domingo, 2 de agosto de 2026

BOSQUE DE GAMUETA

 Día 1 de agosto de 2026
                No es la primera vez que Maite y yo nos internamos en este inmenso bosque de Gamueta en busca de esos colores dorados con los que el otoño se empeña en convertir este rincón del Parque Natural de los Valles Occidentales en una auténtica obra pictórica, de esas que uno podría colgar en cualquier museo… siempre que el museo tuviera sitio para semejante despliegue de hayas.
Bosque de Gamueta en otoño
                        Pero esta vez no venimos a buscar postales otoñales. Estamos en pleno verano, ese verano tan "fresquito" que nos está regalando récords de temperaturas, incendios forestales y otras delicadezas climáticas. Así que, en lugar de perseguir hojas doradas, nuestro modesto objetivo es bastante más prosaico: buscar sombra. Y, puestos a buscarla, pocas sombras hay tan contundentes como las de las impresionantes hayas de Gamueta. Árboles de esos que parecen plantados expresamente para que el excursionista pueda caminar debajo sin acabar convertido en torrezno.
El bosque hoy
                Pero antes de meternos de lleno en el bosque, conviene hacer una breve referencia a una pequeña excursión que nos llevó a un rincón situado al otro lado de la frontera.
                    Para ello cogimos el buga y nos dispusimos a recorrer los aproximadamente 80 kilómetros que separan nuestro punto de partida de la localidad francesa de Larrau. Ochenta kilómetros que, gracias a esas magníficas carreteras de montaña diseñadas, suponemos, por alguien con bastante tiempo libre y poco aprecio por las rectas, conseguimos completar en unas dos horas. Porque aquí las distancias no se miden en kilómetros, sino en curvas.
                Una vez en Larrau, nos marcamos un recorrido de ida y vuelta de unos cinco kilómetros y alrededor de 300 metros de desnivel, suficiente para descubrir una curiosa pasarela, una auténtica obra de ingeniería que data de 1920, la "Pasarela D´Holzarte". 
Hacia la pasarela
                        La pasarela fue construida por obreros italianos que trabajaban en los talleres de la acería Lombardi Morello, en Tardets. Su función era bastante más práctica que la nuestra: permitir a los madereros cruzar a la otra orilla y llegar rápidamente a las zonas de tala de los bosques circundantes. Nosotros, en cambio, cruzamos para hacer unas fotos, admirar el paisaje y poder contarlo después, que también es una forma bastante digna de aprovechar una infraestructura centenaria.
Pasarela D´Holzarte 
                De regreso hacia Siresa, y como todavía nos quedaban ganas de seguir dando vueltas —al coche y a nosotros mismos—, hicimos una parada en el puerto de Larrau. Desde los pies del monte Orhi pudimos disfrutar de las magníficas vistas que se abren a uno y otro lado de la frontera.
Desde el Puerto de Larrau

