martes, 20 de noviembre de 2018

PUNTA GÜE (Y fiesta de Esbarre)

Día 17 de noviembre de 2018
Cima de la Punta Güe.
       Tierra de leyendas y tradiciones, de romances y romerías; tierra de música y ermitas, de pacos y solanas, de valles y montañas... tierra del Serrablo. 
             Oturia y Erata, como dos reyes, contemplan el discurrir de las aguas del río Gállego que hasta aquí llega tras superar varios obstáculos (¡y lo que te rondaré, morena!). Miran, estos dos montes, la otra orilla viendo como un pico más humilde atrae a más de cuarenta esbarristas mezclados entre los colores que este otoño nos está regalando. Me refiero a la Punta Güe, de corto nombre y de largas vistas.
           ¡Ábrete Sésamo! que hoy somos cuarenta (más uno) los que nos reunimos en el garito de costumbre en Senegüe, para tomar fuerzas o lo que sea menester (no hay que pasarse que hoy toca fiestorro).
¡Ábrete Sésamo!.
Primeros pasos.
            Cumplidas dichas y nobles tareas, nos montamos en el bus para recorrer los pocos metros que nos separan de Sorripas. Nos calzamos las botas y poco más, la mañana, aunque nublada, es de buena temperatura y, seguro, en cuando comencemos a caminar lo cotejaremos.
             Pues nada, comandados por el "chef Richi", siempre en ascenso, comenzamos a caminar con paso lento pero firme, por una cómoda pista que pronto abandonaremos para alcanzar un pequeño llano. Un corto descanso nos permite echar un vistazo hacia Sabiñánigo que, escondido bajo la niebla, no consigue disimular los vapores de sus fábricas. Peña Oroel nos muestra sus faldas, pues la cima se encuentra con sombrero de nubes, ¡ya escampará!. Abajo ha quedado Sorripas con sus casonas e Iglesia románica de San Andrés (s. XII).
Sabiñánigo.
Algunos intrusos en el cuadro.
             Poco a poco la senda se va empinando, el erizón se encarga de poner a prueba la resistencia de los pantalones "nortface"; el boj, cuya madera tan buenas cucharas de palo da, se extiende por estas laderas; y el roble tiñe de amarillo el cuadro en el que somos protagonistas.
            Alguien pregunta aquello de "¿cuanto queda a la cima?". Entre la niebla parece verse, hay quien se alegra ante la imagen, pero hay un dicho montañero: ––"detrás de una cima hay otra cima".
              Así es, hay que seguir algo más, pues hoy tenemos manduca y habrá que ganársela, ¿o no?.
¿La cima?-
Con Maite y Marimar ar en la Punta Güe.
           Cuando, entre la niebla,  esta vez sí, se adivina la torre anti-incendios de la cima, el sendero se empina algo más, tanto que algunas botas se resisten a avanzar, y es aquí cuando aparece el "orgullo esbarrista" para alcanzar la Punta Güe (1579 m.), sencillo pero espectacular mirador desde el que divisar lugares y montañas emblemáticos pero esta vez "no toca", la niebla no nos deja ver más allá de la cámara que nos fotografía para testificar que los "cuarenta (y Ali-Babá)" estamos aquí.
          Antes de emprender el descenso, un claro nos deja ver el pueblecito de Larrés con su castillo, sede del Museo de Dibujo Julio Gavín, y en el lado opuesto varios pueblos del Sobrepuerto, algunos de ellos queriendo resucitar de su triste y larga agonía.
Atajo.
             Ya estamos bajando, ora por serpenteante senda, ora por pista, ora por atajo, pero siempre rodeados por un bello entorno en el que el colorido resta protagonismo a los que disfrutamos de él. Igual peco de repetitivo al comentar (ya van varias entradas) de la bondad de este largo otoño regalándonos un paisaje tan pleno de colores dorados, máxime cuando caminamos, como ahora, por una alfombra tapizada con las hojas de un precioso robledal acompañado por avellanos, arces, pinos, hayas, nogales...
           Abajo ya se ven las primeras edificaciones de ¿nuestro destino? Arguisal, entre las que destaca la iglesia parroquial de San Martín (s. XVIII).
Sendero alfombrado.
Colores de otoño.
Arguisal.
         ¡Ah amigos!, tiene fuente Arguisal pero no mana birra, así que decidimos recorrer el sendero que une esta población con Escuer y, ¡leches! ha valido la pena. El camino es un bonito paseo  por un bosque de quejigos donde ahora manda el amarillo de las hojas secas, ofreciendo un hermoso cromatismo.
             Estamos en Escuer Bajo, pues el antiguo pueblo, el Alto, se encuentra despoblado ––cuentan que algunos vecinos utilizaron materiales de sus casas para construir este, a orillas del Gállego.


