Día 12 de septiembre de 2026
En esta ocasión, los mozos d´Esbarre nos proponen una de esas actividades encaminadas a buscar el equilibrio territorial: un pie en las Galias y el otro en nuestra sufrida Hispania.
Al mando del volante va Pablo, uno de nuestros pilotos de cabecera, estrenando bus y conduciéndolo con la serenidad, aplomo y maestría de quien ya ve el horizonte del jubileo asomando por el retrovisor.
No sabemos si es que la convocatoria incluía la inquietante palabra «cresterío», que a más de uno le habrá producido una súbita flojera de piernas, o que el personal anda últimamente muy disperso, pero la cuestión es que nos sobran asientos para dar, vender y hasta alquilar por horas. Menos mal que, según avanzamos hacia las alturas, en la Osca y posteriormente en Senegüé, hacemos la acostumbrada parada técnica para el café, el tentempié y esas otras necesidades fisiológicas que nunca faltan en una excursión de caballeros, donde vamos recogiendo compañeros que se incorporan al pelotón.
La sequía, por su parte, se encarga de recordarnos que esto del cambio climático va muy en serio. A nuestro paso por los embalses de Búbal y Lanuza, el panorama es desolador: de agua, poca; de embalse, el nombre. A este paso, las truchas tendrán que aprender a nadar con cantimplora y pedir permiso para cambiar de charco.
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| Embalse de Búbal |
En fin, que entre Galias, Hispania, cresteríos, jubilaciones, asientos vacíos y embalses sin oficio ni beneficio, vamos poniendo rumbo a las alturas con la esperanza de que, al menos, las montañas sigan donde las dejamos.
Pablo nos deja en la frontera del Puerto Portalet y, como la mañana viene amable, salimos con el mismo atuendo que en julio.
Apretamos las botas, nos untamos de crema solar con la generosidad propia de quien piensa pasar el día a la intemperie y, como hoy Ricardo no nos acompaña, hacemos la foto de salida con el pensamiento puesto en su «maquinón». Que no estará él, pero su espíritu fotográfico siempre nos vigila.
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| El pelotón d´Esbarre |
Con permiso del centinela que nos va a vigilar durante toda la jornada, el imponente Midi d’Ossau, echamos a andar.
El terreno nos resulta conocido, pues algunos de los que por aquí andamos ya lo hemos recorrido en varias ocasiones, aunque, créeme, para varios de nosotros esta es la primera vez que lo hacemos en seco. Las anteriores fueron en invierno, con nieve hasta las orejas y raquetas en los pies, que siempre le dan a uno un aire más aventurero del que probablemente merece.
| Hubo una vez que... |
Las gentes del valle lo llaman Jean Pierre, «el gigante de piedra», por sus dos cumbres, una mayor que la otra. La tradición cuenta que al hijo mayor se le llamaba Jean y al pequeño Pierre. También tiene su correspondiente leyenda, pero no me extenderé: ya di buena cuenta de ella en [esta entrada] y más recientemente en (esta otra entrada).
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| Midi d´Ossau |
Poco a poco ganamos metros, aunque con una pendiente todavía amable, lo que permite mantener la actividad más importante de toda salida montañera: la conversación.
—¿Qué tal el verano?
—Pues yo estuve por las Rocosas, en Canadá, y haciendo trekking por Austria.
—¡Leches!
—Yo también, pero un poco más abajo.
—¡Vaya verano! Se nos está quemando el monte.
—Algunos dicen que esto del cambio climático no tiene nada que ver.
—¡Qué sabrán ellos!
Ahora, algo más callados —bueno, siempre hay alguna excepción— vamos ganando altura. La senda se abre paso entre dos pènes —Para mentes calenturientas, en la montaña francesa: peña, roca vertical, risco escarpado o cresta rocosa—; a nuestra derecha, la de Glère, y a la izquierda, la de Mauhourat. Dos espectaculares promontorios que parecen empeñados en ver cuál de los dos consigue llegar antes al cielo.
