión. Hoy manda "doña Prudencia", y cuando manda, se obedece. Total, la montaña no se va a mover. Así que nada, media vuelta y "p’abajo", que también tiene su ciencia.
                Ah, amigos… pero claro, lluvia, barro y piedras se ponen de acuerdo —que para eso no necesitan ni reunirse— y hacen que el descenso no sea precisamente un paseo triunfal. El sendero se deja caer por una especie de barranco que se abre paso entre una vegetación tan cerrada como terca: boj, espino, carrasca, zarzas, tomillo… Lo justo y necesario para que aquello que no ha mojado el agua del cielo lo termine de empapar el monte, que aquí nadie se libra.
Descenso
                    Por suerte, cuando ya divisamos las casas de Agüero, el camino se civiliza un poco y se convierte en una pista ancha y agradecida, de las que se pisan con alivio, y que nos deja sin más historias a la altura del cementerio del pueblo. Cada uno a lo suyo y todos contentos.
Hacia Agüero
                La entrada al casco urbano la hacemos sin perder de vista la iglesia románica de San Salvador, que se presenta seria y callada. Está cerrada, pero el exterior impone lo suyo. La portada del siglo XII es, sin discusión, lo más destacable, con una decoración escultórica bien apañada y mejor conservada: cuatro arquivoltas con ajedrezado jaqués y un Pantócrator escoltau por los tetramorfos, que parecen vigilar al visitante desde hace siglos. La torre, rectangular y de tres cuerpos, levantada entre los siglos XVI y XVII, se alza como referencia clara del paisaje de Agüero, firme y sin hacer ruido, como las cosas bien hechas.
Portada de San Salvador
                El autobús nos espera allá donde lo dejamos, en el aparcamiento del Camping Municipal de Agüero, y mira tú por dónde, su bar está abierto. Milagro que atribuimos, sin dudarlo, a la buena disposición —y santa paciencia— de un joven camarero que se ha ganado el respeto del grupo sin necesidad de presentaciones.
                    Si tenemos en cuenta que, por culpa de la lluvia, no hemos parado ni a tomar un triste tentempié, y que la defensa gastronómica ha viajado todo el día bien guardada en las mochilas, sin salir a combate, el momento es perfecto para, ya más o menos aseaos, pedir unas birras como mandan los cánones y proceder a esa digna costumbre de alimentar el cuerpo. Porque el espíritu, a estas alturas, ya ha quedado más que saciado… y bastante mojado, todo sea dicho.
¡Salud!
                Y ya de vuelta a casa, mientras el autobús se desliza por la carretera y el paisaje se va apagando tras los cristales, los pensamientos caminan más despacio. Queda el cansancio bueno, ese que no pesa, y la sensación de haber estado donde había que estar, aunque no se haya tocado cima ni salido el sol.
                La montaña ha decidido hoy enseñarnos otra cara, más gris y más húmeda, pero igual de honesta. No ha hecho falta llegar más alto para entenderlo: bastaba con caminar juntos, escuchar el monte, respetar lo que no se dejaba hacer y volver con la mochila un poco más sucia y la cabeza un poco más limpia.
                Agüero se queda atrás, con sus mallos firmes y callados, sabiendo que no se van a mover y que habrá otras visitas, otros días y otras luces. Nosotros volvemos, escoscaos y contentos, con la certeza de que estas jornadas, sin grandes gestas ni heroicidades, son las que luego se recuerdan a fuego lento. Y eso, al final, también es llegar.


–––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––




Datos técnicos
Recorrido

Perfil
Distancia: 8,2 km
Desnivel positivo: 490 m.
Desnivel negativo: 490 m.
Track


lunes, 15 de diciembre de 2025

BELCHITE - ALMONACID DE LA CUBA (circular por el vértice del Lobo)