Ese sol.
Mirando hacia el cielo.
       Aquí nos espera José con su simpatía y su flamante autobús.              Nos acicalamos y damos buena cuenta del barril de uno de los bares (¿sería esta una de las causas que llevaron a descender a los antiguos habitantes de Escuer Alto?).
          Trasladados al Camping Valle de Tena, por segundo año consecutivo, vamos a celebrar en su restaurante la, siempre animada:






¡Fiesta de Esbarre!

Largas mesas.
             Sentados ante largas mesas, cuarenta y un comensales; mesas de humilde mantel de negro papel. las taberneras gritan ofreciendo sus manjares, el bullicio de los comensales ahogan sus voces: ––tenemos carrillera, dorada, bacalao, cordero..., de postre torrijas con helado, cuajada... ––                      El vino del Somontano riega los gaznates y enturbia las mentes de los más osados. Cafés y licores varios ejercen de introducción a las palabras del comedido "boss Juli": –– un año más, y van..., los de Esbarre seguimos en pie gracias, entre otros, a las gentes que se estrujan el cerebro para elaborar los calendarios anuales, trabajo con el que sigue colaborando el más veterano de los fundadores, el amigo Luis Casao (aplausos).
Objetivos cumplidos.
Rayo de luz.
                  En estas celebraciones, rodeados de gentes amantes de la montaña, de sus caminos y senderos, de sus bellos paisajes, difícil resulta no recordar a los amigos ausentes que este año se nos ha llevado.
              Una vez más, se procede al sorteo de prendas y útiles montañeros que los agraciados celebran con mucho entusiasmo.








Os recuerdo, así erais en el pasado otoño.
Erais la boina gris y el corazón en calma.
En vuestros ojos peleaban las llamas del cariño.
Y las hojas caían en el fuego de vuestra sombra. 
Hasta pronto

Datos técnicos
(El track para GPS pulsando sobre la palabra wikiloc de abajo)


miércoles, 14 de noviembre de 2018

BARRANCOS DE MORANA Y HORCAJUELO (En otoño)

