martes, 17 de marzo de 2026

SANTA MARÍA DE LA NUEZ A LECINA (Y subida al tozal d´Asba)

                Antes de lanzarte a la aventura de sumergirte en esta y otras historias, un pequeño recordatorio con cariño: sí, el blog también se deja querer en el móvil, faltaría más… pero donde realmente luce, como quien se pone de domingo, es en “modo ordenador”. Dicho esto, tampoco vamos a ponernos exquisitos: disfrútalo como te la gana, que para eso es tu pantalla
Día 14 de marzo de 2026
                        Hoy nos vamos a la sierra de Guara. Sí, sí… nada menos. Los amigos de Esbarre —que tienen la peligrosa costumbre de organizar planes que luego hay que cumplir— nos han preparado una sorprendente ruta por una zona que Maite y yo ya recorrimos hace unos años, justo en esas vísperas inquietantes del confinamiento por la pandemia del Covid en 2020, cuando todavía pensábamos que aquello del virus era cosa de los telediarios y no de nuestras vidas. (El relato está aquí)
Seis años atrás
            Así que allá que vamos: Para el viaje, la empresa de transportes ha tenido a bien proporcionarnos un autobús más largo de lo habitual. Un detalle que en principio parece magnífico —más espacio, más comodidad, más categoría— aunque, como toda buena historia de montaña, más adelante demostrará tener alguna pequeña consecuencia. Pero no adelantemos acontecimientos.
        De momento el convoy se encamina hacia el norte por la A-23, carretera que se abre paso entre verdes plantaciones de cereal. Aunque, para ser sinceros, tampoco hace falta fijarse demasiado en los cultivos: con el año tan lluvioso que llevamos, hasta las piedras han decidido teñirse del color de la esperanza.
            En Huesca recogemos al “boss”, Javier, ya felizmente recuperado de esa larga ausencia en la que la salud le mantuvo alejado de montes, senderos y demás vicios saludables. Para nosotros es una verdadera alegría volver a disfrutar de su sabiduría montañera y de su inconfundible cabeza plateada. ¡Bienvenido, maestro!
                Primera parada en Colungo para tomar un café… o lo que cada cual considere oportuno ingerir a estas horas intempestivas. Y, cómo no, también para atender esas discretas, pero insistentes necesidades fisiológicas que suelen aparecer con puntualidad británica en cuanto uno se sube a un autobús.
            Y ahora sí. Ahora es cuando el macrobús empieza a medir sus fuerzas con las múltiples curvas que nos separan del destino. Pero no hay problema: al llegar al puente del barranco de La Palomera, el chófer nos demuestra que, en sus manos, y con un par de maniobras de las que hacen contener la respiración al pasaje, no hay curva que se resista. Ni siquiera a un autobús con aspiraciones de transatlántico.
            ¡Eureka!, hemos llegado a Santa María de la Nuez. 
El conjunto urbano se organiza alrededor de una sola calle. Nada de laberintos medievales ni complicaciones urbanísticas: una calle… y a partir de ahí, que cada casa se las arregle como pueda. Y lo cierto es que lo hacen con bastante dignidad.
                Muchas de las construcciones conservan las características arquitectónicas propias del sector sur de Sobrarbe: muros de sólida piedra caliza, tejados de losa capaces de aguantar lo que les echen desde el cielo, arcos de medio punto en las puertas de entrada y pequeñas ventanas en los muros, que dejan pasar la luz justa… y el frío también, pero con mucha elegancia.
Construcción
                        Si
uno afina un poco la mirada, aparecen además ciertos caprichos decorativos: escudos que recuerdan antiguos orgullos familiares, objetos de forja como llamadores que han recibido más golpes de nudillos que un saco de boxeo, y detalles en madera que demuestran que, incluso en lugares donde la piedra manda, siempre hay sitio para un poco de arte.
                        Y en medio de todo ello se alza el Santuario de Santa María de la Nuez (siglos XVI-XVIII), que no es poca cosa: durante generaciones ha sido el centro de devoción popular de la cuenca alta del Vero. Vamos, que por aquí han pasado más plegarias que excursionistas… aunque desde ahora la competencia empieza a estar reñida.