Día 13 de diciembre de 2025
            Última salida del año con el grupo Esbarre. Nos vamos al campo de Belchite a darnos un garbeo de esos que no piden épica ni heroicidades, porque hoy lo importante es echar la mañana con buen humor y rematarla, como mandan los cánones, con un aperitivo alegre y bien servido en alguno de los bares que se esconden bajo los porches de este pueblo cuyo nombre, fíjate qué ironía, viene del latín Belus Locus, “Bello Lugar”.
            Ahora bien, a mí me resulta imposible poner un pie en Belchite sin que se me suba la memoria a la cabeza, esa memoria incómoda que a algunos les da urticaria y que otros quieren enterrar a paladas bajo el eslogan tan repetido como hipócrita de que “hay que borrar el pasado”.
            Ahí siguen las ruinas del pueblo viejo, quietas y tercas, convertidas en monumento involuntario a la sinrazón bélica por orden expresa de la dictadura, que decidió conservarlas intactas en honor al “prestigio de su dolor”. Mientras tanto, no faltan aún hoy voceros de verbo fácil intentando tapar la gran mentira que el dictador soltó con solemnidad: que de aquellas ruinas surgiría una ciudad nueva como homenaje a su heroísmo.
Pueblo viejo de Belchite
            La realidad, como casi siempre, fue bastante menos grandilocuente. A la promesa le siguió la prohibición; a los discursos, el silencio. Cinco mil muertos en dos semanas pasaron a la categoría de molestia histórica, convenientemente olvidada. El Belchite nuevo se levantó a base de trabajo forzado de presos políticos y vecinos señalados, y se inauguró en 1954. Diez años después, el pueblo viejo quedó definitivamente abandonado, con su memoria incluida.
Ruinas del Seminario Menor
            Ya lo he dicho: me es imposible pasear por Belchite sin ese peso a cuestas. Pero hoy estamos en el pueblo nuevo, hoy toca caminar, sudar lo justo y reír lo necesario. Así que, amigos… ¡al lío!
            Estaba previsto arrancar desde el pueblo nuevo, pero la tormenta que se despachó a gusto por estas tierras el pasado verano decidió meter baza y dejó el río Aguasvivas hecho un poema. Total, que cambiamos planes y salimos desde las ruinas del Seminario Menor del viejo Belchite, que también tienen su aquel y no protestan.
Imagen para la memoria
            La mañana amanece con niebla. Nada nuevo bajo el sol —o mejor dicho, bajo la boira— porque en esta tierra recia del Valle del Ebro, cuando el cierzo se toma el día libre, la niebla se adueña de campos y ciudades sin pedir permiso. Pero este grupo, curtido y poco dado al lamento meteorológico, tras la foto de rigor, inmortalizada por la supercámara de Richi, echa a andar por una senda amable, de esas que suben lo justo para poder girar la cabeza a la derecha y saludar, de reojo, al viejo Belchite.
La foto de rigor
            No tardamos en dar con la Nevera de Belchite, vestigio de cuando el frío se almacenaba con paciencia y sin enchufes. Su silueta no engaña: construcción cilíndrica de piedra, bajita, con cubierta abovedada. Y aunque a primera vista pueda parecer una cabaña celtíbera abandonada a su suerte, nada de eso. Era un nevero artificial donde se guardaba la nieve del invierno para convertirla, meses después, en hielo de primera necesidad.
Nevera de Belchite
            Chino chano, entre charrada y charrada —que aquí se camina tanto con las piernas como con la lengua— vamos ganando altura. Ya asoman las antenas de comunicaciones, erguidas como pinos de hierro, coronando el Mojón del Lobo, también llamado Vértice del Lobo. Hasta allí llegamos tras atravesar unos metros de túnel excavado en la roca, que siempre le da un punto aventurero a la excursión. 
Llegando al Vértice del Lobo
                    Desde este enclave artillero del Vértice del Lobo, el ejército republicano tenía bien vigilados a los fascistas. Para horadar el túnel se contó con antiguos mineros de Utrillas, gente con oficio y experiencia, que supo sacar adelante la obra con rapidez y eficacia. Aún quedan restos de trincheras que recuerdan que por aquí no siempre se venía a pasar la mañana. 
Túnel
