Día 23 de mayo de 2026
Hoy toca intentar la subida que en aquella jornada desapacible, de hace un año, tuvimos que abortar con más dignidad que ganas y refugiarnos en el siempre socorrido “plan B”, ese invento moderno para disimular retiradas estratégicas. Pero mira tú por dónde, hoy el panorama es bien distinto: un día más propio de agosto que de mayo, con un calor que haría sudar hasta a un lagarto de secano.
Eso sí, a los que niegan la velocidad a la que se nos está cocinando el planeta, curiosamente no los veo por aquí. Deben de andar atrincherados en la comodidad del sofá, abrazados al mando del aire acondicionado y poniendo el aparato a toda máquina mientras pontifican sobre “ciclos naturales”. Admirable compromiso con la ciencia de salón.
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| Yebra de Basa, bajo Santa Orosia |
Al lío: entre los que partimos de la Caesaraugusta, los que recogemos en Osca y los que se incorporan en el Hostal de la Ippa —me estoy romanizando a pasos agigantados gracias a mi profe Mostalac— sumamos la nada desdeñable cifra de 35 gladiadores en busca de aventura, épica y, con suerte, sombra.
En la última de las paradas mencionadas descabalgamos del autobús, hoy conducido por el bueno de Pablo, para tomar unos cafés —o lo que cada cual considere medicina preventiva— y aliviar vejigas, que ya se sabe que la naturaleza llama siempre en el peor momento.
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| Una de romanos |
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| San Lorenzo |
Dejamos atrás el templo y comenzamos la marcha por calles donde manda la arquitectura de montaña de toda la vida: sólidas paredes de piedra, tejados inclinados capaces de aguantar medio Pirineo encima y chimeneas coronadas con sus correspondientes espantabrujas, no vaya a ser que además de calor tengamos visita de malos espíritus o, peor aún, de urbanistas modernos.
Nuestros pasos se encaminan hacia la famosa “Ruta de las Ermitas”, que ya el nombre suena a mezcla de penitencia medieval y excursión patrocinada por fabricantes de rodilleras.
A la salida de Yebra nos recibe una escultura de hierro dedicada a Alfonso Villacampa (1889-1981), hijo ilustre del lugar, representado con el chiflo y el salterio. Hombre sabio: mientras otros dejaban herencias de pleitos y fincas mal repartidas, él contribuyó a recuperar el baile y la música tradicional del valle.
"Tu fués por muitas añadas
mosico do nuestro danze
y amés como güen montañés
toas ixas costumbres bellas
que fan pincha a nuestra tierra.
Asinas fan recordanza de tu,
y de toz os nuestros antesapasaus/
os fillos do tuo lugar
Yebra de Basa, 25 de junio de 1995"
«Tú fuiste por muchos años músico de nuestro dance y amaste como buen montañés todas esas costumbres bellas que hacen hermosa a nuestra tierra. Así hacen recuerdo de ti, y de todos nuestros antepasados, los hijos de tu pueblo, Yebra de Basa, 25 de junio de 1995.»
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| En honor a Alfonso Villacampa |
La primera que encontramos es la ermita de l’Angusto. Cuenta la tradición que fue exactamente aquí donde el pastor de Guasillo se detuvo, sorprendido al escuchar el sonido de las campanas mientras transportaba la reliquia de la Santa hacia el pueblo.
Entre margas, tomillos y otras plantas aromáticas que convierten el sendero en una especie de ambientador pirenaico de lujo, pasamos junto a la ermita d’as Escoronillas, enclavada en un paraje montañoso de gran belleza y aún mayor carga tradicional, muy vinculada también a la leyenda de Santa Orosia. Aquí las historias milagrosas brotan con más facilidad que las fuentes.
Más adelante el entorno se vuelve especialmente agradable. Algunas flores nos recuerdan que seguimos en mayo, aunque el sudor que mana de los esbarristas haga pensar más bien en una travesía por Monegros en hora punta. Alcanzamos entonces la ermita d’as Arrodillas, abrazada a una enorme roca donde la devoción popular asegura ver las huellas de Santa Orosia. Yo, que debo de tener el espíritu místico averiado, no consigo distinguir huella alguna; quizá haga falta fe… o mejor graduación en las gafas.
Seguimos ganando metros y, allá arriba, aparece la cascada del barranco de Santa Orosia. Aunque mucho más abajo, nos detenemos porque, aunque no tenga categoría oficial de ermita, sus aguas y este rincón nos conceden dos milagros infinitamente más útiles a estas alturas de la jornada: agua fresca y sombra. Y eso sí que mueve montañeros a la devoción inmediata.
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| En el barranco de Santa Orosia |
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| Caminando entre el boj |
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La devoción a Santa Orosia sigue impregnándolo todo. Aquí las piedras tienen historia, las cuevas milagro y cualquier repecho viene acompañado de una explicación hagiográfica ofrecida con absoluta convicción por quien mejor conserve el resuello.
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| Uno de Jaulín en San Cornelio |
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| El milagro del agua |
En uno de los muchos abrigos que forma la roca distinguimos una cabra junto a su cabrito recién nacido. Nos observan pasar en silencio mientras nosotros seguimos camino procurando no molestar. Hay momentos en los que el respeto pesa bastante más que la curiosidad.