Santuario
                        Foto
de arranque ejecutada con la "gran cámara" de Ricardo, capaz de inmortalizar hasta las legañas de primera hora. Con el documento gráfico debidamente cumplido, comienza la juerga senderista.
                        La mañana, eso sí, se presenta fría y bien ventilada por un cierzo de los que no piden permiso. Un viento decidido que nos acompañará fielmente durante toda la jornada, como esos amigos que, una vez se apuntan al plan, ya no hay manera de perderlos por el camino.
¡A la juerga!
                El
itinerario arranca con una agradable pista que avanza tranquilamente en dirección SO. Desde ella empiezan a asomar, todavía con cierta timidez, algunas montañas vestidas de blanco. Pero no nos precipitemos: esas ya las contemplaremos con más solemnidad cuando estemos un poco más arriba y el panorama merezca sacar pecho.
                De momento, baste destacar la presencia del cercano Tozal de Surta, que aparece allí plantado con ese aire suyo tan particular, casi con semblante de trampolín geológico, como si invitara a cualquiera a impulsarse hacia el cielo. Aquí, los almendros en flor anuncian que estamos en las puertas de la primavera.
                Abandonamos
la pista —que tan amable se había mostrado hasta ahora— para tomar un sendero que se adentra en un espectacular bosque de pino y boj, de esos que huelen a monte auténtico y en los que la luz se filtra con cierta solemnidad entre las ramas.
            Eso sí, la cortesía del terreno termina justo en ese punto. El camino decide empinarse sin compasión, como si quisiera comprobar desde el primer momento quién viene a pasear y quién ha venido a ganarse el almuerzo.
Entre pinos y boj
            Así
que, poco a poco, comienza una operación muy habitual en estas circunstancias: la migración textil. Chaquetas, forros y demás prendas invernales empiezan a trasladarse del cuerpo a la mochila en una mudanza perfectamente organizada. 
            Al pino y al boj se les une ahora el roble, que en esta época luce sin complejos su desnudez foliar ––ya vendrán tiempos mejores para vestirse––. Eso sí, antes de despojarse de ellas, ha tenido el detalle de ir dejando sus hojas por el suelo, alfombrando el sendero con un tapiz crujiente que hace el camino bastante más elegante de lo que uno esperaría en plena cuesta. En la alfombra asoman, con miedo de ser pisoteadas por este ejército, algunas bellas flores como la hepática.
Hepática
                Porque
el sendero, no nos engañemos, sigue subiendo. Lo hace poco a poco, con esa persistencia tan propia de la montaña: sin grandes alardes, pero sin conceder tampoco ni un respiro.
            Y así, entre hojas secas, pinos vigilantes y algún que otro resoplido del personal, el camino acaba por depositarnos en el collado de Paules (1270 m.), que aparece ante nosotros como una especie de recompensa topográfica… y, sobre todo, como un lugar estupendo para recuperar el aliento con cierta dignidad. Lugar, también, de cruce de caminos
Collado de Paules
            El
bosque se ha retirado discretamente de escena y ahora caminamos entre erizones, esa simpática planta que la naturaleza ha diseñado expresamente para recordarnos que sentarse en el monte sin mirar antes puede convertirse en una experiencia exfoliante de lo más intensa… especialmente para las nalgas.
                A nuestra izquierda ya se deja ver la cota más alta que debemos alcanzar hoy. El camino continúa ganando altura mientras bordea la sierra, hasta alcanzar una amplia explanada que hace las veces de antesala de la cumbre. El PR decide separarse educadamente de nuestra ruta y se marcha, como marcharemos nosotros más tarde, cuesta abajo hacia Betorz.
Ya vemos nuestra cima
                Aquí
 resiste, estoico y sin pedir subvenciones, un diminuto refugio pastoril de piedra seca. A su lado permanece una pequeña charca que en su día sirvió para abrevar a los rebaños trashumantes que veraneaban por Ballibió —Valle de Vio, en aragonés— y pasaban el invierno más abajo, en tierras más amables del Somontano y los Monegros. Un sistema de vida duro, pero perfectamente organizado, que funcionaba bastante antes de que existieran los GPS y las apps de montaña.