            Pese a la boira, todavía logramos robarle alguna vista al Campo de Belchite, ya sea con la retina o con las cámaras —que hoy las hay de todos los tamaños, colores y presupuestos—. Siguiendo el curso del Aguasvivas se distinguen Letux, Lagata y Samper del Salz; al sur, si la bruma se diera un respiro, aparecería Lécera; y al norte, la sierra de Alcubierre, donde quién sabe si aún se esconde algún bandido, como en su día lo hizo “El Cucaracha”. Pero, en fin, con la niebla se negocia lo justo: se hace lo que se puede.
Entre la boira
            Pero, amigos, toca bajar, que hoy tenemos cita previa en Belchite y no está la cosa como para llegar tarde. Así que emprendemos el descenso, primero unos metros suaves y luego por un cordal de esos traicioneros que tan pronto bajan como vuelven a subir, pero que compensan el esfuerzo regalándonos buenas vistas. Abajo, las vacas de la granja de Angelín andan a lo suyo, concentradas en llenar el rumen del mediodía con una seriedad digna de estudio.
        Abandonamos el cordal por una bajada de las que hacen pensar dos veces dónde se pone el pie y acabamos desembocando en la carretera CV-645, que recorremos unos metros con ese aire de excursionistas infiltrados en territorio asfaltado, hasta alcanzar el Mirador de la Cuba.
Descenso
            Quienes conocíamos bien este paraje —donde se alza la presa romana de Almonacid de la Cuba, nada menos que del siglo I— nos quedamos con un nudo en la garganta. La tormenta de la que hablaba antes arrasó con todo lo que se cruzó en el camino del Aguasvivas: pasarelas, molino, casas, huertos… La fuerza del agua no dejó títere con cabeza. Eso sí, la presa romana resistió, como si nada. Son escenas que, por desgracia, se repiten cada vez con más frecuencia, aquí y en medio mundo: sequías extremas, inundaciones, DANAs y demás siglas ya tristemente familiares. Todo ello mientras los adeptos del negacionismo climático siguen largando, como si la realidad, empeñada en llevarles la contraria, fuera solo una opinión más.
Video capturado durante el desbordamiento
                            Aquí me detengo un momento para sacar la pizarra invisible y hacer un poco de historia de este rincón tan sorprendente. El río Aguasvivas nos va contando su pasado al oído, empezando por aquella obra colosal que se hizo para encubar el agua —de ahí viene lo de “la Cuba”, que aquí los nombres no se ponen al azar—. Fue, como quien dice, anteayer… es decir, al comienzo de nuestra era cuando los romanos, que no se andaban con chapuzas, levantaron la Presa Romana de Almonacid de la Cuba. Con sus 34 metros de altura y casi 100 de longitud, es uno de los monumentos hidráulicos más importantes del agua en la Hispania romana. Asentada directamente sobre la roca madre, está construida a base de piedras, arena, cal y agua, y revestida con sólidos sillares de piedra, para que el invento durara lo que ha durado. Hoy en día, la presa sigue trabajando, que es lo suyo: hace de puente de acceso a la villa y de azud que desvía las aguas del Aguasvivas hacia la acequia de Belchite y sus ramales, encargados de regar varios miles de hectáreas de la zona. Vamos, que dos mil años después, los romanos siguen dándonos lecciones de ingeniería y aprovechamiento del terreno.
Presa romana
                Llega el momento del descanso preceptivo, ese que no figura en los mapas pero sí en los estatutos no escritos del senderismo. Es hora de sacar el tentempié que cada cual llevaba celosamente guardado en la mochila y dedicar un rato a mover el bigote. Por fortuna, la huella de la riada no se refleja en el área recreativa  de la Cuba, que tomamos al asalto ocupando bancos y rincones sin miramientos ni complejos. Al fin y al cabo, somos cerca de cuarenta esbarristas, todos con buena gana, mejor apetito y ese inconfundible denominador común: el culo blando, pero bien acomodado.
Un alto en el camino
        Retomamos la marcha y, en un momentín, nos encontramos atravesando la localidad de Almonacid de la Cuba —donde Almonacid viene de Al-monastir, “el monasterio” en árabe—. Un par de lugareñas nos ponen al día y nos relatan los daños que la tormenta causó en el pueblo,  sus casas y en las de muchos vecinos, con ese tono tranquilo y resignado que da haberlo visto todo de cerca. La iglesia de Santa María, sin embargo, salió indemne. Y no por intervención celestial ni por milagro de última hora, sino porque está edificada sobre un cerro, en el centro del pueblo. Queda así demostrado, una vez más, que la buena ubicación de las construcciones suele tener más que ver con el sentido común y la orografía que con prodigios divinos.
