domingo, 13 de septiembre de 2026

PEÑA BLANCA, CANAL ROYA Y PUNTA BAGÜER. TRES CIMAS ENTRE CRESTAS

 Día 12 de septiembre de 2026
        En esta ocasión, los mozos d´Esbarre nos proponen una de esas actividades encaminadas a buscar el equilibrio territorial: un pie en las Galias y el otro en nuestra sufrida Hispania.
    Al mando del volante va Pablo, uno de nuestros pilotos de cabecera, estrenando bus y conduciéndolo con la serenidad, aplomo y maestría de quien ya ve el horizonte del jubileo asomando por el retrovisor. 
   
    No sabemos si es que la convocatoria incluía la inquietante palabra «cresterío», que a más de uno le habrá producido una súbita flojera de piernas, o que el personal anda últimamente muy disperso, pero la cuestión es que nos sobran asientos para dar, vender y hasta alquilar por horas. Menos mal que, según avanzamos hacia las alturas, en la Osca y posteriormente en Senegüé, hacemos la acostumbrada parada técnica para el café, el tentempié y esas otras necesidades fisiológicas que nunca faltan en una excursión de caballeros, donde vamos recogiendo compañeros que se incorporan al pelotón.
            La sequía, por su parte, se encarga de recordarnos que esto del cambio climático va muy en serio. A nuestro paso por los embalses de Búbal y Lanuza, el panorama es desolador: de agua, poca; de embalse, el nombre. A este paso, las truchas tendrán que aprender a nadar con cantimplora y pedir permiso para cambiar de charco.
Embalse de Búbal
                            Y qué decir de los extensos prados que nos esperan en destino. Completamente agostados, lucen un amarillo que, si bien puede resultar muy fotogénico, tiene poco de natural a estas alturas del año. Más que pastos pirenaicos parecen el decorado de una película del lejano Oeste, solo falta que aparezca una bola de esparto rodando cuesta abajo y algún lugareño preguntando dónde se ha metido el agua.
                En fin, que entre Galias, Hispania, cresteríos, jubilaciones, asientos vacíos y embalses sin oficio ni beneficio, vamos poniendo rumbo a las alturas con la esperanza de que, al menos, las montañas sigan donde las dejamos.
            Pablo nos deja en la frontera del Puerto Portalet y, como la mañana viene amable, salimos con el mismo atuendo que en julio.
                Apretamos las botas, nos untamos de crema solar con la generosidad propia de quien piensa pasar el día a la intemperie y, como hoy Ricardo no nos acompaña, hacemos la foto de salida con el pensamiento puesto en su «maquinón». Que no estará él, pero su espíritu fotográfico siempre nos vigila.
El pelotón d´Esbarre
          Y hala, sin más ceremonias, p’arriba.
            Con permiso del centinela que nos va a vigilar durante toda la jornada, el imponente Midi d’Ossau, echamos a andar. 
       El terreno nos resulta conocido, pues algunos de los que por aquí andamos ya lo hemos recorrido en varias ocasiones, aunque, créeme, para varios de nosotros esta es la primera vez que lo hacemos en seco. Las anteriores fueron en invierno, con nieve hasta las orejas y raquetas en los pies, que siempre le dan a uno un aire más aventurero del que probablemente merece.
Hubo una vez que...
            Ya que hablamos del Midi d’Ossau (2.884 m.), conviene recordar que este pedazo de montaña fue un antiguo volcán de unos 290 millones de años de antiguedad. La erosión hizo su trabajo durante un par de eras, se llevó por delante el anillo volcánico y nos dejó la silueta actual. Vamos, que el Midi lleva millones de años contemplando el paisaje y nosotros todavía discutimos por dónde se sube mejor.
        Las gentes del valle lo llaman Jean Pierre, «el gigante de piedra», por sus dos cumbres, una mayor que la otra. La tradición cuenta que al hijo mayor se le llamaba Jean y al pequeño Pierre. También tiene su correspondiente leyenda, pero no me extenderé: ya di buena cuenta de ella en [esta entrada] y más recientemente en (esta otra entrada).