Refugio de piedra seca
                    A
través de un estrecho pasillo de boj alcanzamos el Crucero Asba, lugar donde la tradición popular sitúa antiguas celebraciones brujeriles. Nada especialmente alarmante… salvo que uno venga con el cierzo soplando y cierta imaginación. 
Crucero d´Asba
            A
pocos metros se encuentra la verdadera cima, señalada por un vértice geodésico y por un afloramiento de caliza karstificada que refulge bajo los rayos del sol. Un detalle geológico que nos recuerda claramente dónde estamos: en plena Sierra de Guara.
                No es un pico de grandes pretensiones, pero este monte cumple con enorme dignidad su papel de mirador hacia las altas cumbres del Pirineo, que entre nube y nube van mostrando su hermosura recién espolvoreada de blanco por las generosas nevadas de este invierno. Desde el Turbón hasta el Taillón, pasando por las Tres Sorores y sus inseparables hijas, las Tres Marías, Peña Montañesa, Cotiella... Más cerca, hacia el oeste, se dibujan las lomas que esconden al Tozal de Guara, como el Cubilar o el Cabezo.
Cotiella
Las tres Marías (Zuca Punchuda, Zuca Roncha y Zuca Plana)
Las Tres Sorores (o Treserols)
Peña Montañesa
                Vamos,
un paisaje de esos que invitan a quedarse mirando largo rato… con serio riesgo de quedarse medio ciego de tanto recrearse en el panorama.
                Entre foto aquí y foto allá, como de costumbre no puede faltar la del todo el grupo que a conquistado la cima del Tozal d´Asba.
En el Tozal d´Alba
        Volvemos al desvío para tomar el nombrado PR hacia Betorz, un camino algo incómodo por descender bruscamente y encontrase cubierto de canchal.  Pero la llegada a este pequeño pueblo, nos hace olvidar dicha incomodidad para tomar un parquecito, frente a la iglesia parroquial dedicada a las santas Nunilo y Alodia, y pasar a disfrutar del lastre gastronómico propio de mochileros, eso sí, "lunch" regado por la bota de vino de Toño que, asegura, es de Borja.
            Hablando de Betorz, comento que sus casas se distribuyen en tres barrios llamados del Castillo, Medio y Bajo. En el barrio de En Medio, en el que nos encontramos, la tradición dice que aquí nació la madre de las Santas.
Iglesia de las santas Nunilo y Alodia
            Mientras movemos el bigote, el "boss Juli" nos regala el postre: ––El hiperbus no puede llegar al punto nde recogida por lo que habra que estirar la marcha un par de kilómetros más. ¡Que le vamos a hacer!
            Así que echamos las mochilas al hombro y abandonamos Betorz dejando sus últimas construcciones, entre las que destaca la del viejo "Cuartel de Poniente", cuya placa se refería a una de las divisiones administrativas por las que se regía el viejo Sobrarbe; Betorz formaba parte del Cuartel de Poniente, al ser el territorio que marcaba el límite comarcal por el oeste.
Placa del Cuartel de Poniente
                    El
sendero, el PR-HU 57, se deja descender por un bosque de carrascas del que resulta imposible escaparse: a izquierda y derecha, tapiales de piedra seca, adornados con la planta "ombligo de Venus", lo jalonan con la obstinación de un portero que no deja pasar a nadie. 
Camino a Lecina
                    Alcanzamos
la Fuente Laspuña, un rincón de pradera apacible que parece salido de un catálogo de “lugares idílicos para merendar”. Bajo unas rocas descansa una mesa de merendero —porque incluso la naturaleza admite ciertos lujos— y un discreto manantial alimenta una pequeña balsa.