Iglesia
            Lo suyo habría sido abandonar Almonacid de la Cuba bajando por la fuente de los Cinco Caños y el barranco del Pinar, para luego dejarnos caer un tramo por la orilla del Aguasvivas, en plan bucólico y de postal. Pero la realidad, que es muy suya, se impone: la senda está cortada por el desastre. Así que, pues nada: entre obras hidráulicas de rehabilitación y algún que otro rodeo, cruzamos el río, que ahora baja manso, como si no hubiera roto un plato en su vida. Al otro lado vemos lo que queda de las pasarelas.
            Ahora sí, ahora entramos en sendero de verdad. De aquí a Belchite nos guiará la PR-Z 80, con sus marcas blanquiamarillas, esas que dan tanta tranquilidad cuando aparecen donde deben y tanta inquietud cuando desaparecen.
Un vistazo a lo que queda de las pasarelas
            A nuestra izquierda, el río discurre con calma hasta llegar al estrecho de Malpasillo y precipitarse sobre el Pozo de los Chorros, accesible desde esta margen. Pero nos conformamos con contemplarlo desde aquí arriba, unos 30 metros por encima, que tampoco estamos para heroicidades. El vado que permitía cruzar a la otra orilla… missing. Desaparecido en combate. Más adelante, eso sí, cruzamos sin mayor problema, que el río hoy anda de buen humor.
El Aguasvivas en el estrecho de Malpasillo
            Ya solo queda volver camino de Belchite, observando las paredes de la margen derecha del río, donde se distinguen algunas buitreras. Aunque aquí abajo, a nuestro paso por la Balsa de Escaramachales, los protagonistas alados son otros: los cormoranes, que al ver acercarse a esta cuadrilla deciden, muy sensatamente, poner tierra —o agua— de por medio.
Balsa de Escaramachales
                El final de la caminata discurre por el viejo trazado del tren minero que unía Utrillas con Zaragoza. Un ferrocarril de vía estrecha, de un metro, que arrancaba en los lavaderos de las minas, donde el carbón se lavaba y se cargaba en los vagones. La traza hasta Zaragoza era de todo menos cómoda: viaductos, túneles, puentes, trincheras, pasos a nivel… un catálogo completo de obras de fábrica. La línea llegaba a Zaragoza a la estación de Cappa, más conocida como Utrillas, llamada así por el ingeniero melillense León Cappa y Béjar, que mandó construirla al fundar en 1865 la Compañía del Ferrocarril de Zaragoza a Escatrón.
Antiguo trazado del ferrocarril
            De todo aquello queda en pie, aunque con alguna que otra cicatriz, el edificio de la estación de Belchite y las pilastras del viaducto que salvaba el Aguasvivas. Restos suficientes para recordar que por aquí también pasaron trenes… y bastante historia.
Pilastras del antiguo viaducto del tren de Utrillas
            Ya estamos de vuelta en Belchite. Recorremos la orilla del estanque, donde patos y algún gato se disputan el honor de llevarse el mejor bocado, en una competencia silenciosa pero muy profesional. Eso sí, de bocados, los de verdad, los que no admiten rival alguno, están aún por llegar… y nos los vamos a meter al cuerpo nosotros.
Estanque de Belchite
            Porque los jefes de la "manada Esbarre", previsores y generosos, nos han reservado mesa en un garito del pueblo. Toca despedir el año como manda la tradición: sentados, relajados y con algo decente delante del plato. Y, ya puestos a pedir, brindamos para que en el próximo 2026 sigamos recorriendo la geografía aragonesa… y, si se tercia, alguna otra más allá, que las piernas aún responden y las ganas, de momento, no faltan.
Link de dedito para el próximo año
                Y así, entre risas, vasos que se vacían y recuerdos que ya empiezan a tomar forma de anécdota, damos por cerrada esta jornada. Quedan los caminos andados, los paisajes compartidos y esa complicidad silenciosa que solo nace cuando se camina juntos, al mismo ritmo, durante horas. Belchite nos despide con su carga de historia, de memoria y de vida cotidiana, recordándonos que cada paso es también una forma de mirar el pasado sin miedo y el futuro con ganas. Nos vamos sabiendo que lo importante no ha sido solo la ruta, sino el grupo, la charla, el gesto amigo y la certeza de que mientras sigamos encontrándonos en los caminos, habrá días que merezcan ser vividos.
        Hasta la próxima salida, amigos. Que el año que viene nos regale salud, senderos y muchos momentos como este.

