miércoles, 10 de julio de 2024

PINETA - CASCADA DEL CINCA - LLANOS DE LA LARRI - CASCADA DE LA GROTA

 Día 8 de julio de 2024
        Si hay un valle  en el Pirineo que produzca en nosotros una carga emotiva, diferente a la de otros rincones de esta gran y hermosa cordillera, ese es el Valle de Pineta. Aunque en alguna ocasión, con motivo de alguna ruta hemos pasado por el valle, ha pasado un cuarto de siglo hasta que nos hemos empapado de viejos y emotivos recuerdos. Además, sabidos de qué se encuentran acampados en el valle, pasamos a visitar a Pascual y María Jesús, supervivientes de aquel grupo de amigos que, año tras año, pasábamos unos días inolvidables.
Valle de Pineta
            Claro, no podíamos dejar de echar el cuerpo a algunos de los rincones más clásicos del Valle, esos en que el agua protagoniza buena parte de esta jornada.
        Al lío: Nos acercamos al parking que han habilitado en el fondo del Valle; desde aquí se divisa el hermoso paisaje en el que nos vamos a introducir. Nos echamos las mochilas a la espalda, cruzamos el puente provisional sobre el Cinca (aguas abajo están construyendo uno nuevo) y comenzamos a caminar por el sendero que se dirige hacia Marboré.
Pasarela sobre el Cinca (al fondo su cascada)
        Después de cruzar a la margen izquierda del río (el primer kilómetro lo recorremos por su orilla), comenzamos a ascender por un impresionante bosque de hayas y boj, bosque pintado de verde musgo. El sendero se caracteriza por un silencio que solo es interrumpido por el canto de los pájaros y el crujido de las hojas bajo nuestras botas.
Por el camino de Marboré
        Cruzamos aquella pista tan concurrida por ganaderos, personal forestal, senderistas y montañeros. Todo un desfile de personajes dignos de un "festival en la montaña". Pero, ¡ay!, el puente que cruza el río, ese pobre puente... Primero lo destruyó una riada. Y cuando por fin decidieron repararlo, ¡sorpresa! Una excavadora entra en escena y lo rompe de nuevo, como si quisiera tener la última palabra. Ahora, después de tanto drama, parece que está casi reparado. Eso sí, solo para vehículos autorizados. ¡Qué consideración!
Segunda rotura
        Maite y yo continuamos avanzando, ganando metros a cada paso. Poco a poco, el denso bosque cede su lugar a un paisaje más despejado, donde los helechos se convierten en los protagonistas. Las flores, en un vibrante homenaje al sol, despliegan sus colores para el deleite de quienes pasamos. Lilium pyrenaicum, lirios de San Bernardo y lirios azules, ranúnculos de montaña y campánulas de diversas especies forman un jardín abierto al mundo, brindándonos un espectáculo natural inigualable.
Lilium pyrenaicum
        Llegamos al cruce desde el cual, de frente, se asciende al ibón de Marboré, que, a 2590 metros de altura, es el más alto de la península. En numerosas ocasiones superamos los 1400 metros de desnivel, hasta alcanzar las gélidas aguas del lago, que ofrecen vistas espectaculares del glaciar del Monte Perdido. No obstante, en esta ocasión los años y un toque de cordura nos persuaden de evitar tales alturas. Pues tomamos el sendero de la izquierda, que nos conduce al pie de la imponente Cascada del Cinca (Es Churros de Marmorés).
Treserols entre nubes
        No hay una sola cascada, sino varias, aunque la más grande eclipsa a todas las demás. Sin embargo, cada una de estas cascadas menores, si estuvieran en otro lugar, sería la protagonista de cualquier paisaje.
Cascada del Cinca
        Es momento de sentarse en una de las piedras del lugar, ver, sentir, escuchar el sonido de las aguas rompiéndose sobre las rocas, quedar h
ipnotizados por las vistas sobre el Valle de Pineta, La Estiva, La Larri...
En la cascada
        Pues, hablando de La Larri, "p'allá vamos". Bajamos unos metros por el mismo camino que subimos, para tomar, a la izquierda, el sendero de la Faja de Montaspro, tan bien señalizado que hasta un borrico lo encontraría. El recorrido, diseñado para mantenernos entretenidos, sube y baja entre un hayedo tan espectacular que te preguntarás si estás despierto. En ciertos tramos, unas cadenas aseguran el paso, porque claro, medir la altura del patio aquí no es el mejor de los pasatiempos.
Por la Faja de Montaspro
        Finalmente descendemos hasta cruzar un puente sobre el río La Larri, un lugar en el que descargar las emociones. Las lágrimas, compañeras fieles de nuestras penas y alegrías, encuentran su refugio en las aguas serenas del río. Caen con la delicadeza de un suspiro, mientras el fluir del río las acoge con dulzura, llevándolas consigo río abajo. Cada lágrima que se desliza por nuestras mejillas, lleva consigo un peso que se disuelve en la corriente, buscando ese algo perdido que aún se aferra a nosotros.
Tras cruzar la pasarela del Río La Larri
        Esta pasarela es también 
antesala de un gran llano en el que el ganado disfruta del mejor de los pastizales de la zona. Por aquí se ve más personal.
Llanos de La Larri
        Recorremos los 1,5 kilómetros que nos conducen hasta la Cascada de La Larri. Puede que no sea tan explosiva como la del Cinca, pero ¡qué espectáculo! Además, en un rincón donde el agua se pulveriza y refresca el ambiente (¡qué maravilla de rocío!), decidimos montar nuestra sofisticadísima taberna personal para degustar unos tristísimos minibocadillos, acompañados de unas, también tristes, piezas de fruta. ¡Buen banquete!
Un rincón en la Cascada de La Larri
        Finalizada la tarea, de nuevo recorremos, en dirección opuesta, los Llanos de La Larri hasta enlazar con la GR.11 e iniciar el descenso. Hemos elegido hacerlo por la senda de las Cascadas de La Larri o de La Grota, esta última caracterizada por el color rojizo de la roca. Es un bonito camino equipado con escalones y miradores desde donde admirar la fuerza del agua que en sus 200 metros de caída nos regala un auténtico espectáculo hídrico.
Cascada de La Grota
        Una vez salvado este bello tramo, cerramos esta especie de círculo regresando por la orilla de un río que pronto se une, en una especie de matrimonio, con el Cinca, un río cargado de belleza, bravura y, como no, de historia. Sí, historia en la que nosotros y nuestros recuerdos, también somos protagonistas.
        Hasta pronto