Fuente Laspuña
                Seguimos
descendiendo siguiendo el trazado que marca el barranco Torzita. Salvo las conversaciones propias del un grupo, no se oye más que algún pájaro que se toma la vida con calma… y el crujir de nuestras botas sobre la alfombra de hojas y bellotas. Un concierto minimalista y muy selecto, perfecto para sentirnos parte del bosque, aunque sea solo por un rato.
Pronto llegaremos a Lecina
                    Finalmente, 
llegamos a Lecina para rendir visita a su vecina más anciana y famosa: “la Castañera de Carruesco”. Nada menos que una quercus ilex subs. ballota que presume de mil años de vida y dimensiones que quitan el aliento: más de 16 metros de altura y un perímetro de 7,56 metros medido a 1,3 metros del suelo. Esta señora carrasca fue elegida Árbol Europeo del Año 2021, lo que demuestra que la nobleza no se pierde con los siglos.
Ante la Castañera de Carruesco
                    Como
no podía faltar, el grupo inmortaliza el momento con fotografía, porque si algo ha aprendido la humanidad en milenios es que un árbol histórico merece su selfie. Y, por supuesto, la vieja encina tiene su propia leyenda, que resumiré (aunque quien quiera el relato completo, ya sabe dónde hacer clic):
        "Hace mucho tiempo, Lecina estaba rodeada por un bosque misterioso donde habitaban brujas que causaban desgracias a los vecinos. El miedo era tal que nadie se atrevía a entrar en el bosque.
Una joven carrasca, apenada por la mala fama del lugar y por el sufrimiento del pueblo, se negaba a dar refugio a las brujas. Cuando estas decidieron marcharse, ofrecieron a los árboles un deseo en agradecimiento. Algunos pidieron hojas de oro, otros hojas perfumadas y otros hojas de cristal. Solo la pequeña carrasca quiso seguir siendo como era.
        Con el tiempo, los deseos trajeron problemas: las hojas de cristal se rompieron con una tormenta, las aromáticas fueron devoradas por el ganado y los árboles de oro fueron destruidos por la codicia de la gente. Al final, únicamente quedó la humilde carrasca, que desde entonces fue respetada por todos y continuó creciendo".
––Pobres brujas, tuvieron que emigrar
                    Aquí
debería de concluir la marcha, pero —como ya he dejado caer más arriba— siempre hay un par de kilómetros de regalo, cortesía de la ruta con sentido del humor. Así que los recorremos por la carretera que nos conduce al Camping de Lecina, a orillas del río Vero, donde nos espera el bus como un ángel de hierro dispuesto a devolvernos a casa… aunque con una pequeña parada ritual en Colungo para mojar el gaznate con alguna que otra jarra de fresca birra. Que no se diga que después de la caminata no hay recompensa líquida y social: los músculos descansan y la moral se recupera, todo con el inconfundible aroma a lúpulo y buena compañía.
Río Vero
            Y mientras el bus nos lleva de regreso, con el río Vero quedando atrás y las montañas encogiéndose poco a poco en el horizonte, se instala ese delicioso silencio de quien ha caminado mucho, pero también ha vivido mucho. Entre bostezos y sonrisas, se escuchan ecos de conversaciones, de bromas repetidas, de planes para la próxima excursión… y, sobre todo, de satisfacción tranquila.
                Porque volver a casa no significa olvidar, sino llevarnos con nosotros el latido de la Sierra de Guara, esa sensación de libertad que no cabe en ninguna foto, pero que se queda pegada al corazón. Cada risueño resbalón, cada hoja crujiente, cada rayo de sol entre los pinos, se convierte en recuerdo compartido, en un tesoro que nadie nos podrá quitar.
            Así, mientras la carretera nos acerca de nuevo a lo cotidiano, nos queda la certeza de que estas aventuras, estas risas y estos paisajes seguirán esperando por nosotros, eternos e inmutables, y que nosotros, afortunadamente, ya formamos parte de ellos.

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Datos técnicos

1 comentario:

  1. Preciosa descripción de la salida del pasado sábado 14-3 José Luis, se vuelve a revivir.
    Qué bien escribes, esta es de las mejores crónicas... creo.
    Un abrazo.

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