            Pd.- Una abrazo, personalizado en Goyo, a las gentes de "Senderistas de Belchite".


–––––––––––––––––––––––––––––––––––––––



Datos técnicos




lunes, 17 de noviembre de 2025

EL PUEYO DE JACA (circular por la cabaña Yanel)

 Día 15 de noviembre de 2025
        Allá quedó el Perú, distante en la geografía, pero siempre cercano en la memoria y en el corazón, como un rincón que permanece vivo en cada recuerdo.
        Pero hoy toca volver a la rutina, esa hermosa rutina que ya casi nos pide ella misma la tarjeta de fidelidad. 
            Noviembre tras noviembre, los amigos de Esbarre nos organizan una salida al monte “para todos los públicos”, sencilla, manejable y calculada para terminar a una hora decente, no vaya a ser que lleguemos tarde a lo realmente importante: la celebración anual. Pero de eso ya rajaremos luego; ahora, al lío.
        Aunque las previsiones meteorológicas prometen “chipiarnos hasta l’ombligo” —como si no nos hubiera llovido nunca—, ahí vamos unos cuarenta valientes subiéndose al bus al mando de Pablo, que ya es más capitán que conductor, visto lo bien que nos lleva siempre a buen puerto. Esta vez ponemos rumbo al norte, por la siempre entrañable autopista mudéjar, esa obra “semper imperfectus” que parece tener vocación de eterno borrador.
        Paramos en Huesca para recoger a los oscenses, cuya heroicidad consiste en madrugar menos que nosotros, y seguimos hasta Senegüé a por un café con lo-que-sea, imprescindible para despejar cabezas y aliviar vejigas. 
        Antes de reemprender la marcha nos reparten los dos tomos de “Toda una Historia”, donde se recogen las primeras 300 salidas de Esbarre, por si alguien necesitaba pruebas documentales de que ya llevamos muchos kilómetros en las piernas.
        Pablo nos deja en El Pueyo de Jaca, a orillas del embalse de Bubal, un poco escaso de agua, como si estuviera a dieta. Seguro que las lluvias y nieves que vienen lo animan y le devuelven un poco del líquido elemento.
        Efectivamente, está lloviendo. Qué sorpresa, ¿verdad? Así que no queda otra que enfundarnos el modo “impermeable integral” antes de arrancar… y, por supuesto, posar para el selfi de grupo de rigor, ese que la supercámara de Ricardo siempre consigue sacar impecable. No la cambies nunca, Richi, que luego nos descolocas el ecosistema.
El selfi grupal
            Avanzamos unos metros por la carretera hacia Hoz de Jaca, pero enseguida nos desviamos por un sendero que se mete en un robledal precioso. Los árboles, muy considerados ellos, se han quitado el follaje y nos lo han dejado modo alfombra roja para nuestro paseo.
            Pasamos bajo unas rocas y Valentín —que ha vuelto a dejarse caer con esta banda— me comenta que por ahí entrenan los equipos de rescates. Zona de escalada, dice. A nosotros, por suerte, nadie nos ha pedido trepar hoy.
Primeros pasos sobre la alfombra
            Ha dejado de llover y el sendero decide empezar a subir sin ningún tipo de compasión, lo cual nos anima a ir soltando capas. Tranquilidad, que hoy llevamos puesto el “modelo cebolla”: puedes pelar lo que haga falta sin problema.
            A medida que ganamos altura, al roble se le van sumando el haya, el boj… todo ello decorado con su imprescindible vestidito de musgo verde, que aquí nadie sale sin arreglar.
Hermoso sendero
            Durante un tramo seguimos el PR-HU.92 hasta abandonarlo en el collado Puyalones, que nos regala buenas vistas. El gran espectáculo otoñal ya pasó —esas pasarelas de colores dorados y rojizos ya no están en cartel—, pero aún quedan postres del menú de temporada. Abajo, el Valle de Tena duerme tan tranquilo, esperando la nieve… y con ella las caravanas de coches buscando el famoso meteorito blanco que cubra las pistas. Al otro lado, la sierra de Partacua juega al escondite tras las nubes.
Paleta de colores
            Llegamos a la cabaña forestal de Yanel, nuestra cota máxima del día. Buen sitio para un descansito. Pequeño, eso sí, que vamos con horario de oficina montañera.
                    Seguimos el camino, que ahora nos pide vadear el barranco Yanel. Nada que temer: lo cruzamos con la soltura que caracteriza a este grupo, mezcla precisa de experiencia, equilibrio y fe ciega en no acabar con el calcetín empapado. 
Barranco Yanel
            El sendero se convierte en camino, y ese camino me trae recuerdos de la última vez que lo esquié… pero, para no provocarte lipotimias, omitiré la fecha. Digamos simplemente que los esquís aún eran con sujeción de correas.