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lunes, 24 de junio de 2024

CAMINANDO POR EL PARAÍSO (Cruces y río)

        Eran los primeros andares de este humilde blog, en algunas de las crónicas (o relatos) en las que describía los andares por las montañas (unas más altas que otras) o por los valles en los que corrían las aguas, o mojando la mirada en los bellos lagos glaciares. Pues bien, algunos de ellos los adoptaba para esa especie de paraíso particular que me iba construyendo.
            Y mira tú que, años después,  descubrimos que "el Paraíso existe", pero no aquel que nos contaban en la escuela, ni tan siquiera el que mi imaginación, rincón a rincón, iba componiendo; tenía que ser, aquí en el sur de Aragón, en el que un río, un valle, unas aldeas nos hayan enseñado que sí, que este paraíso existe.
Este Paraíso
            Nos encontramos todavía en el sur de Aragón, disfrutando de unos días en este lugar donde el río Torrijas recibe las aguas del encantador "Río de los Paraísos". Ignoro la toponimia de este nombre edénico, que otorga su esencia a un valle de ensueño. Quizás sea por la transparencia cristalina de sus aguas, o por la inigualable belleza del valle esculpido por su curso, o por las aves que se esconden en su denso y mágico bosque, o tal vez por las dos aldeas que descansan plácidamente en sus orillas. No lo sé con certeza, pero hasta las cruces aquí parecen rendir pleitesía a este humilde río.
        Es por esto que hemos decidido, en un par de jornadas, aventurarnos a descubrir qué es eso del Paraíso. Una tarea harto complicada para nosotros, que somos más de estar con los pies en la tierra que con la cabeza en los cielos. Pero, quién sabe, tal vez logremos algo. Al fin y al cabo, siempre podemos decir que lo intentamos, aunque sea por puro entretenimiento.
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Las Cruces del Paraíso