Día 11 de noviembre de 2018
El "gnomo de Jaulín"
        Gustavo Adolfo Bécquer contaba en sus leyendas: "En las profundas simas, en sus cumbres solitarias y ásperas, y en su hueco seno, viven unos espíritus diabólicos que durante la noche bajan por sus vertientes como un enjambre, y pueblan el vacío y hormiguean en la llanura"Afirmaba el poeta, convencido, que entre los espíritus más peligrosos están los gnomos: "Los que se insinúan con dulces palabras en el corazón de las jóvenes y las deslumbran con promesas magníficas".
              Varias son las leyendas que acompañan a la montaña que encumbra el Sistema Ibérico, el "Moncayo", y de ellas parece nacer el origen de su nombre. "Monte Cano" por la boina que cubre su cabeza el mayor tiempo del año, o "Monte Caco" por aquella otra leyenda en el que el ladrón Caco entabló amistad con los gigantes Hércules y Pierres. Pero en fin, algo de esto ya conté en esta otra entrada, ahora no es cuestión de dar la tabarra.
Barranco de Morana.
       En días de lluvia, este domingo parece que nos va a respetar. Nos vamos a patear una ruta circular que ya conocía, acompañé al amigo Chema Tapia para que la introdujera en su libro "Cien Cimas, Cien Paisajes de Aragón" en la primavera del 2017 (aquí está la crónica de aquel día).
            Pero hoy no es primavera y los barrancos de Morana y Horcajuelo están teñidos de otro color: esta mañana, flanqueados por bellos colores, bajan con "hermosa mala leche".
     Hemos madrugado para comenzar a buena hora. Aunque, en las últimas horas, ha estado lloviendo parece que no nos vamos a mojar (al menos " de garras p´arriba").
Comenzamos aquí.
Primeros pasos.
             En el viaje hemos parado a tomar un café cerca de Bulbuente; posteriormente, a nuestro paso, las calles de Alcalá de Moncayo están desiertas. Una pista nos va adentrando hacia el nacimiento del río Huecha, por las entrañas de estos barrancos. El malogrado centro de recuperación de la cabra moncaína, nos anuncia que estamos llegando al aparcamiento que se encuentra junto a la central de Morana.
          Con ánimo "juvenil" comenzamos a caminar, los primeros metros los hacemos por una pista adaptada que alcanza un mirador con vistas hacia... ¡qué sé yo!. Lo que sí puedo asegurar es que somos los únicos humanos que andamos por este bello rincón de las faldas del Moncayo.
El de La Morana.
         Aquí, el Huecha no ha recibido el bautismo, son estas, las aguas del barranco de Morana, las que amamantan el río que, más abajo, se dejará acunar en las orillas del Ebro.
         El panorama en el que nos introducimos es verdaderamente espectacular. Los colores se mezclan entre ellos en una clara competición por destacar en este cuadro multicolor: entre algunos pinos, el fresno aporta el amarillo, el arce aporta los tintes rojos, la carrasca sus oro y bellotas, la encina va alfombrando el camino con sus hojas anaranjadas y el acebo nos muestra sus verdes y brillantes hojas que la lluvia ha lavado en la noche, además la planta femenina de este bello ejemplar aporta sus frutos rojos para completar este hermoso cuadro. Y setas, muchas setas que  nuestra ignorancia nos impide nominar y, mucho menos, probar.
Arce
Acebo femenino.
Es lo que toca.
            Seguimos ascendiendo por una cómoda senda que en una bifurcación gira a la derecha; por la izquierda, el barranco de Horcajuelo se encuentra con el de Morana. Será nuestro camino de vuelta.
          Pronto alcanzamos el primero de los obstáculos que nos vamos a encontrar, este año está lloviendo de lo lindo, el fuerte caudal del barranco nos impide continuar. 
No hay problema que un pequeño rodeo no pueda solucionar, hemos continuado unos metros aguas arriba y aguas abajo del Horcajuelo y de nuevo estamos en nuestro camino.
Refugio.
              El barranco se va cerrando entre grandes rocas de formas caprichosas, un refugio con pétrea mesa nos anuncia que estamos alcanzando la presa que abastece a la central eléctrica de Morana, cosa que hacemos no sin dificultad pues la humedad que reina en este lugar, complica avanzar con seguridad algunos tramos.
               Seguimos avanzando junto a un cauce de agua encajonado, que nos recuerda a las levadas de Madeira.
          A partir de aquí, la vegetación se va cerrando. Pese a que han limpiado buena parte del sendero, en algunos momentos se hace complicado el caminar entre las zarzas cuyos pinchos se encaprichan con nuestra ropa y nuestra piel. El bello entorno salvaje de este barranco nada tiene que envidiar a otros de macizos montañosos más reconocidos. 
Avanzando.
Así es el Moncayo.
Nos entendemos.
             El sonido de las aguas nos acompaña durante todo el ascenso, el cauce se encapricha y nos va embelesando en cada uno de sus metros. ¡Ah, pero todo tiene su precio!, una y otra vez hemos de vadear el barranco sobre piedras mojadas unas veces, y sumergidas en otras. Como podemos, uno a uno, vamos salvando estos obstáculos que, acompañados por otros muchos, nos van ralentizando el avance. Es el precio que hemos de pagar por recorrer estos impresionantes y bellos senderos. Lo que está claro es que en este entorno, Toño, Maite, Piedad, yo, el agua y la vegetación estamos condenados a entendernos (alguien más que el resto, pues se ha empeñado en comprobar la temperatura del agua).
Se pueden comer (al menos la primera vez).
En la jungla moncaína.
Las gradas de... Morana.
Las últimas cuestas.
          A nuestra derecha, izquierda del cauce, vemos el barranco de Valdealonso nacido de las faldas del Pico Lobera. A partir de aquí, el de Morana se va ensanchando y mostrándonos algunos saltos que nos recuerdan a las Gradas de Soaso (estamos en el Moncayo), la luz entra algo más y la vegetación va cambiando, ahora son erizón, retama, sabina rastrera, enebro y, cómo no, el acebo. La senda, salvo algún canchal que hemos de subir y bajar, se ha olvidado de ponernos obstáculos y aquí se muestra más amable para con estas castigadas garras.
         Alcanzamos la pradera de la Hoya del Horcajuelo y nos desviamos ligeramente hacia la izquierda para afrontar los últimos trescientos metros hacia el collado del Alto de los Almudejos. 
Cerro Morrón.
            Justamente aquí nace el barranco por el que descenderemos, el de Horcajuelo. Pero antes, con permiso de las nubes, hemos de admirar el paisaje: frente a nosotros tenemos el macizo que conforman el Cerro y Muela del Morrón, a lo lejos asoma el lugar en que estuvimos la semana pasada: la Sierra de la Virgen, un poco más a la izquierda la de Vicor...
            Ahora toca descender por un suave sendero que, tras pasar junto a los Corrales de Horcajuelo de Arriba, enlaza con el cauce seco de un barranco que, chino chano, nos acerca hasta los Corrales de Horcajuelo de Abajo, cuya paridera nos protege de un incómodo viento pues es buen lugar, y mejor hora, para proceder a alimentar nuestras células y regarlas con el tintorro de la bota del de Jaulín.
El de la bota de vino.
La Torre de Morana.
           Nos lo tomamos con cierta tranquilidad pues lo más duro ya ha pasado. Pero no hay que fiarse, estamos en fechas de pocas horas de luz, así que toca recoger las mochilas y seguir la marcha que ahora discurre por el bello prado que nos coloca en el sendero PR-Z.3 para adentrarnos en el barranco de Horcajuelo. A diferencia del Morana, este es más abierto, la vegetación es menos densa pero por eso, no menos colorida. Aquí cobran más protagonismo las formas caprichosas de las grandes rocas que se asoman al sendero y que luchan por mantener la verticalidad. Destaca sobre todas la llamada "Torre de Morana" que, cuentan, flanqueaba el camino que seguían los segadores cuando, desde esta zona, marchaban hacia los campos de Castilla. Un poco más abajo, otra roca que el tiempo ha esculpido la llaman "la Esfinge".
Los cuatro ante la Torre de Morana.
La Esfinge.