            Y sí, ya empiezan a aparecer las instalaciones de las pistas de Panticosa. Así que, fingiendo que hay nieve —que no la hay, aunque se la espera—, nos dejamos caer campo a través por una de las pistas, que nos deposita unos metros más abajo sin pedir explicaciones, eso sí, nos permite disfrutar más, si cabe, del paisaje que nos rodea.
Otra mirada
        El recorrido se suaviza y la senda vuelve a sacar su mejor gala. A la belleza visual se le suma la auditiva: las aguas del barranco Travenosas primero, y del río Bolática después, rugen con la misma autoridad que un jefe cabreado un lunes por la mañana.
        Entre claros que se abren en el bosque empezamos a distinguir algunas construcciones de Panticosa, ese pueblo que un día vendió su belleza a cambio de hierro y ladrillo. Caballero es don dinero, y ya sabemos cómo negocia.
Panticosa
                Pero lo que nadie pudo ni podrá vender jamás es el cariño con que el río Caldarés —ese que nace más arriba todavía de lo que suben nuestras ganas, en los Ibones Azules— recibe las aguas del Bolática. Y esperemos que siga así, que bastante hemos vendido ya en estos valles.
Río Caldarés
                Por nuestra parte, con la misma mezcla de cariño y admiración con la que se mira a un perro ajeno muy bien educado, seguimos el curso del Caldarés hacia abajo. Gracias a las lluvias de estos días baja con una desvergüenza y un ímpetu que casi te dan ganas de aplaudirle.
            Pasamos a la margen derecha cruzando el puente de Las Palizas: madera, estrecho, largo y con el río muy por debajo de nuestros pinreles, lo justo para que alguno piense “mira que si resbalo ahora”.
El Caldarés, visto desde el puente de Las Palizas
            El sendero desciende hasta casi rozar la orilla, y en algún punto el paso está equipado con sirgas y gradas metálicas, por si a alguien le pareciera poco interesante el paseo.
Un ayudita
            Un par de cuestecicas más, ora p’arriba, ora p’abajo —que aquí nadie se aburre— y ya estamos en el Pueyo de Jaca, cerrando esta sorprendentemente bonita ruta circular. Y, para rematar, la lluvia ha decidido ausentarse en toda la ruta. Ha debido de tener otro compromiso.
            Aquí nos espera el buen Pablo, nuestro piloto oficial, listo para llevarnos a Larrés. Eso sí, antes hace una parada técnica en Senegüé, donde algunos habían dejado el buga y otros necesitaban remojar el gaznate, no fuese a ser que la deshidratación hiciera estragos en plena celebración.
Final de etapa
            Al llegar a Larrés, el asalto a las mesas es inmediato y sin contemplaciones. Procedemos a dar buena cuenta de los pucheros que nos van a servir, del vino que —con prudencia, pero tampoco exageremos— hemos de catar, y de los postres que, faltaría más, nadie está dispuesto a perdonar. Así somos, amigo: gente de buena gana y mejor saque.
En el comedor
            Con la faena bien rematada, el “boss Julián” nos dedica unas palabras agradeciendo que, un año más, Esbarre ha cumplido el objetivo. También nos suelta que el calendario para 2026 ya está listo, recién horneado y humeante. Agradece el buen hacer de esta tropa, especialmente de la junta, a la que hoy le ha brotado un nuevo miembro: Celso.
            Hay también un reconocimiento para la Hermandad de antiguos empleados de la CAI, que, dicho sea de paso, cumple 70 añazos. Y un último agradecimiento para quienes se han dejado las pestañas preparando esos dos tomos que recogen las 300 primeras salidas de Esbarre, en especial Jesús Ruiz, cabeza pensante e impulsor de la idea. Un aplauso para él, que se lo ha ganado más que de sobra.
Unas palabras
        Y tras las palabras llega el sorteo de los lotes de los ricos productos gastronómicos de Teruel que, por cierto, el que suscribe es uno de los agraciados.
        Y así, entre senderos que nos mojan las botas y momentos que nos calientan el alma, cerramos otra jornada para guardar en la mochila de los buenos recuerdos. No importa si llueve, si hay cuestecicas de más o si el camino se empeña en ponernos a prueba: lo que de verdad sostiene cada paso es la compañía, la risa compartida, el “¿cómo vas?” sincero y ese cariño silencioso que se teje sin proponérselo. Un año más hemos caminado juntos, y un año más comprobamos que Esbarre no es solo un grupo: es una forma de estar, de acompañar y de celebrar. Que nunca nos falten rutas por descubrir, historias que contar ni amigos con los que seguir llenando páginas. Porque al final, lo que importa no es llegar lejos, sino llegar juntos.


–––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––


Datos técnicos