Día 19 de junio de 2024
        Después de nuestro rutinario baño ceremonial, con el desayuno todavía revolviéndose en el estómago, nos lanzamos a caminar desde el mismísimo balneario de "El Paraíso". Enseguida cruzamos un puente que lleva a unas caballerizas que, por su aspecto, no ven un caballo desde que los "burros andan sueltos".
Caballerizas 
        Pronto nos topamos con unos hitos de piedras que, dicen, han colocado los entusiastas de la Asociación de Montañas de Manzanera. Vaya mérito, ¿verdad? 
        No tardamos en alcanzar el cruce con un sendero que viene del pueblecito de Los Cerezos, como si este rincón del mundo fuera la meca del senderismo. Avanzamos sigilosamente (por no interrumpir el canto de los pájaros) por un camino trazado sobre tierra rojiza, eso sí, ganando altura.
Rojo sobre rojo
        Pasamos junto a las ruinas de unas viejas construcciones, junto a las que crecen plantas, como la "jurinea pinnata", también conocida como "escobilla", un nombre tan exótico como su aspecto. 
Algún día fue cobijo
        No tardamos en llegar a un cruce de caminos que, por suerte, nos indica la dirección a seguir para alcanzar las famosas cruces. A la izquierda, una cabaña en buen estado parece un refugio ideal por si las nubes traicioneras, que nos acechan, deciden descargar su furia sobre nosotros. Es fácil imaginar lo dura que es, y fue, la vida de los pastores por estos lugares.
Vistas hacia el Valle del Paraíso
        Finalmente, alcanzamos la piedra sobre la que se encuentran "Las Cruces del Paraíso", un mirador de lujo sobre el valle del mismo nombre, que en un par de días recorreremos, si es que sobreviven nuestras piernas. 
        Aunque somos más de Barrabás que de otra cosa, no perdemos la oportunidad de hacernos unas fotos en lo alto del "Gólgota turolense". Porque, al fin y al cabo, un poco de drama nunca viene mal para el álbum de fotos.
En las Cruces del Paraíso
        Empieza a llover y, cómo no, nosotros, tan listos como siempre, hemos salido con unas mochilas de paseo. Ni capa, ni paraguas, ni siquiera una triste bolsa de plástico (menos mal que las enormes sabinas que crecen en estos montes, nos protegen débilmente). Pero, como la lluvia afloja un poco, decidimos desandar el camino hasta el desvío para decidir si volvemos o seguimos con la ruta circular.
Sabina
        Maite, con su eterna sabiduría, suelta: "––Si estamos todos los días metidos en remojo, ¡qué más da que nos mojemos hoy también! Pues nada, seguimos "p'alante"." Así que, obedientes y optimistas, continuamos.
        No llevamos ni 200 metros más cuando, sorpresa, no llueve, ¡graniza! Las piedras de hielo, como por arte de magia, se empiezan a derretir poco a poco y, por fortuna, desaparecen.
¡Ya escampa!
        El sendero se adentra en un bosque hermoso, con vegetación densa, pintada de verde musgo. Solo faltaría que apareciera un duende o un hada con su barita mágica para indicarnos el camino, porque el río se ve allá abajo y, claro, tenemos que descender hasta el fondo del valle.
        Llegamos al barranco de Mela, y según mis geniales indicaciones, este sería el punto para bajar. Pero como no lo tenemos claro (y cuando digo claro, me refiero a que no vemos nada claro), seguimos el sendero marcado. Más adelante, ahora sí, el camino desciende con entusiasmo hasta alcanzar la llamada "carretera" de Abejuela (lo de carretera es, por supuesto, un chiste).
Las cruces, desde el descenso
        Estamos sobre la aldea de Paraíso Bajo. Podríamos bajar hasta allí, pero como ya recorreremos el valle en un par de días, decidimos regresar al balneario por la famosa "carretera".
        Ha sido una ruta circular de lo más agradable, que sin exigirnos grandes esfuerzos, nos ha llevado por un camino lleno de sorpresas, en el que no han faltado flores, vistas, bosques, historia y, por supuesto, ¡granizo!