De nuevo, aparece.
               Pronto comenzamos a ver como el barranco empieza a filtrar agua y, de nuevo, toca vadear el cauce, cosa que hacemos con la extraordinaria experiencia adquirida a lo largo de la jornada.                 Cuando nos encontramos cerca del abrazo del barranco del Horcajuelo con el de Morana, la vegetación vuelve a ser abundante. 
             Hemos cerrado el círculo de tan bello y salvaje recorrido, solo queda volver sobre los pasos de esta mañana para alcanzar el aparcamiento.

Bajo un pequeño nogal.
Una de aquellas fotos.
            A medio asear, iniciamos el regreso a casa; ahora lo hacemos atravesando las estrechas callejuelas de Añón y parando a tomar una caña en La Corza Blanca. Las paredes del garito hostelero están repletas de fotografías de montañismo, entre las que descubrimos un par de cuando algunos de nosotros, los "Estalentaos" anduvimos por el Campo Base del Everest.
            Buena jornada la de hoy, alguna dificultad compensada con el solitario entorno. No es de extrañar que no hayamos visto ni un alma, el barranco de Morana se las trae, máxime en esta ocasión en el que presenta un gran caudal. Y si ha sido buena la jornada de hoy no lo es menos entrañable pues, como dije en las recientes entradas de esta Vieja Mochila, los recuerdos afloran en cada uno de los senderos que en esta o alguna otra ocasión recorrimos con los amigos que nos dejaron (dejo aquí enlace).
Hasta pronto
Datos técnicos:
Recorrido

Perfil:
Distancia, 14 Km.
Ascenso total, 760 m.
Descenso total, 760 m.