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                        Bueno, dicho todo lo anterior, vamos a lo que realmente nos ha traído hasta aquí: acercarnos al refugio de Linza. Aunque acercarnos, lo que se dice acercarnos… Está lleno hasta la bandera, que en pleno verano viene a ser algo así como la romería nacional de los montañeros. Así que toca aparcar algo más abajo.
Refugio de Linza
            Mochila a la espalda, crema protectora convenientemente untada —que uno ya tiene una edad y no está para achicharrarse como un lagarto— y comenzamos a ascender suavemente por un camino bastante cómodo, que evita pasar por el refugio. 
Primeros pasos
                    Tras unos quinientos metros abandonamos este plácido camino para tomar la senda PR-HU 166, que cambia rápidamente de humor y empieza a subir con bastante mala leche para salvar el desnivel por el llamado "Achar del Caballo". Un paso que discurre entre dos hermosas paredes. Las espaldas las tenemos bien protegidas bajo la atenta presencia del pico "Maz", nombre con el que lo conocen las gentes de Ansó, aunque al otro lado de la muga vasco-aragonesa prefieren llamarlo "Txamantxoia". Dos nombres para la misma montaña, porque hasta los picos tienen derecho a una doble identidad cuando viven en tierra de fronteras.
Salvando el Achar del Caballo
                El lugar, además, nos trae recuerdos de aquella ocasión, trece años atrás, cuando unas jóvenes ardillas decidieron ofrecernos en este mismo tramo un espectáculo gratuito.
                Llegamos a un punto en el que podríamos tomar el sendero que, en dirección sur, nos acortaría el camino. Pero claro, ¿para qué hacer las cosas fáciles pudiendo complicarlas ligeramente? Así que seguimos rectos hacia arriba, en dirección este, sin ninguna prisa y disfrutando de la subida.
Sendero bajo la sombra
                Poco a poco nos vamos metiendo de lleno en el “fabar” (hayedo), que nos recibe con esa sombra tan agradecida que en pleno verano se convierte en uno de los mayores lujos que puede ofrecer la montaña. Después de tanto sol, caminar entre hayas resulta casi una experiencia espiritual. O, al menos, una experiencia en la que dejamos de sudar durante unos minutos. También es destacable la presencia de "chinebro" (enebro en aragonés).
Chinebro en el fabar
                El bosque desaparece, el camino nos conduce finalmente hasta el Paso de l’Onso, un topónimo tradicional de carácter descriptivo o faunístico que nos recuerda que por estos bosques del Pirineo occidental campaban antaño los osos pardos.
                Hoy, por fortuna para nosotros, no parece haber ninguno a la vista. Y digo por fortuna porque una cosa es buscar sombra, tranquilidad y naturaleza, y otra muy distinta encontrarse de frente con el propietario histórico del lugar y tener que explicarle que venimos en son de paz.
                Echamos la mirada al frente y, allá arriba, asoman varias cimas que parecen haberse puesto de acuerdo para vigilar nuestros movimientos: el Chinebral de Gamueta, el Sobarcal y alguna otra que se suma al desfile.
            Pero aparece la protagonista del día: la calor. Sí, en femenino, que así la denominamos los aragoneses. Y cuando aprieta, aprieta con esa confianza que da saber que uno no puede protestarle a nadie. Así que decidimos descender hasta el pequeño refugio pastoril de la Plana Diego y girar hacia el sur, en busca del hayedo que vemos más abajo. Porque si algo hemos aprendido después de unos cuantos años de montaña es que, cuando el sol aprieta, un buen hayedo vale más que cualquier catedral.
Plana de Diego
                El camino elegido figura perfectamente en el mapa. Hasta ahí, todo estupendo. El pequeño detalle es que, cuando llegamos al terreno, el sendero se encuentra oficialmente missing. Debe de haberse ido de vacaciones, aprovechando que estamos en verano.
                No hay problema. Aquí no se viene solo a seguir caminos, sino también a improvisar. Así que descendemos campo a través hasta alcanzar, tras un tramo algo delicado —de esos que hacen que uno mire dos veces dónde pone los pies y una tercera dónde se ha metido—, el sendero correcto, el PR-HU 166.
                    Una vez recuperada la civilización senderista, toca ascender unos metros hasta alcanzar un lugar donde las hayas empiezan a cobrar todo el protagonismo. Y no unas "aigas" cualquiera, precisamente. Algunas alcanzan unas dimensiones descomunales, de esas que hacen que uno levante la cabeza, se quede mirando y empiece a preguntarse cuánto tiempo llevan ahí mientras nosotros seguimos empeñados en llamar “árbol” a cualquier cosa que tenga tronco.
                Estos auténticos ejemplares monumentales no cabrían en ninguno de los museos a los que hacía referencia al principio. Ni falta que les hace. Tienen un museo mucho mejor: el propio bosque.
Bajo sus enormes copas hacemos un pequeño alto, disfrutando de una sombra que en este día se cotiza casi como el oro. Y, por supuesto, aprovechamos para hacernos la correspondiente foto bajo su densa sombra. 
Entre dos aigas
                        Se puede decir que aquí comienza oficialmente el descenso. Y digo oficialmente, porque el primer tramo no parece tener demasiado interés en que lleguemos abajo enteros y empieza fuerte, como si quisiera recordarnos que en la montaña nada se regala. Además, hemos de pedir permiso de paso a un ganado ovino.
Nos han dejado pasar
            La bajada nos lleva hasta el barranco de Gamueta, que cruzamos por un puente de madera. Un pequeño trámite de ingeniería rural que nos permite continuar nuestro camino sin necesidad de mojarnos los pies (si bajara agua).
Puente sobre el barranco
                A partir de aquí, poco a poco, el sendero parece apiadarse de esta pareja y comienza a comportarse de una manera mucho más amable. El terreno se suaviza y, como si quisiera compensarnos por el mal rato inicial, empiezan a aparecer flores por todas partes. Sobre ellas, las mariposas andan a la gresca, compitiendo por libar en las mejores, en una especie de buffet libre donde parece que también hay categorías y horarios. De nuevo, ahora de frente, el Maz nos observa, como dándonos aliento para lo poco que queda.
Pico Maz
            Finalmente llegamos a la carretera por la que hemos accedido en coche esta misma mañana. Aquí toca organizar la logística, que en una excursión de dos también hay momentos en los que uno se convierte en taxista.
            Maite se queda esperando y yo me meto en el cuerpo el kilómetro y medio de asfalto que me separa del parking, donde permanece el buga, fiel y obediente, esperando que alguien vaya a rescatarlo. Para hacer el trámite algo más llevadero, en algunos tramos abandono el asfalto y sigo por la GR, que discurre paralela a la carretera. Una vez recuperado el vehículo, emprendo la bajada y, como estaba previsto, recojo a Maite.
            La caña, eso sí, tendrá que esperar hasta Siresa. Porque una cosa es terminar una excursión con las piernas cansadas y otra bastante distinta terminarla con las piernas cansadas, una cerveza en el cuerpo y el volante delante. Cerveza y volante no son precisamente buenos amigos, y a estas alturas de la vida tampoco estamos para presentarles.
            Y así termina nuestra jornada. Una de esas jornadas sencillas que, precisamente por serlo, uno guarda con especial cariño: unas cuantas horas de monte, el Bosque de Gamueta, las montañas, el silencio, el esfuerzo compartido y, finalmente, esa caña en Siresa que sabe mucho mejor después de haberla ganado a golpe de bota.
            Pero mientras uno contempla estas montañas, camina bajo la sombra de las hayas y se siente afortunado por poder disfrutar de algo tan sencillo como un día de naturaleza, resulta difícil no pensar en quienes, en otros lugares del mundo, no tienen siquiera la posibilidad de elegir dónde pasar la tarde.
            Pienso en las gentes de Gaza, Sudán, Yemen, Siria y en tantos otros sitios donde la vida se ha convertido en una lucha diaria por sobrevivir. Personas que sufren guerras, masacres, hambre y represión; personas que, desesperadas, se ven obligadas a saltar vallas, atravesar fronteras o lanzarse al mar, aun sabiendo que algunos no llegarán nunca a la otra orilla.
Sin palabras
      