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Ruta fluvial del Río de los Paraísos

Día 21 de junio de 2024
        Seguimos en este edén turolense, para hoy vamos a recorrer el río que bautiza su valle, no con agua bendita, sino con rincones cargados de sosiego.
        Nada más finalizar con nuestras actividades matinales, comenzamos a caminar cruzando el mismo puente que en la salida anterior, pero pronto estamos tomando un agradable sendero, en dirección sur, que discurre por la margen derecha del "Río de los Paraísos".
Primeros pasos
        Me resulta arduo describir con precisión los incontables rincones donde las aguas del río se funden con todo lo que las rodea. Es en estos parajes donde esas aguas, como un espejo hechizado, reflejan con delicadeza los colores que, en fechas como esta, se engalanan con su mejor atuendo. Los matices del entorno se tornan vibrantes, y el paisaje entero se transforma en un lienzo vivo, donde la naturaleza despliega su grandioso espectáculo de luz y color, capturando la esencia efímera de la belleza estacional.
Río de los Paraísos
        Tras pasar bajo la carretera de Albejuela, el sendero decide juguetear entre el río y esas imponentes murallas de roca y conglomerado (el Castillo). Y justo cuando comenzamos a sentirnos como exploradores intrépidos... ¡zas!, tremendo sobresalto: una gran piedra se desploma justo en el tramo que acabamos de cruzar. ¿Milagros del Paraíso o simple capricho de la gravedad? Quién sabe, pero vaya forma de ponernos a prueba.
¡Salvados!
            ¡Ah, las pasarelas! Esas traviesas de madera que nos llevan a una u  otra margen del río, como si tuvieran el mapa exclusivo. Y ahí vamos nosotros, solitarios caminantes, cruzando de una margen a otra.
Pasarela
        En este camino, ¿qué encontramos? ¡Una vieja tumbona desvencijada!, testigo silente de tantos sueños rotos y traseros cansados. Alguna vez, quién sabe cuándo, un pastor, con sus ovejas aburridas, decidió que era buen lugar para sestear. O tal vez un solitario caminante, perdido en sus pensamientos de poeta fracasado. O, mejor aún, un monje, que probablemente se cansó de sus meditaciones y prefirió el consuelo mundano de una siesta bajo el sol. ¡Qué ironía! Todos buscando su pedacito de Paraíso, y todos cayendo en la misma vieja tumbona, igual de desgastados que ella.
Esa vieja tumbona
        A nuestra izquierda, se alzan las encantadoras casas de "Paraíso Bajo", una pintoresca pedanía de Manzanera a la que nos acercamos. 
        Nos encontramos con una de sus vecinas con la que entablamos una "charradica", tras lo que llevados por sus consejos, nos damos un garbeo por las dos calles del pueblecito.
Un rincón en Paraíso Bajo
        Hace treinta años, esta aldea quedó desierta, pero poco a poco, gracias al esfuerzo inquebrantable de un matrimonio y esta mujer, como el ave fénix, el pueblecito está renaciendo de sus cenizas. Sus calles se están transformando en un museo dedicado al sosiego, donde cada rincón invita a la tranquilidad y al disfrute de su serenidad atemporal.
Una de las dos calles
Calles o museo
        Pero, amigos, hay que seguir, porque queda más río por remontar. Así que volvemos a las orillas de esta caudalosa narración, un tramo tan encantador como el que nos trajo hasta aquí, con sus vicisitudes y encantos, su bravía y sus remansos, escondidos en esta especie de jungla.