lunes, 5 de noviembre de 2018

PICO CABRERA POR LA RUTA DEL PAPA LUNA

Día 1 de Noviembre de 2018
Calabaza.
           Comenzamos un nuevo mes, la noche ha sido "terrorífica" en las calles de mi ciudad.
       "Jalogüen" (halloween), movida nocturna que ha desplazado a la popular "noche de ánimas" de tradición ancestral. Cuentan que aquí, en Aragón, no se celebraba en la víspera de Todos los Santos, sino en la madrugada del 1 al 2 de noviembre. En esta fiesta de expansión norteamericana, el personal se disfraza en una especie de competición por ver quién da más miedo, quién es más fantasma, quién se asemeja a un muerto viviente ––ja, ja, ja ––Uno que es poco amigo de creerse ni aquello ni esto, no necesita de noches lúgubres, con tan solo sintonizar un "telediario" le basta para aterrorizarse de esos personajes que a diario, estos sí, estos me producen ¡auténtico canguelo!. En cuanto a las calabazas, Maite prepara un puré con romero como para chuparse los dedos.   
Santuario.
              Tras tan horrenda noche llega el alba, ya alborea en las tierras del Aranda, en vísperas ha jarreado con ganas y las nubes cubren nuestro objetivo en las cumbres de la Sierra de la Virgen, que en época romana se la conocía como "Voberca Mons". Reposa, la sierra, entre los valles del Aranda al norte, y Ribota al sur. Curiosamente,  pese a su denominación, la cima de esta sierra carece de toda simbología religiosa pues, quizás pensando que el otro emplazamiento era de "más altura", las gentes de Villarroya edificaron una ermita-santuario algo más al N.O. ––Ya tenía ganas yo, de subir a una montaña limpia de símbolos varios.
Vista de Illueca desde la sierra.
          Para comenzar la jornada tomamos un café en Illueca, ciudad que tradicionalmente estuvo ligada a la fabricación de paños (se calculan a mediados del siglo XIX, más de un centenar de telares). Sin embargo, en el momento actual se polariza hacia la fabricación de zapatos, cuyos antecedentes se remontan al siglo XVII, en el que se implantaron tres tenerías junto al río Aranda.
         Cuando uno se acerca a Illueca, lo primero que ve, es la mole de su castillo-palacio. En este lugar nació don Álvaro de Luna y Pedro Martínez de Luna, quien luego sería Benedicto XIII, el célebre papa Luna aquel que, cuenta la leyenda, perdió su anillo en Peñíscola.
Mojón de la Ruta.
              Con los deberes cumplidos, los cuatro (Piedad, Toño, Maite y un servidor) nos acercamos con el "buga" hasta un punto (840 m.) en el que comenzamos, y terminaremos, esta ruta circular que coincide en un buen tramo con la denominada "Ruta  Papa Luna".
           Los primeros 2,5 kilómetros los recorremos por una agradable pista perfectamente escoltada por los hombres de las escopetas, los illuecanos andan de batida del jabalí. Afortunadamente no afecta a nuestro recorrido, pues cuando tomamos la senda hacia la cima, nos alejamos de su radio de acción.

Entre robles.
           ¡Qué sendero!, parece como si los más afamados acuarelistas de la tierra, se hubieran reunido en estos lugares para dar rienda suelta a sus pinceles. Álamos, chopos, olmos, carrascas, robles, sauces, castaños, nogales  plataneros... compiten por mostrarnos sus más bellos colores otoñales.
         La senda nos lleva en dirección oeste, vamos ganando altura por un bello bosque de robles con sus troncos vestidos de líquenes y sus hojas pintadas de amarillo.
            Un par de miradores nos ubican sobre el "alcornocal de Sestrica", enclave botánico extraordinariamente singular y de gran interés natural ya que es el único bosque de este tipo en Aragón. Sus troncos delatan que, en algún momento, debieron de explotar la extracción del corcho.
Alcornoque, cuántas botellas tapaste.

Sí, el verano ha terminado pero...

...ha llegado el bello espectáculo que...