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| Nos observan |
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| Mirador |
A nuestros pies, Sabiñánigo exhibe orgullosa su pasado industrial, con ese aire de ciudad que vio mejores humos y peores planes urbanísticos. Más allá, Peña Oroel vigila desde su cima el ir y venir de las gentes de Jaca
Giramos la cabeza hacia el Oeste y aparece Peña Canciás contemplando las montañas más espectaculares del Pirineo con la serenidad de quien sabe perfectamente que juega en primera división paisajística. Hacia el sur se distingue con claridad la Sierra de Guara, con el Tozal y su hermano Fragineto destacando sobre el horizonte como viejos patriarcas de piedra. Y sobre nuestras cabezas, dominándolo todo, el monte Oturia. Mientras tanto, al Norte, una vez más, el Pirineo despliega su catálogo de gigantes: Collarada, Taillón, Brecha de Rolando, Casco, Sorores, Marías… todos ellos todavía tocados por la nieve caída este invierno, que por fin decidió trabajar un poco después de temporadas bastante raquíticas.
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| Oturia |
Junto al santuario brota una fuente de tres chorros de agua fresca donde, según cuentan, la propia Orosia calmó su sed. Y viendo el calor que arrastramos hoy, uno comprende perfectamente el milagro: encontrar agua fría aquí arriba vale más que media canonización. Al otro lado aparece la llamada “casa nueva de los romeros”. El nombre no deja mucho margen a la imaginación: cada 25 de junio este lugar se llena de gentes llegadas de numerosos pueblos del Alto Gállego para celebrar la tradicional romería.
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| La fuente de la Orosia |
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| El palotiau |
“La joven Orosia de Bohemia fue elegida para casarse con Fortún Garcés, heredero del trono de Sobrarbe, en tiempos en que los primeros reinos cristianos pirenaicos resistían el empuje musulmán. Una partida sarracena encontró a la comitiva refugiada en el monte Oturia mientras viajaban al encuentro del futuro esposo. Según la tradición, el capitán musulmán, Aben Lupo, quedó prendado de la belleza de Orosia y le exigió marchar con él. Ella, firme en sus convicciones y seguramente bastante harta de tanto insistente, se negó repetidamente. La respuesta fue brutal: terminó decapitada. Dos siglos después, un pastor encontró sus restos. La cabeza permaneció en Yebra de Basa, donde murió, mientras el cuerpo partió hacia Jaca, ciudad que desde entonces también profesa enorme devoción a la santa”.
Y así, entre historia, fe, mito y montaña, uno acaba comprendiendo que en el Pirineo las leyendas no se cuentan: simplemente siguen caminando entre las piedras.
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| ¡Cuántas leyendas se encierran en los Pirineos! |
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| Buena cuadrilla |
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| El llano, antes de la bajada |
La senda baja estrecha, húmeda, florida y sombría. Las hayas dominan buena parte del descenso, envolviéndolo todo en una frescura que nuestras espaldas agradecen como si fuese aire acondicionado natural, mucho más ecológico que el de los negacionistas del clima instalados en sus sofás urbanos.
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| Agradable bosque |
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| Barranco d´as Gargantas |
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| San Andrés, en Satué |
Pese a que Pablo —que al volante acostumbra a obrar milagros comparables a los de la santa— no ha podido llegar hasta este punto, todavía nos toca caminar un poco más de lo previsto hasta el cruce con la carretera de Lárrede.
Finalmente, nos acicalamos mínimamente para el regreso, pues debemos parar de nuevo en el mismo garito de la mañana y dejar el barril de cerveza más seco que la toalla de un guiri en Benidorm a las ocho de la mañana.
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| ––Hay que rehidratar (foto de R. Mateo) |
Pero luego llegaremos a casa, nos ducharemos con más emoción que elegancia, encenderemos el televisor y el mundo regresará de golpe con toda su crudeza. Descubriremos entonces que, mientras nosotros íbamos de ermita en ermita buscando sombra, agua fresca y un poco de aventura, hay quienes ya no tienen siquiera un camino por el que transitar. Mientras brindamos alrededor de una cerveza fría y vaciamos barriles con entusiasmo casi científico, otros cuentan pérdidas que no caben en ninguna palabra ni encuentran consuelo posible en ninguna celebración.
Cuesta encajar esa distancia. La de un día hermoso en la montaña frente a la devastación que sigue golpeando el Cercano Oriente, donde decenas de miles de vidas se han apagado bajo decisiones tomadas muy lejos del barro, del miedo, del hambre y de la muerte real. Sobran discursos, banderas y nombres propios. Lo que sigue faltando, tercamente, es humanidad.
Y quizá por eso mismo conviene recordar días como este. Porque caminar juntos, compartir agua, comida, silencio y paisaje debería ser lo normal entre los seres humanos y no una excepción afortunada reservada a quienes hemos tenido la inmensa suerte de regresar a casa.
Mañana volveremos a nuestras rutinas, a las prisas y al ruido. Pero ojalá algo de esta montaña —de su calma, de su verdad desnuda y de su humildad— se nos quede dentro el tiempo suficiente como para seguir mirando el mundo con un poco más de conciencia y bastante menos indiferencia.
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