¿Jungla?
        El sendero, poco a poco, se va elevando hacia la carretera de Abejuela. Bueno, digo carretera, pero parece más una pista de carreras del pasado, donde el asfalto se pelea con la tierra por ver quién manda en esta particular partida de parches.
        Llegamos al cruce de "Fuente Tejeda", pero lo dejamos para más adelante, porque ya divisamos las construcciones de "Paraíso Alto" y hacia allí nos dirigimos con paso firme.
        A diferencia del  "de Abajo", ese sosegado museo, "Paraíso de Arriba" desprende una aura de espiritualidad y, además, un paisaje que quita el hipo.
Paraíso Alto
        Paraíso Alto, barrio de Manzanera que en los años 60 vio a sus vecinos hacer las maletas y desaparecer, dejando atrás casas y corrales que poco a poco se desmoronaron hasta casi convertirse en ruinas. Pero hace unos diez años comenzó su resurrección, empezando por la ermita de Ntra. Sra. de los Dolores, templo al que tenemos la suerte de entrar, gracias a un albañil bondadoso que nos abre la puerta (de la ermita, no del más allá). El resto de habitantes que hemos visto han sido un gato y un perro.
Ermita
        Hasta aquí hemos llegado, entre río y bosque, entre asfalto y tierra, entre ruinas y resurrecciones, porque aquí, en estos parajes, cada piedra cuenta una historia.
        Regresamos hasta el desvío de Fuente Tejeda, tomando una pista que nos lleva a ese entorno natural, envuelto de pinares y sabinas. Deberíamos haber gozado de su manantial, de su cascada, de su arroyo, pero la ausencia del preciado líquido nos ha privado de esa imagen.
Fuente en el estío
            No obstante, aprovechamos la presencia de algunas mesas y bancos, discretamente escondidos en el bosque, para entregarnos al placentero ejercicio de aligerar el lastre gastronómico de nuestras mochilas. Sería difícil encontrar, en cualquiera de las guías hosteleras, que tan de moda están, un restaurante como este, donde el silencio es interrumpido solo por el canto de algunos pájaros, como la melodiosa curruca capirotada y algún diminuto carbonero.
            Arriba, se escucha el susurro de las copas de los árboles que nos rodean, animadas por la suave brisa que, en este día, tenemos la fortuna de disfrutar.
Paisaje desde el camino de Tejeda
        Ahora solo nos resta regresar, cosa que hacemos por la VF-TE-20, rumbo a nuestro "refugio", para, mañana, disfrutar del último día en este sorprendente y relajante rincón de Aragón. 
Regresando
        Con nostalgia nos despediremos de los primeros rayos de sol, que pintaban de blanco las hojas verdes, testigos del juego travieso de las ardillas. Nos llevamos el recuerdo de las melodías matutinas de los pájaros, que se mezclaban con el vapor de las aguas termales, creando un concierto natural que ahora quedará solo en la memoria.
Nuestra amiga la ardilla
        El murmullo de los ríos, la serenidad de los valles, y la majestuosa presencia de los cerezos, todo queda atrás. Manzanera y sus aldeas, con su encanto de antaño, se convierten en un suspiro, un eco lejano de felicidad y paz.
        Nos vamos, pero el Paraíso se queda, inmutable, esperando quizás nuestro regreso o el de otros viajeros que, como nosotros, buscarán en este rincón de Aragón un lugar para soñar. Con un adiós en los labios y el corazón lleno de gratitud, dejamos atrás este edén, llevando con nosotros su esencia.
        Hasta pronto

