domingo, 12 de julio de 2026

DE LIZARA A ESTANES (por el Valle de los Sarrios e ibón d´Estanés)

Día 11 de julio de 2026
                    No es la primera, ni la segunda, ni me atrevería a jurar cuál, la vez que uno anda escarceando por estos hermosos e impresionantes andurriales. He pasado por aquí en primavera, en otoño, en invierno y en verano; ahora bien, con una chicharrina como la que se ha empeñado en instalarse este año en Aragón, eso ya es otra historia. Hasta las piedras parecen buscar la ausente sombra.
Otoño de 2014 (en el valle de los Sarrios)
                En esta ocasión, contando a los que hemos ido recogiendo por el camino —que el autobús parecía más una ruta de reparto que una excursión—, somos 34 miembros d'Esbarre los que hacemos un alto en el Puen d'a Reina de Chaca. Unos cumplen con el sagrado rito del café; otros, más innovadores, optan por combustibles alternativos. Y todos, sin excepción ni debate posible, aprovechamos para aliviar las vejigas, que también tienen sus derechos y saben hacerse oír.
                Cumplidas tan nobles e inaplazables obligaciones fisiológicas, el autobús, magníficamente pilotado por nuestro chofeur, pone rumbo al Valle d'Aragüés. Allí nos esperan un par de puentes en curva capaces de hacer contener el aliento hasta al más templado. Pero el conductor los despacha con una tranquilidad casi insultante, arrancando una sonora ovación del personal montañero, que a esas alturas ya no sabe si aplaude la pericia al volante o celebraba seguir entero para contarlo.
                Curva va, curva viene y, antes de que el personal acabe mareado o se aprenda de memoria el paisaje por la ventanilla, aterrizamos en el aparcamiento del refugio de Lizara. Toca el ritual de siempre: botas bien atadas, mochilas al hombro y crema solar aplicada con una generosidad digna de un rebozado. El astro rey ya lleva un buen rato fichado en su puesto y la sombra, esa vieja conocida, ha decidido esperarnos al final de la ruta.
Refugio de Lizara
                        Foto oficial de la expedición —con Ricardo, inmortalizando el momento para demostrar que todos salimos del autobús enteros— y arrancamos rodeando el refugio. Las primeras cuestas nos reciben sin el menor asomo de cortesía, bajo las impresionantes paredes del Bisaurín. Pero como hoy no hemos venido a hacerle una visita, tomamos la senda de la derecha, la antigua GR-11, que avanza paralela al barranco de Bernera —o Aldecua, o Castiñones, según a quién se pregunte y mapa describa.
Bisaurín
                Encajonados entre las gigantescas moles calizas del Bisaurín y Bernera, comenzamos a remontar sus pedregosas laderas. El sendero gana altura sin contemplaciones y nosotros detrás, con esa extraña afición que tenemos los montañeros por pagar sudando lo que luego disfrutamos con la vista. 
            Sin prisa, pero tampoco con intención de echar raíces, seguimos avanzando por un precioso sendero que serpentea colgado sobre la ladera del barranco. En el estrecho Achar de Catiellas cruzamos el portón del ganado. Nosotros entramos educadamente; las vacas, si estuvieran, seguramente nos habrían pedido el carnet de socios.
            Al llegar frente al refugio de Forestales, alguno sueña con que existe una terraza, con esa expresión de "cinco minuticos no hacen daño a nadie". Pero la organización se mantiene firme: ni parada técnica, ni respiro oficial, ni posibilidad alguna de negociar una caña con vistas. Ya habrá ocasión de echar el bofe cuando el camino decida tener un poco de compasión, que, de momento, parece estar de vacaciones.
Refugio de Forestales
                Alcanzamos el precioso rincón de Plana Mistresa, con el Bisaurín y Punta Secús observándonos desde las alturas, como diciendo: «Parad un momento, insensatos. Tomad un bocado, que todavía os queda un repechín». Y, por una vez, hacemos caso a la montaña, que suele dar mejores consejos que el reloj.
Un respiro
                    Reanudamos la marcha remontando el barranco de Bernera por la antigua GR-11 hasta desviarnos a la derecha para alcanzar el Ibón Biello. Pequeño sí, pero con un porte que ya quisieran algunos lagos con muchos más metros de orilla. Las enormes paredes que lo abrazan hacen que el lugar tenga más categoría de la que su tamaño podría hacer pensar.
Ibón Biello
                Las fotos de rigor —porque, si no hay fotos, luego parece que uno se ha inventado la excursión— y seguimos hacia el Collado de Bernera, al que llegamos en pocos minutos. Abajo nos espera el Valle de los Sarrios, probablemente uno de los rincones más hermosos de estas montañas. Descendemos unos metros hasta alcanzar el fondo de su circo glaciar, un paisaje dibujado con tiralíneas por el hielo hace miles de años.
Pastando en el valle.
                        El valle es una auténtica delicia: amplio, cómodo de recorrer y tan espectacular que cuesta decidir si merece más la pena caminar o quedarse quieto contemplándolo.
Cuenta la leyenda que: Un pastor frecuentaba estos pastos con su rebaño y que, con el tiempo, los sarrios salvajes acabaron mezclándose con sus ovejas. El pastor murió, pero dicen que los sarrios siguen reuniéndose junto a las piedras donde solía sentarse a descansar, justo en el corazón del valle. Historias de montaña que nadie se atreve a discutir, por si acaso.
Nosotros, en otras ocasiones, sí hemos tenido la suerte de ver manadas de sarrios correteando por estas laderas. Hoy, con tanto montañero suelto y un sol que aprieta de lo lindo, seguramente ya habrán hecho sus gestiones a primera hora y estarán refugiados en algún rincón donde no lleguen ni el calor ni los excursionistas.
Valle de los Sarrios
                        Recorremos el valle bajo la atenta mirada del pico Olibón, disfrutando del frescor de la hierba, de una brisa tímida que parece pedir permiso antes de acariciarnos la cara y de unas vistas que compensan cada gota de sudor. Aunque, eso sí, para quienes venimos de la chicharrina zaragozana, esta brisa nos sabe casi a aire acondicionado de cinco estrellas.
¿Será esta la piedra del pastor?
                Abandonamos este pequeño paraíso con una bajada de las que obligan a negociar cada paso. Pero antes de empezar a discutir con las piedras, hacemos un alto para recrearnos con el paisaje, que para eso hemos sudado lo nuestro.
Paisaje
                Hacia poniente se dejan reconocer viejos conocidos, como el Anie, mientras que, mirando en sentido contrario, aparecen montañas con pedigrí, como el inconfundible Midi d'Ossau, con su inconfundible silueta de chimenea volcánica, o el siempre elegante Anayet con su siamés Vértice. Vamos, un escaparate de cumbres de esos que invitan a sacar el móvil.
                El sendero, bastante descompuesto, no admite distracciones y nos hace caminar con más concentración que un opositor el día del examen. El objetivo está claro: llegar abajo sin "firmar" la montaña con un culazo. Misión cumplida. Los pantalones conservan su dignidad, aunque algunas caras delatan que las piernas ya no opinan lo mismo.
Descendiendo
                    El ibón d'Estanés continúa tan hermoso como siempre, ajeno al esfuerzo que cuesta llegar hasta él. Es el momento de disparar unas cuantas fotos y conceder al grupo un merecido descanso, además de silenciar esas cornetas estomacales que llevan un buen rato tocando a fagina sin pedir permiso. El último tramo nos ha tratado con escasa delicadeza y el cuerpo agradece cualquier tregua.