    Y resulta difícil entender cómo, desde las alturas del poder, se puede contemplar todo ese sufrimiento con tanta distancia, con tanta frialdad y, demasiadas veces, con tan poca empatía. Mientras unos discutimos sobre fronteras, intereses, estrategias y cifras, otros las cruzan cargando con lo poco que les queda, buscando simplemente un lugar donde vivir sin miedo.
            Quizá por eso, al terminar una jornada como esta, uno disfruta todavía más de lo que tiene, pero también siente que no puede mirar hacia otro lado. Porque la montaña nos enseña muchas cosas: que todos los caminos tienen un esfuerzo, que las fronteras son líneas que hemos dibujado sobre los mapas y que,    desde arriba, las diferencias parecen bastante menos importantes.
            Nosotros hemos tenido la suerte de volver a casa, cansados y satisfechos, después de disfrutar de un paisaje extraordinario. Ojalá algún día todos puedan tener algo tan sencillo como eso: un camino que recorrer, un lugar seguro al que regresar y la certeza de que nadie tendrá que jugarse la vida para encontrarlo.
        Y mientras tanto, seguiremos caminando. Intentando no olvidar, entre hayedos, montañas y cervezas, que más allá de este pequeño rincón de paz hay demasiadas personas que solo aspiran a encontrar uno.


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Datos técnicos
Recorrido
Perfil:
Distancia, 7,5 km.
Desnivel positivo, 374 m.
Desnivel negativo, 374 m.
Track