miércoles, 29 de julio de 2026

PARQUE NATURAL DE LOS VALLES OCCIDENTALES DESDE SIRESA

                    Como en cada periodo vacacional, dejamos caer nuestros huesos en el pequeño, pero encantador, pueblo de Siresa. Allí, los hermanos de Maite nos abren generosamente las puertas de sus apartamentos para que podamos disfrutar de unos días en su compañía.
Siresa
    
        Desde este privilegiado rincón aprovechamos para mover las tabas y recorrer algunos de los muchos parajes que esconde el Parque Natural de los Valles Occidentales, un territorio donde la naturaleza se muestra en estado puro y cada sendero invita a descubrir nuevos paisajes.
                    Pero antes de hablar de nuestras excursiones, merece la pena detenerse en Siresa, esta pintoresca localidad, perteneciente al municipio del Valle de Hecho y situada en la comarca de la Jacetania, que se alza a 882 metros de altitud, en pleno corazón de los Pirineos y muy cerca de la frontera con Francia. Se trata de un pequeño núcleo rural de montaña que conserva intacto el encanto de la arquitectura tradicional pirenaica, con sus calles empedradas, sus cuidadas casas de piedra y un patrimonio histórico y natural de extraordinario valor en el Alto Aragón.
Una calle
                La gran joya de Siresa es el Monasterio de San Pedro, uno de los cenobios más antiguos de Aragón, cuyos orígenes se remontan al siglo IX. Su imponente iglesia románica destaca por una sobria monumentalidad que impresiona al visitante. La tradición cuenta que entre sus muros recibió formación el rey Alfonso I el Batallador… aunque, visto el devenir de algunas de sus empresas, quizá no debió de sacar demasiado buenas notas.
San Pedro de Siresa
                        Siempre que paseo por sus barrios, organizados en torno a pequeñas plazas recoletas, disfruto contemplando las chimeneas troncocónicas, los tejados de pizarra y esa esencia genuina de la vida de montaña pirenaica que aún se respira en cada rincón. También me gusta descubrir las huellas de sus antiguas costumbres, como la presencia de Lo Furno, el horno comunal donde durante generaciones los vecinos cocían el pan y que constituye un magnífico testimonio de la vida colectiva de otros tiempos.            
Chimeneas
Lo Furno
                                Dicho esto, y como ya dejé caer unas líneas más arriba, la privilegiada ubicación de Siresa invita casi por obligación a calzarse las botas y salir a descubrir los rincones del Parque Natural de los Valles Occidentales. Hay jornadas en las que el cuerpo solo pide un tranquilo paseo por alguno de los frondosos bosques que nos rodean, más por buscar la sombra que por un repentino ataque de espíritu montañero. En otras ocasiones, sin embargo, decidimos ponernos un poco más serios y regalarles a las botas unos cuantos metros de desnivel. Total, para eso las hemos traído... y porque, si vuelven limpias a casa, cualquiera las aguanta luego presumiendo de vacaciones.
            ¡Hala pues!, dejemos la cháchara y pongámonos en camino.