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jueves, 20 de junio de 2024

PICO PEÑARROYA (Circular desde Alcalá de la Selva) Y ALGO MÁS

            Me considero afortunado de pertenecer a esa generación donde los viejos llevamos en los ojos un niño travieso. Sí, ya sé que los niños de hoy nos ven como venerables ancianos. Pero me queda la esperanza de que mis nietos, cuando alcance la cima sin bajada, me recuerden como yo recuerdo a mi abuelo Vicente. Al menos esa es la idea.
        Pues mira tú por dónde, el abuelo José Luis está como las pilas Duracell, ¡nunca se agota! Para prolongar su existencia hasta el infinito y más allá, Maite y yo hacemos nuestros esfuerzos. Hacemos ejercicio (bueno, ella más que yo, que trabajar "el ganchillo" cuenta como actividad física, ¿no?), intentamos comer de manera decente (aunque eso sí, no decimos que no a una birrita de vez en cuando, que alegra el espíritu y lubrica las articulaciones). Y cada tanto, nos vamos a hacer "retiros espirituales" en algún balneario. Ahí no solo "tomamos las aguas" con toda la seriedad del mundo (como si fuéramos a sanarnos de alguna enfermedad medieval), sino que también nos dedicamos a explorar los alrededorcitos. ¡Qué más da si esos garbeos son solo una excusa para recordar que nos sigue atrayendo el movimiento de garras!
––¡Mientras el cuerpo aguante...!
        Esta vez nos hemos metido de lleno en uno de los balnearios que el Imserso nos ofrece a los mayores, en la sierra de Javalambre, al sur de Teruel: el Balneario de Manzanera “El Paraíso”, un edificio lleno de historia que todavía conserva la belleza singular de la arquitectura de antaño.
"El Paraíso"
     
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Balneario - Manzanera - Balneario
   El primer paseo lo realizamos el pasado día 15, que nos llevó, en un recorrido fluvial, por las orillas del río Torrijas (o Manzanera), entre olmos cabeceros y el canto de pájaros. A su izquierda, el pueblo de Los Cerezos se recuperaba de su noche de fiesta. El recorrido nos llevaba a Manzanera, entrando por la Puerta de Arriba hasta la plaza del Castillo, antigua fortaleza estratégica. Recorrimos la calle Mayor hacia el Portal de Abajo, símbolo del municipio.
En el Portal de Abajo
        
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Chelva en familia
        El día siguiente, el 16, nos dirigimos a Chelva, en Valencia. En solo una hora de camino, ya estábamos deleitándonos con la belleza de este encantador pueblo. Allí nos reunimos con mi hermano Carlos y su esposa Angelina, quienes habían viajado desde Paterna con el mismo propósito que nosotros: disfrutar de un día lleno de hermosos paisajes y de grata y entrañable compañía.
En familia

Caminando hacia la Ruta del Agua, las calles de Chelva delataban que allí habían convivido tres culturas diferenciadas en tres barrios:
  • "Barrio andalusí de Benacacira": La antigua medina árabe de Chelva fue construida entre los siglos XI y XII y se caracteriza por sus soportales, sus casas encaladas y sus callejones sin salida.
  • "Barrio judío de Azoque": los callejones de la judería de Chelva conservan a la perfección el aire misterios de las aljamas medievales. Pasear por ellos es un auténtico viaje al pasado de la localidad.
  • "Barrio morisco – mudéjar de Arrabal": recibe su nombre por haber sido construido en los arrabales del recinto amurallado de Chelva durante el siglo XIV. Entre sus principales monumentos destacan la Ermita de los Desamparados y la Ermita de la Santa Cruz, la antigua Mezquita de Banaeça.
  • "Barrio Cristiano de la Ollería": también datado en el siglo XIV, recibe su nombre por los muchos hornos de cerámica que había en sus calles.
Por el Barrio Árabe
        Entre callejuelas, descendimos a las orillas del Río Tuetar para recorrer la "Ruta del Agua" , aguas arriba, este hermoso tramo en el que el río se encapricha y se funde en una bella estampa, en la que nos sentimos protagonistas cuando, con el lomo agachado, salvábamos 
el túnel de Olinches, excavado en la montaña y que nos transportaba a uno de los parajes más abruptos del río Chelva.
Túnel de Olinches
Río Tuetar
        Llegamos a la Playeta, ese paraíso natural con cascadas y remansos que, por arte de magia, se transforma en una piscina de barrio de los domingos. ¡Qué escena tan idílica sería si no fuera por las omnipresentes sombrillas playeras que los turistas, con su inigualable sentido de la estética, han plantado por doquier! Porque claro, ¿quién podría prescindir de una sombrilla en un sitio donde los árboles ya hacen el trabajo de sobra? Ah, la lógica turística, siempre un paso por delante de la naturaleza.
La Playeta
        Concluimos la jornada, como se tiene que concluir: con unas birras y con una buena comida, pues la distancia geográfica entre los hermanos, es un hecho, impide un contacto más frecuente.
        Aún daremos algún que otro paseo por los alrededores del "Paraíso", pero de momento nos adentraremos en la Sierra de Gudar