Midi d´Ossau
                La senda avanza, en dirección NW, por un pastizal que pide agua a gritos. Hasta el ruisseau du Portalet —arroyo, para entendernos— baja más seco que la mojama. Y lo mismo el d’Aneou, cuyas aguas, si las hubiera, bajarían desde el fondo del circo del mismo nombre. Vamos, que por aquí los peces deben estar haciendo las maletas.
            Poco a poco ganamos metros, aunque con una pendiente todavía amable, lo que permite mantener la actividad más importante de toda salida montañera: la conversación.
—¿Qué tal el verano?
—Pues yo estuve por las Rocosas, en Canadá, y haciendo trekking por Austria.
—¡Leches!
—Yo también, pero un poco más abajo.
—¡Vaya verano! Se nos está quemando el monte.
—Algunos dicen que esto del cambio climático no tiene nada que ver.
—¡Qué sabrán ellos!
Buen semblante
            Y así, entre charla y charla, cuando llevamos un par de kilómetros de lo más llevaderos, giramos a la izquierda, en dirección SW, y, como quien no quiere la cosa, la montaña decide que ya hemos hablado bastante. La senda se empina sin compasión.
            Ahora, algo más callados —bueno, siempre hay alguna excepción— vamos ganando altura. La senda se abre paso entre dos pènes —Para mentes calenturientas, en la montaña francesa: peña, roca vertical, risco escarpado o cresta rocosa—; a nuestra derecha, la de Glère, y a la izquierda, la de Mauhourat. Dos espectaculares promontorios que parecen empeñados en ver cuál de los dos consigue llegar antes al cielo.
¡P´arriba!
                        Allá arriba, un caballo solitario contempla a lo lejos a este colorido rebaño humano, mientras algo más abajo sus parientes hacen lo que pueden por arrancar del reseco prado algún bocado que llevarse al hocico. No sabemos quién lleva peor el día, si ellos o nosotros.
Hora del desayuno
                También allá arriba se adivina ya nuestro objetivo, el collado de Peña Blanca (2324 m.). Casi 500 metros de desnivel, un sol que aprieta y las piernas que empiezan a negociar las condiciones laborales. Pero, contra todo pronóstico, alcanzamos el collado como un ejército de valientes. O, al menos, como un grupo de excursionistas que todavía consigue mantener la dignidad.
                Una parada para reponer fuerzas nos permite levantar la vista y disfrutar del paisaje. ¿Angosto? Sí. ¿Espectacular? También. A nuestras espaldas quedan las sierras que hemos dejado atrás, mientras que hacia el oeste se abre un auténtico escaparate de cimas imponentes que esperamos ir identificando desde las cotas que tenemos por delante.
Por el  ciollado de Peña Blanca
            Y bajo nuestros pies, al abrigo del mítico Anayet, discurre uno de los valles más hermosos del Pirineo: la Canal Roya. Un valle que, por esas cosas que solo entienden las altas esferas de la especulación y el cemento, algunos pretenden llenar de hierro, hormigón y una telecabina. Gente con mucha ansia de negocio y bastante poco respeto por estos preciosos rincones.
Canal Roya
            Giramos a la derecha, hacia el noroeste. A nuestras espaldas dejamos el Pico d’Anéou y, con cuatro zancadas —bueno, alguna más de cuatro—, alcanzamos la primera cima del día: Peña Blanca (2.365 m.).
A partir de aquí comienza el correspondiente festival de sube y baja por las crestas. Unas veces el paso es cómodo y seguro; otras, toca andar con cuidado, especialmente cuando el terreno se presenta inestable. Aquí conviene no «esbalizar», que una cosa es hacer montaña y otra muy distinta convertirse en parte del paisaje.
                Unos avanzan con soltura, curtidos en estas lides del cresteo; otros con algo más de torpeza y alguno, directamente, va negociando con la gravedad y bajando de roca en roca con el trasero como tercer apoyo.
No esbalizar
            Todos, eso sí, vamos acercándonos a nuestra siguiente cima: el Pico Canal Roya (2.345 m.).
