Como en cada periodo vacacional, dejamos caer nuestros huesos en el pequeño, pero encantador, pueblo de Siresa. Allí, los hermanos de Maite nos abren generosamente las puertas de sus apartamentos para que podamos disfrutar de unos días en su compañía.
Desde este privilegiado rincón aprovechamos para mover las tabas y recorrer algunos de los muchos parajes que esconde el Parque Natural de los Valles Occidentales, un territorio donde la naturaleza se muestra en estado puro y cada sendero invita a descubrir nuevos paisajes.
La gran joya de Siresa es el Monasterio de San Pedro, uno de los cenobios más antiguos de Aragón, cuyos orígenes se remontan al siglo IX. Su imponente iglesia románica destaca por una sobria monumentalidad que impresiona al visitante. La tradición cuenta que entre sus muros recibió formación el rey Alfonso I el Batallador… aunque, visto el devenir de algunas de sus empresas, quizá no debió de sacar demasiado buenas notas.
Siempre que paseo por sus barrios, organizados en torno a pequeñas plazas recoletas, disfruto contemplando las chimeneas troncocónicas, los tejados de pizarra y esa esencia genuina de la vida de montaña pirenaica que aún se respira en cada rincón. También me gusta descubrir las huellas de sus antiguas costumbres, como la presencia de Lo Furno, el horno comunal donde durante generaciones los vecinos cocían el pan y que constituye un magnífico testimonio de la vida colectiva de otros tiempos.
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| Siresa |
Pero antes de hablar de nuestras excursiones, merece la pena detenerse en Siresa, esta pintoresca localidad, perteneciente al municipio del Valle de Hecho y situada en la comarca de la Jacetania, que se alza a 882 metros de altitud, en pleno corazón de los Pirineos y muy cerca de la frontera con Francia. Se trata de un pequeño núcleo rural de montaña que conserva intacto el encanto de la arquitectura tradicional pirenaica, con sus calles empedradas, sus cuidadas casas de piedra y un patrimonio histórico y natural de extraordinario valor en el Alto Aragón.
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| Una calle |
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| San Pedro de Siresa |
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| Chimeneas |
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| Lo Furno |
¡Hala pues!, dejemos la cháchara y pongámonos en camino.
SELVA DE OZA
(Corona de los Muertos, camino de la Espata y puente Sil)
Día 28 de julio de 2026
Cogemos el buga y enfilamos la estrecha carretera que discurre paralela a las aguas del río Aragón Subordán. La carretera avanza en dirección norte y, tras superar el espectacular desfiladero de la Boca del Infierno, nos deja en el aparcamiento situado junto al camping Selva de Oza.
Allí abandonamos el buga, con el "Chipeta Alto" cuidándolo, a la sombra de una de las imponentes hayas del lugar, no tanto por miramiento hacia el coche como por evitar que, a la vuelta, el volante estuviera a temperatura de fundición y los cinturones se empeñaran en dejarnos el recuerdo de la excursión grabado a fuego.
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| Chipeta Alto |
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| Primeros pasos |
La realidad, afortunadamente, es bastante menos inquietante. Nos encontramos ante un fascinante yacimiento arqueológico formado por alrededor de 120 círculos de piedra. Durante mucho tiempo alimentó toda clase de leyendas sobre enterramientos y antiguas batallas, pero las investigaciones apuntan a una explicación mucho más terrenal: aquellos círculos serían los zócalos de cabañas construidas con madera y pieles, utilizadas como campamento estacional por pastores y cazadores entre el Neolítico final y la Edad del Hierro, aproximadamente entre el 3000 y el 500 de antes de nuestra era.
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| Uno de los círculos |
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| Asoma el Castillo d´Acher |
Hayas centenarias, pinos y abetos forman una bóveda vegetal que apenas deja pasar los rayos del sol. Se agradece. Mucho. Porque mientras arriba el astro rey anda repartiendo estopa sin contemplaciones, nosotros caminamos tan ricamente bajo una sombra que parece puesta allí por el departamento de atención al senderista.
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| Puente sobre el barranco Espata |
Solo nos queda alcanzar el punto de partida. Lo hacemos recorriendo algo más de dos kilómetros por la misma carretera que, unas horas antes, nos había traído hasta aquí. Es cierto que caminar sobre asfalto nunca resulta tan agradecido como hacerlo por un sendero, pero el rumor constante del Aragón Subordán, el frescor que desprenden sus aguas y el incesante ir y venir de las mariposas libando en las flores de la cuneta compensan con creces ese pequeño peaje.
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| Mariposeando |
Y hasta aquí ha dado de sí esta jornada. Las botas ya han cumplido con su cometido, la cerveza ha hecho los honores correspondientes y nosotros regresamos con la agradable sensación de haber aprovechado la mañana.
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