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| ¡P´arriba! |
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| Hora del desayuno |
Una parada para reponer fuerzas nos permite levantar la vista y disfrutar del paisaje. ¿Angosto? Sí. ¿Espectacular? También. A nuestras espaldas quedan las sierras que hemos dejado atrás, mientras que hacia el oeste se abre un auténtico escaparate de cimas imponentes que esperamos ir identificando desde las cotas que tenemos por delante.
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| Por el ciollado de Peña Blanca |
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| Canal Roya |
A partir de aquí comienza el correspondiente festival de sube y baja por las crestas. Unas veces el paso es cómodo y seguro; otras, toca andar con cuidado, especialmente cuando el terreno se presenta inestable. Aquí conviene no «esbalizar», que una cosa es hacer montaña y otra muy distinta convertirse en parte del paisaje.
Unos avanzan con soltura, curtidos en estas lides del cresteo; otros con algo más de torpeza y alguno, directamente, va negociando con la gravedad y bajando de roca en roca con el trasero como tercer apoyo.
Todos, eso sí, vamos acercándonos a nuestra siguiente cima: el Pico Canal Roya (2.345 m.).
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| No esbalizar |
Al alcanzar la cumbre, el paisaje se abre por ambos lados y nos ofrece un auténtico desfile de nombres ilustres: Infiernos, Balaitus, Palas, Aspe, Bisaurín, Castillo d’Acher… Más cerca, La Raca, y allá abajo, recorriendo todo el valle, la Canal Roya.
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| Paisaje |
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| En el Canal Roya con el Middi d´Ossau a la espalda |
Retrocedemos unos metros y comenzamos el descenso que, en pocas zancadas, nos deja en el Pla de la Gradillère, un amplio rellano en el corazón del espectacular Circo d’Anéou. Y cómo no, allí sigue nuestro vigilante particular, a la izquierda (N), con su inconfundible figura bicéfala y esa mirada de quien lleva toda la mañana controlando nuestros movimientos: el Midi d’Ossau.
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| De bajada |
Seguimos perdiendo altura y, poco a poco, alcanzamos el punto donde esta mañana nos desviamos para internarnos en ese mundo de crestas y cumbres que nos ha regalado una mañana espectacular.
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| El Pène va quedando atrás |
Bocadillos y demás manjares, que han pasado toda la jornada aburridos en el fondo de las mochilas, recuperan de pronto su razón de ser. Y acompañados por unas generosas jarras de birra, brindamos recordando a Maite que se ha quedado en la city y damos por concluida esta especie de regalo de Esbarre para despedir un verano infernal.
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| ¡Va por ti! |
Y así, entre crestas, cimas, conversaciones, alguna que otra protesta de las piernas y las merecidas jarras de birra, ponemos punto final a otra jornada de Esbarre.
Una jornada de esas que dejan buen sabor de boca: paisajes espectaculares, montaña compartida y, como siempre, la satisfacción de haber llegado hasta donde nos habíamos propuesto, aunque en algún momento las piernas tuvieran serias dudas sobre el proyecto.
El verano nos ha dejado montañas sedientas, prados agostados y embalses bajo mínimos. Esperemos que el cielo tome nota y se decida de una vez a hacer su parte. Mientras tanto, nosotros seguiremos haciendo la nuestra: caminar, disfrutar y, si se tercia, terminar la faena alrededor de una mesa.
Hasta la próxima aventura, compañeros. De momento, quien suscribe y su otra mitad cambiamos de aires por unos días, con la mochila cargada de curiosidad y ganas de descubrir otras culturas, otros paisajes y otras formas de entender la vida. Porque viajar, además de llevarnos lejos, siempre nos devuelve un poco más sabios, aunque solo sea por todo aquello que aprendemos y por los recuerdos que nos traemos de vuelta.
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