        Al alcanzar la cumbre, el paisaje se abre por ambos lados y nos ofrece un auténtico desfile de nombres ilustres: Infiernos, Balaitus, Palas, Aspe, Bisaurín, Castillo d’Acher… Más cerca, La Raca, y allá abajo, recorriendo todo el valle, la Canal Roya.
Paisaje
                Y, por supuesto, el vigilante de la jornada sigue en su puesto. El Midi d’Ossau, acompañado de su primo pequeño, el Peyreget, no nos ha quitado el ojo de encima en ningún momento. A estas alturas ya empieza uno a pensar que, además de centinela, debe estar contando cuántos somos y si queda alguno por llegar. Inmortalizamos el momento con la foto del grupo en la cima.
En el Canal Roya con el Middi d´Ossau a la espalda
        Antes de iniciar el descenso hacia el Pla de la Gradillère, nos acercamos hasta la Punta Bagüer (2.326 m.), algo más escorada al norte, desde donde ampliamos, si cabe, el ya generoso catálogo de valles y montañas que llevamos toda la mañana contemplando.
        Retrocedemos unos metros y comenzamos el descenso que, en pocas zancadas, nos deja en el Pla de la Gradillère, un amplio rellano en el corazón del espectacular Circo d’Anéou. Y cómo no, allí sigue nuestro vigilante particular, a la izquierda (N), con su inconfundible figura bicéfala y esa mirada de quien lleva toda la mañana controlando nuestros movimientos: el Midi d’Ossau.
De bajada
            A la derecha, el Pène de la Glère luce altivo, prepotente, con cierta chulería montañera. A sus pies, un rebaño de caballos sigue rebuscando entre el reseco pasto alguna brizna verde que llevarse a la boca. Tendrán que conformarse con lo que hay, que tampoco estamos nosotros para repartir víveres.
            Seguimos perdiendo altura y, poco a poco, alcanzamos el punto donde esta mañana nos desviamos para internarnos en ese mundo de crestas y cumbres que nos ha regalado una mañana espectacular.
El Pène va quedando atrás
                Ya tenemos a la vista el aparcamiento de la frontera hispano-gala y hacia allí nos dirigimos sin demasiada oposición por parte de las piernas. Una vez abajo, procedemos al imprescindible «lavado polaco» y nos dispersamos por los establecimientos del Portalet en busca de algo que llevarnos al coleto.
        Bocadillos y demás manjares, que han pasado toda la jornada aburridos en el fondo de las mochilas, recuperan de pronto su razón de ser. Y acompañados por unas generosas jarras de birra, brindamos recordando a Maite que se ha quedado en la city y damos por concluida esta especie de regalo de Esbarre para despedir un verano infernal.
¡Va por ti!
            Solo queda pedir al cielo que tenga a bien abrir la manguera de una vez y regar montañas, valles, pueblos y ciudades. Que falta hace. Y bastante.
        Y así, entre crestas, cimas, conversaciones, alguna que otra protesta de las piernas y las merecidas jarras de birra, ponemos punto final a otra jornada de Esbarre.
        Una jornada de esas que dejan buen sabor de boca: paisajes espectaculares, montaña compartida y, como siempre, la satisfacción de haber llegado hasta donde nos habíamos propuesto, aunque en algún momento las piernas tuvieran serias dudas sobre el proyecto.
        El verano nos ha dejado montañas sedientas, prados agostados y embalses bajo mínimos. Esperemos que el cielo tome nota y se decida de una vez a hacer su parte. Mientras tanto, nosotros seguiremos haciendo la nuestra: caminar, disfrutar y, si se tercia, terminar la faena alrededor de una mesa.
        Hasta la próxima aventura, compañeros. De momento, quien suscribe y su otra mitad cambiamos de aires por unos días, con la mochila cargada de curiosidad y ganas de descubrir otras culturas, otros paisajes y otras formas de entender la vida. Porque viajar, además de llevarnos lejos, siempre nos devuelve un poco más sabios, aunque solo sea por todo aquello que aprendemos y por los recuerdos que nos traemos de vuelta.


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