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PEÑARROYA
Día 18 de junio de 2024
            Aprovechando que estamos, una vez más, en tierras turolenses, y presos de nuestra curiosidad, nos encaramamos al pico más alto de la provincia para convencernos de que sí, de que "Teruel existe". 
                        Ascenderemos entre piedras y susurros del viento, hasta que la bruma matinal se disipe y el paisaje se despliegue ante nosotros. Montañas y valles se extenderán como guardianes eternos, y en el camino, mil flores abrirán sus pétalos a nuestro paso. Desde la cima, respiraremos el aire puro y sentiremos la esencia de un lugar que muchos dudan. 
Se abren a nuestro paso (hippocrepis scorpioides o ferradurina)
            Eso será después, ahora, ¡a lo que vamos!: 
            La mañana la iniciamos como todas, con nuestro lujoso ritual diario: inhalación de aire fresco, cual aristócrata, sauna para purificar nuestras almas ya de por sí inmaculadas, piscina con burbujas que parecen susurros de sirenas y gimnasia para mantener nuestras figuras esculpidas. Luego, pulverización de extremidades inferiores con agua fría, caliente, fría, caliente... Un proceso que enloquecería a cualquier termómetro. Después, un desayuno digno de reyes y ¡hale, a enfrentar el día con la energía de un ciento de cafés!
¡A lo que vamos!
            En menos de una hora, el buga nos ha acercado hasta las afueras de Alcalá de la Selva (1400 m.), en la misma GR-8, punto en el que, tras ponernos el "calzero montañero" y extender en nuestra epidermis una buena capa de crema solar, iniciamos el camino siguiendo las marcas rojas y blancas durante unos cinco minutos, hasta abandonar dicha GR, para no verla hasta nuestro regreso.
Tras los baños, ¡a gastar energía!
        A partir de aquí, la senda se convierte en un juego de adivinanzas digno de un detective frustrado, y a veces se esfuma como un buen chisme al día siguiente. Ascendemos hacia el norte, hasta una masía en ruinas.
        Continuamos por una vieja vereda de ganado por entre muros de piedra seca, en la partida "Solanas Bajas", un nombre tan evocador que casi huele a polvo y nostalgia. Giramos al noreste y el prado se convierte en un desfile de pinos, como si estuviéramos en el pase de moda arbórea de la temporada.                     Seguimos subiendo suavemente y dejamos a nuestra izquierda, en una cota inferior, la Masía del Hontanar, una joya arquitectónica olvidada por el tiempo.
Masía del Hontanar
        Más adelante, junto a una alambrada que podría haber salido de un catálogo de seguridad de hace cincuenta años, giramos a la derecha y luego a la izquierda, como si estuviéramos en una coreografía improvisada. 
        Ahora, el sendero serpentea por una cañada abrazada por muros de piedra seca, una verdadera obra maestra que prolifera generosamente en estas tierras.
Cañada entre muros de piedra seca
        Iniciamos un tramo más empinado, decorado con majestuosos pinos dispersos, dignos de una postal navideña. Tras unos cuantos zigzags que pondrían celosa a cualquier montaña rusa, llegamos a una pequeña elevación desde donde divisamos la Masía del Corralejo, una obra maestra del abandono y la ruina.
Ganando metros
        Bajo el cobijo solar de los pinos, realizamos una breve parada para hidratarnos y meternos al cuerpo una dosis de proteínas plataneras. 