Ibón d´Estanés
                La estampa del ibón, la brisa que de vez en cuando se digna a visitarnos y las sucesivas capas de crema solar consiguen incluso que miremos al sol con algo más de simpatía de la que realmente merece. Tampoco nos pasemos.
Merecido descanso
            Después del inevitable autorretrato del equipo esbarriano —las pruebas gráficas son imprescindibles para que luego nadie diga que nos lo hemos inventado— llega el momento menos celebrado de la jornada: volver a cargar la mochila y ponerse otra vez en marcha. ¡Qué poco pesan cuando están en casa!
El equipo
                        Una cuestecica de nada y, ahora sí, todo "p'abajo". Seguimos la ruta normal, que nos mete en las Galias, en busca de esa sombra prometida que, tras hacerse bastante de rogar, acaba materializándose bajo las hayas del bosque de Sansanet. En cuanto el primer árbol nos regala un poco de frescor, hacemos una parada casi por obligación moral para recordar que, efectivamente, el fresco existe y sigue siendo una de las mejores invenciones de la naturaleza.
La primera sombra
                Chino chano, continuamos descendiendo. La cabaña d'Escouret queda a nuestra izquierda. En otras ocasiones, madrugando un poco más, nos hemos acercado a comprar ese excelente queso que el pastor elabora con tanto acierto. Hoy no toca. El horario manda y el queso tendrá que esperar una nueva oportunidad. Hay sacrificios que duelen.
Por el bosque de Sansanet
                Un giro a la izquierda nos introduce de lleno en la penumbra del bosque. Un par de zigzags después cruzamos el puente sobre la Gave d'Aspe y alcanzamos el aparcamiento de Sansanet, donde nuestro flamante autobús nos espera con ese aspecto tan reconfortante que adquieren los vehículos cuando uno lleva unos cuantos kilómetros en las piernas.
Últimos pasos
                Toca el clásico lavado del gato. Y digo del gato porque el agua que queda en el fondo de las cantimploras, apenas consigue abrirse paso entre la crema solar, el polvo del camino y ese moreno de montaña que uno luce con orgullo hasta que la primera ducha de casa decidirá poner las cosas en su sitio.
                De regreso hacemos parada en Canfranc, abarrotada de visitantes, con su flamante estación presidiendo el paisaje como si también quisiera salir en la foto. Y, como manda una tradición que nadie se plantea discutir, procedemos a la siempre recomendable recuperación de electrolitos mediante unas bien frescas cervezas que, según sostienen reputados expertos, contienen exactamente todo lo que el organismo necesita. Pues eso.
Estación de Canfranc
            Y así, entre risas, sudores, paisajes de los que se quedan para siempre en la memoria y alguna que otra queja de esas que solo sirven para darle conversación al camino, damos por terminada otra jornada de montaña. Una más para el cuaderno... y una menos para las piernas.
                Hoy, sin embargo, la excursión ha tenido un pequeño vacío. Maite se ha quedado en casa y, aunque el he disfrutado de un día magnífico, he notado su ausencia. Además, para ella y para mí, hoy no era un día cualquiera. Era un día especial, de esos que uno acostumbra a recordar caminando juntos. 
            Porque, al fin y al cabo, las montañas no entienden de calendarios ni de aniversarios; somos nosotros quienes les damos significado con los momentos que vivimos en ellas y con las personas con las que elegimos compartirlos.
            Y mientras el autobús nos devuelve poco a poco a la rutina, uno ya empieza a pensar en la próxima salida. Será señal de que esta ha merecido la pena.



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