Día 11 de julio de 2026
No es la primera, ni la segunda, ni me atrevería a jurar cuál, la vez que uno anda escarceando por estos hermosos e impresionantes andurriales. He pasado por aquí en primavera, en otoño, en invierno y en verano; ahora bien, con una chicharrina como la que se ha empeñado en instalarse este año en Aragón, eso ya es otra historia. Hasta las piedras parecen buscar la ausente sombra.
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| Otoño de 2014 (en el valle de los Sarrios) |
Cumplidas tan nobles e inaplazables obligaciones fisiológicas, el autobús, magníficamente pilotado por nuestro chofeur, pone rumbo al Valle d'Aragüés. Allí nos esperan un par de puentes en curva capaces de hacer contener el aliento hasta al más templado. Pero el conductor los despacha con una tranquilidad casi insultante, arrancando una sonora ovación del personal montañero, que a esas alturas ya no sabe si aplaude la pericia al volante o celebraba seguir entero para contarlo.
Curva va, curva viene y, antes de que el personal acabe mareado o se aprenda de memoria el paisaje por la ventanilla, aterrizamos en el aparcamiento del refugio de Lizara. Toca el ritual de siempre: botas bien atadas, mochilas al hombro y crema solar aplicada con una generosidad digna de un rebozado. El astro rey ya lleva un buen rato fichado en su puesto y la sombra, esa vieja conocida, ha decidido esperarnos al final de la ruta.
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| Refugio de Lizara |
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| Bisaurín |
Sin prisa, pero tampoco con intención de echar raíces, seguimos avanzando por un precioso sendero que serpentea colgado sobre la ladera del barranco. En el estrecho Achar de Catiellas cruzamos el portón del ganado. Nosotros entramos educadamente; las vacas, si estuvieran, seguramente nos habrían pedido el carnet de socios.
Al llegar frente al refugio de Forestales, alguno sueña con que existe una terraza, con esa expresión de "cinco minuticos no hacen daño a nadie". Pero la organización se mantiene firme: ni parada técnica, ni respiro oficial, ni posibilidad alguna de negociar una caña con vistas. Ya habrá ocasión de echar el bofe cuando el camino decida tener un poco de compasión, que, de momento, parece estar de vacaciones.
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| Refugio de Forestales |
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| Un respiro |
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| Ibón Biello |
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| Pastando en el valle. |
Cuenta la leyenda que: Un pastor frecuentaba estos pastos con su rebaño y que, con el tiempo, los sarrios salvajes acabaron mezclándose con sus ovejas. El pastor murió, pero dicen que los sarrios siguen reuniéndose junto a las piedras donde solía sentarse a descansar, justo en el corazón del valle. Historias de montaña que nadie se atreve a discutir, por si acaso.
Nosotros, en otras ocasiones, sí hemos tenido la suerte de ver manadas de sarrios correteando por estas laderas. Hoy, con tanto montañero suelto y un sol que aprieta de lo lindo, seguramente ya habrán hecho sus gestiones a primera hora y estarán refugiados en algún rincón donde no lleguen ni el calor ni los excursionistas.
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| Valle de los Sarrios |
Abandonamos este pequeño paraíso con una bajada de las que obligan a negociar cada paso. Pero antes de empezar a discutir con las piedras, hacemos un alto para recrearnos con el paisaje, que para eso hemos sudado lo nuestro.
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| Paisaje |
Hacia poniente se dejan reconocer viejos conocidos, como el Anie, mientras que, mirando en sentido contrario, aparecen montañas con pedigrí, como el inconfundible Midi d'Ossau, con su inconfundible silueta de chimenea volcánica, o el siempre elegante Anayet con su siamés Vértice. Vamos, un escaparate de cumbres de esos que invitan a sacar el móvil.
El sendero, bastante descompuesto, no admite distracciones y nos hace caminar con más concentración que un opositor el día del examen. El objetivo está claro: llegar abajo sin "firmar" la montaña con un culazo. Misión cumplida. Los pantalones conservan su dignidad, aunque algunas caras delatan que las piernas ya no opinan lo mismo.
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| Descendiendo |
El ibón d'Estanés continúa tan hermoso como siempre, ajeno al esfuerzo que cuesta llegar hasta él. Es el momento de disparar unas cuantas fotos y conceder al grupo un merecido descanso, además de silenciar esas cornetas estomacales que llevan un buen rato tocando a fagina sin pedir permiso. El último tramo nos ha tratado con escasa delicadeza y el cuerpo agradece cualquier tregua.
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| Ibón d´Estanés |
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| Merecido descanso |
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| El equipo |
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| La primera sombra |
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| Por el bosque de Sansanet |
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| Últimos pasos |
De regreso hacemos parada en Canfranc, abarrotada de visitantes, con su flamante estación presidiendo el paisaje como si también quisiera salir en la foto. Y, como manda una tradición que nadie se plantea discutir, procedemos a la siempre recomendable recuperación de electrolitos mediante unas bien frescas cervezas que, según sostienen reputados expertos, contienen exactamente todo lo que el organismo necesita. Pues eso.
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| Estación de Canfranc |
Hoy, sin embargo, la excursión ha tenido un pequeño vacío. Maite se ha quedado en casa y, aunque el he disfrutado de un día magnífico, he notado su ausencia. Además, para ella y para mí, hoy no era un día cualquiera. Era un día especial, de esos que uno acostumbra a recordar caminando juntos.
Porque, al fin y al cabo, las montañas no entienden de calendarios ni de aniversarios; somos nosotros quienes les damos significado con los momentos que vivimos en ellas y con las personas con las que elegimos compartirlos.
Y mientras el autobús nos devuelve poco a poco a la rutina, uno ya empieza a pensar en la próxima salida. Será señal de que esta ha merecido la pena.
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