Día 20 de junio de 2026
Ya han pasado seis días. Una eternidad para mis estándares narrativos, que suelen moverse entre la inmediatez periodística y la desmemoria selectiva. Pero, finalmente, reúno el valor necesario para enfrentarme a este infierno zaragozano —43 ºC a la sombra; al sol, según algunos expertos, se funden hasta las malas ideas— y sentarme delante del teclado para contar la última escapada que perpetramos los amigos de Esbarre.
Madrugamos un poco más de lo habitual. El autobús va bajo el mando de Luis, que lo conduce con la misma serenidad con la que otros pelan patatas. De camino, en la Osca, recogemos al aguerrido Ruiz, antiguo comandante del ejército esbarriano, veterano de mil campañas senderistas y compañero de lujo en cualquier aventura que implique sudar la camiseta y castigar las rodillas.
Hacemos la preceptiva parada en l’Aínsa para administrar cafés, carajillos, brebajes diversos y, sobre todo, aliviar vejigas que ya empiezan a reivindicar su derecho a la independencia. Cumplidos estos trámites de máxima importancia estratégica, retomamos la marcha y, sin apenas demora, nos plantamos en Bielsa, hermosa villa que ejerce de elegante antesala del Valle de Pineta (de inolvidables recuerdos para Maite y para mí), entre otros.
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| Bielsa (Ayuntamiento) |
Allí ya solo queda ejecutar el ritual de siempre: calzarse las botas, embadurnarse con ungüentos antisolares dignos de alquimista medieval, cargarse la mochila a la chepa y posar con estudiada naturalidad para que Ricardo inmortalice, una vez más, ese instante en que todos aparentamos frescura, energía y optimismo antes de que la montaña se encargue de poner cada cosa en su sitio.
Foto hecha, excusas agotadas y marcha engranada. Y p'arriba.
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| Autofoto grupal |
Salimos desde el aparcamiento que hay a la entrada de Bielsa, justo donde el río Barrosa entrega obedientemente sus aguas al Cinca. Tomamos la senda PR-HU 137 que, fiel a una vieja costumbre de los senderos pirenaicos, decide que lo mejor es quitarnos las alegrías de golpe y nos invita a afrontar desde el principio la subida más seria de toda la jornada.
El camino gana altura bajo un bosque fresco y agradecido donde predominan jóvenes hayas, fresnos, abedules y avellanos, todos ellos escoltados por un ejército de boj que parece ocupar hasta el último rincón disponible.
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| Por la PR-HU.137 |
La cuesta termina cuando alcanzamos el sendero que viene desde el embalse de Pineta. A partir de aquí nos incorporamos al antiguo camino de servicio construido a comienzos del siglo pasado para levantar y mantener el Canal del Cinca. La obra conduce el agua desde el embalse de Pineta hasta la central hidroeléctrica de Lafortunada, y buena parte de su recorrido está excavado en impresionantes cortados rocosos que regalan magníficas vistas del alto valle del Cinca.
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| El canal se esconde |
El sendero avanza paralelo al valle, unas veces junto al canal y otras, literalmente, sobre él. Aparece cincelado en paredones de considerable verticalidad o los atraviesa mediante pequeños túneles abiertos donde la roca parecía empeñada en cerrar el paso.
Este es, en esencia, nuestro recorrido: una ruta cómoda, sin más desniveles que algunos caprichosos sube y baja, destinados a que nadie se acomode demasiado. Sin embargo, algunos pasos aéreos, convenientemente protegidos con sirgas, añaden un punto de emoción y nos permiten disfrutar de panorámicas realmente hermosas.
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| Camino excavado en la roca |
Por el camino aparecen las ruinas de los antiguos barracones y de otras instalaciones utilizadas por los trabajadores que hicieron posible esta obra. Verdaderos protagonistas de una empresa que, vista hoy, sigue despertando admiración. Gracias a ellos no solo tienen electricidad los pueblos del valle; también disfrutamos de este magnífico sendero que unas veces discurre sobre las losas de hormigón que cubren el canal y otras acompaña las aguas que desaparecen en túneles excavados a golpe de esfuerzo y perseverancia.
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| Piedras con historia |
Y así como el agua sigue disciplinadamente su curso, nosotros avanzamos también entre canchales, túneles, cornisas talladas en la roca y tramos de vertiginosa factura. Atrás queda la amable sombra del bosque y entramos en territorio del astro rey, que a estas horas trabaja con notable entusiasmo para recordarnos que el verano aragonés no admite medias tintas.
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| Abajo, el Cinca: arriba, el cielo; entre uno y otro... |
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| Aquí estamos |
Con las emociones que provocan los tramos aéreos compitiendo seriamente con el sudor que mana de nuestros poros, alcanzamos la GR-19, la senda que se dirige hacia Tella. Hace trece años seguimos ese camino en sentido contrario; hoy, algo más maduros, la tomamos hacia nuestro destino aprovechando que todo apunta cuesta abajo.
La bajada es decidida, de esas que agradecen las piernas al principio y cuestionan las rodillas al final. Discurre entre grandes pinos que ponen todo de su parte para proporcionarnos sombra, pero el sol, que lleva toda la mañana demostrando una encomiable ética de trabajo, consigue colarse por cualquier resquicio y seguir calentándonos con notable eficacia.
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| De bajada |
Finalmente, trescientos cincuenta metros más abajo, alcanzamos el fondo del valle. Ya solo queda cruzar la carretera A-138, esa que conduce hacia las Galias, recorrer un corto tramo de la vieja carretera de Salinas y llegar hasta el autobús, estratégicamente estacionado junto al mismísimo Mesón de Salinas.
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| Salinas de Sin |
Allí cumplimos con otro de los rituales irrenunciables del montañismo ilustrado: el lavado del gato, breve pero reconfortante, seguido del asalto perfectamente organizado al barril de cerveza. Mientras las jarras van y vienen con sospechosa rapidez, damos buena cuenta de las viandas que hemos transportado durante toda la jornada y que, tras varias horas de peregrinación y un oportuno recalentamiento al sol de la mochila, alcanzan ese punto de sabor que únicamente concede el hambre bien trabajada.
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| Hidratación final. (Foto de R. Mateo) |
Y así termina otra jornada de montaña, de esas que empiezan como una simple ruta y acaban quedándose a vivir un poco en la memoria.
Quedan atrás los miradores, las subidas, el canal y el sol implacable, pero lo que de verdad permanece no es el desnivel ni el sudor, sino la compañía. Esa mezcla ya clásica de esfuerzo compartido, bromas repetidas y silencios cómodos que solo se dan cuando el camino es bueno… y la gente también.
Mientras el autobús nos devuelve poco a poco a la rutina, repaso en mi interior mi propio álbum de imágenes: un paisaje, una risa, un tramo imposible o simplemente la sensación de haber estado donde había que estar.
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