        Alcanzada la Masía del Corralejo, emprendemos una senda casi invisible que sube con suavidad por las "Solanas Altas", siguiendo las curvas de nivel y regalándonos la vista del urbanizado Valle de la Virgen de la Vega (¡una verdadera lástima!), hasta llegar a la Masía de la Solana, otra más, igualmente en ruinas.
        Desde la Masía de la Solana, el sendero avanza por una impresionante pista forestal que penetra en un exuberante bosque de pino albar (Pinus sylvestris), notable por su excelente estado de conservación y la presencia de antiguos ejemplares de considerable tamaño. Este tramo es verdaderamente impactante debido a la belleza del bosque y la serena soledad del entorno.
Pinar
        Continuamos por la pista hasta que encontramos un cortafuegos que se extiende hacia el noreste, ascendiendo hasta la base del majestuoso Pico Peñarroya. Este camino, aunque más directo, es un considerable atajo en comparación con el trazado original de la pista. 
Avanzando por el cortafuegos
        Emprendemos la subida por el cortafuegos, amplio y sin dificultades, rodeados de la vegetación característica de las praderas de montaña, para en un "empentón" alcanzar la cima del Peñarroya (2028 m.), 
máxima elevación del Maestrazgo turolense; un extenso cerro de monte pinar, con un vértice geodésico de gran altura en su extremo sur. Junto al vértice, se halla un mirador que brinda vistas espectaculares de la imponente Sierra de Gúdar.
En la cima
        Desde la cima, respiramos el aire puro y sentimos la esencia de un lugar que muchos dudan. Teruel no es solo un punto en el mapa; es un latido, un eco de historia y resistencia.
En el Peñarroya
            Además de ser la cima, este solitario paraje, provisto de mesas y bancos de piedra caliza, es sin duda el lugar ideal para hincarnos unos espléndidos bocatas de tortilla y sentirnos los reyes del mundo.
            Pero hay que descender, así que recogemos los bártulos y, ¡hale, p´abajo! En principio descendemos por la misma zona de subida, hasta alcanzar una pista que nos lleva al Collado de la Imagencruce de 3 caminos con señales indicadoras: a la izquierda la fuente de la Chaparrilla, a la derecha Gudar y por el centro Peñarroya.
Descendiendo
        Nosotros tomamos la pista que va en dirección a la fuente, camino que nos alcanza a la GR-8,  que pasa junto a la  Masía de Monegro Bajo, en el que unas vacas y un toro nos observan con extrañeza. Al llegar a la zona de Monegrillo, abandonamos la pista principal para tomar una senda a nuestra derecha. Nos reincorporamos al GR 8, y así, vamos atajando por senderos cubiertos de hierba, serpenteando entre campos y muros de piedra seca. Finalmente, enlazamos con el camino de la mañana y llegamos al final de nuestra ruta.
Este no es vaca
        Antes de regresar, nos damos un garbeo por Alcalá de la Selva.  En el entramado de sus solitarias calles, se adivina la esencia de su pasado árabe, y sobre sus casas se alza, imponente, el castillo que da nombre a la población (el nombre del castillo procede de esa etapa, ya que «al-kalaat» significa «el castillo»).
            Ahora sí, ahora regresamos a la placidez del balneario, ahora no tomaremos las aguas, tomaremos una buena dosis de serenidad y, cómo no,  un par de birras que, ¡caray!, nos las hemos ganado con creces.
Dica lugo


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