SELVA DE OZA
(Corona de los Muertos, camino de la Espata y puente Sil)
Día 28 de julio de 2026
                    Cogemos el buga y enfilamos la estrecha carretera que discurre paralela a las aguas del río Aragón Subordán. La carretera avanza en dirección norte y, tras superar el espectacular desfiladero de la Boca del Infierno, nos deja en el aparcamiento situado junto al camping Selva de Oza.
               Allí abandonamos el buga, con el "Chipeta Alto" cuidándolo, a la sombra de una de las imponentes hayas del lugar, no tanto por miramiento hacia el coche como por evitar que, a la vuelta, el volante estuviera a temperatura de fundición y los cinturones se empeñaran en dejarnos el recuerdo de la excursión grabado a fuego.
Chipeta Alto
            Como ya hemos venido de casa con las botas calzadas y la crema solar convenientemente embadurnada —que luego el sol no entiende de excusas—, no perdemos más tiempo y nos ponemos en marcha. Avanzamos por una amplia pista en dirección noreste, siguiendo las indicaciones hacia la Selva de Oza. Aunque la previsión anuncia una jornada de las de "vuelta y vuelta", la mañana todavía regala una temperatura que invita a caminar.
Primeros pasos
                Apenas hemos recorrido medio kilómetro cuando abandonamos la pista por un sendero que nace a nuestra izquierda y nos conduce hasta la Corona de los Muertos, uno de esos lugares capaces de despertar la curiosidad con solo leer el nombre. Y es que, admitámoslo, con semejante carta de presentación uno espera encontrarse, como poco, un puñado de fantasmas haciendo guardia.
                            La realidad, afortunadamente, es bastante menos inquietante. Nos encontramos ante un fascinante yacimiento arqueológico formado por alrededor de 120 círculos de piedra. Durante mucho tiempo alimentó toda clase de leyendas sobre enterramientos y antiguas batallas, pero las investigaciones apuntan a una explicación mucho más terrenal: aquellos círculos serían los zócalos de cabañas construidas con madera y pieles, utilizadas como campamento estacional por pastores y cazadores entre el Neolítico final y la Edad del Hierro, aproximadamente entre el 3000 y el 500 de antes de nuestra era.
Uno de los círculos
                        Regresamos a la pista principal y continuamos por ella apenas unos cientos de metros. Tras cruzar el barranco de Anieterta, el camino va girando poco a poco hacia el sur hasta alcanzar un cruce de senderos. A la izquierda, un cartel señala el "Castillo d'Acher", esa inconfundible montaña de cima tabular que, a estas alturas, creo que la mayoría de los montañeros habituales de la zona hemos hollado alguna vez... y quien aún no lo haya hecho, seguro que la tiene en la lista de tareas pendientes.
Asoma el Castillo d´Acher
                Nosotros, sin embargo, dejamos al Castillo para otra ocasión y tomamos el sendero de la derecha en dirección al barranco de Espata. Un coqueto puente de madera nos ayuda a salvar su escaso caudal y, casi sin darnos cuenta, nos engulle un magnífico bosque por el que discurre la GR-11.1.
                Hayas centenarias, pinos y abetos forman una bóveda vegetal que apenas deja pasar los rayos del sol. Se agradece. Mucho. Porque mientras arriba el astro rey anda repartiendo estopa sin contemplaciones, nosotros caminamos tan ricamente bajo una sombra que parece puesta allí por el departamento de atención al senderista.
Puente sobre el barranco Espata
            El sendero desciende suavemente, dibujando algunas lazadas entre el bosque, hasta llevarnos al Puente de Sil, que salva las frías aguas del río Aragón Subordán.
                Solo nos queda alcanzar el punto de partida. Lo hacemos recorriendo algo más de dos kilómetros por la misma carretera que, unas horas antes, nos había traído hasta aquí. Es cierto que caminar sobre asfalto nunca resulta tan agradecido como hacerlo por un sendero, pero el rumor constante del Aragón Subordán, el frescor que desprenden sus aguas y el incesante ir y venir de las mariposas libando en las flores de la cuneta compensan con creces ese pequeño peaje.
Mariposeando
            Con esto damos por concluida esta agradable ruta circular. Solo queda cumplir con una tradición que, a estas alturas, ya forma parte inseparable de cualquier excursión que se precie: la cerveza de después. Podríamos tomarla aquí mismo. Mejor regresar a Siresa y compartirla en buena compañía, que una cerveza fresca siempre sabe mejor cuando viene acompañada de una buena conversación... y de la satisfacción de haber gastado un poco las suelas de las botas.
            Y hasta aquí ha dado de sí esta jornada. Las botas ya han cumplido con su cometido, la cerveza ha hecho los honores correspondientes y nosotros regresamos con la agradable sensación de haber aprovechado la mañana.


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Datos técnicos
Recorrido

Perfil:
Distancia, 5,3 km
Desnivel, 200 m.
Track

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