...cubre los paisajes con un manto dorado.
Peña Guzmán
                 Alcanzamos una especie de collado en el que se encuentra la "Peña Guzmán" (1348 m.) a la que, como cabricas, se encaraman Piedad y Toño.
               Aquí nos encontramos con otro hombre "armado". Fusil en mano nos dice:
––¿ande vais?
––¡al Cabrera!
––habéis subido por una zona de caza, ¡cagüen m´espantáis los animales!
––pero si nos han dicho, allá abajo, que no había caza por aquí
––aquellos son de otro ejército fusilero, son de Illueca
––y este ¿qué ejército es?
––"semos" de Sestrica
––¡ah!, pero hemos subido por la Ruta Papa Luna, perfectamente balizada, y no hemos visto ninguna indicación, excepto los postes de madera del sendero de dicha Ruta.
Poste de la Ruta Papa Luna.
––sí, pero pasa por nuestro terreno y nadie nos pidió permiso para crear esa ruta
––pues a ver si nos aclaramos porque tan solo queremos andar, recorrer los senderos de las montañas y valles, disfrutar de la naturaleza respetándola con todas nuestras fuerza, todo ello sin molestar a los cazadores pero sin la posibilidad de convertirnos en vuestros trofeos.
        Nos despedimos del amigo y seguimos nuestro camino, eso sí, guiándonos con el GPS pues alguien, por este lugar sestricano, ha serrado los postes indicativos de la Ruta. Las diferencias de algunos, no solo se dan en ámbitos regionales, sino que en otros más pequeños... ¡también!.
Vista de gotor desde la sierra.
            Pronto alcanzamos el cordal que recorre los más elevado de la sierra. Delante de nosotros, las nubes intentan esconder la Peña del Café (1380 m.) que cumple todos los requisitos de balcón sobre el norte. Abajo, el río Aranda serpentea para regar las huertas de Brea, Illueca, Jarque, Gotor con su convento dominico... Algo más lejos, la figura de las Peñas de Herrera nos indican que miremos algo más a la izquierda, que allí, bajo las nubes anda escondido el Moncayo, que veamos sus faldas que la nieve ha vestido de blanco.
Lástima que las nubes nos impidan ver el Pirineo con toda su hermosa grandeza.
Las vergüenzas del Moncayo, sus faldas.
Alcanzando el Pico cabrera.
       Seguimos cresteando en dirección N.O. y no tardamos en alcanzar el punto más alto de nuestra jornada, el Pico Cabrera (1433 m.), coronado por un vértice geodésico. Aquí la visión se amplía más, pues alcanzamos a ver la cara sur de la sierra con el valle que describe el Ribota. Un poco más allá el Pico del Rayo y las antenas del cerro de Santa Brígida en la Sierra de Vicor. Al este, vemos la Sierra de Algairén coronada por el pico de Valdemadera, sierra frecuentemente recorrida por los aquí presentes.
         Un buen lugar para descansar unos minutos y disfrutar del entorno.
Los cuatro.
Los dos (¿mal de altura?)
Seta de pie azul.
                 Bajamos por la vertiente norte y si la subida ha sido espectacular, este entorno no lo es menos, aquí se suman una buena colección de hongos y la jara alcanza un tamaño que, en algún momento, adquiere la condición de bosque (habrá que volver en época de floración, será espectacular). En esta cara de la sierra la vegetación adquiere un grado de espesura impresionante.
                  El sendero serpentea en un vertiginosos descenso que nos acerca hasta un refugio de la Sierra, pero no necesitamos refugiarnos por lo que seguimos nuestro sendero que desemboca en una pista que recorremos con tranquilidad.
Sin palabras
Avanzando entre jaras.
Fuente de Valdelajuen.
         En uno de sus bellos rincones, bajo la sombra de las amarillas hojas de un enorme chopo, la Fuente de Valdejuen ofrece su limpia agua al caminante, pero como "poco hemos sudado" seguimos durante un par de kilómetros, disfrutando del paisaje que el otoño nos regala, hasta el punto de comienzo.
              Solo queda acercarnos a Illueca y mirar si en el Mayte, lleno hasta los topes, tienen a bien darnos algo de comer, pues, ¡leches!, ya toca. Garbanzos, Bacalao, chipirones, manitas de cerdo, cerveza y vino (yo poco, hay que conducir) nos duran menos que un caramelo en la puerta de un colegio.
              Los cuatro, este otoño, no hemos subido ningún tresmil, ha sido una estación que se nos ha llevado dos mochilas, pero su recuerdo nos anima a seguir saliendo a recorrer estos otros sorprendentes y entrañables rincones por los senderos de amistad.
              Hasta pronto
Hoy una mano de congoja
llena de otoño el horizonte.
Y hasta de mi alma caen hojas.
(Pablo Neruda)

Recorrido

Perfil:
Distancia, 10, 7 Km.
Desnivel ascendido, 720 m.
Desnivel descendido, 720 m.